¡Amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre... así como para
distraer las brumosas y grises melancolías...
Y empezó a curar su melancolía, con glóbulos y duchas, al comenzar la primavera, Berta, la niña de los ojos color de aceituna, que llegó a estar fresca como una rama de
durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul...
Azul.
Ello era natural. El desarrollo, la edad... síntomas claros,
falta de apetito, algo como una opresión en el pecho, tristeza, punzadas a veces
en las sienes, palpitación... Ya sabéis; dad a vuestra niña glóbulos de
arseniato de hierro, luego, duchas. ¡El tratamiento!...
Y empezó a curar su melancolía, con glóbulos y duchas, al comenzar la primavera,
Berta, la niña de los ojos color de aceituna, que llegó a estar fresca como una
rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un
cuento azul.
A pesar de todo las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta, pálida
como un precioso marfil, llegó un día a las puertas de la muerte. Todos lloraban
por ella [57] en el palacio, y la sana y sentimental mamá hubo de pensar en las
palmas blancas del ataúd de las doncellas.
Hasta que una mañana la lánguida anémica, bajó al jardín, sola, y siempre con su
vaga atonía melancólica, a la hora en que el alba ríe. Suspirando erraba sin
rumbo, aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó en el zócalo
de un fauno soberbio y bizarro, cincelado por Plaza, que húmedos de rocío sus
cabellos de mármol, bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Azul
Yo supe de dolor desde mi infancia;
mi juventud..., ¿fue juventud la mía?,
sus rosas aún me dejan su fragancia,
una fragancia de melancolía...
Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo. 
Existe Dios. El es la luz del día.
¡La blanca flor tiene sus pies en lodo
y en el placer hay la melancolía!...
De orgullo olímpico sois el resumen,
¡oh blancas urnas de la armonía!
Ebúrneas joyas que anima un numen
con su celeste melancolía.
¡Melancolía de haber amado,
junto a la fuente de la arboleda,
el luminoso cuello estirado
entre los blancos muslos de Leda!...
El alma que ha olvidado la admiración, que sufre
en la melancolía agria, olorosa a azufre,
de envidiar malamente y duramente, anida
en un nido de topos. Es manca. Está tullida.
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!...
Ese es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas crüentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía...
Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?...Cantos de Vida y Esperanza.
Era la primera vez que necesitaba verdaderamente de un largo reposo, de un dilatado contacto con la naturaleza, de un alejamiento de la ciudad abrumadora, de la tarea precisa, casi mecánica, que le agriaba el entendimiento, del fingido hogar que le habían traído las consecuencias de una vida «manquée», del padecimiento moral incesante que agravaba el inveterado recurso de los excitantes, de los alcoholes de pérfida ayuda. Se encontraba a los cuarenta y tantos años fatigado, desorientado, poseído de las incurables melancolías que desde su infancia le hicieron meditabundo y silencioso, escasamente comunicativo, lleno de una fatal timidez, en una necesidad continua de afectos, de ternura, invariable solitario, eterno huérfano, Gaspar Hauser, sin alientos, sin más consuelo que el arte amado y por sí mismo doloroso, y el humo dorado de la gloria en que Dios le había envuelto para calma de su incurable desolación. El oro de Mallorca.
Y fueron castos por dolor y fe,
y fueron pobres por la santidad,
y fueron obedientes porque fue
su reina de pies blancos la humildad.
Vieron los belcebúes y satanes
que esas almas humildes y apostólicas
triunfaban de maléficos afanes
y de tantas acedias melancólicas. La cartuja