Melancolía femenina

Nancy Villarroel

Las mujeres no sólo cargamos con el pecado original de haber ofrecido la manzana a Adán. Es una culpa que yo trato de quitarme de encima, a pesar de mi recia fe cristiana. También me he enterado de que las mujeres no somos capaces de sumirnos en depresiones que luego germinan en creación. Como sí les sucede a los hombres. Y son famosos los ejemplos de melancólicos: el poeta italiano Giácomo Leopardi que confesaba sufrir "la obstinada, negra, horrenda, bárbara melancolía que me lima y me devora"; el pintor holandés Vincent Van Gogh, quien durante sus crisis melancólicas "se sentía vil por la angustia y el sufrimiento" y se sentía como un vaso roto; mi paisano Ramos Sucre, cercano a Leopardi en el sufrir y quien aborrecía la sociedad venezolana porque estaba formada de educados antropófagos. La lista es tentativa. Pueden agregarse nombres, siempre masculinos. Pero yo sé por experiencia propia que no es cierto que sólo los hombres se hundan en la depresión melancólica y salgan a flote con nuevos tesoros de la imaginación, del saber. En estos días yo me apasioné, políticamente hablando, y todas mis esperanzas fueron derrotadas. No sólo por la realidad, lo cual es soportable, sino incluso por mi ingenuidad. Y quisiera dejar sentado que ingenuidad es algo diferente a ignorancia; el ingenuo cree en lo posible (en un milagro, por ejemplo), mientras que el bardado por la ignorancia puede creer en el horror. Ingenuo era el Che Guevara, ignorantes son todos los que ponen sus esperanzas en un disgustoso líder, llámese Hitler, Stalin, Mussolini, FrancoŠ Pues bien, mi derrota y su séquito de males, me condujeron a releer a los más melancólicos filósofos antiguos: los estoicos. Reconocí mi mal. No debo confiarme ciegamente a la patología de la felicidad. Hace años leí La campana de cristal de Sylvia Plath, una poeta norteamericana, y puedo recordar que al final de esa novela ella se siente repetir un antiguo estribillo de su corazón; yo soy, yo soy, yo soy. Las mujeres somos seres sorpresivos: nos afirmamos en la vida, después de las derrotas amorosas y políticas (las latinoamericanas no somos tan globales, no conocemos mucho las derrotas financieras) a través del amor. Sylvia (siendo anglosajona no soportó la derrota amorosa) se quitó la vida luego de dejar a sus hijos en la cama. Yo jamás lo haría. Tengo la fuerza aprendida de las vendedoras de pescado, de las mujeres que hacen su vida a golpe de voluntad, de mi madre. Mucho desearía tener otra vida, pero me contento con la que llevo. Me gustaría quizás estar en el centro de la moda, ser una especie de María Pezzi, la periodista que de esa infatuación tan femenina hizo un género respetable. Sin ser periodista. Siendo yo la que viste los modelos que ojos ambiciosos admiran y elogian. Por ahora me contento con los vestidos de Zenón de Citio, de Epicteto, de todos los filósofos que jamás soñaron cómo una mujer pudiera ser melancólica, con sus boleros, sus rancheras, su Lupe.

25 DE SEPTIEMBRE DE 2000

Fuente: http://www.talcualdigital.com/ediciones/2000/09/25/p6s2.htm

 

  Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar