Juan Huarte de San Juan
Desde
antes de 1600 circuló con profusión en España el libro del doctor Juan Huarte
de San Juan Examen de ingenios para las ciencias, del cual la edición de
1593 localizada en Santafé de Bogotá es una de las primeras. Cervantes no
alude directamente a Huarte de San Juan en sus escritos; sin embargo, en más de
un aspecto la semblanza de la condición física y mental de Don Quijote
concuerda con los planteamientos expuestos en el Examen de ingenios. De
otra parte, es bastante probable que la caracterización del hidalgo manchego
como un hombre ingenioso, que determina desde el título del libro uno de
los rasgos más sobresalientes del personaje, se haya fundamentado en la obra
del doctor Huarte.
Examen de ingenios para las |
En efecto, el Examen de ingenios para las ciencias incluye un pequeño tratado sobre lo que se identificó como «teoría de los humores», en la fisiología clásica y durante la Edad Media. Dicha teoría desarrollaba la concepción de las formas a través de las cuales los cuatro contrarios que conforman el mundo —caliente, seco, frío y húmedo— se combinan en el cuerpo del hombre para producir los humores; de tal manera que la mezcla de caliente y húmedo forman sangre; caliente y seco, bilis; frío y húmedo, flema; frío y seco, melancolía. La proporción en la que se combinan los humores en el cuerpo determina los distintos temperamentos: en el sanguíneo la sangre es dominante, y es considerado el mejor de los cuatro por la especial afinidad que la sangre mantiene con la naturaleza. |
Los hombres sanguíneos suelen distinguirse por su rostro pálido, por dormir mucho, soñar con cosas agradables e irritarse con facilidad. El hombre colérico, que está bajo el influjo de la bilis, es alto y delgado y vive en medio de permanentes arrebatos y de sueños resplandecientes, llenos de truenos y de cosas peligrosas. Como síntomas del temperamento melancólico se resaltan el insomnio, las pesadillas y las opiniones intransigentes, siendo un humor propicio para asumir la vida retirada, dedicada al estudio y a la meditación. El temperamento flemático fue considerado como el peor de los cuatro; a él se asociaban la gordura, el sueño excesivo, la lentitud en el aprendizaje y los letargos en los que van y vienen los peces en medio de las aguas.
Para las gentes de su época Don Quijote era de un temperamento colérico, vinculado al aire y al hígado; es por ello que al regreso de su primera salida, cuando se ha tapiado el aposento en el que reposaban sus libros y al despertar Don Quijote se encuentra con que no puede acceder a su biblioteca, responsabiliza de esa maldición al sabio Frestón con tanta vehemencia que su ama y sobrina «no quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la cólera» (Capítulo VII de la Primera Parte).
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Don Quijote deviene en loco porque en él la imaginación y la fantasía, están templadas de una forma muy particular. Las teorías del doctor Huarte sustentaban opiniones como las de Juan Luis Vives, quien precisaba que:
«Así como en las funciones de nutrición reconocemos que hay órganos para recibir los alimentos, para contenerlos, elaborarlos y para distribuirlos y aplicarlos, así también en el alma, tanto del hombre como de los animales, existe una facultad que consiste en recibir las imágenes impresas en los sentidos, y que se llama imaginativa; hay otra que sirve para retenerlas, y es la memoria; hay una tercera que sirve para perfeccionarlas, la fantasía [...] La función imaginativa en el alma hace las veces de los ojos en el cuerpo, a saber: reciben imágenes mediante la vista, y hay una especie de vaso con abertura que las conserva; la fantasía, finalmente, reúne y separa aquellos datos que aislados y simples, recibiera la imaginación.»
(De Anima et vita, I, X.)
Dice Cervantes que a Don Quijote la fantasía se le asentó en la imaginación «de tal modo que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía»; es decir, las imágenes vistas por Don Quijote le llegan distorsionadas. Cuando, en su primera salida, el caballero deambula hambriento por los secos campos manchegos, sus sentidos advierten una sencilla venta y a dos rameras sentadas a la puerta, mas, como estas imágenes han de pasar por su imaginativa lesionada, el autor avisa que «a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído». Y entonces aquí se realiza el prodigio que, al generalizarse posteriormente, va a convertirse en una de las fuentes centrales de la constante admiración que nos infunde el Quijote en el alma de Don Quijote, por la gracia de su imaginación que transforma lo percibido por los sentidos «la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan» y «se llegó a la puerta de la venta, y vió a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando» (Capítulo II de la Primera Parte).

Ver también en relación a Cervantes:
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