SÍNTOMAS DE FIN DE SIGLO (1)

Marta Lauría.

Depresión. Duelo o melancolía.

La depresión, síntoma princeps de nuestro tiempo, interroga al psicoanálisis desde sus muchas manifestaciones, aún desde aquellas que muerden el cuerpo y fundamentalmente desde los intentos clasificatorios de las distintas psicopatologías.

Desde Pinel y Esquirol, en la tradición francesa de psiquiatría, hasta los clásicos de la escuela alemana, se han agrupado como “melancolía”, a las muy variadas manifestaciones de lo que luego se llamó locura. Es decir que, históricamente fue un nombre genérico de casi todos los fenómenos que la locura abarca.

Hoy, la psiquiatría se refiere a ese nombre sólo si se lo asocia a los llamados trastornos bipolares, o psicosis cíclica.

Freud, al pensar la melancolía en el interior de la teoría psicoanalítica, la emparentó definitivamente al duelo, y así nos dice que, cuando el objeto que amamos nos abandona o se muere, nos vemos compelidos a trabajar. Trabajo que se realiza, en esa temporalidad del inconciente, que es para atrás, en forma regrediente. Habrá que desprenderse, poco a poco, de ese objeto que ya no está. Retiro paulatino de las catexias libidinales que tiene por finalidad perder el objeto (ahora, en la economía psíquica) y la recuperación de la libido y la capacidad de amar.

Se trata de una pérdida que, al ser verificada por el examen de realidad, es institución del yo. En su primer momento, ese trabajo es cuasi alucinatorio, dado que la percepción no nos asegura de la ausencia del objeto.

La reacción ante una pérdida es, entonces, la retracción del quantum libidinal depositado en ese objeto, que tiene como destino el yo, y que se realiza con gran gasto de tiempo y energía. A ese trabajo lento y esforzado que acompaña a los datos de la realidad y que llamamos duelo, lo caracteriza la tristeza, el dolor, la indiferencia por el mundo que lo rodea. Mientras se elabora el duelo, el mundo aparece empobrecido. “Está desinteresado de todo aquello que no tenga relación con el muerto”, dice Freud.

Si el duelo es exitoso, al final del mismo nos espera la sustitución: el objeto perdido podrá ser reemplazado previa identificación en el yo. Un objeto irremediablemente perdido, promueve esa sustitución y deja del lado del sujeto, la inscripción de su marca.

La identificación, entonces, es una estrategia que se da el aparato para perder el objeto, pero también es una forma de recuperarlo cuando éste nos abandona como tal. Por ello, la identificación es también, la desexualización del objeto.

Objeto y yo, indiferenciados en el origen mítico, vuelven a coincidir por la vía del duelo y por este destino yoico que la pérdida hizo posible.

En el decir de Masotta, se vé hasta qué punto el yo freudiano es un cementerio de los objetos amados y perdidos. Cuando el duelo es productivo, no se deja ver, sólo queda su marca.

Así afirma Freud que las mujeres de vida amorosa intensa, llevan en sí los rasgos de los hombres que han amado.

Pero veamos, ya no el éxito de dicha operación, sino su frustración.

Si el trabajo de duelo fracasa, hay imposibilidad de concluir con la muerte del objeto. Hay una eternización de ese estado que llamamos duelo y que se muestra como inhibición del yo y su angostamiento. Si antes dijimos empobrecimiento del mundo, ahora el empobrecido es el yo.

A esta ausencia de duelo, imposibilidad de su realización, Freud la nombra melancolía. En ella, la pérdida es de naturaleza más ideal: puede saber a quien ha perdido pero no lo que ha perdido con él.

Fenoménicamente, la presencia de los autorreproches es el rasgo diferencial en la clínica. Se siente indigno y despreciable, una ruindad. Se constituye un verdadero delirio de insignificancia. Vemos como la retracción libidinal al yo da un resultado completamente diverso y opuesto al del momento megalómano en la paranoia.

El melancólico se complace en el desnudamiento de sí. Le falta la vergüenza en presencia de los de los otros, y muestra una excesiva franqueza. Ha perdido el respeto por sí mismo.

La severidad de esos autorreproches se explica como dirigida en realidad, a la persona amada, ahora introyectada en el yo. La introyección en Freud, reconoce el modelo de la fase oral, canibalística. Se traga el objeto pero para ello lo destruye. Ahora, una parte del yo critica y hostiga a la otra, en tanto allí reside ahora el objeto antes amado. El superyó aumenta sus exigencias y satisface su necesidad de castigo.

Cabe preguntarse, como hace Freud, por qué alguien realiza un duelo y otro sujeto se “melancoliza”. ¿En qué consiste la diferencia?

¿Cómo era ese objeto cuya pérdida es causante de la melancolía? ¿Cómo había sido elegido?

Si la identificación es segunda respecto de la elección de objeto, el cual, luego de su pérdida dio lugar a una identificación masiva con el objeto, que lo sume en ese estado denigratorio de sí que Freud llama identificación narcisística, debemos suponer que ese objeto fue elegido narcisísticamente.

Es decir, esa identificación es una identificación regresiva respecto de una elección de objeto narcisista. Con las heridas propias de cualquier avatar por el que el objeto pase. O dicho de otro modo, cualquier cosa que le pase al objeto resulta una herida narcisista. Involucra al yo, lo arrastra en su caída.

La identificación narcisista, dijimos, es masiva y total (no a un rasgo) y resulta del fracaso del abandono del objeto que no puede ser perdido. Ocupa todo el yo y conserva el objeto en él. Da cuenta de un trabajo de simbolización deficitario por abandono tan rápido de la carga.

No se melancoliza por haber amado mucho. La melancolía habla más de un rápido abandono de carga que de una ocupación libidinal muy grande.

Entonces, si el duelo abandona el objeto, la melancolía incorpora el objeto y pierde al yo. En palabras de Freud: “La sombra del objeto cayó sobre el yo”.

Hubo una guerra libidinal y el sujeto perdió.

La melancolía ofrece el modelo para pensar la constitución inaugural del aparato freudiano.

El yo es primero un objeto, objeto de amor del ello. Y se constituye como dividido a partir de una identificación a una pérdida, por lo tanto, incorpora una pérdida, “se agujerea” al tiempo que se constituye.

Lacan nos insta a comprender el estadío del espejo como una identificación. Es la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen. Esto será el tronco de las identificaciones secundarias, aquellas que son producto del abandono de los objetos incestuosos y que configuran el Ideal.

Freud propone una identificación primaria (al padre) como precursora de esa formación del Ideal y anterior a toda carga de objeto. Una falla en la identificación primera, tendrá como consecuencia, una falla en la constitución del Ideal.

La identificación narcisística se ubica a posteriori de esa primera identificación anterior a toda carga de objeto, que indica al sujeto desde dónde elegir.

La melancolía como estructural y estructurante, es operación que deja como saldo, restos de la imagen que el símbolo no alcanzó a recubrir.

En el melancólico, la prevalencia del superyó muestra que el orden de la ley ha sido constituído, aún cuando se manifieste en su vertiente más absurda, descargando su cólera sobre el yo. Y con ello, poniendo de manifiesto la deficitaria constitución del Ideal.

La imagen especular es el umbral del mundo visible. Es condición para establecer una relación del organismo con su realidad.

La frustración exterior intensifica enormemente el poderío de la conciencia moral del Superyó. Freud afirma que el destino es considerado como un sustituto de la instancia parental, como expresión de la voluntad divina. Lo que desencadena la crisis melancólica es algo que el superyó interpreta como una desgracia que satisface la necesidad de castigo. Así, el superyó aparece desnudo por renuncia a los emblemas paternos. Esta es la precariedad del sujeto en relación al ideal (tiene un profundo desinterés por todo aquello que impulsa y mueve a los hombres).

Hasta 1920, la explicación sobre el tratamiento paradojal que el objeto amado recibe, recaía sobre la ambivalencia: el objeto no era solamente amado, también era odiado. Desde el comienzo de su obra, al referirse al Complejo de Edipo, Freud incorpora los impulsos hostiles hacia los padres, y cómo aparecen en las distintas patologías. En la melancolía, su producto: los autorreproches.

Después de “Más allá del principio del placer” y a partir de “El malestar en la cultura”, atribuye a la pulsión de muerte el severo tratamiento del que el superyó hace objeto al yo, en lo que denomina su tercer camino de manifestación (la vuelta contra sí mismo).

Lo que gobierna en el superyó es como un cultivo puro de la pulsión de muerte, que a veces logra empujar al yo hacia el suicidio, cuando no consiguió dar el vuelco hacia la manía. En cuyo caso, la manía muestra que en la lucha llevada a cabo entre superyó y yo, vence el yo, que logra imponerse y triunfar sobre el objeto. Pero se trata del mismo yo, que tampoco sabe sobre qué objeto ha triunfado.

Es decir, que a pesar de las diferencias fenoménicas, ambos modulan la misma estructura. Puede reconocerse idéntica conjunción de condiciones económicas.

En la manía, el sentimiento de triunfo acompaña a un yo que domina la pérdida y que recupera la carga ahora libre, para deslizarse por innumerables objetos en una verdadera fusión con el ideal.

Síntoma de nuestra época que coloca los objetos como intercambiables entre sí, y en una misma serie. No hay tiempo para el trabajo de duelo y la carga “salta” de un objeto a otro rápidamente en una borrachera jubilosa.

La manía como “salida” de la melancolía, la cultura zápping como fuga de la depresión, como emancipación del objeto que hacía penar.

Ambos en relación a la ausencia de ideales, y articulados a esa constitución deficitaria, no acabada, de la instancia que la Ley del padre determina.

(1) El presente es un trabajo presentado por la autora en la Reunión Lacanoamericana de Rosario. 1999.

Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar