José M. Ramos Mejía
La melancolía es una enfermedad que marcha por accesos; algunas veces por paroxismos intensos, otras, por exacerbaciones progresivas y molestísimas; la cruel ansiedad que suele mezclarse a su profundo abatimiento, da a aquellos rostros desfigurados, con la pupila dilatada y la palidez reveladora, el aspecto angustioso de una persona que se va ahogando lentamente en medio de una atmósfera enrarecida y mefítica. Cuando se empieza a perder el sueño, las ideas tristes que forman su nota fundamental, comienzan a revolotear alrededor del cerebro fatigado por el insomnio; la cara se arruga, se pone volteriana y llena de sombras, y el cuerpo se encorva bajo el peso de aquella pesadumbre imaginaria. Después se oyen sollozos furtivos y como comprimidos todavía por el influjo mortecino de una razón trémula y asustadiza; luego se presenta el llanto y los suspiros, que alivian tanto el corazón y los pulmones lasos y oprimidos por el enervamiento de la enfermedad, y poco tiempo después, la melancolía, con sus estremecimientos sensitivos y sus lampos de lucidez transitorios, acaba de verificar su posesión completa y maligna. Desde este momento comienzan a presentarse, vestidos ya con su carácter francamente patológico, los temores vulgares de una grave enfermedad cuyos síntomas sólo él descubre. Las dudas más amargas le asaltan sobre la integridad de sus órganos; oye las palpitaciones de su corazón enfermo, las oye clara, distintamente, por supuesto, o siente las punzadas violentas de la gastralgia que anuncia el hambriento cáncer devorando su pobre estómago; o la sangre se agolpa a su cerebro produciendo los síntomas congestivos precursores de una hemorragia fulminante. Otras veces son preguntas, como éstas, que se clavan como puñales sobre el cerebro: ¿Por qué está torpe la pierna? ¿Por qué tiembla la mano y el movimiento es difícil en cualquier músculo del cuerpo? Y surge el temor de que la médula ha sido invadida por un proceso terrible que en pocos días lo va a dejar paralítico, inmóvil, petrificado como una esfinge, tembloroso y balbuciente como un "azogado".
Fuente: Libro gentilmente cedido por Bruno Mangiola.
(1) En el libro hay innumerables referencias al término por lo que se recomienda su lectura