La melancolía en Humberto Eco

 

La capucha -como venía de afuera aún la llevaba levantada- arrojaba una sombra sobre la palidez de su rostro y confería un no sé qué de doloroso a sus grandes ojos melancólicos. Su fisonomía parecía marcada por muchas pasiones, y, aunque la voluntad las hubiese disciplinado, quedaban los rasgos a los que alguna vez habían dado vida. El rostro expresaba sobre todo gravedad y aflicción, y los ojos miraban con tal intensidad que una ojeada bastaba para llegar al alma del interlocutor, y para leer en ella sus pensamientos más ocultos. Y, como esa inspección resultaba casi intolerable, lo más común era que no se deseara volver a encontrar aquella mirada.

 

-Me pregunto -dijo Guillermo-, por qué rechazáis tanto la idea de que Jesús pudiera haber reído. Creo que, como los baños, la risa es una buena medicina para curar los humores y otras afecciones del cuerpo, sobre todo la melancolía.

 

Me enteré también, por una frase de Santa Hildegarda, de que el humor melancólico que había sentido durante el día, y que había atribuido a un dulce sentimiento de pena por la ausencia de la muchacha, se parece peligrosamente al sentimiento que experimenta quien se aparta del estado armónico y perfecto que distingue la vida del hombre en el paraíso, y de que esa melancolía «nigra et amara» se debe al soplo de la serpiente y a la influencia del diablo. Idea compartida también por ciertos autores infieles de no menor sabiduría, pues tropecé con las líneas atribuidas a Abu Bakr-Muharnmad Ibn Zaka-riyya ar-Razi, quien, en un Liber continens, identifica la melancolía amorosa con la licantropía, en la que el enfermo se comporta como un lobo. Al leer su descripción se me hizo un nudo en la garganta: primero se altera el aspecto externo de los amantes, la vista se les debilita, los ojos se hunden y se quedan sin lágrimas, la lengua se les va secando y se cubre de pústulas, el cuerpo también se les seca y siempre tienen sed. A esas alturas pasan el día tendidos boca abajo, con el rostro y los tobillos cubiertos de marcas semejantes a mordeduras de perro, y lo último es que vagan de noche por los cementerios, como lobos.
Finalmente, ya no tuve dudas sobre la gravedad de mi estado cuando leí ciertas citas del gran Avicena, quien define el amor como un pensamiento fijo de carácter melancólico, que nace del hábito de pensar una y otra vez en las facciones, los gestos o las costumbres de una persona del sexo opuesto (con qué fidelidad había descrito mi caso Avicena!): no empieza siendo una enfermedad, pero se vuelve enfermedad cuando, al no ser satisfecho, se convierte n un pensamiento obsesivo (aunque, en tal caso, ¿por qué estaba yo obsesionado si, que Dios me lo perdonara, había satisfecho muy bien mis impulsos?, ¿o lo de la noche anterior - no había sido satisfacción amorosa?, pero entonces ¿cómo se satisfacían, cómo se mitigaban los efectos de ese mal?), que provoca un movimiento incesante de los párpados, una respiración irregular, risas y llantos intempestivos, y la aceleración del pulso (¡y en verdad el mío se aceleraba, y mi respiración se quebraba, mientras leía aquellas
líneas!).

  Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar