Como una naranja que se
desgaja, mis sentimientos sobrevolaban, y no sabían donde parar. En la barra
del bar, tomaba unas copas, se oían sonidos estridentes de voces humanas, que
no le llegaban del todo, como mensajes que circulan por doquier. Los altavoces
por las esquinas del pub. Las chicas bailaban, movían sus cuerpos de modos
ondulantes, machacante, como si pisaran uvas, no se sabe qué estilos les dan,
como si estuviera permanentemente averiguando el menor movimiento, los
movimientos incesantes, algún significado tendrán, aunque un robot se mueva de
determinadas maneras, y si la música de última generación va asociada al
consumo de determinadas pastillas de
producción industrial... como alguien decía,
podría ser el camarero quien decía sobre las pastillas industriales, me
importa nada, y quisiera saber muchas cosas a la vez. El payaso jugaba con las
naranjas, recién cogidas de las cosechas del campo, los campesinos, las playas,
el pub en la playa. El payaso estaba realmente gracioso, agradaba a las buenas
conciencias, no estaba para devolver la sonrisa enorme del payaso, estaba para
centrarme en mis pensamientos, en mis sensaciones, una chica de falda roja que
desconozco me hablaba sobre el payaso, sí, es un payaso muy gracioso, muy simpático,
pero a qué viene esa simpatía le pregunté como si lanzara la pregunta urbi et
orbi, a los cuatros vientos, como el Papa el mensaje que le da a la humanidad
desde el Vaticano, tal como aparece en pantalla gigante de televisión del pub,
se ve pero no se oye, lo que se oye es la música machacante, como si machacáramos
uvas, la chica bailaba tal como me decía, pisando uvas. Entre el payaso, la
chica de la falda roja y el Papa parece que mis pensamientos iban a otros
lugares, no me centraba en nada, quizás en el cubata de güisqui. En el cristal
del cubata reflejaban las luces multicolores de distintos focos colocados estratégicamente,
en el fondo del pub, subiendo una escalera el pinchadisco dentro de una cabina,
ponía un disco tras otro, y observaba a las gentes bailando, bailaba su mirada.
Con el Papa, quería hacer una nueva estética en el pub, no sé a que vienen
con el Papa, y en cuanto al payaso, lo mismo sería la mascota, y la chica de
falda roja trataba de seducirme, que le dijera algo, que hiciera algo más por
ella, no sé, vienen tres elementos, como tres mosqueteros, como la Santa
Trinidad, sucesivas frases o palabras se podría crear con los tres elementos
que se me aparecen en escena en primer plano, y el plano de fondo gentes que
bailan y otras cosas. Quiero salir, no quiero permanecer más tiempo, no quiero
abrirme un poco más, no, no me apetece, quiero volver a pasear y volver a mi
casa, encenderé el televisor, pero aparece el Papa, con su mensaje urbi et
orbi, y el payaso de la tele, que no es un payaso cualquiera, es un famoso
empresario, que le da por ahí, que le da por hacer política en plan payasesca.
¿Y la chica de falda roja? En televisión no aparece, qué alivio, aparece en
mi dormitorio, sobre la cama, echada en la cama, mirando al techo, bueno, abrí
la nevera, me comí una naranja, la chica de la falda roja le gusta las
naranjas, me hablaba sobre los gajos de la naranja, qué me pasa, me preguntaba,
estás especialmente melancólico, verdaderamente el Papa y el Payaso me
fastidia, esperaba ver otra cosa en la televisión, una película, anuncios de
televisión. Estoy yo para compartir tu melancolía, me comentaba sucesivamente,
nos fundimos en la melancolía, rara enfermedad, en nuestros momentos tristes,
la tristeza está mal visto en los tiempos que corren, al payaso del pub no le
gusta la tristeza, está para alegrar los
corazones, para compartir sonrisas,
exageradamente pintado en su boca, pero realmente no le veía su boca, veía su
pintura... Llovía, tiempo gris, la chica de la falda roja compró en el
supermercado algo de comer, estaba empapada de agua de lluvia, la tele hablaba
sobre la lluvia dorada, en nuestros estados melancólicos, observamos la lluvia
dorada, y a la vez observamos los diversos accidentes de coches, y a la vez
observamos anuncios de pastas dentítrificas, galletas con chocolates, y a la
vez vimos una película de Oeste, bailamos melancólicamente en el salón de mi
casa, con una música de fondo proveniente de la televisión, videoclips, música
lenta, balada... Sobre el escenario, me acordaba de esta canción, en mi barrio,
cuando era adolescente, me acerqué a ese concierto, en plena calle, un grupo
local, cantaban, parados, melancólicamente, “que la lluvia en la ciudad, que
la lluvia de la ciudad...”
GRANADA, 22 DE SEPTIEMBRE DE 2000
Miguel Ángel Sánchez Valderrama
Fuente: www.cuantoyporquetanto.com y http://www.ctv.es/USERS/patxiirurzun/tres/melancolia.html