Melancolía y Literatura - Benito Pérez Galdós

Perez Galdos BenitoAutor prolífico, en sus textos la melancolía, sobre todo en su vertiente de enfermedad, abunda. Citamos aquí pasajes de varios libros. No son todas las ocurrencias de la palabra. Lo consignado en cursivas son los títulos de los libros.

Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía llorona del paisaje...

En los primeros días tuvo horas de melancolía intensísima, en las cuales su conciencia, confabulada con la memoria, le representaba de un modo vivo todas las maldades que cometiera en su vida... Fortunata y Jacinta.

tuvo como tú esas melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte...

Enrique empezó a caer en melancolías. Le acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades varoniles. Lo prohibido.

Era un retrato de mujer, en cuyo agraciado rostro hacía contraste la sonrisa de los labios frescos con la melancolía de los ojos pardos, debajo de las cejas más galanas que han podido verse...

Aún persistían en él ilusiones juveniles, con sus delicadezas y entusiasmos, con sus melancolías, sus arrebatos e impaciencias...

Aquella diadema de sombra daba a su rostro matices de poesía crepuscular, como si todo él estuviese formado con tintas y rasgos tomados de la melancolía y sosiego de la tarde...

Ved su cara demacrada y mustia, sus ojos impregnados de cierta melancolía de funeral. La desheredada. Perez Galdos Benito

Densas melancolías le asaltaron; perdió el apetito, y costaba Dios y ayuda hacerle tomar las medicinas. Imposibilitado de andar, y sujeto a un encierro y quietud tan contrarios a la viveza de la infancia, no podían los padres proporcionar al enfermito más distracción que la que pudiera gozar arrimado a los cristales de un angosto balcón...

«No sabes, Perico, cuánto me alegro de verte -dijo Santiuste-, ni qué ganas tenía de charlar contigo. Sólo con oírte me siento animado y se me abre un poco esa puerta de la nutrición que llamamos apetito, y se me cierra la de esos desvanes que llamamos melancolías».Aita Tettauen.

Del pesimismo profético de Segis participaba yo, haciéndolo aún más lúgubre por la negra melancolía que empezó a invadir mi alma poco después de las fiestas de la paz. Cánovas.

No habiendo pegado los ojos en toda la noche, era su cerebro un horno, sus ideas lúgubres, de una melancolía intensa, como si en el alma se le fuera metiendo el romanticismo de la clase nocturna y sepulcral, ese que huele a tierra de osarios y a siemprevivas putrefactas.De Oñate a La Granja.

Ya no tenemos Penitenciario, no precisamente porque haya pasado a mejor vida, sino porque el pobrecito está desde el mes de Abril tan acongojado, tan melancólico, tan taciturno que no se le conoce. Ya no hay en él ni siquiera dejos de aquel humor ático, de aquella jovialidad correcta y clásica que le hacía tan amable. Huye de la gente, se encierra en su casa, no recibe a nadie, apenas toma alimento, y ha roto toda clase de relaciones con el mundo. Si le viera Vd. no le conocería, porque se ha quedado en los puros huesos. Lo más particular es que ha reñido con su sobrina, y vive solo, enteramente solo en una casucha del arrabal de Baidejos. Doña Perfecta.

Siempre he sido melancólico y... no sé por qué me han disgustado las mujeres... Nunca voy a bailes ni a tertulias, y con tan uniforme vida me he vuelto tan tristón que me aburro de mí mismo. Los domingos echo un paseo allá por los Melancólicos, y esto un año y otro, hasta que ahora... te contaré punto por punto. El 19 de Marzo y el 2 de Mayo

EL CONDE.- ¡Suplicio! No se acuerda usted del de su esposo, fugitivo, solo, muriendo de melancolía, sin que ningún cariño le consolara... porque yo estaba ausente, y usted, que no le amaba, no hacía más que rebuscar pretextos para apartarse de su lado...El abuelo.

Pero al conde le entró invencible melancolía; fue poco a poco alejando de su casa a toda aquella ilustre muchedumbre que le visitaba, y al fin se aisló por completo, dando que murmurar a las gentes, y con especialidad a aquellos que se vieron privados del chocolate de la casa condal Cerezuelo; de cortesano y amable que era se fue trocando en áspero e hipocondríaco: trataba mal a sus sirvientes y reñía con todo el mundo, menos con su hija. El Audaz.

Pero llegaron días de mayor cansancio, las digestiones no eran tan fáciles, y sobre este malestar vinieron unas melancolías tan negras que no era posible hacer salir de la boca del capellán una sola palabra. Se paseaba por el comedor mirando al suelo; luego se metía en su cuarto y se estaba allí larguísimo rato solo y a oscuras... De repente sentíasele revolviendo en la 
habitación, y al fin aparecía de paisano, envuelto en su capa. El doctor Centeno.

Tenía más de cincuenta años, aspecto débil y enfermizo, rostro muy melancólico, apagados ojos, ademanes corteses y fríos, escasísima propensión comunicativa y costumbres tan tranquilas como metódicas. Jamás anochecía sin que estuviese dentro de su casa. A horas fijas salía y a horas inalterables entraba. Era rarísimo acontecimiento que alguien le visitase, y su morada era silenciosa y triste, como vivienda de cartujos. El Grande Oriente.

Romarate, que entró con recelo, mostrándose inapetente, hizo a la comida los debidos honores; bebió un poco del vinillo blanco que Tapia le escanciaba, y sus melancolías empezaron a disiparse. Hablaba y reía, celebraba chascarrillos que el amigo refería con gracia. España sin Rey.

Volvió Lucila a la casa vecina, y el chico romántico, abrumado de melancolías, sin ganas de pasear, ni de conversar con sus amigotes, acogiose a la sociedad de sus amados libros. España trágica.

Cuando le conozcamos mejor, veremos que aquel melancólico sentimiento, que tan claramente salía de lo hondo a la superficie de su persona, era más que descontento y hastío de sí mismo, una como lástima profundísima de los demás. Gloria.

Resultando del informe de los facultativos que repetidas veces le habían examinado, que los actos del apóstol errante eran inconscientes, por hallarse atacado de melancolía religiosa, forma de neurosis epiléptica, se le entregaba al poder eclesiástico para que cuidase de su curación y custodia en un Asilo religioso, o donde lo tuviere por conveniente. Halma.

Traía a la memoria las imágenes de las personas amadas, hablaba con ellas, les dirigía tiernas palabras, y explorando después con la mirada del espíritu el tiempo futuro, aquel tiempo en que nadie se acordaría de mi existencia cortada en flor, me sumergía en hondas melancolías. Juan Martín el Empecinado

Esto me volvía a mis melancolías y saudades (hablando en portugués) ocasionadas por el disfavor de lord Wellington y el ningún motivo e injusticia de su frialdad y desabrimiento con un servidor leal y obediente soldado. La batalla de los Arapiles

Algo de esto pensó D. Beltrán, recordando lo que hablaron durante la comida, y el rostro siempre melancólico de Cabrera: «Es un hombre que, con tener mucho entre las manos, aún tiene más en la cabeza, y de este desequilibrio proviene su aspecto de gato triste... dormilón cuando sus ojos no despiden rayos. Su crueldad es la irritación contra el género humano porque no se le somete de golpe. Si este hombre triunfara y pudiera manifestar tranquilo y seguro lo que lleva en su corazón y en su cabeza, sería un dictador severo y paternal, rigorista y clemente, próvido para todo, y hasta liberal dentro de su poder soberano indiscutible». La campaña del Maestrazgo.

Alfonsín fue al colegio, y Paquito, a quien la enfermedad de su papá tenía muy melancólico, no salió de la casa ni quiso probar bocado en el almuerzo. La de Bringas

Con el sermón paterno y la parvedad del dinero que se le ofrecía, abatiose el ánimo de Santiago, y llegó a lo más intenso el amargor de sus melancolías. Notaba en sí un fenómeno extraño, una disminución considerable, ya que no total pérdida, de su voluntad. El efecto de esto en su espíritu era como el que se produciría en un cuerpo que se quedara exangüe. Y al par que notaba el vacío de su ser, lloraba la voluntad fugitiva, esforzándose en atraparla y en meterla de nuevo en sí. La de los tristes destinos.

Vuelve al mundo, hijo mío, y no desgastes tu noble espíritu en melancolías, que son causa de malas digestiones. La estafeta romántica.

A prima noche te vi tranquilo, razonable, cariñoso, un 
poco triste, con esa melancolía desabrida de un hombre que se va a casar y 
vive a ocho leguas de su novia... La familia de León Roch.

Su melancolía creció, se puso descolorida y extenuada, y llegó a hacer temer graves peligros para su salud. Coletilla no pudo permanecer indiferente a la enfermedad de su protegida, y trajo un médico el cual expresó su dictamen muy brevemente, diciendo: «Si usted no manda a esta chica al campo, semuere antes de un mes». La Fontana de Oro.

Su melancolía envuelve cierta pereza intelectual, como si acobardado ante su mala suerte, sintiéndose incapaz de luchar con ella, se le entregara sin quejarse. La incógnita.

Me dormí... ¡Oh infortunada Condesa! la vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que escribo ; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste y meditabunda como una estatua de la melancolía. A sus pies estaba acurrucado un perrillo, que me pareció tan triste como su interesante ama.
Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como la desventura en persona. La novela en el tranvía.

se le veía entonces apartado de todo trato humano, buscando sitios solitarios, a veces dominado por cólera inextinguible, a veces sumergido en profunda melancolía, especie de somnolencia que le daba todo el aspecto de un hombre sin sentido. La Sombra.

Huraña y melancólica, ni una vez la vi reír, ni salieron de su siempre repulgada boca más que frases vulgarísimas, o desabridas observaciones. Nunca vi cortedad semejante, ni mayor indigencia de ideas, ni criatura menos mujer. Las tormentas del 48.

hallábase Santiago en el subido punto de la melancolía negra, atacado de rebelde insomnio, con todas las apariencias de una opresora pasión de ánimo. Creyendo D. Fernando que próxima al momento de su explosión estaba la sinceridad del ángel negro, y que el mayor favor que hacérsele podría era darle un golpecito para que estallara más pronto, le dijo: Los síntomas de tu cara, de tus ojos y de tu respiración revelan que quieres confesarme... no sé qué, y que te faltan bríos para sacarlo de la hondura de tu pecho. Vamos, hombre, atrévete, y vomita... Los Ayacuchos.

     -Está sumamente abatido y melancólico -me dijo-. Se ha negado a recibir los auxilios pecuniarios que le ofrecí de parte de usted; pero se ha mostrado muy agradecido. Al oír que Jenara tenía gran empeño en conseguir su libertad, pareció muy turbado y conmovido, pronunciando palabras sueltas cuyo sentido no pude comprender. Los Cien Mil Hijos de San Luis.

Hace tiempo le atacaron unas melancolías que parecían principio de locura. Los duendes de la camarilla. 

Pisadas de algún devoto que entraba o salía y silabeo tenue de rezos eran los únicos rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arrojó el cesante su plegaria melancólica, mezcla absurda de piedad y burocracia... «Porque por más que revuelvo en mi conciencia no encuentro ningún pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he procurado siempre el bien del Estado, y he atendido a defender en todo caso la Administración contra sus defraudadores. Jamás hice ni consentí un chanchullo, jamás, Señor, jamás. Eso bien lo sabes tú, Señor... Ahí están mis libros cuando fui tenedor de la Intervención... Ni un asiento mal hecho, ni una raspadura... ¿Por qué tanta injusticia en estos jeringados Gobiernos?. Miau.

pero él insistió, dolorido y melancólico, asegurando que quería estar mal, hacer penitencia, pasarse los días yorando, yorando, hasta conseguir que Adonai ablandase el corazón de la mujer amada. Suspiraron ambos, y silenciosos subieron toda la calle de Toledo. Misericordia.

Negrete y el mismo D. Juan sonreían entre burlones y melancólicos, como si juntamente vieran la extensión del mal y la imposibilidad de remediarlo. Narváez.

Su mal color anunciaba insomnios y dietas, y su mal genio trastorno del ánimo, una manifestación hepática tal vez, complicada con melancolías o sentimientos depresivos. Tormento.

Mucho agradeció el tacaño que se le ordenara quedarse, porque se hallaba muy abatido y melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir a nadie. Anhelaba estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y revolver bien su propio espíritu en busca de algún consuelo para la tribulación amarguísima de la compra del palacio, y de tanto lienzo viejo y armadura roñosa. Torquemada en el Purgatorio.

cual si los pensamientos que el venerable Gamborena expresara en la anterior conversación la tuvieran allí sujeta, gravitando sobre ella con melancólica pesadumbre. Desde la muerte lastimosa de Rafael, la tristeza era como huésped pegajoso en la familia del Águila. Torquemada y San Pedro.

Cenaron todos un poco tristes por la influencia melancólica de tales noticias, de los comentarios lúgubres con que las acompañó el ex-capitán miliciano, y de los presagios fatídicos que hizo. Un faccioso más y algunos frailes menos.

Como en aquel tiempo no circulaban retratos de celebridades, bien se explica que Fago no tuviese conocimiento de la estampa real del caudillo, el cual era un tipo melancólico, adusto, cara de sufrimiento y meditación. Zumalacárregui.

 


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Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar