
Con La melancólica muerte de Chico Ostra, Tim Burton nos confirma un presentimiento. Puede moverse en el cine, puede escribir en verso, pero lo suyo es el ejercicio de una extraña y poco convencional ternura.
Este diminuto libro escrito en forma de verso por Tim Burton e ilustrado con acuarelas por él mismo podría haberse llamado Los melancólicos hijos del artista de la tinta negra. Almas gemelas de los solitarios personajes de sus películas, el librito nos invita a reencontrarnos con ellas y a sufrir impotentes las angustias que padecen tan solo por ser diferentes. "El Chico Robot" cuenta, por ejemplo, la crisis que se produce en un matrimonio que lleva una vida apacible y feliz hasta que descubre que el bebé que tienen no es suave ni calentito sino un robot de hojalata. El padre alterado pregunta al doctor a qué se debe el error y este le confiesa sin rodeos que en realidad él no es el padre sino un horno... un horno de microondas.
La historia más triste es la del Chico Ostra cuyos padres se declaran en la costa del mar. El pobre Carlo huele a pescado, sufre el rechazo de los chicos del barrio y se pasa las horas mirando cómo el agua se arremolina en la alcantarilla. Carlo es finalmente devorado por su padre y enterrado en la playa. Pero nadie podrá recordarlo porque las olas borran todas las huellas de su salada existencia.
Resulta imposible no ver a Eduardo Manos de Tijeras en la desolación de Carlo y el rechazo que su aspecto despierta. Tampoco es difícil reencontrarse con el trágico pingüino de Batman vuelve, despreciado por sus padres porque nace con aletas en lugar de manos. No encuentro en el recuerdo otro personaje que me despierte tanta piedad como la que me provoca ese desgraciado hombre pingüino arrojado por sus padres a las aguas de un canal en una canasta de mimbre como una versión contaminada del mito de Moisés. El bebé con aletas es recogido por los pingüinos del Zoo que lo adoptan como lo habían hecho los faraones de Egipto. A medida que el monstruo crece aumenta también su obsesión por saber quiénes fueron sus padres y por qué hicieron lo que hicieron. La escena del pingüino frente a la tumba de sus padres es desgarradora, y aunque la pobre bestia intenta perdonarlos, todos sabemos que la herida que lo atraviesa es una herida de muerte.
Junto con Gatúbela y Batman dibujan un insano triángulo trágico.
Los tres han perdido sus huellas humanas pero no del todo su humanidad. ¿Quién
está por encima de quién, el hombre o el monstruo, la bella o la bestia?
El hombre pingüino muere derrotado al borde del estanque helado. Sus hijos, los pequeños pingüinos del Zoológico, rodean su cuerpo y lo conducen solemnes hasta el corazón del lago. El monstruo se hunde en las aguas heladas que borran, como las olas del Chico Ostra, todas las huellas de su miserable existencia.
Tim Burton se parece como artista a uno de los personajes del libro al que han bautizado Chico Mancha porque tiene la propiedad, para él la desgracia, de manchar todo lo que se pone encima. El Chico Mancha sueña con ser un héroe inmaculado, le regalan un traje y capa nueva... mas en cuestión de minutos (no llegaron a ser diez) manchas de grasa y esputos se formaron otra vez.
Algo parecido le ocurre al Chico Burton con cada historia o personaje que cae en sus manos. Pensemos en el Batman de Adam West:
Si una serie fue colorida y alegre a rabiar,
no duden de que negra y tortuosa la va a dejar.
Su carácter obsesivo crea héroes depresivos
y aunque una comedia sea su intención,
su peculiar visión deja siempre un manchón.
Otro de los delirantes personajes recibe el apodo de Chico Tóxico porque para él era el oxígeno lo cancerígeno. Inhalaba polución y de un tarro de aerosol. Un día lo sacaron al jardín y aunque suene a rareza murió de exceso de naturaleza.
El cuentito me lleva a pensar en aquellos años en los que Tim trabajaba en los estudios del tío Walt y en el espanto que provocó su primer cortometraje en blanco y negro con la voz de Vincent Price. No es de extrañar que al propio Tim lo apodaran Chico Tóxico por sus dibujos macabros en la tierra del ratón Mickey. Tampoco hubiera sido extraño que Tim muriera allí dentro, al menos como artista, si hubiera seguido dibujando ardillas en lugar de pesadillas.
¿Será cierto que Tim casi se ahoga en un tanque de tinta negra cuando a los seis años lo llevaron de visita a una fábrica de anilinas? ¿Habrá sufrido una intoxicación de nitrato de plata de tanto ver películas de miedo en blanco y negro? ¿Se habrán casado sus padres en la capilla del cementerio o en el bosque embrujado de Sleepy Hollow? ¿De qué recoveco de su mente espiralada nacen sus criaturas marginadas?
¡Qué grandes dosis de alegría necesitan los melancólicos hijos de Tim Burton para compensar los sufrimientos que les reserva la vida!
Edward con sus tijeras por manos no puede acariciar sin lastimar y Jack Skellington quiere ser Santa Claus pero está condenado a asustar.
La desigualdad pesa sobre ellos como una carga existencial insalvable y la pérdida de sus padres o creadores -como ocurre con Edward, Batman, el pingüino y el flamante Ichabod Crane de La leyenda del jinete sin cabeza- equivale a un estado de mutilamiento que los arroja solos y desvalidos a la periferia del mundo que los rodea.
Después de que ellos siendo niños reciben la primera injusticia seguirán añorando y queriendo a sus padres, pero nunca volverán a ser los mismos. En el caso de Edward, el más querible de sus personajes, conmueve que su mala suerte, en lugar de agriarle el carácter, se lo haya endulzado.
Aunque no sabemos nada de sus historias arcaicas, el soñador y extravagante Ed Wood, el viejo Bela y toda la troupe de freaks que lo acompañan forman una familia de corazones solitarios que por algún motivo me recuerdan a los niños perdidos del Peter Pan de James Barrie.
¿Comparte Ichabod Crane de Sleepy Hollow alguno de los rasgos de estos personajes? Por lo pronto, el extraño personaje parece salido de alguno de los versos rimados del libro de Burton. Veamos...
Quien de afuera lo veía
Muy valiente parecía
Más por dentro en sus entrañas
El miedo lo carcomía.
Tanto Ichabod como Edward son asediados por sus recuerdos, que irrumpen en el presente y con los que van a ir recomponiendo las claves de sus propios enigmas: ¿de dónde vienen las marcas que los hacen diferentes?
El asustadizo Ichabod de la versión de Burton sufre miedos ingobernables y se ha defendido de ellos escudándose en las sólidas trincheras del pensamiento científico. Ichabod ha desarrollado una personalidad contrafóbica que le permite actuar bajo la fuerza cegadora del impulso como un investigador arrojado y audaz. Su aventura en el bosque encantado de Sleepy Hollow es también un viaje hacia las regiones penumbrosas de su infancia y lo que allí descubre es precisamente el hecho de que lo irracional y la locura que envuelve la muerte de su madre no puede explicarse con las leyes de la razón.
Aunque el final parezca feliz, su amor hacia Katrina (la niña bruja) devuelve a Ichabod el territorio de lo inexplicable de supercherías y conjuros del cual había intentado escapar.
A pesar de que sus últimas películas tienen una apariencia luminosa y feliz, nada puede impedir que uno termine de verlas con un nudo de congoja. Tim le concede a Ed Wood un final triunfalista pero todos sabemos, y el propio epílogo se encarga de aclararlo, que Ed Wood y sus monstruos excéntricos nunca pudieron salir de la carpa de su propio circo. El castillo de Edward en relación con el suburbio aplanado, la colina espiralada de Jack en Halloween Town, el molino laberíntico del jinete y los decorados planos de cartón pintado en Ed Wood expresan de una u otra manera el desajuste, el tremendo desacomodamiento de estos tristes personajes en relación con el mundo que anhelan pero que los deja afuera. En el cuento de Pesadilla antes de Navidad escrito por Tim en verso y que inspiró la película, Jack -después de fracasar en su intento por reemplazar a Santa Claus en el mundo de la Navidad- vuelve a su vieja colina de pensamientos con la certeza de que no es conveniente salir de su propio mundo. Santa recompensa la pureza del personaje haciendo que la Navidad entre en Halloween pero Jack termina irremediablemente solo, sin una Sally que pueda abrigar el frío que invade su alma.
Uno de los cuentos del libro, el del Chico Ancla, cristaliza de manera poética este determinismo que pesa sobre sus personajes. El cuento es la historia de un amor imposible entre una chica que viene del mar y un músico que toca en una isla. Como la Sirena de Andersen, la chica del mar está dispuesta a dejar el océano para ir con él a tierra firme, pero conquistar el amor del músico resulta imposible aunque lo intenta por todos los caminos. En un esfuerzo desesperado por retenerlo queda embarazada pero la criatura que nace no es rosada ni tibiecita, sino un ancla fría y oxidada. En lugar de unirlos, el bebé ancla los distancia y el músico la abandona con la excusa de una gira. El final es terrible porque ella queda sola con su hijo ancla que, cada vez más grande y pesado, termina hundiéndola a ella y a sus anhelos en las profundidades del mar.
Mientras se hundía hasta el fondo
Sin sus sueños realizar
Eran ella sola y su hijo
Y los peces de la mar.
El último
cuento tiene solo diez palabras, se llama "Chico Ostra sale de casa" y
en realidad es un pensamiento o una insinuación. Simplemente cuenta con
textuales palabras que el día de Halloween decidió disfrazarse de humano. No
sabemos qué pasa después pero sí sabemos lo que le pasó al pobre Jack cuando
se disfrazó de Santa Claus.
Personalmente espero que
a este artista de pensamiento macabro,
con pelo enmarañado y gesto turbado,
que nos cuenta historias de personajes insanos
que tienen tijeras y aletas en lugar de manos,
nunca jamás se le ocurra disfrazarse de
[humano.
Fuente: © ElAmante.com - 10/02/2000.
Por Gabriela Liffschitz
"Mi padre y mi madre, mi hermano, los compañeros del
colegio, el cartero... todos ellos siempre me dieron miedo; corría a esconderme
en mi habitación para evitarlos. Pero los fantasmas, duendes y monstruos
siempre fueron mis amigos." Tim Burton tiene un universo propio, construido
desde niño con cuidadosa precisión. Y ese universo, sus engendros, sus orígenes,
se encuentran reunidos en un libro que más se parece a una joya para
coleccionistas que a un objeto de lectura. La melancólica muerte de Chico Ostra
es un muestrario de esos "personajes monstruos" o "personajes
fantásticos", fascinantes y fascinados,
aunque
también enloquecidos o perturbados, por su propia condición y las
insospechadas posibilidades que de ellas se desprenden. También son los
personajes con los que este otro chico insólito, el autor, se entretiene y saca
a pasear con ellos el tragicómico escenario de sus historias. Este aventurado
director de orquesta de la caricaturización hace honor, en La melancólica
muerte de Chico Ostra, a sus verdaderos inicios como dibujante en los estudios
Disney. Entre pequeños textos en verso rimado, Burton desliza unos diminutos y
enclenques personajes, al mismo tiempo frágiles y certeros, casi todos niños,
signados por la peculiaridad. Casi como un chiste (ellos mismos) u objeto de
tales vericuetos del lenguaje y probablemente creados para establecer un lugar
menos siniestro a la calidad de monstruo, al estilo del Frankenstein de Mel
Brooks, estos dibujitos enternecedores y la destreza de su creador, logran hacer
converger la ternura con la crueldad, la melancolía con la carcajada, la
indolencia con lo siniestro, lo desmesurado de la imaginación con la
rigurosidad de la rima. "Por ahorrarnos la demanda,/la llamaremos Amanda/(o
"la que encuentra contento/esnifando pegamento)./Sé que tiene este
desliz/pues cada vez que se suena/el kleenex -tras que ella truena-/se le pega a
la nariz." Director y/o productor de películas como Beetlejuice, Batman,
Ed Wood, El joven manos de tijeras y Marte ataca, entre otras, queda claro que
Tim Burton tiene una probada preferencia por los personajes más extraños y
"diferentes" del comic y de aquellos delineados por la
"super-expresión" de los '50, y una respuesta original al pánico de
la mediocridad.
En este libro, escrito y dibujado por Tim Burton, el cineastra de Ed Wood, Batman, Eduardo Manostijeras y Beetlejuice se muestra fiel a su universo de una inventiva tan particular, en la que se mezclan la crueldad y la ternura, lo macabro y lo poético.
Tim Burton nos ofrece una asombrosa galería de niños solitarios, extraños y diferentes, excluidos de todo y próximos a nosotros, que nos van a horrorizar y enternecer, a emocionarnos y hacernos reír. "Bajo el modelo del nonsense de Edward Lear, un libro horrible y adorable, dedicado a los adultos que no pueden crecer y a los niños enfermos de demasiada fantasía" (Marco Giusti, L'Espresso). "Un universo en el que poesía y crueldad, humor y horror cohabitan en un milagro equilibrio... Un librito magnífico" (J.D. Beauvollet, Les Inrockuptible.
Fuente: http://www.fortunecity.es/ilustrado/soldados/24/libros.htm

Por FABIO BLANCO
El talento polimorfo del director de Batman produjo
este libro bello y triste, lleno de humor negro, de ternura y un módico horror.
LA MELANCÓLICA MUERTE DE CHICO OSTRA. Tim
Burton, Anagrama, 140 páginas
En 1863, un libro compuesto de rimas y
dibujos se hizo repentinamente popular, suscitó concursos, imitaciones y la
aceptación de una fórmula literaria. El Book of Nonsense, del inglés Edward
Lear, presentaba una colección de limericks: composiciones de cinco versos con
rima aabba, la última línea repitiendo (o casi) la primera, y en clave de
absurdo.
Formas primitivas del limerick pueden hallarse en canciones medievales y rimas
infantiles. Lear no los inventó, pero sus personalísimas ilustraciones y una
estructura repetida ("Había un hombre de tal o cual zona geográfica que
hacía tal o cual cosa") consagró un género de libro para niños, como
Cat in the Hat, aún best-seller en los Estados Unidos.
En 1997 Tim Burton escribió La melancólica muerte de Chico Ostra retomando la
tradición del Book of Nonsense, pero sólo para pervertirla. Lo que en Lear son
absurdos orígenes geográficos, en Burton son oscuros orígenes de gestación,
a veces debidos a antojos o relaciones contra natura.
En los primeros minutos de Batman vuelve, Burton presentaba al Pingüino como un
monstruoso bebé con aletas cuya primera gracia fue matar al gato. Acto seguido
sus padres lo arrojaban a las cloacas, con lo que podía conjeturarse que la
monstruosidad era sólo un rasgo hereditario. El mismo esquema siguen las
historias rimadas de La melancólica muerte...: Burton describe con negro humor
el disgusto de los padres ante un niño robot, un niño momia o un niño ostra,
y con frío cinismo la forma en que deciden remediar la situación. El
"remedio" tiene el macabro encanto de Poe (Niño Momia), cuando no es
sencillamente terrorífico (Niño Ancla, Niño Ostra).
Los juegos de palabras son de una literalidad entre tierna y siniestra: el Chico
Palillo arde de amor por la Chica Cerilla... hasta quedar chamuscado; cuando la
Chica-Que-Mira deja que sus ojos descansen, éstos salen de sus cuencas y se
relajan junto a una piscina. Como Lear, Burton consigue un equilibrio perfecto
entre texto e ilustración, que lamentablemente el castizo traductor ignora: en
su esfuerzo por conservar la rima no sólo inserta términos como churumbel y
nombres como Paquito Serra, sino que trastoca a menudo el sentido del texto. El
lector que conozca el inglés podrá ensayar una lectura alternativa, saltando
de los dibujos del cuerpo principal al apéndice en el que figura el texto
original, casi una confesión de culpabilidad por parte de los editores.
COMPATIBLE
Con la fórmula de los limericks de Edward Lear y un repertorio dibujado y
rimado de niños monstruosos (Chico Ostra, Chico Momia), tan solitarios e
incomprendidos como el Pingüino o el Joven Manos de Tijeras.
Fuente: http://www.3puntos.com/seccion.php3?numero=200&nEsp=149&seccion=archivo&archivo=149lfe01