Las clasificaciones de las depresiones han implicado, históricamente, una toma de posición ante dos cuestiones interrelacionadas: la existencia de uno o varios trastornos depresivos y la delimitación del aspecto endógeno.
Sin considerar las depresiones sintomáticas, durante largo tiempo se ha discutido la unicidad de las depresiones, entre dos posturas o modelos principales:
- El modelo continuo o dimensional supone que las distintas exteriorizaciones clínicas representan meramente diferencias de gravedad de un solo trastorno. Este modelo estuvo defendido, en principio, por la escuela psiquiátrica inglesa, por las corrientes psicodinámicas y, más tarde, por los enfoques cognitivistas. Para este tipo de orientación, la diferencia entre una depresión psicótica -manifiestamente delirante- y una depresión reactiva o neurótica es que la primera es más grave.
- El modelo categórico o tipológico postula que distintas presentaciones clínicas
implican diferentes trastornos. Prefigurado por Kraepelin, aparece con fuerza dogmática en la escuela alemana de Heidelberg, y da pie a la dicotomía entre depresiones endógenas o vitales y reactivas. Ambas posturas derivan, en última instancia, de la añeja controversia psiquiátrica entre nominalismo y realismo.
El concepto "endógeno" indicaba que la aparición de los síntomas no estaba ligada a factores externos sino en relación directa con factores internos, presumiblemente biológicos, complementándose con la noción de que su cuadro clínico debía ser más o menos característico, por lo común más severo.
La distinción categorial entre depresiones unipolares y bipolares, ha terminado por conquistar una mayoritaria aceptación internacional, debido a sus características clínicas, evolutivas y terapéuticas. La discusión entre los modelos dimensional y categórico se trasladó, entonces, al campo de las depresiones unipolares.
Sin embargo, el concepto de lo "endógeno" se tornó muy complejo de delimitar en el caso de los trastornos unipolares. Alrededor del 40 % de las depresiones llamadas endógenas reconocen precipitantes psíquicos, y esto sin tener en cuenta los fenómenos inconscientes (como duelos antiguos reactivados por cualquier tipo de situación vital). De allí la aparición de términos como "distimia endorreactiva" de Weitbrecth o "depresión endogenomórfica", de Donald Klein.
Sólo a partir de 1980, con la publicación del DSM-III, donde no se postulan los trastornos mentales con límites cerrados, se pudo comenzar a hablar de una fenomenología común en la psicopatología y la psiquiatría internacional de la depresión. Pretendidamente ateórico, es en realidad empiricista: hace abstracción de los fenómenos psicodinámicos (es decir, del conflicto o procesos entre las distintas instancias del aparato psíquico -yo, superyó, ello- o consciente vs. inconsciente), pero ha permitido que, pese a las diferencias teóricas, los psiquiatras se pongan de acuerdo en lo que describen.
Desde el punto de vista de la psicofarmacología, fue un avance sustancial al poder comparar las investigaciones clínicas de distintos países. Cabe acotar que la inmensa mayoría de los trabajos de investigación clínica sobre efectos de los antidepresivos utiliza los criterios del DSM-IV en vigencia.
Los DSMs a partir del III-R reconocen la bipartición entre unipolares y bipolares, con lo que postulan una perspectiva categórica. En lo que respecta a las unipolares, se tornan decididamente dimensionales: la diferencia entre depresión mayor y distimia es sólo de grado, y la "melancolía" queda meramente como una notación adicional.
El ICD-10, para cuya redacción los expertos europeos realizaron un esfuerzo considerable, muestra aceptación por los principios clasificatorios norteamericanos y divide a las depresiones unipolares en severas y leves. Con respecto a la delimitación de lo endógeno, prácticamente desaparece, limitándose a consignar, en las depresiones "severas", que están acompañadas de los llamados síntomas biológicos o endogenomórficos".