El color opaco de la melancolía 

  José Miguel Pardo

          Ha cubierto sus ojos el color opaco de la melancolía,  la añoranza de un sueño jamás alcanzado,  la soledad misma. Ahora, avergonzado, mientras la ciudad duerme, se desliza una sombra y penetra en silencio en el oscuro habitar de un sufrimiento. Durante horas, su mirada pétrea se clava en el centro de Orión, como si estuviese esperando que el gigante comience a andar, pero éste solamente se desplaza sobre la ancha esfera, sin intención de cambiar lo previsto. Más tarde, mientras la aurora descansa plácidamente en su lecho esperando ser débilmente despertada,  resurge una lágrima. Su rostro, húmedo por la tristeza,  prefiere no sentir la compañía de un mar embravecido por absurdos pensamientos, de un constante divagar entre tinieblas; prefiere ser inerte,  la vida no merece ser vivida y en lugar de una carta nos manda un suspiro. 
         De repente, un sigiloso movimiento a sus espaldas, ese gato negro que todos hemos visto alguna vez le mira con la desconfianza con la que miran los gatos. Él le llama, de una forma suave y emocionada, como si pusiese todas sus esperanzas en ese gato negro; pero el gato, después de observar extrañado al individuo, da media vuelta dirigiéndose hacia las sombras de un cercano callejón. 
         La oscura capa que cubría el cielo instantes antes, comienza a esfumarse dando paso al frío de la brisa del alba. Al darse cuenta de ello se marcha apresuradamente hacia su pequeña habitación del hotel donde se inscribió la pasada tarde. Con un poco de frío entre sus huesos enciende  una discreta fogata en la chimenea, se queda en cuclillas observando como se pelean las llamas por alcanzar la parte más alta del tronco, por poseerla, acariciándola y dándole un dulce calor, para después, cuando el tronco desprenda confianza, envolverlo y destruirlo, saciándose de él, para que después las demás llamas se animen a morder algún trozo de corteza. Permanece cerca de una hora delante de la chimenea, hipnotizado por la danza del fuego; después se levanta, da unas vueltas por la habitación para estirar sus piernas y saca del bolsillo una manoseada fotografía, la deja sobre la cama y se dirige hacia la única ventana de la habitación, la cierra y corre las cortinas intentando que la mañana no alcance ningún rincón de la estancia. Camina hacia la cama y busca a tientas la fotografía, la coge y la observa con detenimiento, la aplasta contra su pecho y se sienta al borde de la cama.  Poco después la arroja a la chimenea, las llamas no tardan en apoderarse de ella, antes de que una de ellas apure el último sorbo de la fotografía, se aprecia el poderoso brillo de los ojos de un hermoso gato negro. Antes de que desaparezca por completo, retira su mirada del hambriento fuego; mientras, una lágrima se desliza por su cara hasta que salta al vacío para alcanzar el suelo. 
         El trágico fuego quebró el silencio que en la tenebrosa estancia reinaba, mientras la aurora dispuso su vuelo, la melancólica noche lloraba desesperada, temiendo sin duda alguna que el llanto que simuló tu rostro no fuesen lágrimas sino venganza. 
        Ahora comprendo el por qué de la tristeza que dibujan las estrellas en el último suspiro del alba. 
         Ahora entiendo por qué la mar sonríe cuando ve morir al sol; y una vez ha descendido, la mar ya no es agua sino nostalgia. 

Copyright José Miguel Pardo, Enero, 2003

Fuente: http://www.literonauta.com/colab/cuentos/pardo.html

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  Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar