Daniel Mutchinick
HACE ya algunos años la hipocondría escribió lo que fue escuchado por un médico llamado Constantino “el Africano” y que encontramos en su libro que él llamó “De la melancholia”. Constantino es un médico italiano del año 1000, que se convirtió en monje benedictino y en gran lector de los antiguos grandes médicos griegos y latinos. No se porque le dicen “el africano”.
De una destacable sutileza clínica, anota fenómenos que si los ponemos a operar podemos encontrar enseñanza sobre la posición del sujeto en ciertas formas discursivas como la que diferenciamos como hipocondría.
“La melancolía – nos define Constantino – perturba más que otras enfermedades del cuerpo. Una de sus clases, la llamada hipocondríaca, está ubicada en la boca del estómago…y es pésima, porque confunde al alma. Nuestro propósito es decir cómo la cualidad de esta pasión del alma se torna perturbadora para el cuerpo.”
Esta preocupación por las perturbaciones que el alma produce en el cuerpo encuentra mas abajo sus causas cuando dice: ”Cuando los efluvios de la “bilis negra” suben al cerebro y al lugar de la mente, oscurecen su luz, la perturban y sumergen, impidiéndole que comprenda lo que solía comprender y que es menester que comprenda. A partir de lo cual esta desconfianza se vuelve tan mala que se imagina lo que no debe ser imaginado y hace temer al corazón cosas terribles. Todo el cuerpo es afectado por estas pasiones, pues necesariamente el cuerpo sigue al alma.” ( negrillas mías).
Y más adelante, siguiendo con este intento de comprensión de esta difícil relación entre cuerpo y alma dice: ”Los melancólicos sienten los accidentes del alma o del cuerpo, aunque no sean ciertos y se los imaginan en su mente, por defecto del cerebro. La causa de esto es el “humo” que oscurece la mente y le impide ver la realidad como es. Puesto que la melancolía daña del mismo modo al cuerpo y al alma es necesario que el cuerpo y el alma se enfermen por su causa.”…”El cuerpo sigue al alma en sus acciones y el alma sigue al cuerpo en sus accidentes”. Dónde ubicaríamos la acción del alma, cómo pensaríamos el accidente del cuerpo
Más adelante, cuando encuentra una manera diagnóstica nos la presenta así: ” Entender la naturaleza de los hombres y sus astucias es incomprensible. Se los conoce a partir de la conversación cotidiana y de la convivencia con ellos, porque cuando las naturalezas aparecen cambiadas, se entiende que se ha caído en esta pasión. Por ejemplo, si percibimos que alguien es engañoso, iracundo y hablador y después vemos que su ira se ha adormecido, se ha vuelto taciturno, entendemos que se ha enfermado y que padece esta pasión”.
…El temor de algo que no debe ser temido, el pensamiento en algo que no debe ser pensado, la certeza de un hecho terrible y temible que no debe temido y la percepción de algo que no existe.”
Y para concluir, una última cita de esta serie, que dando una muestra más de una sutileza perceptiva nos impresiona a la luz de diez siglos posteriores, por la verdad que anota. Ahora habla de lo que nosotros pensamos como transferencia: “Son (los hipocondríacos) la más deseosa de medicina y los que arden en deseos de ser medicados, de modo que suplican a los médicos y les prometen las cosas más hermosas que tienen, pero cuando los médicos hacen los preparativos para medicarlos ni los escuchan ni los obedecen…” No debe ser fácil encontrar una descripción más cándida y a la vez certera para presentarnos la insistencia gozosa que se realiza en la demanda al médico al que aparentemente se pide curación y adecuadamente se hace lo necesario para que persista la dolencia, en donde la desobediencia marca que “no es eso” y que la medicina ofrece porque no sabe rechazar
(1) El presente es un fragmento del trabajo del mismo nombre presentado por el autor en la Reunión Lacanoamericana de Rosario. 1999.