La culpa en el duelo

MARÍA PAULINA MEJÍA
Psicóloga, Magíster en Psicoanálisis, Corporación Vamos Mujer, Medellín, Colombia.

SOFÍA FERNÁNDEZ
Psicóloga, Hogar Laura Vicuña, Medellín, Colombia.

JORGE ALBERTO MORENO ÁNGEL
Médico, Medicáncer, docente de la Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

  1. Dolor y culpa

    Se hace duelo por lo perdido. Y en el mundo humano una persona o un objeto cobra el estatuto de perdido si ha sido una presencia significativa, es decir, si tenía un lugar en el mundo subjetivo. Por tanto, no se hace duelo por aquello que no significa nada. El duelo, entonces, implica que algo falta, algo que encarnaba un valor.

    Partiendo de esta idea uno podría suponer que cuando se pierde algo significativo el afecto principal y único que acompaña esta pérdida es un profundo dolor. Dolor que se manifiesta como desazón, perdida de interés por el mundo exterior, pérdida de la capacidad de amar, inhibición de la productividad.

    Sin embargo, nos encontramos que en algunos casos aparece un afecto supremamente molesto e incomodo que parece complicar el duelo. Y este afecto es el sentimiento de culpa.

    Ese sentimiento de culpa se manifiesta como una gran angustia, acompañada de un fuerte autorreproche y un juicio severo contra sí, pues la persona considera que no hizo lo suficiente frente el ser querido que perdió, que en algún punto causó esa muerte o que quizás la pudo evitar, pero por alguna razón no lo hizo. Esta culpa, por tanto, se asocia a una rebaja del sentimiento de sí, es decir, a una especie de desprecio y autodenigración. Si convirtiéramos esta situación en una secuencia, encontraríamos algo así:

    Pérdida del ser querido + intenso dolor + culpa (angustia + rebaja del sentimiento de sí).

    Situación que plantea una pregunta. ¿Cómo es posible que la culpa esté presente en tantos duelos de seres queridos, incluso en aquellos en los cuales la persona hizo todo lo que estuvo a su alcance para cuidar al enfermo? ¿Cuál es la naturaleza de los lazos afectivos que se establecen entre los seres humanos que la pérdida del objeto de amor se constituye en una ocasión privilegiada para que salga a la luz una culpa aparentemente injustificada?

    Al respecto podemos encontrar en la teoría psicoanalítica un puntal de apoyo para intentar explicar esta paradoja. Freud anota que los seres queridos son por un lado una propiedad interior que se ama y se valora; pero, a su vez, el otro es también un extraño, quien en ocasiones es sentido como un estorbo y quizás como un enemigo. Es así como el más tierno y más intimo de nuestros vínculos amorosos también está teñido de una gran hostilidad, es decir, de un deseo de eliminar al otro. Un ejemplo de ello se encuentra en el dicho de una niña quien supuestamente deseaba mucho tener un hermanito. Cuando éste nace le pregunta a su madre con tierno tono: "Mamá, ¿será que yo puedo estripar pasitico a mi hermanito?".

    Este ejemplo es muy ilustrativo porque señala cómo en medio del afecto existe también una hostilidad que la niña intenta dominar y reprimir, para lo cual propone y asegura que "estripará pasitico a su hermanito".

    Es así como cualquier vinculo humano esta atravesado por la ambivalencia, es decir, por la existencia simultanea del amor y del odio. Sin embargo ese odio no siempre se actúa. La persona logra reprimir ese impulso hostil, se abstiene de manifestarlo, lo que a su vez se constituye en una de las condiciones para poder preservar y conservar los vínculos amorosos. Al respecto Freud afirma: " Es lícito decir que los despliegues más hermosos de nuestra vida afectiva los debemos a la reacción contra el impulso hostil que registramos en nuestro pecho" (1).

    Lo anterior supone partir de una premisa que nos permitirá encontrar luces sobre el problema que nos ocupa. Esta premisa dice así: en ningún vinculo humano prima solamente el amor. Aun en las relaciones aparentemente menos ambivalentes, como por ejemplo la relación madre hijo, se presenta la hostilidad. Incluso se dan casos en los cuales una gran ambivalencia de la madre hacia su hijo se compensa con un exagerado cuidado.

    Pero, ¿qué sucede con esos impulsos hostiles cuando un ser querido se enferma? Esos impulsos hostiles generalmente se desalojan de la conciencia y se exacerba, por el contrario, una gran ternura que muchas veces se refleja en un exagerado cuidado. De igual modo la hostilidad se puede reprimir cuando el ser querido muere. De ello da muestra una gran idealización que se hace sobre el muerto. Quizás a esto se deba el dicho según el cual "no hay muerto malo".

    Sin embargo, aunque esa hostilidad se desaloje de la conciencia, aunque se obre en forma totalmente contraria a los actos que dictaría la hostilidad, son muchas las ocasiones en las cuales el sujeto en duelo queda preso de un fuerte sentimiento de culpa. Y ¿cómo es que dicha ambivalencia desalojada de la conciencia en el momento de una pérdida se torna culpa?

    Para responder esta pregunta es necesaria un breve reflexión sobre el sentimiento de culpa.

    Ya dijimos que es una especie de angustia, acompañada de un desprecio de sí. Por tanto, si la culpa supone un afecto tan molesto y una representación de sí mismo tan deteriorada, es lógico suponer que las personas tratarán de evitar que ese sentimiento se active en su interior. ¿Cómo lo evitan? Pues, desalojando de la conciencia la hostilidad. Sin embargo, la culpa aparece con fuerza cuando se pierde a un ser querido. Al respecto el trabajo terapéutico nos enseña que si la persona se siente culpable es porque de alguna manera se realizó en la realidad un deseo hostil que ya había sentido y/o fantaseado.

    Es necesario aclarar que la emergencia de la culpa no supone necesariamente que la persona se haya imaginado eliminando al otro. Basta un sentimiento hostil más o menos intenso, que se puede manifestar de muchas formas, para que aparezca la culpa. Ello nos permite afirmar que el sentimiento de culpa es una forma como la persona intenta expiar un daño imaginado, que se convirtió en realidad, aunque fuese a su pesar. Y lo expía, precisamente, castigándose con los autorreproches e incluso con síntomas físicos. Es así como la secuencia que inicialmente propusimos se amplía de la siguiente manera: hostilidad – pérdida – dolor - culpa (angustia + autorreproches).

    La culpa que acompaña un duelo puede manifestarse de varias formas, incluso aparecer sin estar acompañada de un autorreproche conciente. Es más, una culpa que no es elaborada puede causar estragos. Esta premisa puede ser ilustrada a través de un caso. Cierto joven que llamaremos Carlos tenía una relación muy hostil con su padre. A su vez, él era una persona con una gran tendencia a la depresión, fácilmente perdía el sentido de la vida. En noviembre de1998 su padre muere de repente. Acto seguido Carlos empieza a decir que él presiente que él también va a morir muy pronto, pero no se explica por qué tiene esa sensación. Meses después le diagnostican un cáncer y al año siguiente muere en noviembre, el mismo mes en el cual falleció su padre. Alguien podría decir que esto es una casualidad.

    Bueno, nuestra hipótesis es contraria. La culpa causada por la hostilidad hacia un ser querido puede derivar en un deseo de ser castigado, de expiar ese pecado, deseo que puede ser actuado de distintos modos, incluso con la propia vida.

    En otros casos menos dramáticos puede ocurrir que la persona se castigue adquiriendo uno u otro síntoma físico de los que tenía el moribundo, como es el de otro joven quien pierde a su padre, con el cual primaba una relación de mucha hostilidad y rivalidad. Este joven en trabajo de duelo empieza a sentir mucha culpa por la muerte de su padre, aun sabiendo que las causas para nada lo involucraban, y empieza a sentir unas picadas en el pecho, síntoma pasajero similar al dolor de su padre antes de morir.

    De otra manera esa culpa se puede manifestar como un sueño en el cual la persona se reprocha o castiga por la muerte del otro, es el caso de Freud quien luego de la muerte de su padre sueña que él como hijo debió haberlo acompañado en todo el funeral. Sueño que Freud interpreta como una especie de autorreproche por la evidente hostilidad que él tenía hacia su padre.

    O es el caso de una mujer de 44 años quien consulta repetidas veces al médico por dolor abdominal bajo y "ardor" para orinar luego de un año de la muerte de su madre; estas molestias sólo desaparecen cuando relata el sueño de que su madre y ella "estaban encerradas en una candelada" de la cual la madre se libera dejándola a ella allí, y luego cae en cuenta de que había sacrificado su posibilidad de tener esposo e hijos por cuidar la enfermedad de su mamá, situación que ahora cerca de la menopausia ya no tendría remedio.

    Lo anterior no significa que la culpa siempre cause grandes estragos en una persona. Pero lo que queremos indicar es que si aparece este sentimiento ligado al duelo es por algo, no es un evento caprichoso y sin sentido.

  2. Duelo, culpa y cultura

En este punto quisiéramos llamar la atención sobre algunas formas discursivas que hacen parte de nuestra cultura, más evidentes en el ámbito de las vivencias religiosas sin ser exclusivas de ese contexto, y que rodean el proceso de duelo en ocasiones magnificando la culpa.

Esas formas discursivas tienen como efecto propiciar o racionalizar la culpa creando un obstáculo al trámite de los sentimientos dolorosos que la subyacen, especialmente si son de hostilidad, suprimiendo la posibilidad por parte del sujeto de una actitud responsable y liberadora frente a su propia historia.

Citaremos algunas de esas formas discursivas presentadas por Harold Kushner en su libro Cuando a gente buena le suceden cosas malas:

"Una pareja es avisada telefónicamente por las directivas universitarias del fallecimiento de

su única y brillante hija en forma súbita, como consecuencia de un aneurisma. Al ser visitados por el orientador religioso de la comunidad, a cambio de la rabia y la tristeza que éste esperaba encontrar, oye a los padres decir: "Usted sabe; no cumplimos con el ayuno estipulado de la última ceremonia."

Este caso nos ilustra como una perdida afectiva es subjetivada como un castigo merecido por el incumplimiento de un deber religioso. En otras palabras, la realización de un acto hostil contra los mandatos de la iglesia, merece un castigo que en este caso es la muerte de la hija, haciéndonos preguntar si no se trata de un desplazamiento de la ambivalencia contenida en la relación. Vemos, pues, como aquí en este caso la secuencia propuesta anteriormente se realiza en el discurso cultural. Esta secuencia supone hostilidad, culpa y castigo, sirviendo la idea del merecimiento como justificación que perpetúa el problema.

"El hijo de una escritora, muere durante una operación correctora de una malformación cardíaca. El párroco de su comunidad se le acerca y le dice: "Todo saldrá bien pues Dios no nos envía nada que no podamos soportar. Te ha puesto esta prueba pues sabe que eres lo suficientemente fuerte para aguantarla." La escritora inmediatamente pensó: "Si sólo hubiera sido yo alguien más débil mi hijo aún estaría vivo."

De tal forma, a través del discurso religioso la mujer subjetiva esa perdida de la siguiente manera. Fue su fortaleza la que de alguna manera propicio la muerte de su hijo, por tanto ella es culpable de esa pérdida. Vemos en este caso cómo la intención de tranquilizar, obviando la expresión de la agresividad despertada por la pérdida, induce una posición de culpa.

"Un niño de 5 años es atropellado por un carro. En la ceremonia de entierro el oficiante dice a los padres. "Éste no es tiempo de tristeza ni lágrimas. Es tiempo de regocijo pues el niño se ha marchado de este mundo pecaminoso sin mancha. Donde está ahora es más feliz." Los padres por su parte se sentían heridos, veían injusta su condición y veían absurdo el consejo."

Siendo personas intensamente comprometidas con su credo, este tipo de argumento además les inducía la idea de que es por egoísmo que se extraña al ser querido, propiciando sentimientos culposos que competían con su necesidad de expresar y comprender la hostilidad acompañante a la pérdida.

Los anteriores ejemplos nos permiten plantear que la sensación culposa, ha sido fijada en nuestra historia personal, promovida y valorada a través de los diversos discursos culturales, logrando que el sujeto se diluya y no pueda acceder a la posibilidad de preguntarse por aquello que le pasa.

3. Trabajo de duelo cuando hay sentimientos de culpa:

La presencia de la culpa en el duelo plantea una pregunta ineludible ¿cómo tramitar este afecto en un proceso que busca posibilitar la elaboración del duelo? De lo que se trata es de permitirle al sujeto un trabajo de duelo, el cual Freud describe de la siguiente manera :

"El examen de la realidad ha mostrado que el objeto amado ya no existe más y de él emana ahora la exhortación de quitar toda libido de sus alcances con ese objeto. A ello se opone una comprensible renuencia. Universalmente se observa que el hombre no abandona de buen agrado una posición libidinal, ni aun cuando su sustituto ya asoma. Esa renuencia puede alcanzar un extrañamiento de la realidad y una retención del objeto por vía de una psicosis alucinatoria de deseo."(2).

Si se toma esta cita a la letra, de ella se puede derivar que un proceso de duelo supone una serie de trabajos psíquicos. Y la palabra trabajo implica que el doliente debe gastar y transformar parte de su energía psíquica, la cual estaba adherida a una persona. Los pasos de dicho trabajo psíquico que la cita anterior nos propone son los siguientes:

Así, es posible decir que el trabajo de duelo conlleva un gran gasto psíquico que lógicamente disminuye el interés por el mundo. Ese gasto y esa retirada afectiva del mundo, están al servicio de una aceptación gradual de la pérdida. Y se espera que esa aceptación de la pérdida posibilite una conciliación interior, una especie de pacificación y de serena tristeza.

Desde diferentes visiones se propone como método para la elaboración del duelo la verbalización. Ella posibilita descubrir la significación singular e histórica de la pérdida, lo que a su vez ayuda a resignificar el vínculo con la persona que se ha perdido. Trabajo de duelo que es vivenciado por el sujeto de acuerdo a las deudas simbólicas, a la intensidad y la ambivalencia de esta relación. Trabajo en el que hay una gran inversión de tiempo que implica un proceso de reconstrucción subjetivo altamente doloroso. Una vez realizado, la energía psíquica deja de concentrarse en la persona que se ha perdido y puede recubrir otros objetos amorosos y otras actividades.

Ya hemos dicho que en medio de la pérdida de esa relación tan singular que tenía el doliente con el ser querido fallecido, puede aparecer un sentimiento de culpa, que en muchos casos no tiene ningún asidero en la realidad, es decir, la persona no causó la muerte del otro. Pero, más allá de los hechos de la realidad, terreno sobre el cual es un juez el que debe indicar si alguien es o no culpable jurídicamente, hay otro ámbito que nos interesa a los trabajadores de la salud mental y es el de la realidad psíquica. Es decir todos aquellos pensamientos y afectos que habitan a un sujeto independientemente de sí son o no del orden de la realidad material.

Por tanto, no se trata de exacerbar la culpa en el doliente, pero tampoco de erradicarla de la conciencia desculpabilizando al sujeto, pues de hacerlo es posible que esa culpa retorne en la vida de éste, causando estragos. Se trataría por el contrario de disolverla, pero sólo en la medida en que la persona pueda tener noticia de qué es aquello que la causa a través del proceso de elaboración.

Y para terminar un poema sobre la pertinencia de la palabra como apuesta ética en medio de un país que produce tantas pérdidas:

 

EN EL PRINCIPIO

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo

lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.

Si abrí los ojos para ver el rostro

puro y terrible de mi patria,

si abrí los labios hasta desgarrármelos,

me queda la palabra.

Blas De Otero (poeta español)

 

BIBLIOGRAFÍA

1. FREUD, S. Nuestra actitud hacia la muerte. Tomo XVI. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1979; p 300.

2.. FREUD, S. Duelo y melancolia . Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortus editores. 1979; p 242.

Fuente: http://medicina.udea.edu.co/iatreia/Memorias%20feb2001/laculpaenelduelo.htm

 

  Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar