Su voz subía a la habitación en el cálido aire estival, bastante armoniosa y cargada de una especie de feliz melancolía.
1984. Orwell
Inesperadamente escuchó música. Sus entrenados oídos reconocieron positivamente las suaves melodías de laúdes, infinitamente tristes, infinitamente melancólicas. La última palabra. Oliver
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