Notas a "Duelo y melancolía"

James Strachey

Ediciones en alemán


1917 Int. Z. ärztl. Psychoanal., 4, nº 6, págs. 288-301.

1918 SKSN, 4, págs. 356-77. (1922, 2º ed.)

1924 GS, 5, págs. 535-53.

1924 Technik und Metapsychol., págs. 257-75.

1931 Theoretische Schriften, págs. 157-77.

1946 GW, 10, págs. 428-46.

1975 SA, 3, págs. 193-212.

Traducciones en castellano

1924 «La aflicción y la melancolía». BN (17 vols.), 9, págs. 217-35. Traducción de Luis López-Ballesteros.

1943 Igual título. EA, 9, págs. 209-26. El mismo traductor.

1948 Igual título. BN (2 vols.), 1, págs. 1087-95. El mismo traductor.

1953 Igual título. SR, 9, págs. 177-90. El mismo traductor.

1967 Igual título. BN (3 vols.), 1, págs. 1075-82. El mismo traductor.

1972 «Duelo y melancolía». BN (9 vols.), 6, págs. 2091-100. El mismo traductor.


Ernest Jones (1955, págs. 367-8) nos informa que Freud le expuso el tema del presente artículo en enero de 1914, y habló sobre él en la Sociedad Psicoanalítica de Viena el 30 de diciembre de ese año. En febrero de 1915 escribió un primer borrador. Lo remitió a Abraham (cf. Freud, 1965a, págs. 206-7 y 211-2), quien le envió extensos comentarios; entre ellos, la importante sugerencia de una conexión entre la melancolía y la etapa oral de la libido. El borrador final quedó completado el 4 de mayo de 1915, pero, como el del artículo anterior, fue publicado dos años después.

En época muy temprana (probablemente en enero de 1895), Freud había enviado a Fliess un detallado intento de explicar la melancolía (término bajo el cual Freud incluía, por lo común, lo que ahora suele describirse como estados de depresión) en términos puramente neurológicos (Freud, 1950a, Manuscrito G), AE, 1, págs. 239-46.

Este intento no resultó muy fructífero, y pronto fue remplazado por un enfoque psicológico. Apenas dos años más tarde, nos encontramos con uno de los casos más notables de anticipación de los hechos por parte de Freud. Ocurre en un manuscrito, también dirigido a Fliess y titulado «Anotaciones III». Consignemos que en este manuscrito, fechado el 31 de mayo de 1897, aparece prefigurado por primera vez el complejo de Edipo (Freud, 1950a, Manuscrito N), AE, 1, pág. 296. El pasaje en cuestión, tan denso en significado que por momentos resulta oscuro, merece ser citado en forma completa:


«Los impulsos hostiles hacia los padres (deseo de que mueran) son, de igual modo, un elemento integrante de la neurosis. añoran concientemente como representación obsesiva. En la paranoia les corresponde lo más insidioso del delirio de persecución (desconfianza patológica de los gobernantes y los monarcas). Estos impulsos son reprimidos en tiempos en que se suscita compasión por los padres: enfermedad, muerte de ellos. Entonces es una exteriorización del duelo hacerse reproches por su muerte (las llamadas melancolías), o castigarse histéricamente, mediante la idea de la retribución, con los mismos estados [de enfermedad] que ellos han tenido. La identificación que así sobreviene no es otra cosa, como se ve, que un modo del pensar, y no vuelve superflua la búsqueda del motivo».


Freud parece haber dejado totalmente de lado la aplicación ulterior a la melancolía de la línea de pensamiento bosquejada en este pasaje. De hecho, muy rara vez volvió a mencionar este estado antes del presente artículo, si se exceptúan algunas observaciones suyas incluidas en un debate sobre el suicidio que tuvo lugar en 1910 en la Sociedad Psicoanalítica de Viena (véase Freud (1910g), AE, 11, pág. 232); en esa oportunidad destacó la importancia de establecer una comparación entre la melancolía y los estados normales de duelo, pero declaró que el problema psicológico, allí involucrado era todavía insoluble.

Lo que permitió a Freud reabrir el tema fue, por supuesto, la introducción de los conceptos del narcisismo y de un ideal del yo. El presente artículo puede considerarse, en verdad, una extensión del trabajo sobre el narcisismo que Freud escribiera un año antes (1914c). Así como en ese trabajo había descrito el funcionamiento de la «instancia crítica», en este se ve la misma instancia operando en la melancolía.

Pero las implicaciones de este artículo -que no fueron evidentes de inmediato- estaban destinadas a ser más importantes que la explicación del mecanismo de un estado patológico particular. El material aquí contenido llevó a la ulterior consideración de la «instancia crítica», en Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), AE, 18, págs. 122 y sigs.; y esto a su vez condujo a la hipótesis del superyó, en El yo y el ello (1923b), y a una nueva evaluación del sentido de culpa.

Desde otro punto de vista, este artículo exigió someter a examen toda la cuestión de la naturaleza de la identificación. Freud parece haberse inclinado primero por considerarla estrechamente asociada a la fase oral o canibálica del desarrollo de la libido, y quizá dependiente de ella. Así, en Tótem y tabú (1912-13), AE, 13, págs. 143-4, había escrito acerca de la relación entre los hijos y el padre de la borda primordial: «En el acto de la devoración consumaban la identificación con él». Y en un pasaje agregado a la tercera edición de los Tres ensayos de teoría sexual (1905d), publicado en 1915 pero escrito algunos meses antes que el presente artículo, describió la fase oral o canibálica como «el paradigma de lo que más tarde, en calidad de identificación, desempeñará un papel psíquico tan importante» (AE, 7, pág. 180). Aquí se refiere a la identificación como «la etapa previa de la elección de objeto [ ... ] el primer modo [ ... ] como el yo distingue a un objeto», y agrega que el yo «querría incorporárselo, en verdad, por la vía de la devoración, de acuerdo con la fase oral o canibálica del desarrollo libidinal» (ver nota). Y ciertamente, aunque haya sido Abraham quien sugirió la relevancia de la fase oral para la melancolía, el propio Freud había comenzado ya a interesarse por ello, como lo muestra el historial clínico del «Hombre de los Lobos» (1918b), escrito durante el otoño de 1914 y en el que esa fase desempeña un papel prominente. (Cf. AE, 17, pág. 97.) Pocos años después, en Psicología de las masas (1921c), AE, 18, págs. 99 y sigs., donde se retoma el tema de la identificación como continuación explícita del examen que aquí se hace de él, parece haber un cambio respecto del punto de vista anterior -o quizá solamente una elucidación-. Allí leemos que la identificación es algo que precede a la investidura de objeto y se distingue de ella, aunque todavía se nos dice que «se comporta como un retoño de la primera fase, la fase oral». En muchos de sus escritos posteriores, Freud hizo reiterado énfasis en esta concepción de la identificación; por ejemplo, en El yo y el ello (1923b), donde escribe que la identificación con los padres «no parece ser, en el comienzo, el resultado o el desenlace de una investidura de objeto; es una identificación directa e inmediata, y más temprana que cualquier investidura de objeto» (AE, 19, pág. 33).

Más tarde, sin embargo, lo más significativo de este artículo parece haber sido para Freud su exposición del proceso a través del cual una investidura de objeto es remplazada en la melancolía por una identificación. En el capítulo III de El yo y el ello, Freud argüiría que ese proceso no se restringe a la melancolía sino que es bastante general. Estas identificaciones regresivas, señaló, son en buena medida la base de lo que llamamos el «carácter» de una persona. Pero, lo que es mucho más importante, indicó que las más tempranas de estas identificaciones regresivas -las que provienen del sepultamiento del complejo de Edipo- pasan a ocupar una posición muy especial, y forman de hecho el núcleo del superyó.

James Strachey

Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar