La capucha -como venía de afuera aún la llevaba levantada-
arrojaba una sombra sobre la palidez de su rostro y confería un no sé qué de
doloroso a sus grandes ojos melancólicos. Su fisonomía parecía marcada por
muchas pasiones, y, aunque la voluntad las hubiese disciplinado, quedaban los
rasgos a los que alguna vez habían dado vida. El rostro expresaba sobre todo
gravedad y aflicción, y los ojos miraban con tal intensidad que una ojeada
bastaba para llegar al alma del interlocutor, y para leer en ella sus
pensamientos más ocultos. Y, como esa inspección resultaba casi intolerable, lo
más común era que no se deseara volver a encontrar aquella mirada.
-Me pregunto -dijo Guillermo-, por qué rechazáis tanto la idea de que Jesús pudiera haber reído. Creo que, como los baños, la risa es una buena medicina para curar los humores y otras afecciones del cuerpo, sobre todo la melancolía.
Me enteré también, por una frase de
Santa Hildegarda, de que el
humor melancólico que había sentido durante el día, y que había atribuido a un
dulce sentimiento de pena por la ausencia de la muchacha, se parece
peligrosamente al sentimiento que experimenta quien se aparta del estado
armónico y perfecto que distingue la vida del hombre en el paraíso, y de que esa
melancolía «nigra et amara» se debe al soplo de la serpiente y a la influencia
del diablo. Idea compartida también por ciertos autores infieles de no menor
sabiduría, pues tropecé con las líneas atribuidas a Abu Bakr-Muharnmad Ibn Zaka-riyya
ar-Razi, quien, en un Liber continens, identifica la melancolía amorosa con la
licantropía, en la que el enfermo se comporta como un lobo. Al leer su
descripción se me hizo un nudo en la garganta: primero se altera el aspecto
externo de los amantes, la vista se les debilita, los ojos se hunden y se quedan
sin lágrimas, la lengua se les va secando y se cubre de pústulas, el cuerpo
también se les seca y siempre tienen sed. A esas alturas pasan el día tendidos
boca abajo, con el rostro y los tobillos cubiertos de marcas semejantes a
mordeduras de perro, y lo último es que vagan de noche por los cementerios, como
lobos.
Finalmente, ya no tuve dudas sobre
la gravedad de mi estado cuando leí ciertas citas del gran Avicena, quien define
el amor como un pensamiento fijo de carácter melancólico, que nace del hábito de
pensar una y otra vez en las facciones, los gestos o las costumbres de una
persona del sexo opuesto (con qué fidelidad había descrito mi caso Avicena!): no
empieza siendo una enfermedad, pero se vuelve enfermedad cuando, al no ser
satisfecho, se convierte n un pensamiento obsesivo (aunque, en tal caso, ¿por
qué estaba yo obsesionado si, que Dios me lo perdonara, había satisfecho muy
bien mis impulsos?, ¿o lo de la noche anterior - no había sido satisfacción
amorosa?, pero entonces ¿cómo se satisfacían, cómo se mitigaban los efectos de
ese mal?), que provoca un movimiento incesante de los párpados, una respiración
irregular, risas y llantos intempestivos, y la aceleración del pulso (¡y en
verdad el mío se aceleraba, y mi respiración se quebraba, mientras leía aquellas
líneas!).