A
él o ella, con el anhelo de que pueda usarme a gusto y a disgusto,
Y recordame con el mejor de los olvidos,
Para que sea algo de su propio sueño y
se desentienda con piedad de los míos.
Según creo su madre acuerda conmigo.
Hay palabras que son como esos viejitos condenados a deambular en soledad, cargadas de recuerdos sin oyentes interesados, descartadas, próximas al olvido... Cuando me encuentro con esas palabras, ellas despiertan en mí una extraña memoria de experiencias que estoy seguro no he vivido jamás. Les atribuyo recuerdos improbables, y ellas -como si me lo agradecieran- me otorgan una historia tan vívida como remota; una historia que, de pronto, se hace mía y me define en cierto modo (yo rescato a esas pobres palabras raramente envejecidas y ellas me proveen de antiguas vivencias). Debe tratarse, en este fenómeno, de ese patrimonio cultural del que se habla a menudo, tan impalpable y tan encarnado, o de la relación tan estrecha y tan lejana que tenemos con nuestros padres (¿dónde terminamos de ser el futuro que ellos ya han perdido, dónde empezamos a ser parte de “su” historia proyectada?). El tango, por ejemplo: nada tan incomprensible en nuestra juventud, y sin embargo, en nuestra madurez el tango está allí, esperándonos con incontestables recuerdos de percantas que se piantaron, de reencuentros con mujeres que deben entrar de una vez por todas en nuestro pasado, con el cafetín -de los que no deben quedar más de dos o tres- y donde aprendimos la filosofía de no pensar más en uno, uno que, de todos modos, busca lleno de esperanzas... El tango es un recuerdo que nos espera “adelante”.
A la inversa no tengo peores olvidos que los que me suceden respecto de lo que supongo actual y cotidiano, efectivamente vivido y claramente comprendido. En fin, mis olvidos son, casi siempre, de lo vigente. Inesperadamente cometo los mismos equívocos, quizás para recordarlos luego, al escuchar un tango, quién sabe... Quizás uno trabaje misteriosamente para que lo trivial, lo de todos los días tenga una futura dignidad de recuerdo, de oportunidad perdida o adivinada a tiempo. De todas las formas que toma la melancolía -hay muchas-, probablemente la más dolorosa es aquella en la que se retoma con el recuerdo, de un modo insidioso, no las rutas comunes de los errores cometidos, sino los caminos resignados en cada elección; la suma de todas las pequeñas traiciones cometidas nunca es mayor que el reproche que alimenta la cobardía de no haber tomado aquella decisión...
Hay, por el contrario, quienes viven tratando de actualizar lo que correspondería a mañana, en un intento por alcanzar hoy mismo a lo que debería pertenecer al día siguiente, arañándole episodios, acumulando futuro hoy, para impedir que más tarde lo habite algún tipo de recuerdo -éstos saben secretamente que su problema no es no poder atesorar recuerdos, sino, no poder olvidar-. Mientras que los otros, los que viven acumulando pasado para evocar, le roban al hoy su vigencia, saboreándolo ya como su evocación mañana -éstos olvidan con tal rapidez que nunca están demasiado presentes en las experiencias que les toca vivir cada día, ellos mismos son un recuerdo de si mismos, nos hablan como fantasmas de otro tiempo-. Ambos parecen anhelar la inmortalidad, los primeros anulando el devenir, los segundos elaborando una posteridad a priori...
Finalmente, creo -volviendo a esa figura según la cual, en los lugares más inesperados, pero casi siempre más oportunos- se presentan esos recuerdos a los que no parecen corresponderles experiencias efectivamente vividas por nosotros mismos, allí donde mi intuición ve una extraña recuperación de nuestros padres. Esa rara recuperación de la carne de nuestra carne -sus sufrimientos, satisfacciones, anhelos y temores, etc.- en una especie de dejá vu que ha saltado una generación, muestra, en sentido positivo, lo que a veces nos deja perplejos cuando se manifiesta en su sentido inverso. Me refiero a aquellos casos en los que, contrariamente a lo expuesto anteriormente, lo que uno encuentra “adelante” son experiencias para las que no hay recuerdo alguno, vivencias para las que nos sentimos perpetuamente abandonados.
Cuando algún día llegamos a ser padres; aunque la empresa se empeñe en el rechazo del “modelo” que tuvimos como hijos..., cierta pesadilla nos confronta con que ese rechazo es nuestro permanente recuerdo de sus voces, sus gestos, sus teorías, etc. Indomables que nos brotan de la boca, de las manos, de los enojos como una incómoda reconciliación.
A veces no los podemos recordar, nuestros padres son una bruma, son en cierta repetición de episodios que nos desconciertan: como no los recordamos, somos ellos mismos sin historizar, somos la repetición de sus destinos; en esos recuerdos de episodios que no nos pertenecen, nos preguntamos: ¿aquel niño, era yo?, ¿aquel hombre, era mi padre? Sin embargo, el rechazo casi conmovedor de aquellos acontecimientos, casi, casi, nos empujan a decir eso que no queríamos decir, siempre estamos a punto de decir esa fastidiosa frase que nos juramos no repetir jamás, nos mordemos la lengua una vez más (justamente porque ellos mismos lo decían...) Bueno, un día lo decimos, no parece quedar otro remedio: le apostrofamos a nuestros hijos: “cuando vos tengas hijos vas a ver...”; y ya está..., ya entramos en una historia que, aparentemente, no era la nuestra. Entonces todo se dispone para lo que anhelamos sea un nuevo comienzo: de todos modos algo siempre se repite, entre padres e hijos, siempre esas zonas que se condenan al silencio, ese silencio nos duele, pero parece un fatalismo necesario, allí está la intimidad que los hace crecer -a unos y otros-. Qué tontería irreprochable, pretendemos remontar ese silencio con palabras que subsanen una distancia que nos llena de un profundo sentimiento de horfandad.
Un día decimos basta, y trabajamos para que ese silencio se conserve como un espacio habitado de gestos mínimos y sencillos, un silencio que anime un futuro recuerdo para nuestros hijos... para que la vida no los tome por sorpresa, pero tampoco demasiado precavidos.
Fuente: Revista www.psyche-navegante.com.