Depresión y Subjetividad. Tesis (*)

Capítulo 1 - DSM IV Y PSICOFARMACOLOGÍA

Cabaleiro Ana Paula.
Fernandez Mugetti Guillermina.
Saenz María Paula.

            Hemos sostenido que el psicoanálisis constituyó una ruptura respecto a toda la tradición de los humores que lo precedió. Por ello nos hemos detenido en nuestro recorrido histórico de la melancolía y la depresión en las conceptualizaciones freudianas, las cuales, descubrimiento del inconciente de por medio, tuvieron efectos importantes en los desarrollos teórico-clínicos posteriores. Ya Freud nos lo había anunciado. Iba a ser necesario un tiempo de represión, más lógico que cronológico, en el que las diferentes concepciones iban a ensombrecer su descubrimiento hasta hacerlo desaparecer (ignoraban desde ya que lo que caracteriza a lo reprimido es su eterno retorno). Así, esto es constatable en al menos dos campos: la psicología y la psiquiatría, que si bien se diferencian sobre todo en lo que a tratamiento se refiere, confluyen en el hecho de que ambos obturan lo que caracteriza al sujeto como tal. Y esto es así en tanto subyace a ellas una ideología común.

            En el caso de la psicología, se trataría de un tratamiento que podríamos denominar “moralizante”, en tanto el objetivo ante un sujeto “deprimido” sería devolver sentidos a través de un reforzamiento yoico en el aquí y ahora, quedando situado el terapeuta en el lugar de guía, modelo y sostén.

            En el caso de la psiquiatría, ante un diagnóstico de “Depresión”, el principal objetivo será suprimir los síntomas mediante un tratamiento medicamentoso. Siendo la psiquiatría una rama de la medicina, su pretensión de cientificidad en la definición de criterios de salud y enfermedad oculta una dimensión moral, en tanto respecto de esto es inevitable un componente ideológico. Justamente creemos que uno de los aportes más significativos del psicoanálisis es haber explicitado esta dimensión ética y en este punto también radica su ruptura.

            Como vemos, el determinismo biológico es perfectamente compatible con la creencia en la autonomía del yo. El resultado es siempre la preservación en el sujeto de la creencia en su carácter indiviso, oponiéndose así a lo que el psicoanálisis había puesto de manifiesto: lo que funda al sujeto como tal es su falta constitutiva, su división subjetiva.

            El DSM IV ubica a la depresión dentro de los trastornos del estado de ánimo, cuya característica principal es la alteración del humor. La encontramos en dos categorías: como episodio y como trastorno. En ambos casos quedan abolidas las finas delimitaciones cualitativas presentes en las descripciones clínicas de la Psiquiatría Clásica, poniéndose en primer plano las diferencias cuantitativas propias de un pragmatismo que elabora clasificaciones cuyo principal objetivo es la eficacia medicamentosa. Desde el Anafranil en 1958, y después toda la gama de antidepresivos, terminaron por disolver la especificidad psiquiátrica de las depresiones. 

            Veamos los criterios diagnósticos para el Episodio Depresivo Mayor [1]:

A. Presencia de cinco (o más) de los siguientes síntomas durante un período de 2 semanas, que representan un cambio respecto a la actividad previa; uno de los síntomas debe ser (1) estado de ánimo deprimido o (2) pérdida de interés o de la capacidad para el placer.

  (1)      estado de ánimo deprimido la mayor parte del día, casi cada día según lo indica el propio sujeto (p. ej. , se siente triste o vacío) o la observación realizada por otros (p. ej. , llanto)

  (2)       Disminución acusada del interés o de la capacidad para el placer en todas o casi todas las actividades, la mayor parte del día, casi cada día (según refiere el propio sujeto u observan los demás)

  (3)      pérdida importante de peso sin hacer régimen o aumento de peso, o pérdida o aumento del apetito casi cada día

  (4)      insomnio o hipersomnia casi cada día

  (5)      agitación o enlentecimiento psicomotores casi cada día (observable por los demás, no meras sensaciones de inquietud o de estar enlentecido

  (6)      Fatiga o pérdida de energía casi cada día

  (7)      Sentimientos de inutilidad o de culpa excesivos o inapropiados (que pueden ser delirantes) casi cada día (no los simples autorreproches o culpabilidad por el hecho de estar enfermo

  (8)      Disminución de la capacidad para pensar o concentrarse, o indecisión, casi cada día (ya sea una atribución subjetiva o una observación ajena)

  (9)      Pensamientos recurrentes de muerte (no sólo temor a la muerte), ideación suicida recurrente sin un plan específico o una tentativa de suicidio o un plan específico para suicidarse

B.      Los síntomas no cumplen los criterios para un episodio mixto.

C.      Los síntomas provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas  importantes de la actividad del individuo.

D.      Los síntomas no son debidos a los efectos fisiológicos directos de una sustancia o una enfermedad médica.

E.      Los síntomas no se explican mejor por la presencia de un duelo (p. ej. , después de la pérdida de un ser querido), los síntomas persisten durante más de dos meses o se caracterizan por una acusada incapacidad funcional, preocupaciones mórbidas de inutilidad, ideación suicida, síntomas psicóticos o enlentecimiento psicomotor.

            Respecto a este último criterio (E), vemos que el episodio depresivo puede responder tanto a lo que Kraepelin denominaba acceso melancólico hasta lo que hoy entendemos como un síntoma neurótico. El cuarto dígito de la nomenclatura del Trastorno Depresivo Mayor ilustra este énfasis en lo cuantitativo, introduciéndose éste para dar cuenta de la gravedad del episodio actual: se nomencla 0 cuando el trastorno es leve; 1 cuando es moderado; 2 y 3 se diferencian por ausencia y presencia respectivamente de síntomas psicóticos. Otra particularidad de este cuarto dígito es que puede ir modificándose a lo largo de un mismo episodio según la observación en dos momentos diferentes del mismo. Así, esta serie de números crea la ilusión de una continuidad entre las diferentes categorías, ocultándose de esta manera las diferencias cualitativas que en realidad darían lugar a estructuras diversas. Nos encontramos con una modalidad clasificatoria muy cercana a la clínica sincrónica de Pinel y Esquirol, en la que la observación en el aquí y ahora de los síntomas presentes es lo que define el diagnóstico. Lejos estamos de la riqueza y profundidad de la clínica diacrónica, donde además de los síntomas positivos, se tenían en cuenta también los negativos, accesorios y secundarios; dando especial importancia a la evolución y el pronóstico, llegándose así a un diagnóstico diferencial único, singular para cada caso.

            El hilo conductor que pretende darle una coherencia a la categoría “Trastorno depresivo mayor” es la alteración del humor en sus diversos grados. Esto respondería a una necesidad pragmática relacionada con la administración de psicofármacos. Más allá del curso y el pronóstico, factores que para Kraepelin eran esenciales, lo único que importa aquí es si hay presencia o no de alteración del humor. En función de esto se prescriben o no antidepresivos.  [2] 

            El DSM está fundado en el modelo de la medicina científica, pero a diferencia de ésta no describe enfermedades sino “trastornos”. Estos son entendidos de la siguiente manera:

 “Síndrome o patrón comportamental o psicológico de significación clínica que aparece asociado a un malestar (por ejemplo dolor), a una discapacidad (por ejemplo deterioro de una o más áreas de funcionamiento) o a un riesgo significativamente aumentado de morir o de sufrir dolor, discapacidad o pérdida de libertad..." [3] 

Vemos así como las entidades clínicas fueron abandonadas y reemplazadas por esta noción de “trastorno”, en beneficio de una caracterización sintomática. Así, el diagnóstico siempre es presuntivo, nunca definitivo, ya que puede ir variando en el tiempo, en tanto éste se hace a partir de los síntomas que el sujeto presenta sincrónicamente al momento de la evaluación clínica. Lo que resalta aquí es la similitud con el modelo médico, donde una persona puede pasar primero por una gripe y después caer en un trastorno digestivo. En  el campo de la salud mental entonces, también se podría hacer un diagnóstico inicial de por ejemplo, un trastorno de la personalidad, y al cabo de un tiempo diagnosticar al mismo sujeto con un trastorno del estado de ánimo. Queda entonces evidenciado cómo en esta tradición de los humores, la noción del tiempo tiene una importancia fundamental, cuestión que puede rastrearse ya desde Hipócrates con su definición de melancolía.

Como mencionamos anteriormente, la evolución de la psicofarmacología no es ajena a esta perspectiva cientificista. Respecto a esto dice E. Roudinesco:

“Frente al desarrollo de la psicofarmacología, la psiquiatría abandonó el modelo nosográfico en beneficio de una clasificación de las conductas. En consecuencia, redujo la psicoterapia a una técnica de supresión de los síntomas. De ahí una valorización empírica y ateórica de los tratamientos de urgencia. El medicamento responde siempre, sea cual sea la duración de la prescripción, a una situación de crisis, a un estado sintomático. Que se trate de angustia, de agitación, de melancolía, o de simple ansiedad, hará falta primero tratar la huella visible del mal, luego borrarla y, finalmente, evitar buscar la causa de manera de orientar al paciente hacia una posición cada vez menos conflictiva y, por tanto, cada vez más depresiva. En lugar de las pasiones, la calma; en lugar del deseo, la ausencia de deseo; en lugar del sujeto, la nada...”.  [4] 

Lo que aquí criticamos es el tratamiento psicofarmacológico exclusivo e indiscriminado propugnado por algunos sectores de la psiquiatría. Ahora bien, nos inquieta la siguiente cuestión: qué importancia podría tener el medio por el cual se lograra aliviar el sufrimiento psíquico si esto en definitiva se consiguiera. Ya Freud anticipaba los beneficios que podría acarrear el desarrollo psicofarmacológico:

“El futuro podrá enseñarnos a influir directamente, mediante sustancias químicas particulares, sobre las cantidades de energía y sobre su distribución en el aparato psíquico. Quizás surjan aun otras posibilidades terapéuticas todavía insospechadas; por ahora no disponemos de nada mejor que la técnica psicoanalítica, y por eso no se la debería desdeñar, pese a todas sus limitaciones”. [5]

La prudencia con que Freud se refiere a su tratamiento difiere ampliamente de la postura que defienden aquellos que hoy promueven la “cura” por medio de antidepresivos. En este sentido, Jean Delay, principal representante de la psiquiatría biológica, afirmaba en 1956:

“Conviene recordar que en psiquiatría la medicación no es más que un momento del tratamiento de una enfermedad mental y que el tratamiento de fondo sigue siendo la psicoterapia”. [6]

No puede arguirse que una determinada sustancia sea buena o mala en sí misma, lo que cuenta es cómo se la utiliza, y por ende la ideología subyacente. La psicofarmacología ha permitido a los médicos abordar del mismo modo toda suerte de afecciones sin que se sepa nunca de qué tratamiento se trata. Muchas veces la medicalización interviene cuando el médico interpreta el sufrimiento del sujeto como el síntoma de una enfermedad, perdiendo de vista que no todo sufrimiento implica por sí mismo enfermedad. Lo que el médico pretende es revertir por medio de alguna sustancia lo intolerable de algunas situaciones dolorosas de la vida, con el fin de permitir al sujeto soportarlas aunque sea adaptativamente, sin mediar elaboración psíquica alguna.

“A los enfermos que no tienen nada, ¿por qué no decirles que no están enfermos?. Sin rechazarlos, pero llevándolos a aceptarse como dolientes. Ocurre como si el reconocimiento por parte del médico y la correspondiente etiqueta de enfermo hicieran honorable un sufrimiento que, de no ser así, tendría que esconderse por vergonzoso. (...) Pero, ¿y si se trata de un pesar amoroso o de un luto? Anestesiar al sujeto para que no sienta más este dolor es llevarlo a desvalorizar lo que ha perdido, aunque esté dispuesto a aceptar cualquier sustituto que se le ofrezca en este momento. No permitir que el sujeto encuentre en sí mismo los recursos para sobrepasar su sufrimiento es ponerlo en la condición de aceptar todos los enganches, todas las alienaciones. (...) La medicalización consiste en conducir al sujeto hablante a no ser más que un organismo enfermo”. [7]

Sería ingenuo pensar que esta situación se da de manera aislada y sólo responde a una acción deliberada impuesta por el médico. De ninguna manera esto puede pensarse unilateralmente, ya que es frecuente que sea el paciente mismo quien acude al médico solicitando que se le recete algún antidepresivo de moda, argumentando estar “deprimido”. Seguramente es la amplia oferta publicitaria por parte de la industria farmacéutica la que genera esta demanda en los pacientes, quienes se convierten así en potenciales consumidores.

Elisabeth Roudinesco define la sociedad actual como una “sociedad depresiva”, oponiéndola a aquella que reinaba a fines del siglo XIX, cuyo paradigma psicopatológico era la histeria. Mientras ésta implicaba en sí misma una rebelión que dio lugar al nacimiento del Psicoanálisis, la depresión actual traduce un conformismo generalizado que se sustenta en los desarrollos psicofarmacológicos, y que se caracteriza por una necesidad de no sentir, privilegiando el actuar antes que el pensar;  una disminuida tolerancia al dolor  y renegación de la muerte. Todo esto basado en un higienismo social propio de un mercado de consumo que tiene como criterios principales la eficiencia, la eficacia y la rentabilidad económica.

“La histeria de antaño traducía una contestación al orden burgués que pasaba por el cuerpo de las mujeres. A esta revuelta impotente, pero fuertemente significante por sus contenidos sexuales, Freud le atribuyó un valor emancipador del cual se beneficiarían todas las mujeres. Cien años después de este gesto inaugural, asistimos a una regresión. En los países democráticos, todo transcurre como si ya ninguna rebelión fuera posible, como si la idea misma de subversión social, incluso intelectual, hubiera devenido ilusoria, como si el conformismo y el higienismo propios de la nueva barbarie del bío-poder hubieran ganado la partida. De ahí la tristeza del alma y la impotencia del sexo, de ahí el paradigma de la depresión.

                                                           (...)

            El sufrimiento psíquico se manifiesta hoy bajo la forma de la depresión. (...) Cuanto más pregona la sociedad la emancipación, subrayando la igualdad de todos frente a la ley, más acentúa las diferencias. En el corazón de este dispositivo, cada uno reivindica su singularidad negándose a identificarse con figuras de la universalidad consideradas caducas. La era de la individualidad sustituyó así a la de la subjetividad: dándose a sí mismo la ilusión de una libertad sin coacción, de una independencia sin deseo y de una historicidad sin historia, el hombre de hoy devino lo contrario de un sujeto.

                                                                (...)

            Todos los estudios sociológicos muestran también que la sociedad depresiva tiende a quebrar la esencia de la resistencia humana. Entre el temor al desorden y la valorización de una competitividad fundada exclusivamente sobre el éxito material, muchos sujetos prefieren entregarse voluntariamente a sustancias químicas antes que hablar de sus sufrimientos íntimos. El poder de los medicamentos del espíritu es así el síntoma de una modernidad que tiende a abolir en el hombre no sólo su deseo de libertad, sino también la idea misma de enfrentar la adversidad. El silencio es entonces preferible al lenguaje, fuente de angustia y de vergüenza”. [8]

Capítulo  2

LA DEPRESIÓN DESDE EL PSICOANALISIS

            La depresión no constituye, para el psicoanálisis, un concepto ya que no se puede dar cuenta de una causalidad que sea válida a pesar de la diversidad de los fenómenos. Tampoco puede entendérsela como una estructura, ya que puede presentarse en cualquiera de ellas en diferentes situaciones. Menos aun se puede pensar desde el psicoanálisis en un “trastorno del estado de ánimo”, ya que esta noción implicaría que podría estar afectada el alma independientemente del cuerpo. Lacan en “Televisión” hace referencia a esto apoyándose en la noción aristotélica de la relación mente-cuerpo, según la cual –como ya hemos visto- la mente y el cuerpo constituirían una unidad.

Respondiendo a la crítica que se le hace respecto a que se ocupa poco de los afectos, Lacan dice lo siguiente:

Que se me responda solamente sobre este punto: un afecto, ¿concierne al cuerpo? Una descarga de adrenalina, ¿es del cuerpo o no? Que desordene las funciones, es verdad. ¿Pero en qué viene ello del alma? Es del pensamiento que descarga”. [9] 

En tanto está ligado al pensamiento, el llamado “estado de ánimo” es engañoso, ya que no puede constituirse en una guía para el análisis debido a que no puede conducir a la verdad del sujeto: en tanto “disfraz del ser” no puede ayudarnos en el camino hacia el inconciente.

“El humor se diferencia de la angustia, por el hecho que no está desplazada como el afecto, sino que se la encuentra siempre en el mismo lugar. La angustia, es lo que no engaña, es certeza de su lazo al objeto. Las variaciones del humor, así como la inhibición, estarían ligadas, más bien, a las relaciones del sujeto con su falta”. [10]

Encontramos entonces dos ideas importantes respecto al afecto: en primer lugar, que está desplazado, y por ello decimos que es engañoso; y en segundo lugar, que incumbe al pensamiento. Creemos que es en este sentido que Lacan retoma el concepto de pasión de Santo Tomás, considerando más pertinente nombrar a los afectos “pasiones del alma” en lugar de estados de ánimo. Recordemos que para Santo Tomás la pasión en tanto accidente, era algo que sufría el sujeto pasivamente. Además, como pasión del alma la tristeza era una de los pecados más graves en la concepción tomista. Veamos cómo la entiende Lacan:

Se califica por ejemplo a la tristeza de depresión, cuando se le da el alma por soporte, o la tensión psicológica del filósofo Pierre Janet. Pero no es un estado de alma, es simplemente una falla moral, como se expresaba Dante, incluso Spinoza: un pecado, lo que quiere decir una cobardía moral, que no cae en última instancia más que del pensamiento, o sea, del deber de bien decir o de reconocerse en el inconciente, en la estructura”. [11] 

Estos conceptos que hemos remarcado en la cita son fundamentales para entender lo que quiere decir Lacan en este punto.

Podemos decir que la depresión  encuentra su existencia ahí donde faltan las palabras, ahí donde hay una falla en el bien decir. Francois Leguil, sin rechazar la descripción sintomática que plantea la psiquiatría respecto a la depresión, entendida como una lentificación de los procesos psíquicos, le da un fundamento psicoanalítico:

“ Los psicoanalistas consideran al sujeto siempre preso entre lo que llamamos lo simbólico, el significante, el pensamiento, y lo que efectivamente no puede ser nombrado, lo que los psicoanalistas lacanianos llaman el objeto a, el goce, etc.  (...)  La depresión es el momento en que la predominancia de lo que no se consigue pensar y de lo que es irrepresentable para el sujeto domina, llegando hasta la lentificación de todo lo que él podía hacer antes”. [12] 

Serge Cottet se refiere a la depresión respecto del duelo y luego traslada este modelo a lo que sucede en el dispositivo analítico. Dice que:

“Habiendo agotado el conjunto de los significantes que hacen la consistencia del objeto, su casulla narcisista, desvestido éste de su cobertura imaginaria i(a) que le aseguraba el significante del ideal del yo, cae al rango de objeto imposible de digerir sin ningún otro soporte narcisista; el duelo termina y un nuevo objeto engalanado con las insignias precedentes pueden hacer su aparición”. [13] 

Al igual que lo que ocurre en el duelo el trabajo analítico tiene un “efecto deprimente”. No hay necesidad de postular la existencia de una fase depresiva que el sujeto debería atravesar con la consiguiente reparación que ella implicaría. Se trataría simplemente del momento en que el sujeto constata el grado de alienación que “posee respecto de los significantes amos de su discurso”. Esta constatación equivaldría en la cura a la exigencia de la realidad en el duelo. En el análisis la exigencia está marcada por la ley de asociación libre: hay que decir lo que uno quisiera callar, esto implica la posición ética del bien decir.

Creemos que la práctica psicofarmacológica fomenta la cobardía moral, este callar lo que no se quiere decir. Se mantendría así la depresión ya no considerada desde la perspectiva del humor, ya que los síntomas cesan, se suprimen con la medicación; sino desde el campo de la pasión:

“Así, llamo depresión a esa pasión triste del alma donde hay detención del sujeto en relación al deseo”. [14]

Así es como retoma Herreros el concepto lacaniano de cobardía moral, en tanto si la pasión implica pasividad y hay detención del deseo, de lo único que se puede ser culpable es de haber cedido ante el propio deseo.

 S. Cottet entiende la depresión de la siguiente manera: 

Es pues, para la neurosis, una desestabilización de los significantes en el Otro, un agujero en el Otro lo que inaugura la serie duelo, dolor, inhibición, depresión...” [15]

Quisiéramos señalar aquí la diferencia con la melancolía en la que la pérdida es en el yo, lo que se produce es un agujero en el yo. Más adelante, y volviendo a la depresión, este mismo autor plantea que a lo que se asiste es a una operación de pérdida, no una pérdida de objeto, sino de su brillo fálico. Se trata de la castración. En este sentido, Lacan plantea que Freud en el capítulo VII de Psicología de las masas... , donde introduce por primera vez de forma articulada la noción de Ideal del yo:

...tiene tendencia a poner todas las depresiones en el registro no del Ideal del yo, sino de cierta relación vacilante, conflictiva entre el yo y el Ideal del yo”. [16]

Creemos que es a esta relación conflictiva a la que alude S. Cottet:

...si “el fantasma hace el placer propio al deseo”, toda vacilación del fantasma acarrea una irrupción de un goce de un nuevo tipo correlativo a cierta extinción del deseo; allí ubicamos nosotros el punto nodal de la depresión neurótica...”.[17]

En definitiva, creemos que la depresión es, ante todo, una constatación clínica, es la observación de un estado clínico hecho de tristeza, angustia, inhibición, etc. La depresión aparece cuando fracasa la estrategia del sujeto en relación al otro. Así, la depresión se manifestará de diferentes maneras según la estructura psíquica del sujeto en el que se presente. En palabras de F. Leguil:

“En la histeria la depresión surge cuando el sujeto fracasa en el mantenimiento de su estrategia que apunta a asegurarse el deseo del Otro, de tal forma que el Otro desee, que el Otro piense en ser la causa de ese deseo. El obsesivo puede presentar una depresión al caer un ideal que le permitía sostener la idea del deseo del Otro, que le permitía decir lo que el Otro quería, y queda totalmente deprimido cuando ya no tiene más ese enganche en la demanda del Otro”. [18]

Gerardo Herreros sostiene que también será diferente la forma de presentación de la depresión según el registro en el que se establezca:

            “...si se establece en el registro de lo imaginario, tendremos la cobardía o la renuncia subjetiva en relación al deseo, si se establece por pérdida en el registro simbólico del ideal del yo, las modalidades del duelo y si se produce una identificación al objeto en el registro real, la melancolía y ciertas presentaciones clínicas de algunas psicosis”.[19]

Esto evidenciaría lo que ya hemos afirmado: que la depresión no es reveladora de la estructura. Cualquier sujeto ante una determinada situación que, en función de su historia, le resulte significativa puede pasar por una “depresión”, ya que como dijimos, las variaciones del humor están vinculadas con la relación del sujeto con su falta. En la depresión, el sujeto retrocede ante ésta, quedando así pasivamente fijado en una posición impotente y plena de sentidos que recubren imaginariamente esa falta. El trabajo del análisis consistirá en despejar a de I(a), desnudando así al objeto como causa de deseo (“destitución subjetiva”).

CONCLUSION

            Tal como lo hemos dicho al inicio del trabajo, la pregunta de la que partimos fue ¿qué estatuto darle a la depresión desde el psicoanálisis?. Para responder a ella decidimos iniciar un rastreo histórico que nos permitió en particular, dar cuenta de los desarrollos teóricos en torno de la depresión y la melancolía; y en general, poder diferenciar dos concepciones paradigmáticas en la consideración de los afectos. Se trata de la línea de los humores y de la línea de las pasiones que sirvieron de eje articulador de las diferentes partes que componen este trabajo. La primera se remonta a la medicina hipocrático-galénica, pasando por la psiquiatría clásica, hasta el DSM IV, teniendo como fundamento último la concepción orgánica de los afectos. La línea de las pasiones en cambio, sin dejar de tener en cuenta el aspecto orgánico, retoma la cuestión de la subjetividad, considerando al ser humano como una unidad. Esta línea inaugurada por Aristóteles y Santo Tomás es la que finalmente retomará el psicoanálisis y desde la cual decidimos posicionarnos.

            Así, llegamos a entender a la depresión, antes que nada como una constatación clínica que puede manifestarse en cualquier estructura psíquica. Lo que la depresión pondría en evidencia sería una detención del deseo, que dejaría al sujeto en una posición pasiva (pasión), lo que podría entenderse como una cobardía moral. En este punto no podemos dejar de relacionar esta cobardía moral con las características de nuestra sociedad actual, la cual promueve ideales tales como evitación del conflicto, la tendencia a actuar antes que a pensar, la adaptación en lugar del cuestionamiento o de la asunción de responsabilidades ante situaciones dolorosas o difíciles de la vida, etc.

            Entonces, si bien la depresión no puede considerarse una guía válida para el análisis, ésta no puede desconocerse desde el momento que hay personas que se dicen deprimidas. Lo importante es qué se hace con eso, cómo se opera. El sector de la psiquiatría que se basa en el uso exclusivo de los psicofármacos, producirá una mejora sintomática a través de un recubrimiento imaginario de la falta, obturándola. El psicoanálisis en cambio, guiándose siempre por los principios psicodinámicos que lo fundaron, cuestionará la posición subjetiva de aquel que se autodenomina “deprimido”, interviniendo a nivel de la estructura y procurando descubrir, a través de la palabra, una Verdad, la Verdad del sujeto.

 


Notas:

[1] DSM IV, Trastornos del estado de ánimo, p. 333.

[2] Recordemos aquí a los psiquiatras alemanes prekraepelinianos que asignaban principal importancia al momento de aparición del trastorno del humor (primario o secundario) en el curso de la enfermedad para diferenciar, por ej. una manía o melancolía de una paranoia, cuestión criticada posteriormente por Kraepelin.

[3] DSM IV, Introducción, p.21.

[4] Roudinesco, E., ¿Por qué el psicoanálisis?, Ed. Paidós, p. 35

[5] Freud, S., Compendio del Psicoanálisis, Biblioteca Nueva, p. 3402

[6] Citado por E. Roudinesco, op. cit., p. 22

[7] Israel, L., p. 157

[8] Roudinesco, E., op. cit, p. 15 y 16, 24, 27 y 28.

[9] Lacan, J., Televisión, p. 104  

[10] Briole, G., “La depresión, un sufrimiento más allá de las palabras”, en revista El Caldero, p. 17

[11] Lacan, J., op. cit., p. 107

[12] Leguil, F., “Las depresiones”, en revista El Caldero, p.9.

[13] Cottet, S., “La depresión”, en ¿Cómo se analiza hoy?, p. 139

[14] Herreros, G., “Depresión: pasión de la edad moderna, en revista Acheronta, 10 de diciembre de 1999

[15] Cottet, S., op. cit., p. 139

[16] Lacan, J., El seminario. Libro 5, p. 297

[17] Cottet, S., op. cit., p. 141

[18] Leguil, F., op. cit., p. 13

[19] Herreros, G., op. cit.

 

Fuente: Universidad Nacional de Mar del Plata. Facultad de psicologia. Trabajo de investigación correspondiente al requisito curricular según plan de estudios O. C. S. Nº143/89. Supervisor: Lic. María Teresa Bertolami. Cátedra de radicación: Desarrollos del psicoanálisis. 6 de diciembre de 2000. Esta monografía es propiedad de las alumnas Ana Paula Cabaleiro, Guillermina Fernandez Mugetti y María Paula Saenz de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Mar del Plata y no puede ser publicada en todo o en parte, o resumirse, sin el consentimiento escrito de las autoras.

El autor de este Sitio agradece expresamente la confianza y el lugar que le han dado las autoras de este trabajo. Gerardo Herreros

  Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar