Estados de ánimo depresivos

Sélika Acevedo de Mendilaharsu

Los múltiples enigmas que plantean los estados de ánimo depresivos se pueden centrar, desde el punto de vista metapsicológico, en ciertas características de su organización psíquica que atañen, por un lado al Yo, y por otro, al objeto, objeto cuya pérdida no es compatible con el duelo normal. Aún cuando la separación entre Yo y objeto es un tanto esquemática, porque ambos en estas estructuras están íntimamente ligados, ella puede ser útil para una mejor compresión de las relaciones objetales propias de esos estados.

Se considerarán aquí los aspectos yoicos y objetales, por un lado, en la estructura depresiva, como la organización básica, pre-existente, el fondo permanente de los estados de ánimo depresivos, y por otro, en las crisis depresivas que siguen a la pérdida del objeto. Las preguntas con respecto al objeto atañen a su naturaleza, de qué objeto se trata, por qué su pérdida es un elemento central y complejo en las depresiones, cuál es su tópica, cuál es su destino. Y con respecto al Yo, cómo es su constitución, su carácter, cuáles son sus defensas, cómo son sus relaciones con los objetos y con otras instancias psíquicas, cómo fue su génesis. Desde luego que las analogías y diferencias con el duelo normal y patológico, íntimamente relacionados, se tratarán en el curso de esta exposición.

Se dejará en cambio, apenas esbozado, el abordaje de los aspectos fenomenológicos de estos estados, así como las diferencias nosográficas entre las distintas formas de los estados de ánimo depresivos que considera la psiquiatría.

Freud(9) en el Manuscrito G, llama melancolía a lo que se describe posteriormente como estados de depresión. En 1924 reserva el nombre de neurosis narcisista, anteriormente más amplio, a las depresiones. Weiss también las denomina así. Es evidente que las depresiones no pueden ubicarse fuera del narcisismo: hay un eje narcisista en todas sus formas.(1-2)

En su trabajo princeps, Duelo y Melancolía, Freud(10) intenta echar luz sobre la melancolía comparándola con un efecto normal, el duelo. Y añade "La melancolía, cuya definición conceptual es fluctuante, aún es la psiquiatría descritiva, se presenta en múltiples formas clínicas cuya síntesis en una unidad no parece certificada:…" Vuelve al problema de la relación entre la melancolía y duelo, aludiendo a la coincidencia de las influencias de la vida que las ocasionan, diciendo que el duelo es por regla general la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que hagas las veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc. Pero observa que a raíz de idénticas influencias, en muchas personas se observa un lugar de duelo, melancolía y por ello "sospechamos en ellas una disposición enfermiza". En la disposición a contraer melancolía señala el predominio del tipo narcisista de elección de objeto, citando a Rank, y expresa el concepto de identificación regresiva, en las que frente a la pérdida, la elección de objeto es sustituida por la identificación narcisista en el Yo. De las tres premisas de la melancolía que son para Freud 1) la pérdida del objeto, 2) la ambivalencia de los vínculos de amor previos a la ocurrencia de la pérdida, como conflicto de ambivalencia y 3) la regresión de la libido al Yo, la identificación regresiva, marca a esta última como la única eficaz que la diferencia del duelo. Señala en efecto que la ambivalencia se observa también en los duelos obsesivos a diferencia del duelo normal. Se inclina al origen constitucional por acentuación del erotismo anal (amor destructivo de Abraham) o puede también nacer de vivencias de amenaza de pérdida del objeto, la herida narcisista temprana descrita por Abraham.

Estructura depresiva

1. El objeto. Decíamos en un trabajo anterior(4) que el logro de la unidad y síntesis de la imagen corporal requiere la presencia del otro. Un narcisismo trófico o normal es necesario para la cohesión de la imagen corporal y para alcanzar identificaciones estables. El narcisismo está en el centro mismo de los orígenes de la subjetividad. Guillaumin(13) emplea el término de núcleo narcisista del objeto para dar cuenta del intrincamiento sujeto-objeto en los mismos. Pero en este proceso se impone un límite para que un narcisismo patológico que aliene al sujeto en el otro, no interfiera con el alcance de una futura identidad. Las relaciones objetales asentadas sobre un narcisismo patológico condicionan un difícil curso de las identificaciones secundarias especialmente en los períodos críticos de la vida (pubertad, adolescencia, post-adolescencia y aún en la vida adulta).

El desarrollo temprano ha sido conceptualizado en forma dispar por las distintas escuelas psicoanalíticas: relación de objeto desde el nacimiento en la escuela kleiniana, versus relación de objeto más tardía a partir del momento en que la representación del objeto permanece y se mantiene independientemente de la percepción del mismo, en los estructuralistas americanos. Estos últimos consideran siguiendo a Hartman un proceso de demarcación progresiva a partir de una matriz indiferenciada inicial, que asegure el pasaje del narcisismo primario a la relación objetal. Se subraya el estadio de constancia del objeto, en el que simultáneamente a la constancia del objeto, la representación del self también se hace continua. En condiciones patológicas, sin embargo, la escuela kleiniana al considerar la actuación de mecanismos masivos proyectivos e introyectivos muy precoces (Rosenfeld) coinciden con los teóricos americanos en la posible indiferenciación self-objeto patológica que conduce a alteraciones posteriores de la identidad. En etapas precoces el imprescindible funcionamiento diádico madre-niño configura una unidad (pull simbiótico de algunos autores). Cuando esto no sucede por abandono o negligencia materna los efectos devastadores son bien conocidos. Es este punto Mahler y Winnicott coinciden. Pero estos procesos de unión son tan importantes en el desarrollo como la individuación. Y aquí nuevamente no solo entran en juego los afectos y deseos del niño con su base pulsional, sino que la participación del objeto materno y paterno es esencial(2). La limitación del vínculo narcisista es primordial, aún en etapas muy anteriores al Edipo tardío en fase fálica freudiana. Si esto no ocurre, el objeto materno arcaico ahoga al Yo e impide un desarrollo exitoso del mismo. El esfuerzo por construir nuevos vínculos y relaciones exige el concomitante desligamiento de los lazos y objetos de amor infantiles pero la pérdida interna puede hacerse insuperable en estas condiciones. El duelo imposible de los objetos de amor infantiles, la sobrevaloración del registro dual en el temario estructural edípico se repite con los objetos sustitutivos. Las posteriores elecciones de objeto se realizan sobre las mismas bases narcisistas y estos objetos siguen cumpliendo funciones semejantes a las del objeto primario. El objeto real simbiótico completa y complementa al sujeto al asumir las funciones en déficit. Los límites difusos del self son reforzados por el objeto permitiendo la ilusión de un esquema corporal propio e independiente.

Un amor primitivo, voraz e insaciable, intrincado con una intensa agresividad caracteriza este tipo de vínculo cuya artificiosidad se pone de manifiesto en ocasión de las separaciones, con el surgimiento de intensa angustia, de sentimiento de falta de límites, de vacío intolerable, de fenómenos de despersonalización y extrañeza, de confusión, de dificultades en el pensamiento que ya no es más contenido. Al vínculo libidinal se contrapone una parte intensamente hostil, configurándose una relación con fuertes rasgos sado masoquistas. "Se es" en tanto se destruye, al otro con el que se está en extrema dependencia o fusión. La agresividad establece un limite frente a la permanente amenaza de invasión y asfixia. Los rasgos marcadamente especulares o gemelares son necesarios para cumplir una función de doble por un lado y de límite por otro. Estos objetos, a su vez, son llevados a este tipo de relación por necesidades en sí mismas similares, hecho que surge con toda claridad en el curso del tratamiento cuando el funcionamiento patológico del paciente empieza a debilitarse. Se trata del tratamiento cuando el funcionamiento patológico del paciente empieza a debilitarse. Se trata de objetos totales aunque aspectos parciales de los mismos entran también en juego. La sensorialidad tiene un rol particular, no solo la visión, sino también el tacto, el olor, el timbre de la voz(4). El Yo corporal dice Green(14) forma sus percepciones oscilando entre lo que percibe de sí mismo como tocante y lo que percibe del objeto que lo toca. La relación que se describe no es exclusiva de las estructuras depresivas y también se observa en las adiciones y psicosomatosis (que por otra parte les están frecuentemente asociadas). Pero lo que caracteriza la estructura depresiva son los clivajes correspondientes del objeto y del self que condicionan divisiones en el funcionamiento como se desarrollará en las páginas siguientes. Estas son constantes uniformes y rígidas y se diferencian del simple funcionamiento a predominio narcisista dual, que se observa en otras estructuras.

Hay un rasgo que merece destacarse con respecto al objeto, en los estados de ánimo depresivos, que es la oscilación que caracteriza las relaciones duales estrechas que se establecen con el objeto primario. En efecto, este no ofrece una modalidad vincular estable, alternando la sobreprotección y la invasión con la dificultad de contener. En la díada madre-niño, ¿dónde ubicar al niño?(1). La oscilación muchas veces brusca e inesperada entre momentos de contención con aspiraciones fusionales devoradoras y asfixiantes con el no poder contener, el dejar caer y exigir a su vez cuidado y contención, crean un vínculo inseguro siempre amenazado por la desaparición, dejando el campo libre al vacío y falta originales, con el sentimiento de desamparo y la temible angustia de desintegración. Frecuentemente se trata de madres fóbicas o depresivas o que se han deprimido en los primeros meses del nacimiento o con enfermedades somáticas crónicas que acentúan su debilidad. Esta situación lleva al sujeto infantil a controlar el desarrollo de la agresividad, lógicamente incrementada, por miedo a la destrucción del objeto necesitado y frustrante. El mal manejo de la agresividad es precisamente una característica de las estructuras depresivas.

El padre, muchas veces alejado o ausente, que no cumple adecuadamente la función en la separación madre-niño(2), es vivido por éste como igualmente frágil delegándole el cuidado de la madre.

García Badaracco(12) habla de la presencia patológica de un objeto "tipo enloquecedor", en sus desarrollos de las relaciones de interdependencia recíproca patógenas, dentro de la perspectiva interrelacional a la que adhiere. Recuerda a Bollas(8) que sostiene que la sombra del objeto ya está sobre el Yo antes de que se pierda en la realidad.

Los rasgos transgeneracionales son muy patentes en estos cuadros donde los tipos de vínculo descritos se dan entre distintos miembros de la familia y de las generaciones (mandato transgeneracional de Lebovici, telescopage transgeneracional de Faimberg, etc.).

2. El Yo. Como surge de lo dicho anteriormente, el Yo, tan marcado por la imperiosa necesidad del otro significativo para su funcionamiento, es un Yo no unificado, cuya cohesión es precaria, con escasos recursos defensivos evolucionados donde juegan defensas primarias fundamentalmente escisiones e identificaciones proyectivas e introyectivas patológicas. La no discriminación suficiente entre el sí-mismo y el otro, actuando conjuntamente con el conflicto de ambivalencia, da lugar a una configuración narcisista básica, que hemos señalado en trabajos anteriores(3), en la que las representaciones males y desvalorizadas que se caracterizan por impotencia, indefensión y dependencia de ambos se integran en un sector del Yo.

Concomitantemente aspectos clivados poderosos, omnipotentes, idealizados y sádicos del self y del objeto pasan a constituir parte del Superyo y del Ideal del Yo en ese sector del Yo poco diferenciado de esas instancias. El Superyo descrito por Freud precisamente en la melancolía (aunque no lo llamo así en ese momento) y considerado años más tarde (1923) como puro cultivo de las pulsiones de muerte, es visto por otras escuelas en los cuadros depresivos como un Superyo precoz, infantil (Klein) con características sádicas, o que retiene los aspectos de los precursores del Superyo (Jacobson(17)), haciendo hincapié en las identificaciones e introyecciones del período pre genital y pre edípico. El Ideal del Yo está también marcado con características arcaicas, con idealizaciones primitivas, grandiosidad y omnipotencia. Mientras se mantiene la simbiosis y fusión puede campear la idealización, pero esta es inestable y sujeta a desvalorización y vergüenza cuando falta el objeto. Aquello que está siempre en juego, dice Uriarte(20), es el vínculo con un objeto idealizado que imposible de mantenerse, deja al descubierto la fuerza de los ideales y las satisfacciones que su cumplimiento trae aparejados.

Pero esa configuración narcisista no ocupa todo el Yo. Es precisamente un clivaje que permite que otra parte, variable del Yo, evolucione en forma discriminada prosiguiendo su desarrollo con una adecuada evolución e integración de los objetos parciales y totales, de las imágenes buenas y malas de los objetos y del self, de las identificaciones edípicas y post-edípicas con un crecimiento paralelo del Super Yo y el Ideal. Es precisamente la existencia de esta parte clivada la que a nuestro juicio va a permitir diferenciar las depresiones neuróticas de otras formas que no lo son. Volveremos sobre este aspecto.

Kohut(18) dentro de su teoría del Self, habla de un self-objeto arcaico resultante del investimento del otro por la libido narcisista, percibiendo el niño el objeto, según el modo narcisista, como self-objeto. Estos objetos son arcaicos, narcisistamente investidos y pre estructurales. Si está impedida la formación posterior de un núcleo integrado del sí-mismo y de un objeto nuclear idealizado a la edad apropiada (self cohesivo y objetos también cohesivos) no podrán producirse configuraciones psíquicas integradas y estables con riesgo de regresiones profundas que las fragmente. Kohut sostiene que el hombre de nuestra época es un hombre cuyo sí-mismo tiene una cohesión precaria que anhela la presencia, el interés y la disponibilidad del objeto sí-mismo que le brinde cohesión. La supervivencia del sí-mismo en numerosos individuos depende del mantenimiento del objeto-sí-mismo en niveles arcaicos y no evolucionados.

Crisis depresivas

Las mayores ansiedades y conflictos en la depresión están en relación con el temor al abandono por el objeto y el desarrollo de la agresión contra el mismo. Cuando ocurre la pérdida, sea ésta real o fantaseada, el desligamiento se hace extremadamente difícil. La pérdida del objeto necesario para la vida mental remite al enfrentamiento con la falta de plenitud y la propia finitud.

Fue Abraham que sostuvo que el proceso melancólico es un duelo arcaico y por su lado la teoría freudiana en Duelo y Melancolía gira alrededor del proceso de metabolización del objeto perdido. Siempre dentro de la teoría clásica se considera que el punto de fijación de estas afecciones está situado en el nivel anal sádico y oral canibalístico que corresponde a la destrucción del objeto. Se tiene en cuenta sobre todo el aspecto intrasubjetivo pulsional pero también se habla en términos de relaciones de objeto (desengaño de amor en el desarrollo temprano): cuando se pierde el objeto éste es destruido y expulsado analmente como un excremento y posteriormente reincorporado oralmente: "la sombra del objeto cae sobre el Yo". Esta teorización explica las fantasías y los sueños, que se repiten y persisten en los casos de depresión, de nivel oral (voracidad, demandas excesivas, insaciables) y anal (retención, suciedad, empobrecimiento, sadismo y masoquismo) y síntomas somáticos como anorexia y constipación. La incorporación con ambivalencia tiene el carácter de un amor destructivo y en el deseo de comer excrementos está el impulso canibalístico de devorar el objeto de amor asesinado que en esta forma no se pierde y se conserva. Pero el proceso no termina con la incorporación sino que la hostilidad una vez dirigida hacia él, ahora hace al Yo el blanco de los ataques con las autoacusaciones y la denigración de éste. El objeto asesinado, conservado, momificado que percibió de Baranger(6) el hombre de objeto muerto-vivo, muerto para los vivos, vivo para los muertos, continúa su existencia intrapsíquica en el centro del combate. Baranger(7) discute el estatuto de este objeto interno, que no considera como representación sino con un estado de casi persona semejante al de las instancias psíquicas. El trabajo de duelo consistiría para este autor en la paulatina transformación de un objeto muerto-vivo en una representación, en un conjunto de recuerdos.

Estas consideraciones llevan a discutir la tópica del objeto incorporado, de ese otro que no deja vivir al Yo, al lugar de ese introyecto que corresponde por una parte al mismo. Yo pero también al Superyo no suficientemente diferenciado del Yo.

Guillaumin(13) amplía la tópica de los procesos de pérdida del objeto en el duelo, distinguiendo cinco tipos de los que solo mencionaremos la forma exotópica o ectópica que correspondería a la descripción de N. Abraham y M. Torok de los objetos de duelo puestos a distancia, en criptas, y en la forma atópica que corresponde aproximadamente a la descripción freudiana de la melancolía.

Para Jacobson, que ubica la depresión dentro de la patología del proceso de separación-individuación, los mecanismos defensivos activados inicialmente a la pérdida del objeto, son sobre todo el aumento de la idealización del objeto necesitado y un esfuerzo para identificarse con el mismo por la idealización del self en unión de él, renegando los aspectos frustrantes y agresivos del objeto y sus representaciones y la propia agresión y frustración. La falta de estos mecanismos llevan a una masiva devaluación del objeto y sus representaciones por la agresión pre-edípica, que empobrecen al self.

Distingue diferencias estructurales básicas entre la psicosis depresiva y la ezquizofrénica. En la primera se conservan los límites Yoicos y Superyoicos a pesar de la refusión de las imágenes del sí mismo en el Yo y el Superyo; en el caso de la depresión en la esquizofrenia tiene lugar una refusión más generalizada con desintegración de las estructuras psíquicas y una fusión patológica de fragmentos de representaciones del sí mismo y del objeto dando nacimiento a nuevas unidades. En las condiciones border-line no se alcanza la regresión psicótica final sino que se establecen ciclos repetitivos de episodios depresivos, de idealización y devaluación con interacciones sadomasoquistas, y búsqueda de nuevos objetos que llevan a una inestable estabilidad sin fin.

En un trabajo anterior(3) consideramos que frente a la pérdida del objeto, la existencia de la configuración narcisista pre-existente que resta unidad y fuerza al Yo, hace que éste, en su sector más evolucionado no pueda manejar la situación sin regresar y lo que se repite es el modelo o modo arcaico de enfrentarlas. Las representaciones y afectos correspondientes al objeto y al self en la situación de pérdida, se vuelcan sobre la propia organización narcisista pre-existente, reforzando la doble simbiosis identificatoria con el intensificado ataque de los aspectos sádicos, crueles y omnipotentes del objeto y del self sobre las representaciones, ahora más fuertemente desvalorizadas de los mismos.

En las depresiones neuróticas, la lucha con el objeto amado-odiado no compromete todo el aparato mental y esto porque una parte del Yo sigue funcionando adecuadamente y el investimento de los objetos en otras áreas se mantiene. La hetero y audestructividad, las conductas masoquistas y sádicas no adquieren relieve y los sentimientos de soledad, abandono, así como la desvalorización y la culpa que reflejan las presiones del Super Yo y el Ideal son más tolerables.

En las depresiones psicóticas, la zona de influencia de la organización narcisista ha sido mayor, comprometiendo mucho más las estructuras yoica y superyoica. En la lucha está inmerso todo el psiquismo. Esto da cuenta de las autoacusaciones delirantes, de la intensidad de la culpa persecutoria y del colapso narcisista de la personalidad que compromete en alto grado la autovaloración y autoestima, de la intensidad de la inhibición psíquica, del masoquismo del Yo que se somete a las críticas y ataques del poderoso y cruel Superyo como forma de lograr nuevamente el amor que lo haría a su vez poderoso y valorado, del deseo y búsqueda de la muerte.

Es necesario señalar que aún en estas condiciones de funcionamiento anormal se mantiene la estructura tripartita y la cohesión de la propia organización narcisista. Este hecho marca la diferencia con las formas depresivas de la esquizofrenia en que la fragmentación de las estructuras narcisista, la destrucción de las relaciones objetales internalizadas y la reorganización de esos fragmentos en nuevas unidades desintegran el Yo y el Superyo.

Destino posterior del objeto perdido

El duelo es una herida que deja trazas. El desinvestimento del objeto no es nunca completo ni definitivo. La parte del sí-mismo que le está unida se perdió con él: (Grimberg(15) Garbarino(11)), hecho que da cuenta en parte del extraordinario dolor que acompaña al proceso. Pero el Yo, dice Freud; recupera luego su capacidad de amar y de crear nuevos lazos objetales. Esto último ocurre en el duelo considerado normal donde se observan diferencias cualitativas y cuantitativas con el duelo patológico y los estados de ánimo depresivos, lo que no significa, desde luego, que no haya nada inconciente en el duelo normal como afirma Freud en 1917. Las características psicodinámicas de la relación con el otro originario tiene también, en éste, su base narcisista pero en forma menos intensa, menos rígida y no se constituye la organización patológica narcisista que se describió en las páginas anteriores: no hay división del Yo y del objeto que unido a la menor ambivalencia, hacen que el desasimiento sea mucho más fácil. Allouch(5) en su crítica a Freud, se opone a la reducción del duelo a un trabajo y dentro de la conceptualización lacaniana que adopta, al término prueba de realidad, pero sobre todo ataca el concepto de objeto sustitutivo que Freud emplea en la Transitoriedad, el duelo llevado a su estatuto de acto, efectúa en el sujeto una pérdida sin ninguna compensación, una pérdida a secas. Considera el duelo "como acto sacrificial gracioso que consigna la pérdida al suplementarla con un pequeño trozo de sí". Insiste que se trata de un objeto esencialmente perdido y descarta como loca esperanza romántica puesta en la muerte, el concepto de objeto sustitutivo.

En el trabajo analítico, de los estados depresivos, García Badaracco(12) pone el acento en las desidentificaciones y en el desgaste de las relaciones patológicas. Las identificaciones masivas que siguen a la pérdida dice S. Ilhenfeld(16) pueden movilizarse y se van desplazando a funciones más vitales del objeto que se expresan en contenidos simbólicos que continúan abriendo nuevas vías de elaboración. Guillaumin(13) dentro de su tópica del objeto perdido menciona el caso de estados de equilibrio suficientemente felices de localización psíquica, que denomina utópicos, que permiten la acción de transformaciones pulsionales en lo contrario y reversiones sobre la persona propia. El vacío requiere la puesta en representación de la figurabilidad del recuerdo, que si es exitoso podrá recibir nuevos mensajes objetales en la plenitud de una realidad investida desde el interior y el exterior.

En el trabajo analítico con pacientes con estados de ánimo depresivos son de la mayor importancia dos factores, uno que corresponde al analizando y el otro al analista. En el paciente es central la existencia de un sector del Yo evolucionado ya que de él depende la capacidad de aceptar ayuda, el compromiso y responsabilidad, sin que se pongan en juego interacciones sádicas o masoquistas muy marcadas que inutilicen sistemáticamente el trabajo analítico. La envidia a la parte sana del Yo debe tenerse siempre en la mira por su acción destructiva frente a los cambios que son, durante largo tiempo, difícilmente aceptados. En el analista es también central el juego de su función continente frente al dolor, y su posición alejada de abismos pesimistas frente a la duración en general prolongada y a los retrocesos y fluctuaciones del proceso analítico en estas afecciones.

El Objeto y el Yo

El Objeto

Los autores reconocen la ambigüedad del término objeto en psicoanálisis que designa sea a la persona, sea a su representación inconciente. El objeto en su acepción más amplia, es el otro ser amado, deseado, perdido (objeto de amor) pero más rigurosamente, como señala Nasio(19), es solo el rasgo saliente del otro una vez inscrito en el inconciente. La representación inconciente del objeto amado, es una imagen y la razón es el narcisismo: su propia imagen. Es con este sentido de objeto esencialmente narcisista que se utiliza en las páginas de este trabajo el término objeto.

Baranger(7) señala la multiplicidad de sentidos del concepto de objeto en Freud y otros autores, distinguiendo el objeto de amor (persona), del objeto de la pulsión, pero hace hincapié en el estatuto del objeto introyectado en la melancolía que no pertenece, según este autor, al orden de la representación.

El Yo

Existen distinciones terminológicas entre los conceptos de self, Yo y representaciones del self para los distintos teóricos psicoanalíticos. El término self, introducido por Hartmann se refiere a la persona total en oposición al mundo de los objetos. Es empleado en igual sentido por Jacobson, que lo distingue de las representaciones del self que tienen su asiento en las distintas estructuras psíquicas. Las representaciones inconcientes, preconcientes o concientes endopsíquicas del self mental y corporal quedan bajo la influencia de nuestras experiencias emocionales subjetivas más aún que las representaciones objetales. Nuestra imagen inicial del self no es una unidad firme en sus inicios pues está fusionada a las imágenes primitivas objetales. El Yo, agrega, es por el contrario una instancia, un sistema mental estructural que se define por sus funciones.

En la misma línea Kemberg considera el self como una organización de las autorrepresentaciones o autoimágenes que forman parte de las introyecciones e identificaciones y que dan lugar a una estructura fundamental dentro del Yo. El Yo es una estructura psíquica diferenciada que no existe desde el nacimiento (no se diferencian desde el inicio las autoimágenes y las imágenes objetales difiriendo en esto del concepto de objeto interno kleiniano). La identidad del Yo (término introducido por Tausk) representa el más alto nivel de organización de los procesos de internalización. La teoría psicoanalítica de las relaciones objetales, dice este autor, enfoca la internalización de las relaciones interpersonales, campo intrapsíquico e interpersonal. La escisión, defensa principal en las primeras etapas es sustituida posteriormente por la represión.

En Kohut el Ello, el Yo y el Superyo son un modesto específico, altamente abstracto, distante de la experiencia. El Self es un contenido del aparato mental, como las representaciones del objeto, muy próximo a la vivencia, abstracción psicoanalítica poco elevada. Es una estructura con una localización psíquica cuyas diversas representaciones se insertan en el Ello, Yo y Superyo, investida de energía instintiva y dotada de continuidad en el tiempo y permanencia.

Para Bollas el Yo es un principio organizador inconciente, una estructura mental que constituye una historia del desarrollo de la persona y que precede al nacimiento del sujeto y del self. Este último denota posiciones y puntos de vista desde los cuales percibimos, sentimos, observamos y reflexionamos sobre la experiencia en nuestro existir.

En Lacan el Moi es un precipitado de imágenes e identificaciones (no es el Yo), siendo la identificación la emergencia de una instancia psíquica nueva. De acuerdo a la naturaleza de ese lugar distingue la identificación simbólica (como origen del sujeto del inconciente) de la identificación imaginaria que compromete la imagen y el Moi, de la identificación fantasmática que implica al sujeto y al objeto a.

En este trabajo utilizamos el concepto de Yo como agencia o instancia, centro de funciones, y el self o sí mismo como estructura del aparato mental que organiza las autorrepresentaciones concientes, preconcientes, e inconcientes en las distintas instancias, que integran el complejo proceso de la subjetividad (Yo, self, sujeto).

Referencias

1. Acevedo de Mendilaharsu, S. (1985). Las depresiones en la edad media de la vida, Rev. de Psiquiatría del Uruguay, 50, p. 170.
2. Acevedo de Mendilaharsu, S. (1987). Identidad e individuación, Relaciones 37, p. 3.
3. Acevedo de Mendilaharsu, S. y Mendilaharsu, C. (1987). La depresión desde una perspectiva psicoanalítica. En Diagnóstico en psiquiatría, J. Guimón y otros. Barcelona: Salvat, 2988, p. 303.
4. Acevedo de Mendilaharsu, S. (1988). La identidad, algunas de sus vicisitudes; Rev. de Psicot. Psicoanalítica, Tomo II, Nº 4, 1988, p. 317.
5. Allouch, J. (1985). Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca. Buenos Aires: Edelp., 1996.
6. Baranger, W. y col. (1980). El muerto-vivo. Estructura de los objetos en el duelo y los estados depresivos. Rev. Urug. de Psicoanálisis, p. 586.
7. Baranger, W. y col. (1980). Aportaciones al concepto de objeto en psicoanálisis. Buenos Aires: Amorrortu.
8. Bolas, C. (1987). La sombra del objeto. Buenos Aires: Amorrortu, 1981.
9. Freud, S. (1895). Draft G. Melancholia S.E. Tomo I. Londres: The Hogarth Press.
10. Freud, S. (1915-17). Mourning and Melancholia S.E. Tomo XIV. Londres: The Hogarth Press.
11. Garbarino, H. (1985). Duelo por el Yo y depresión narcisista. En Estudios sobre el narcisismo. Biblioteca Urug. de Psicoanálisis, V.2; p. 53, 1986.
12. García Badaracco, J. (1996). Duelo y Melancolía, 50 años después. Rev. de Psicoanálisis, Tomo LIII, Nº 1, p. 39.
13. Guillaumin, J. (1996). L’objet, l’absence et l’homme. Perspectives Psychoanalytiques. París: L’Esprit du temps, 1996.
14. Green, A. (1995). La Metapsicología revisitada. Buenos Aires: Eudeba, 1996.
15. Grimberg, L. (1971). Culpa y depresión. Buenos Aires: Paidós.
16. Ilhenfeld de Arim, S. (1997). Algunas reflexiones sobre el niño, sus pérdidas y sus duelos. Inédito.
17. Kemberg, O. (1981). An overview of Edith Jacobson contributions. En Object and Self: a developmental approach. Tuttman S. y otros. New York International Universities Press, 1984. p. 103.
18. Kohut, H. (1971). Le soi. París: Presses Universitaires de France, 1974.
19. Nasio, J.D. (1988). Enseignement de 7 concepts cruciaux de la psychanalyse. París: Rivages, 1988.
20. Uriarte, Cl. (1997). Depresión, la cara oculta de Narciso. Inédito.

 

Freudiana

Artículos publicados en esta serie:

(I) La transferencia sublimada (Carlos Sopena, Nº 131).
(II) ¿Cuánto de judío? (Alan A. Miller, Nº 131).
(III) La mirada psicoanalítica. Literatura y autores. (Mónica Buscarons, Nº131).
(IV) Génesis del "Moisés" (Josef H. Yerushalmi, Nº 132)
(V) Sobre "Las márgenes de la alegría" de Guimaraes Rosa (J. C. Capo,M. Labraga, B. De León, Nº 132)
(VI) Un vacío en el diván (Héctor Balsas, Nº132)
(VII) Génensis del "Moisés" (Nº 132). Arte y ciencia en el "Moisés" (Josef H. Yerushalmi, Nº l33)
(VIII) Freud después de Charcot y Breuer (Saúl Paciuk, Nº 133)
(IX) El inconciente filosófico del psicoanálisis (Kostas Axelos, Nº 133)
(X) Nosotros y la muerte (Bernardo Nitschke, Nº 134)
(XI) Freud: su identidad judía (Alan Miller, Nº 134)
(XII) El campo de los "Estudios sobre la histeria" (Carlos Sopena, Nº135)
(XIII) Los Freud y la Biblia ( Mortimer Ostov, Nº 135)
(XIV) Volver a los "Estudios" (Saul Paciuk, Nº 136)
(XV) Psicoanálisis hoy: problemáticas (Jorge I. Rosa, Nº 136)
(XVI) Freud y la evolución (Eduardo Gudynas, Nº 137)
(XVII) Los aportes de Breuer (T. Bedó, I. Maggi, Nº 138)
(XVIII) Breuer y Anna O.(Tomás Bedó-Irene Maggi Nº 139)
(XIX) "Soy solo un iniciador" (Georde Sylvester Viereck, Nº 140/41)
(XX) El concepto de placer (Ezra Heymann, Nº 143)
(XXI) Edipo: mito, drama, complejo (Andrés Caro Berta, Nº 145)
(XXII) Identificaciones de Freud (Moisés Kijak, Nº 147)
(XXIII) Transferencia y maldición babélica (Juan Carlos Capo, Nº 148)
(XXIV) Babel, un mito lozano (Juan Carlos Capo, Nº 150)
(XXV) La pulsión de muerte (Carlos Sopena, Nº 151)
(XXVI) Un rostro del "acting out" (Daniel Zimmerman, Nº 152/53)
(XXVII) ¿Cuál es la casuística de Freud? (Roberto Harari, Nº 154)
(XXVIII) El interminable trabajo del psicoanálisis (Ada Rosmaryn, Nº 156)
(XXIX) El psicoanálisis y los conjuntos intersubjetivos (Marcos Bernard, Nº 156)
(XXX) Freud en Muggia. Los fantasmas de la migración forzada (Moisés Kijak, Nº 157)
(XXXI) Freud y los sueños (Harold Bloom, Nº 158)
(XXXII) La sexualidad interrogada (Alberto Weigle, Nº 159)
(XXXIII) Una historia de histeria y misterio (Juan Carlos Capo, Nº 160)
(XXXIV) Freud y el cine (Daniel Zimmerman, Nº 162)
(XXXV) Investigación en psicoanálisis (Eduardo Lavede Rubio, Nº 163)
(XXXVI) De la teoría a la ideología: problemas (Saúl Paciuk, Nº 164/65)
(XXXVII) Conciencia y Castración (Carlos Sopena, Nº 166)
(XXXVIII) La contratransferencia y los paradigmas del siglo XX (Ada Rosmaryn, Nº 167)
(XXXIX) Sobre la noción de pulsión (Eduardo Colombo, Nº 168)
(XL) El objeto psíquico y sus destinos (Carlos Sopena, Nº 169)

Fuente: Serie: Freudiana (XL)

 

Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar