MESMER, FRANZ ANTON (1734-1815)

Mesmer, hijo de un guardabosque del príncipe obispo de Constanza, nació en Iznang (Suabia) sobre la orilla norte del lago de Constanza, en mayo de 1734. El cura de la aldea logró que ingresara en el colegio de los jesuitas de la ciudad, de donde partió para la Universidad de Ingolstadt, con objeto de estudiar teología. En 1759 se encontraba en Viena, donde hizo estudios de medicina que terminó en 1766 con una tesis especialmente oscura: Dissertatio physico-medica de planetarum influía. Poco después de su matrimonio con Anna von Porsch, viuda nada joven pero rica, heredera de un consejero de la corte, le dio el desahogo económico y una propiedad suntuosa en la que abundaron las recepciones mundanas (en casa de Mesmer, recordémoslo, se presentó por primera vez, en 1768, la ópera del jovencísimo Mozart, Bastian y Bastiana). Hacia 1774, inspirado por las teorías del padre jesuita Maximilian Hell, director del Observatorio de Viena, se dio a la tarea de provocar con imanes una "marea artificial" saludable en una de sus pacientes, Franzel (Esterlin, pero no tardó en sustituirse ese magnetismo "mineral" por la teoría más global del "magnetismo animal": el universo estaba lleno de un fluido sutil (evocado ya en su tesis), intermedio entre el hombre y el cosmos; la mala distribución de este fluido es la culpable de la enfermedad y el arte del terapeuta consistía en canalizarlo para llegar a la curación provocando "crisis". En 1717, el escándalo provocado por la familia de una joven paciente de 18 años, clavecinista ciega y son duda histérica, María Teresa Paradles, lo obligó a dejar Viena y se fue a París, a donde llegó en febrero de 1778 y en donde encontró inmediatamente una atmósfera receptiva. Se asoció con Charles Deslon, médico del conde de Artigáis, hermano del rey, de quien esperaba recibir apoyo en la corte y en las sociedades científicas, y comenzó, "por complacencia", tratando a las mundanas menopáusicas en el ambiente musical y tapizado de las habitaciones privadas de su hotel de la plaza Vendome. La clientela se amplió, consiguió un "ayudante tocador", utilizó cuatro "artesillas" especie de grandes botellas de Leyden para concentrar el fluido—, una de las cuales quedaba reservada a los pobres, para los cuales magnetizó por añadidura un árbol en la calle de Bondy (lo recordaría su discípulo A. M. J. de Puységur.). Con ayuda de un jurista, Bergasse, y de un financiero, Kornmann, creó en octubre de 1783 una "Sociedad de Harmonia" que, con el sello del secreto y mediante dinero, revelaba a sus accionistas el secreto del magnetismo, con lo que reunió 340 000 libras en un año. Sin embargo, comenzó a organizarse la hostilidad contra Mesmer. En 1784, Luis XVI nombró dos comisiones de averiguación, que reunieron, por una parte, a miembros de la Real Sociedad de Medicina y, por la otra, a miembros de la Facultad de Medicina y de la Academia de Ciencias, entre los cuales figuraron el astrónomo Bailly, Benjamín Franklin, Gulllotin, De Jussieu y Lavaisier, para establecer la existencia del fluido mencionado por Mesmer. Las conclusiones del informe fueron catastróficas—excepción hecha de las de De Jussieu—: el fluido magnético animal no existía, los efectos observados "pertenecen al tocamiento, a la imagina-ci6n puesta en acción". Así terminó la carrera de Mesmer.

A comienzos de 1785 se fue de Francia, y residió al parecer en Suiza, en Alemania y en Austria, de donde lo expulsaron en 1793 como sospechoso político. Adquirió entonces la nacionalidad suizo, se instaló en Frauenfeld en el can-t6n de Turgovia, después regresó en 1813 a Meersburg, en la ribera alemana del lago de Constanza, donde murió el 5 de marzo de 1815, a unas cuantas leguas de su pueblo natal.

No puede negarse que Mesmer haya tenido un sentido muy vivo de la publicidad y de la teatralidad, pero es difícil definir exactamente su persona. ¿Era sincero? ¿Se trataba de un charlatán? La respuesta, sin duda, no es unívoca. Contra un fondo de desconfianza y susceptibilidad, parece haber oscilado entre períodos de postración depresiva y momentos de sobreexcitación megalomaniaca, durante los cuales se creía autor de un descubrimiento de importancia capital, de un poder mágico, del que indudablemente trató de sacar provecho. Pero, aun si no se percata del papel desempeñado por lo imaginario, sospechado por algunos de sus detractores, cabe reconocer que sus teorías desempeñaron gran papel en el desarrollo ulterior de la psiquiatría dinámica, y que fue el primer esla-b6n de la cadena ininterrumpida que, a través de la hipnosis de Braid. y las doctrinas de Bernheim. y de Charcot, culminó, en virtud de un justo retorno, en Viena, en la elaboración de las teorías psicoanalíticas.

 

© Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar