En algunos adolescentes, discriminamos dos modalidades de destrucción: la
dirigida hacia el mundo exterior, que se despliega sobre personas, familias,
grupos, instituciones o comunidades, y por otro, la violencia dirigida hacia el
propio yo, es decir la autodestrucción, que incluye los accidentes y el
suicidio. Los individuos violentos pueden tomar a las personas para satisfacer
en ellas sus impulsos agresivos; martirizarlas; explotar su capacidad de trabajo
sin una justa recompensa; usarlas sexualmente; quitarle su patrimonio; incluso
asesinarlas.
En el caso de la violencia dirigida hacia la propia persona, el suicidio es la
situación más relevante. Este puede ser inconsciente o consciente. El acto de
suicidio inconsciente se suele manifestar mediante accidentes, los que pueden
ser considerados como la hábil y encubierta utilización de un peligro, que es
presentado como una desgracia casual o contingente. El sujeto se caracteriza por
aprovechar la situación exterior o bien la conduce hasta producirse el daño
perseguido Por ejemplo, Juan de 14 años, jugaba con el revólver de un tío.
Creyendo que no estaba cargado, se lo colocó en la sien derecha, puso el dedo
en el gatillo y el tiro salió, sufriendo una herida no mortífera. Se pudo
comprobar que la negligencia de no haber verificado si el revólver estaba o no
cargado antes de jugar con él, y el daño que se produjo, se debían a un
estado depresivo [o más bien melancólico] previo. En estos casos, nos dice
Freud, que el yo se deja de lado porque se siente perseguido por el superyó.
En los casos de suicidio consciente se suele gestionar el momento, los recursos
y las circunstancias apropiadas para producirse la muerte o un daño menor.
También Freud, en Psicopatología de la vida cotidiana de 1901, nos habla de
automaltratos semiintencionados y cita la experiencia de uno de sus hijos, que
por estar enfermo, se le ordenó guardar reposo en cama. El niño, de
temperamento rebelde, tuvo un acceso de cólera y amenazó con quitarse la vida.
Dicha amenaza se le había ocurrido luego de leer los periódicos. “Aquella
misma tarde me enseñó un cardenal que se había hecho en un lado de la caja
torácica al chocar contra una puerta y darse un fuerte golpe con el saliente
del picaporte. Le pregunté irónicamente por qué había hecho aquello, y el niño,
que no tenía más que once años, me contestó como ilusionado: ‘Eso ha sido
el intento de suicidio con que los amenacé esta mañana’”. Es consabido
además, que la autodestrucción está presente en una gran cantidad de
individuos, aunque su manifestación no sea necesariamente grave, me refiero a
pequeños accidentes como mordeduras de lengua y apretones de dedos, entre
otros.
El deseo suicida se enlaza a una especie de autocastigo y autoreproche. Exteriorizan la eficacia de un superyó regresivo que se constituye en puro cultivo de la pulsión de muerte y, que al decir de Lacan en el Seminario 20, “es el imperativo del goce: "¡Goza!" y que se liga al llamado masoquismo moral, un derivado del masoquismo erógeno. El pasaje del homicidio al suicidio se suele dar con bastante frecuencia. Tal el caso de un militar que asesinó a su esposa, para luego proceder a quitarse la vida, conflicto en el cual participó un hijo adolescente.
En la actualidad, diferentes factores influyen sobre ambas modalidades de agresión. En nuestras investigaciones hemos encontrado correlaciones entre prácticas violentas, producción, tráfico y uso indebido de drogas [cocaína y heroína], como lo demuestran los recientes acontecimientos, entre ellos, el de la secta Puerta del Cielo, en el cual 39 miembros se ahogaron con bolsas de plástico, bajo los efectos de drogas, vodka y calmantes. Existe también relación entre violencia y alcoholismo. Por ejemplo, muchos accidentes automovilísticos responden a esta asociación anímica.
Los actos suicidas y/o violentos pueden ser llevados a la práctica apelando fundamentalmente a la fuerza muscular o bien al pensamiento [Moreira, 1995]. En el primer caso [se trata de una violencia primitiva]. Se puede infligir daño a sí mismo o al otro mediante golpes, mordiscones o desgarros con uñas [automutilaciones]. En el segundo caso, el pensamiento permite recurrir a una diversidad de instrumentos, como armas, productos químicos u otros elementos, para los que se requiere cierta destreza en su manejo y/o la habilidad para hacerse de ellas [por ejemplo, juegos con uso de armas].
Quiero agregar que la autodestrucción suele implicar una explosión de cólera, que pretende destruir toda tensión vital, subjetividad y conciencia. Tales ataques están signados en muchas ocasiones por la venganza, los celos delirantes, un oscuro sentimiento de envidia y la alteración de la autoconservación. Al respecto, Freud (1940a) nos dice que “Entre los neuróticos hay personas en quienes, a juzgar por todas sus reacciones, la pulsión de autoconservación ha experimentado ni más ni menos que un tras-torno (Verkehrung). Parecen no perseguir otra cosa que dañarse y disminuirse a sí mismos. Quizá pertenezcan también a este grupo las personas que al fin perpetran realmente el suicidio. Suponemos que en ellas han sobrevenido vastas desmezclas de pulsión a consecuencia de las cuales se han liberado cantidades hipertróficas de la pulsión de destrucción vuelta hacia adentro”.
En pocos meses, desde mayo de 1989, en Villa Gobernador Galvez, provincia de Santa Fe, seis adolescentes se quitaron la vida, con instrumentos o armas que pertenecían a sus padres. Los motivos manifiestos de la decisión que conlleva el pasaje al acto suicida, contradecían el principio de proporcionalidad entre el efecto y la causa. Aunque como sabemos las mortificaciones recibidas en el presente seguramente activaron escenas traumáticas y recuerdos del pasado infantil aún no cicatrizadas, que los llevaron a un recurso desesperado.
La serie que expresa la desmezcla pulsional comunitaria se inició con la
decisión suicida de una púber de 13 años, que se mató con un disparo al
corazón en el baño del colegio al cual concurría, llamativamente la institución
se llamaba “Nuestra Señora del Sagrado Corazón”. Otra de las adolescentes
de 14 años, fracasó en su intento. La bala que se disparó rozó su sien. Se
encontraba en su casa, a pocos metros de un hermano de 18 años, que convalecía
de una herida de bala en su pierna. Según los padres fue atacado por “un
policía de civil que andaba borracho, corriendo a los chicos y tirando tiros
hacia abajo”. El padre, oriundo de Corrientes, migrado por razones laborales a
Santa Fé, dice: “No tenemos explicación, yo tenía guardado el revólver
pero no pensé que ella sabía adónde. Nosotros no estábamos. Estaba mi hijo
de 18 que no puede trabajar y tiene que estar en la cama. Escuchó el tiro
cuando estaba en el baño. Nosotros después nos encontramos con este cuadro. Así
que estamos bien revolviditos, aunque esto no fue más que un susto”. Por su
parte la madre comenta: “La nena decía que estaba cansada de la vida, que no
quería vivir más, pero nosotros: ¿cómo le íbamos a hacer caso? Si le dábamos
todo; si ella era la mimada de la familia”. Indudablemente la decisión del
suicidio como final del conflicto psíquico, ante una situación que se
considera sin salida, fue anunciada pero no pudo ser escuchada. Los daños
autogenerados, habitualmente son una transacción entre el impulso suicida y las
fuerzas que se oponen a él. En este caso, la mayor intensidad de estas últimas,
determinó el fracaso del intento. Ante una entrevista periodística, la
adolescente comenta al grupo de chicos que la rodean, “¿Vieron?, si no fuera
por mí, ustedes no serían famosos [...] Yo no quiero hablar más, ya me canse
de hablar; me hacen sentir mal cuando cuento”.
El último joven que integraba la serie de suicidios, tenía 15 años. Se disparó
un tiro en la cabeza. Junto a su cuerpo se encontró un revólver calibre 22 y
una bolsita que tenía pegamento. Una vecina del lugar afirma que “Ahora, no
se ve tanto porque está más vigilado. Pero tiempo atrás, cualquiera veía al
mediodía a los chiquitos en la plaza frente a la Municipalidad con las bolsas
de pegamento o alcoholizados”. Como es evidente, el suicidio en algunos de
estos casos no ha sido ajeno al consumo de drogas, aunque sin duda se trata de
dos corrientes anímicas que pueden o no acoplarse. Sin embargo, en ambos casos
la autoconservación se encuentra perturbada como efecto de la pulsión de
muerte.
En la entrada de Villa Gobernador Galvez, se puede observar el siguiente
graffitti: “Podés crear tu propio mundo, pero no esperés que John Lennon,
Kennedy o Jesucristo vengan a ayudarte”. La retracción y generación del
propio mundo, junto a la pérdida del sostén provisto por los ideales,
probablemente no sean ajenos al incremento de las tendencias a la autodestrucción.
A esta modalidad de muerte, Dolto (1988) la llama suicidio por “contagio” y
la ilustra con diversos casos:
Plano: Comunidad de Texas en la cual se produjeron ocho suicidios de
adolescentes en cuatro meses.
Omaha: “En menos de dos semanas, cinco adolescentes de la misma escuela de
Omaha efectuaron intentos de suicidio: tres de ellos lo consiguieron”.
Freud (1940a [1938]) Esquema del psicoanálisis. AE. Vol. 23.
Dolto, F. (1988) La causa de los adolescentes. El verdadero lenguaje para
dialogar con los jóvenes. Ed. Seix Barral.
Moreira D. (1995) Psicopatología y lenguaje en psicoanálisis. Psicosomática,
autismo y adicciones. Ed. Homo Sapiens.
(1) Secretario General del IX Congreso Metropolitano de
Psicología
Director de la Carrera de Psicología de la Universidad Hebrea Argentina Bar Ilán-ver
Direccionario
Fuente: http://home.abaconet.com.ar/abraxas/psico.htm