Silvia López
Velada o manifiesta, la amenaza del suicidio no es ajena al curso
transferencial de algunos análisis. Pero es probable que los analistas
-amparados en nuestras categorías de acto, acting out y pasaje al acto- no le
hayamos otorgado al tema del suicidio y la transferencia, la debida importancia.
Gracias a lo cual, la cuestión del suicidio navega, en general, como un banco
errático de hielo, a la deriva.
Posiblemente el prestigio adjudicado a la definición que Lacan le da en
Televisión, al ubicarlo como el único acto que tiene éxito sin fracaso, ha
contribuido más que a reflexionar, a adormecer nuestro pensamiento sobre el
tema.
Sin embargo, cuando nos enfrentamos a la clínica las cosas cambian y, rápidamente,
el riesgo de muerte del analizante convierte a aquel prestigio del suicidio en
un problema: cómo encarar nuestra maniobra transferencial. Nos envía a la
reflexión acerca de cómo la hemos encarado hasta el momento, nos mueve de
inmediato a los controles, y otras veces, además, nos quita el sueño. El sueño,
sobre todo, de nuestro dominio.
Recordemos que Freud, en su Contribución al simposio sobre el suicidio, al
responzabilizar a los educadores, pone luz a la relación existente entre el
acto suicida de los jóvenes y la institución como amo de la situación. ¿Cómo
abordar esta relación?. Este vínculo entre la opresión ejercida por el amo
(aunque no se trate más que de un semblante) y la respuesta suicida de un
sujeto.
Bastaría tal vez revisar los suicidios eternizados de Karénina o Bovary; en ambos encontraríamos aquél vínculo bajo la forma poética de librarse del curso errado de sus pasiones. Lo encontraríamos también en el joven Werther, y posiblemente ningún personaje de ficción muestre mejor que este último la relación entre el semblante del amo y el acto suicida, porque se trata precisamente de un personaje construido por Goethe en el seno de un movimiento que iba contra las ataduras de la literatura alemana.
En la Alemania de 1770, durante el pre-romanticismo, los nobles de la
ilustración convivían con los escritores. Goethe, al igual que Schiller,
formaba parte de un movimiento reivindicador del genio, llamado Sturm und Drang,
éste se genera en una tendencia nacida de la preocupación por el hombre y su
papel en el mundo. La rebelión del Sturm und Drang se alzaba contra la
estrechez de la vida político--social y contra los factores normativos.
Así, cuando Goethe escribe Las cuitas del joven Werther, el suicidio más célebre
de la historia de la literatura alemana, produjo un eco delirante, ya que era la
expresión artística perfecta de las ansías del Sturm und Drang. El Werther de
Goethe muestra el estado patológico que amenaza a los jóvenes del
subjetivismo.
Hay, al menos, tres elementos configurando esta obra: el discurso amo
(representado por la nobleza que se adueñaba del saber), el subjetivismo
extremo (marcado por Goethe en las vicisitudes de la decepción amorosa) y el
suicidio.
El caso que quiero relatar puede enmarcarse imaginariamente en esta constelación.
a) El amo: un padre científico y racional ocupado en demostrar la legitimidad
de sus acciones. b) La decepción amorosa: porque la respuesta del otro nunca
está a la altura de lo esperado. Y c) La tentativa de suicidio.
Quiero hablar de las vicisitudes de dicha constelación, a partir de lo que se
despliega en el análisis.
El caso: Las huellas de sangre
Se trata de una mujer de 32 años que ha tenido varios intentos de suicidio.
Si hubiera tenido que juzgar por sus relatos, el tratamiento que le daba a su
cuerpo, a través de cortes en las venas, combinados con la ingestión de
frascos enteros de psicofármacos, le hubiera supuesto la inmortalidad. La
comunicación de esta precaria conclusión durante las entrevistas (Usted parece
inmortal) dio paso a un itinerario trans-ferencial, en el que quedarían
vinculados el supuesto saber y el supuesto inmortal, dado que desde ese momento
ella ha entendido que la analista desestabiliza la relación existente entre el
daño físico (en especial el derramamiento de sangre) y la muerte como
resultado.
Luego se abrirá una primera incógnita para esta sujeto: ¿por qué la sangre?.
Tomé este elemento como el ordenador que gobernaba las escenas suicidas, ya que
una y otra vez sus tentativas concluían en la siguiente expresión: ¡Por fin
la sangre! Parecía un objetivo a partir del cual comenzaba la acción.
Si me he pemitido situar en la introducción al joven Werther, no ha sido por
nada, lo he situado porque da el tono exacto de lo que mi analizante refería
como su padecer: el romanticismo. Desde este epígrafe contradice a todos sus médicos
el diagnóstico que se ha barajado hasta el momento: borderline con tendencia a
la depresión. Atormentada con la melancolía de los recuerdos infantiles, donde
era la niña amada de su madre, sitúa su primer desengaño en el nacimiento de
su hermana, a partir de lo cual ha dejado de ser única. Considera que sus
valores sensibles no concuerdan con la situación actual del mundo y se refugia,
mientras tanto, entre las líneas de sus poemas nocturnos que no alcanzan nunca
la celebridad.
Me llama después de su última debacle, provocada -a su juicio- por una decepción
sufrida en relación a su psiquiatra, que habiendo respondido a sus reclamos
amorosos se acostó con ella en dos oportunidades. Entendiendo que el error
profesional de ese sujeto enfermizo ha recaído sobre ella, y que, una vez más,
sus valores humanos no coinciden ni siquiera con la psiquiatría moderna, queda
hundida en la mayor de las depresiones, ya no quiere la vida, se corta las venas
y luego es internada por aquel mismo psiquiatra enfermizo que se había acostado
con ella tres semanas atrás.
Consultar ahora con una mujer la tranquiliza por dos motivos, uno es que no
tiene riesgo de enamorarse y sufrir decepciones, y el otro es que las mujeres
saben que no hay un sólo hombre capaz de amar verdaderamente.
La búsqueda patética de su mitad sexual la encerraba en un circuito repetido
que iba de la decepción a la tentativa suicida, mientras que el derramamiento
de sangre ponía final a la escena. Entre tanto, lo que ubico imaginariamente
como su romanticismo, preparaba el campo para recomenzar.
A la vez que me proponía investigar los pasos de este circuito, me preguntaba
cuál podría ser el alcance de su amor de transferencia y me preparaba, sin
saberlo, para la llegada de su estrategia amorosa: romanticismo y decepción. En
un principio supuse que este cruce podía producirse en algún momento como
reacción a un aumento de honorarios, cambio de horario, o simplemente como
respuesta posible a la no sujeción del analista a la demanda. Sin embargo, me
tocó comprobar que su estrategia era mucho más sutil, dado que encontraría la
decepción por un camino inesperado.
Se produce un encuentro casual fuera del ámbito de las sesiones, me observa
detenidamente y deduce que estoy en otra cosa. Se agregará a esto un pequeño
accidente de su hermana que requiere la atención del padre, y una actitud
hostil por parte de su marido que ha vuelto a engañarla. En lo sucesivo, dirá
que ha comenzado a deprimirse y que todo pierde sentido. Pronto dejará un
mensaje en mi contestador: Lo siento, volví a cortarme.
Hay dos movimientos clave en el curso de este tratamiento.
1) Hacia el final del segundo año de análisis comenzaba a aparecer lo que
consideré un primer paso en el esclarecimiento de los episodios suicidas
ligados al derramamiento de sangre. En el relato de sus recuerdos de infancia ha
omitido contar un suceso anterior al nacimiento de su hermana. En un embarazo
avanzado, un feto muerto es retenido por la madre. Habiendo sido la hija amada,
la aparición de un nuevo embarazo hace peligrar su situación de privilegio. El
feto muerto es desalojado y una hemorragia prolongada pone fin a la situación.
La expresión ¡por fin la sangre! Parecía encontrar una primera articulación.
Sin embargo, este primer avance significante no resolvía la interrogación de
por qué ella misma se acercaba a quedar sin vida al cortarse las venas. Sospeché
que el carácter de los episodios no correspondían exactamente a una explicación
por la vía del amor, y del hacer uno de dos. En efecto, esta articulación
significante había funcionado en el nivel del síntoma, mejoró sus desarreglos
menstruales, sus contracturas que le impedían el movimiento, y sus desmayos,
pero su amenaza suicida no se alteraba, y para entonces decía: lo volveré a
intentar.
La sangre era, a mi juicio, un elemento fantasmático que la suspendía en los límites
de un juego casi mortal, mientras que la barra del gran Otro constituía la
plataforma de su decepción.
2) El segundo movimiento se produce entonces en torno a una frase del padre que
insiste: Le debo a sus manos todo lo que soy. Las asociaciones remiten la frase
a su abuela paterna, quien trabajando clandestinamente como abortera ha
conseguido costear, desde el más humilde de los orígenes, la profesión científica
del padre.
Nuevamente la sangre que pone fin al embarazo, pero en este nuevo camino, no es
la prueba del deseo del A lo que está en juego, sino la posición del padre en
la estructura.
La otra línea asociativa: el padre está orgulloso de ella al encontrarle una
enorme similitud con esta abuela por ciertos rasgos de carácter: ambas
pertenecen a la clase de mujeres capaces de todo para conseguir sus objetivos.
Debo aclarar que, durante las tentativas de suicidio, el padre tiene un lugar protagónico, en el que interrumpe su habitual indiferencia para poner orden a la situación.
Retomaré aquí el punto de partida de este trabajo al volver a poner el
acento en el lugar del amo y su relación con el suicidio, para pensar el
alcance que obtuvo en las particularidades de este caso.
Es claro que el padre juega un rol de amo en su estructura; si pensamos desde
aquí la tentativa de suicidio el resultado es uno: se trata de faltarle al amo,
que en este caso toma su forma más radical dado que este faltarle ella lo juega
con todo, lo juega en el plano de su propia existencia. Faltarle al amo, nos
dice Lacan, es encarnar una verdad y esa verdad es que el amo está castrado.
Sin embargo, la lógica del caso me ha llevado a pensar que no se trata aquí
meramente en esta relación pasional al A, de un poner en jaque la posición del
amo, (si bien está de algún modo logrado, dado que ella desordena el rigor de
los conceptos establecidos del padre). Hay, además, otra cuestión. Hay que
pensar el carácter repetitivo de su acto en torno a la sangre como el paradigma
de la obediencia; es un momento de sumisión gozosa en el que captura al padre y
le devuelve la imago perdida de una mujer con manos ensangrentadas que lo ha
hecho ser. ¿Cómo entender esta contradicción?.
Parece tratarse de un acto con dos aristas en el que, por un lado, se arma un
padre, se consigue que un padre sea (lo que explica el alivio con la presencia
de la sangre) y, por otro, en el ensayo de su propia muerte, se tienta
destituirlo.
Buscar la orientación al padre en la tentativa de suicidio fue la clave que
Freud nos dejó en el caso de la joven llamada homosexual femenina. Me pregunto
cómo pensar esta orientación al padre cuando en el fino borde del coqueteo con
la muerte la histérica encuentra su final, y en este acto es ella misma el
objeto perdido de la castración paterna.
El caso que presento se encuentra en ese fino borde; es, por un lado, la
denuncia de una verdad sobre el padre, verdad en el hecho de que él está hecho
de sangre, es también una apelación al Otro (en el sentido del acting out),
mientras que del otro lado del borde se desliza el intento de sepa-ración del
Otro, al dejarlo en el afuera más radical del pasaje al acto suicida.
Tal vez entre acting out y pasaje al acto exista una línea de conexión
inexplorada, baldía, con la que debiera maniobrar el analista.
Fuente: http://www.eol.org.ar/publicaciones/coleccion/col_vol_tem_transtallopez.htm