Eduardo J. Nesta
Existen psicóticos que demandan un tratamiento a un analista, otros son llevados al analista por sus allegados. En general se trata de personas que no quieren saber nada, o que no les alcanza con la psiquiatría y con el medicamento. Quieren ser escuchados por otro, no porque los interrogue el enigma de un síntoma, sino para testimoniar acerca de la mortificación que habita en sus cuerpos y para tratar de encontrar la vía que les permita fundar en una conjetura la pérdida de sentido que en cada una de esas vidas en particular tuvo un antes y un después del momento del brote.
Los fragmentos de historia forcluídos y retornantes desde lo real al modo de los fenómenos elementales, es en el tratamiento analítico donde pueden llegar a hacerse conjeturables para el sujeto, ya que el analista no se propone suprimirlos, ni interpretarlos, pero sí se ofrece a que pueda producirse un cierto grado de dialectización en una temporalidad regida por la legalidad fálica que anima su deseo.
Podrá demostrarse, entonces, que además de estructura hay puesta en acto de un discurso donde lo que fue forcluido dañó antes que nada la dimensión temporal de la experiencia y donde algo de la verdad puede llegar a conjeturarse sin necesidad de recurrir al delirio.
Desde hace algún tiempo estoy trabajando un aspecto en el campo de los dichos en transferencia de estas personas, aspecto que se refiere a la cuestión de la creencia, la certeza, la increencia y la incredulidad tomadas como posiciones discursivas y en su valor de predicación con respecto a das Ding.
Mi hipótesis es que el paciente psicótico puede ir transitando en transferencia distintas posiciones discursivas desde un punto de partida que yo ubico en la creencia en las voces para el esquizofrénico, en la certeza en el saber gozador del Otro en la paranoia, y en la increencia en los velos agalmáticos en la melancolía.
Desde estos diferentes puntos de partida puede ir hacia otras posiciones discursivas que si bien no pretenden ser signo de un pasaje de estructura, tienen la validez de indicar que en su relación con el Goce del Otro se ha producido un acotamiento. Ese acotamiento le permite al sujeto psicótico no tener al delirio como único recurso para estabilizarse, ya que el delirio es sin duda una respuesta válida del sujeto frente al arrasamiento del Otro, pero lo es al altísimo precio de hacerle añicos todo intento de lazo social.
El punto en que me encuentro, y que es lo que quiero comentar hoy, se refiere a estas cuestiones, cuestiones que tienen que ver, aunque no exclusivamente, con el tema de la melancolía.
Digo no exclusivamente ya que, más allá de lo fenomenológico, me interesan las posiciones que en ese discurso van haciéndose posibles de situar.
Me refiero al discurso concreto, en tanto hablado, que puede producirse en la medida en que se pone en funcionamiento el dispositivo de la escucha analítica para aquellos casos en los que la persona que habla pertenece al campo que estructura la relación al goce que es particular para las psicosis.
Y, también, lo que no es poco, un discurso que podrá producirse siempre y cuando aquel que ocupe el lugar de analista en dicho dispositivo tenga en cuenta que el modo en que es acogido ese discurso determina el quién habla.
Ese discurso se va construyendo no sin que aquel que lo enuncia tenga que pagar un precio…
…pero, el precio es caro.
Hay que renunciar, decirle 'No' al goce.
Pero, sin goce ¿qué sentido tiene la vida?
El tipo, como diría Wimpi o también Roberto Arlt, el tipo sabe que lo único que tiene es tiempo; en algún momento se 'aviva' de que estar vivo es tener un poco de tiempo, un tiempo finito. ¡Y encima decirle No al goce!
Pero, es que si no le dice 'No', no tendrá tiempo.
Paradoja que el neurótico resuelve diciéndole 'Sí' a la demanda.
El perverso encara esta paradoja diciendo 'Ni'. Y se las va arreglando, llevando su peluquín a costas por el desorden causado. Él suspende su juicio ante un vello frondoso y se fetichiza con la bombacha, o con las medias, o con los zapatos.
Algún día tendremos que conceptualizar la importancia que para el perverso tiene el poderío textil de la madre. También su estatura y su peso.
¿Será lo mismo una madre alta que otra petisa si se trata de ser la madre del perverso?
Yo sé de una que era altísima, gordísima, peludísima y, además, de aquellas personas que han intuído que el Super Yo es la única instancia psíquica diluíble en alcohol etílico.
Una tarde el hijo varón la encuentra borracha, desnuda y dormida en decúbito dorsal en el camastro matrimonial. Ve ese vellón y ya no querrá ver sino morochas peludas.
Muchos años después ese hijo varón que ahora tiene 32 me dice: "¡Qué increíble! No soporto a mi mujer porque es pelirroja y tiene poco vello entre las piernas."
Al principio no le creo. No le creo porque é1 mismo me avisa que lo que va a decir es del orden de lo increíble.
En segundo lugar, no le creo porque lo que é1 no soporta de la mujer no es que sea distinta de la madre, sino que sea mujer.
Y acá quiero hacer una pequeña digresión: no es lo mismo la negación como operación lógica del discursear, que "lo increíble" como exclamación que antecede a la predicación pero donde no es posible, entonces, disimular que su valor vocativo queda referido al objeto. Usar el vocativo para el objeto ya es todo un acto perverso. Un latinista frente a esto sentiría algo parecido a lo que un psicótico frente a la castración en la madre: es decir, horror, no hay palabras.
El horror, lo increíble, la negación.
He ahí las tres respuestas del sujeto frente a la castración en la madre.
El travesti es un paradigma. Es el paradigma del NI.
La demanda del transexual es la repuesta paradigmática con la que un sujeto psicótico puede llegar a re - anudarse frente al empuje - a - la - mujer.
La negación es el paradigma del sujeto dividido entre la enunciación y el enunciado. "Ud. pregunta quien puede ser la persona del sueño. Mi madre no es."
En un trabajo anterior situé, como hipótesis, al autorreproche del melancólico como el fenómeno elemental que le retorna desde lo real, llamándolo "culpa real" para diferenciarlo tanto del sentimiento inconsciente de culpabilidad como de la culpa consciente.
No voy a extenderme ahora sobre ese texto, solamente quiero decir que, en mi clínica con este tipo de pacientes, encontré que se producían cambios, algunos referidos en dicho trabajo, cambios no sólo en la fenomenología sino, fundamentalmente, en las enunciaciones que estas personas llegaban a producir en el curso del tratamiento.
En esta oportunidad retomo el tema de las psicosis y del cómo hacer en relación a ellas, planteando básicamente dos cosas que estoy pensando actualmente y que son, por una lado las relaciones entre creencia y certeza en las psicosis; y, por otro, algo que escribo así: la Esquizofrenia es a la Melancolía como la creencia es a la increencia, y, agrego: tratando de evitar el paso por la certeza, lugar de la Paranoia.
La negación freudiana es la táctica acertada para un sujeto que, habiendo renunciado al goce de das Ding, adviene en la predicación de sus imposibilidades para reencontrarla.
No es lo mismo decir: "Mi madre no es", que exclamar: "¡Qué increíble!" Lo increíble es del orden de la perversión en tanto ausencia de juicio ya que no formula ninguna decisión en relación con lo verdadero o a lo falso.
Pero para que la negación tenga esa otra eficacia en cuanto a la posibilidad del juicio, Freud la argumenta a partir del movimiento pulsional y del Yo - placer originario, juicio de atribución, articulándola, en un segundo movimiento, al juicio de existencia regido por el examen de realidad.
Me parece que la formulación discursiva que se enuncia precedida por un, por ejemplo, "Qué increíble"… tal o cual cosa, se ubicaría en esa hiancia hipotética entre juicio de atribución y de existencia.
No es de poca importancia el ensamble del segundo sobre el primero toda vez que del éxito de esta operación dependerá la vigencia de la legalidad fálica. Para que este éxito, o sea ésta salida, ocurra, el sujeto deberá contar con la eficacia del significante del Nombre del Padre como lector del deseo de la madre, pero también de la del padre en sus vertientes imaginaria y real. Es decir que hacen falta tres versiones del padre para poder llegar a una conclusión, que es lo que de todo juicio se espera.
En este sentido, "lo esperable" es lo opuesto a "lo increíble”.
Se trata del estatuto del objeto: el objeto que se espera, que se espera reencontrar porque está perdido; pero, entonces, el objeto cuya aparición se califica como increíble ¿de qué clase de objeto se trata?
Aquí es dónde la clínica de la Melancolía me ayuda a pensar esta cuestión.
El esquizofrénico le cree a las voces. El paranoico tiene certeza en su delirio. En el melancólico hay "increencia" en los velos agalmáticos. El sufre de una incapacidad para creer, para dejarse tomar por la temporalidad que la creencia en su valor de creencia en que hay otro instituye.
Si la predicación supone la expulsión previa de das Ding, en la Melancolía el periódico retorno al contacto con la misma determina o la infinitización de su goce - dolor, o el pasaje al acto.
Ahora tomo esa parte de mi propuesta donde digo: "tratando de evitar el paso por la certeza, lugar de la Paranoia."
La psiquiatría viene separando, desde Esquirol, los trastornos del humor de los del juicio. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla. Ya Freud, en el Manuscrito N y en Duelo y Melancolía, relaciona a esta con la Paranoia.
Por su parte, Lacan en la Tesis de 1932, se ocupa de un caso que é1 nombra Paranoia de Autocastigo. Allí dice:
"La relación de las variaciones del humor(maníaco y melancólico) con las ideas delirantes es una cuestión que no ha dejado nunca de estar en el orden del día de las discusiones psiquiátricas. (…) Basta, sin embargo, evocar el esfuerzo de análisis que tuvo que emplearse posteriormente en la tarea de discriminar a los perseguidos melancólicos de los perseguidos verdaderos, para ver hasta que punto las variaciones depresivas del humor aparecen trabadas con las ideas delirantes y viceversa".
Hay paranoizaciones bastante bizarras que enmascaran a algunas presentaciones de la Melancolía. Por eso, conviene atenerse a las variaciones de posición en un discurso que se va armando bajo el amparo de cierta relación de transferencia posible. En esta relación transferencial habrá que hacer caer, para el melancólico, al voyeur panóptico, tras el cual resaltará, en cambio, la impronta que en la infinitización de su sufrimiento tiene La Voz. Porque, ¿dónde es gozado el melancólico sino en la trastienda del restaurante de lujo, entre los restos que é1 es sin velar por la imagen narcisista? Pero lo que sostiene esa trastienda no le entra por los ojos sino por el oído, del que Lacan nos recuerda su condición a - esfinteriana.
Duelo y Melancolía, no hacen serie, justamente porque se lo obstaculiza el factor tiempo, ese mismo que para la creencia y para la certeza marca horas distintas. Lo que separa en primer lugar duelo de melancolía es que si para el primero, como escribe Freud en 1917 "confiamos en que pasado cierto tiempo se lo superará", para la segunda se abre la infinitización eucleidiana que hace de ésta la caricatura de aquel.
En la melancolía, como en toda psicosis, la ausencia de la operación de extracción del objeto que funda al fantasma, se restituye con la geometría de las asíntotas. Esa ausencia no hace toro; pero mi hipótesis apunta a un cambio de posición del melancólico que puede acotar el “ad infinitum”.
Ese cambio de posición se expresa en el cambio, a su vez, del modo de predicación acerca de das Ding, que pasa desde la increencia hacia lo increíble. "Lo increíble" entendido entonces como posición predicativa con respecto al objeto que está a mitad camino entre la atribución y la existencia, pero que, por lo menos, supone un primer distanciamiento con el das Ding de la increencia y/o del negativismo delirante.
"Lo increíble" supone ya un cierto grado de creencia que habrá operado en el melancólico.
¿Qué creencia? Desde luego no la creencia en las voces, al modo esquizofrénico, sino en el sentido de darle un lugar a un otro capaz de sostener para él el sitio desde donde pueda esperar a su esperanza siempre por venir. Esta espera requiere de un tiempo, tiempo que instaura la creencia, aunque para é1 esto suene a increíble.
Como el tiempo apura, entonces, voy a centrarme en el tema del tratamiento analítico en la psicosis tal como lo vengo pensando.
* Cada vez que nos encontramos con la estructura psicótica no podemos dejar de lado esta cuestión: juicio de atribución; juicio de existencia, goce del Otro, creencia, increencia, incredulidad, certeza.
(en alemán, respectivamente: die glaube, unglaube, unglaublich y die Gewissheit). Es fácil notar que, en sentido etimológico, creencia, increencia e increíble pertenecen a la misma raíz que es la del verbo alemán glauben. En cambio la palabra alemana Gewissheit tiene relación con el adjetivo gewis que significa “cierto,seguro” y de un modo más abarcativo con Gewissen, conciencia, pero en el sentido de buena o mala conciencia.
*Si el juicio de existencia es un limite al goce alucinatorio no es menos cierto que para que él advenga a ensamblarse con el juicio de atribución, es necesaria la expulsión de das - Ding a una ex - sistencia imposible de sellar con una significación plena pero no por eso sin efectos.
Pero que das - Ding sea un real sin concepto no implica que a ese real no pueda dirigirse aquello que Lacan denomina el semblante.
* Propongo ubicar en la hiancia hipotética entre el juicio de atribución y el de existencia al objeto en juego en la melancolía, caracterizándolo como un objeto no totalmente predicativo de das - Ding, sino conservando con ésta una facilitación que los vuelve a poner en contacto en forma cíclica o periódica según determinados aconteceres desencadenantes. En estos episodios desencadenados el melancólico está en presencia de un real sin concepto y sin semblante. De allí su posición discursiva que denomino increencia, un Glauben.
Mi idea de un tratamiento posible de las psicosis la definiría como el conjunto de intervenciones que un analista decide e implementa con relación a una de esas demandas que mencionaba al comienzo de este trabajo, y ante la cual él se ofrece a ocupar el lugar discursivo del semblante.
En ese lugar que el discurso augura como posible se podrá producir para el esquizofrénico y para el melancólico el semblante de "hay otro".
Ese 'otro' tiene más que ver con la figura del testigo de parte (en el sentido jurídico) que con la del semejante.
Ese testigo, que no es el objeto a ocupando el lugar de agente, pero que tampoco es el Gran Otro puesto allí, producirá a modo de respuesta del lado del sujeto psicótico la creencia tomada en su valor no de creencia en la actualidad de la alucinación, sino en su valor de creencia en que hay otro.
Cuando en mi práctica ha ocurrido esto pude comprobar que en el esquizofrénico comienza a desplegarse un espacio temporal capaz de instalar para él la posibilidad de cierta dialectización entre la creencia en las voces y la ironía acerca de la inconsistencia del Otro materno.
En relación con la Melancolía, justamente por el tipo de objeto que está en juego, el cambio que puede producirse, tal como lo señalara antes, va desde la increencia hacia “lo increíble”.
En cuanto a la paranoia, el lugar del analista no puede instalarse a mi criterio sin el recurso a las maniobras y/o al dispositivo que desmultiplique ese lugar.
La paranoia franca no demanda sino paranoia, y el lugar del analista sólo puede sostenerse barrándose a través de imprecisas, a veces casuales, en todo los casos intransferibles intervenciones que, a la vez, habiliten otros espacios transferenciales, a fin de preservar para el lugar privilegiado de las sesiones la eficacia del semblante como agente del discurso que hará progresar el saber gozador del paranoico hacia una posición con respecto a su analista que paradójicamente se parece más a la desuposición de saber en los tiempos de final de análisis para un neurótico.
Bibliografía
FREUD, Sigmund.
Proyecto de psicología.
Manuscrito N.
Duelo y Melancolía.
La Negación.
LACAN, Jacques.
De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad.
De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis.
Variantes de la cura - tipo.
Seminario 17, El reverso del psicoanálisis.
Seminario 18, De un discurso que no sería del semblant.
Seminario 20, Encore.
(1) El presente es un trabajo presentado por el autor en la Reunión Lacanoamericana de Rosario. 1999.