Marcos Gutier
Tomaré algunas perspectivas para comentar: primero una brevísima referencia a ideas de Freud, a partir de 1917. Ante todo, nos encontramos con 1920, cuando en "Más allá del principio del placer", modifica la base teórica del concepto de destrucción y agresión, que deja de ser patrimonio de las pulsiones de autoconservación, para convertirse en una nueva pulsión: la pulsión de muerte. Desde esta perspectiva, la melancolía surgiría también desde la autodestructividad, producto de la defusión entre las pulsiones de vida y de muerte y ya no sólo se atacaría al objeto dentro del yo narcisista, como expresión de hostilidad del yo hacia el objeto, sino como destructividad primaria, surgida de la base pulsional del ello y facilitada, además, por un goce masoquista que contribuye al mantenimiento de la autodestructividad, aunque constituye al mismo tiempo una tentativa de ligadura de la pulsión de muerte liberada. Se privilegia aquí, para sintetizar, a la defusión pulsional, que genera la autodestructividad primaria, como paso preliminar de la destructividad dirigida hacia el objeto.
Pasemos ahora a 1923, "El Yo y el Ello".
En este trabajo, Freud, además de instalar la segunda tópica, renueva la vigencia de la dualidad pulsiones de vida y de muerte, y en cuanto al superyo, no sólo es un severo o cruel interdicr del incesto, un "puro cultivo de pulsión de muerte" en el caso del suicidio, por ejemplo, sino una instancia con función "protectora y salvadora". "La angustia ante la muerte de la melancolía", cito a Freud, (Ed. Amorrortu, pág. 58) "admite una sola explicación, a saber, que el yo se abandona a sí mismo porque se siente odiado y perseguido por el superyo, en vez de sentirse amado. En efecto, vivir tiene para el yo el mismo significado que ser amado: que ser amado por el superyo"..., y luego continúa Freud: "El superyo subroga la misma función protectora y salvadora, que al comienzo recayó sobre el padre, y después sobre la providencia, o el Destino". Podríamos agregar, también, para quienes poseen las creencias religiosas, "sobre la providencia Divina". Sigue Freud: "Cuando el yo se ve abandonado por todos los poderes protectores, se deja morir. Por lo demás esta situación sigue siendo la misma que estuvo en la base de la angustia infantil de añoranza: la separación de la madre protectora".
Corno vemos, en contra de lo que generalmente suele afirmarse, el superyo no es sólo sádico y cruel, sino que es capaz de amar al yo, siempre que éste cumpla con las condiciones impuestas de rehusar el incesto y el parricidio.
Sobre el suicidio: con respecto a la consideración de desarrollos en Freud, otro punto interesante es que su idea en "Duelo y Melancolía", de que el yo sólo puede darse muerte a sí mismo si, en el fondo, se trata en verdad de atacar a otro, ya no puede sostenerse tan estrictamente y no sólo desde la teoría de la pulsión de muerte. En la melancolía es evidente que la conciencia moral ataca al objeto introyectado en el yo narcisista, pero también ataca exclusivamente al yo. Como lo prueba la afirmación recién citada del mismo Freud de que el yo, que no se siente amado por el superyo, prefiere morir, y además porque los sentimientos de culpabilidad que se dan (iriconsciente y consciente) en la melancolía, están en el yo, que es atacado por el superyo, que le reprocha sus tendencias eróticas y agresivas prohibidas.
En resumen, en la melancolía el ataque es hacia el objeto y hacia el yo. Por eso pienso que para que una persona se suicide, se requieren tres factores:
1) Ataques o abandono del superyo al yo.
2) Ataques del superyo al objeto introyectado en el yo narcisista.
3) Defusión pulsional muy grave (como dice Freud en su "Esquema" de 1938: "vastas tormentas instintivas") que libere montos considerables de pulsión de muerte.
En 1930, en "El Malestar en la Cultura", Freud subraya otra dimensión: liberación de pulsión de muerte en la sublimación necesaria para la cultura, excedente pulsional que recarga al superyo, y lleva a la melancolización en círculo vicioso.
Con todo, este es un tema discutible, porque en la práctica no es siempre observable que las personas con grandes sublimaciones tengan un superyo muy severo. Es un tema todavía para profundizar.
En esta perspectiva social, la sexualidad ha perdido su fuerza por carencia de los fines y objetos eróticos directos y la melancolía, esta vez la melancolía universal del ser humano, tendrá un nuevo y paradójico origen: la sublimación.
Haré alguna consideración acerca de la estructura del superyo.
Como todas las llamadas "instancias" del aparato psíquico, el superyo es una instancia compuesta. En primer lugar, aparece como uno de sus componentes, la instancia "autoobservadora". Dado que el superyo como denominación global es la representación de los padres en la mente del niño, en lo que respecta a su función de evaluar, lo primero tienen que hacer esas representaciones parentales para evaluar es observar, porque el superyo, expresión de los valores morales y estéticos de la cultura universal y particular de cada individuo, contiene en sí la instancia del juicio crítico, fundamentalmente en el orden moral. Pero las palabras: juicio, ley, etcétera, se relacionan, con el tema del juicio en general, que es, en primer lugar, juicio de realidad; y luego, en particular, juicio de orden moral. Freud varió su opinión acerca de la ubicación de la noción del juicio (de realidad). En algunas oportunidades la ubicó en el superyo ("Más allá del Principio del Placer") y más tarde ("El Yo y el Ello"), en el Yo. Pero creo que estas dudas en los criterios de Freud se relacionan con que la dependencia del yo con respecto al superyo, para percibir la realidad, es muy grande.
Es difícil evaluar los fenómenos, aun aquellos bastante independientes de los valores, sin la intervención del superyo. Comento un episodio que presencié y relaté hace algún tiempo: Una niña muy pequeña le pregunta a la madre, que le ofrece un alimento: "¿A mí me gusta esto, rnamá?' "Naturalmente -responde la madre- si es muy rico." En este caso, parece que el sistema percepción-conciencia está ubicado más bien en el superyo que en el yo. Los padres (y a través de ellos las instituciones culturales, desde leyes universales hasta el sistema de gobierno contemporáneo del sujeto o las tendencias de la moda), etcétera, ejercen un dominio sobre el yo (dominio extranjero le llamaba Freud, exterior e interior) que parece ser que influye profundamente en la percepción de la realidad. En este sentido, superyo y yo no estarían tan diferenciados.
La instancia autoobservadora, que Freud vio muy bien en el fenómeno de Silberer, por ejemplo, o en las descomposiciones psicóticas del aparato psíquico, donde la observación puede provenir de afuera (como en la alucinación) es el primer paso, entonces, de la evaluación crítica (sobre todo en el plano de los valores). La evaluación es un proceso que está vinculado a prohibir o permitir algo (como situación central, el incesto) y de allí que el hecho de observar con el de prohibir, están indisolublemente ligados. Observar es ya, en sí, criticar (Freud). Por eso también suele ser difícil para los pacientes convencerse de que las interpretaciones del analista sobre la transferencia negativa están desprovistas de intención crítica. Algo de razón tienen, porque, de acuerdo con esta definición, nuestra observación inevitablemente conllevaría algo de crítica.
En inglés, por ejemplo, "self regard" significa igualmente autopercepción y autoestima y en castellano, estimar (vinculado a autoestima) es también apreciar, evaluar.
A la instancia autoobservadora, se agregan otras.
Un ideal del yo, una conciencia moral o función propiamente crítica o interdictora del superyo y una función protectora o libidinal del superyo.
Freud habla menos en sus sistematizaciones del superyo, de esta última función (la protectora), pero ya hemos visto la cita mencionada de "El Yo y el Ello". Igualmente, en "Inhibición, síntoma y angustia" comenta (Ed. Amorrortu, pág. 123) que "me atengo a la conjetura de que la angustia de muerte debe concebirse como un análogo de la angustia de castración, y que la situación frente a la cual el yo reacciona es la de ser abandonado por el superyo protector -los poderes del destino- con lo que expiraría ese, su seguro para todos los peligros". Además esta implícita, por ejemplo, en todos sus trabajos sobre la religión. Es claro que la prohibición de un placer es aceptada por el yo debido al temor al castigo y al amor al objeto (el niño teme y ama al padre) y uno de los mayores temores es el de perder el amor de los padres. Y es claro también que esto no puede ser de otra manera, porque si algo se prohibe (no todo) es porque algo se permite. Está prohibido el incesto y permitida la exogamia. La prohibición canalizaría la agresividad, el permiso, el amor y la protección. No hay que confundir esto, desde luego, con las capacidades de autoconservación y defensa del yo, ni tampoco con la libido narcisista. Estamos hablando del amor del padre (o madre) hacia el niño. Tenemos que diferenciar entonces la libido narcisista de la libido parental, aunque, antes de la diferenciación del superyo, sean más indiferenciables. De todas maneras, todo esto es relativo, porque la prohibición del incesto así como por ejemplo las prohibiciones propias del control de esfínteres, entroncan en última instancia, aunque con diferentes significaciones, con las "prohibiciones" hablando en sentido figurado, que el principio de realidad impone a todo ser en desarrollo. En este caso la prohibición en general puede estar más cerca del amor que del odio. No olvidemos que el niño pequeño vive como mala toda frustración y que confunde gratificación ilimitada con amor. Si bien parecería ser que la cultura está fundada sobre la prohibición (del incesto), también lo está, no sé si en primero o segundo paso, sobre la necesidad de protección o amparo. De las muchas situaciones ante las cuales el ser humano se siente amenazado, no hay duda de que la de vivencia de desamparo es crucial. Recuerdo una paciente que me preguntaba una vez, acongojada "si no éramos todos náufragos en un mar de soledad y desamparo".
Ya en el "Proyecto", escribe Freud que "la indefensión original del ser humano se convierte así en la fuente primordial de todas la motivaciones morales". La frase tal vez no sea muy clara pero creo que se refiere al sometimiento (moral) derivado de la dependencia.
Esta función protectora o libidinal del superyo se ve también en la transferencia, cuando el paciente atribuye al analista posibilidades de protección o perdón. De la misma manera que el creyente atribuye a su sacerdote, como intermediario de Dios, capacidad de absolución. O directamente le atribuye a Dios capacidad protectora, como en las palabras que cita el diario "La Nación" del sábado 9.6.95 del piloto americano Francis O’Grady, salvado en Bosnia, donde había sido derribado su avión, quien dijo "con voz quebrada por el llanto", una vez rescatado: "Quiero agradecer a Dios. Si no hubiese sido por el amor que Él me tiene y que yo tengo por Él, no me habría salvado". Acá, como vemos, no es el diálogo de odio propio de la melancolía, sino un diálogo de amor, propio de la posibilidad de vivir.
Lo mismo ocurre con el problema de la ética. Se enfatiza más que la moral consiste en última instancia en el control de los deseos por temor al castigo, si bien todos sabemos que también lo es por amor al padre. La ética o moral que está basada más bien en el temor al padre o conciencia moral, es una ética cruel como la del neurótico obsesivo. La ética que está basada más ampliamente en una aceptación de las restricciones por amor más que por temor, creo que es una ética más sana.
Tal vez pudiera adjudicarse al ideal del yo esa función protectora, pero éste aparece más bien como modelo para el yo. Aunque seguramente las disposiciones parentales son idealizadas por el niño, convirtiéndolas en las de un Dios omnipotentemente protector, en función de la comparación con el padre de la indefensión infantil.
El ideal del yo es la perfección que el niño debe buscar, es el fin que se intenta alcanzar pero nunca se logra y es la meta a la cual impulsa la parte del superyo que llamamos conciencia moral.
El ideal del yo por su propio nombre y definición implica un imposible, una exigencia y es correlativo de las otras instancias. Tiene una incidencia especial en la cohesión o desorganización de los grupos humanos, ya bien conocida por todos.
Respecto de la última instancia, la conciencia moral en sí, es tal vez el componente más conspicuo aunque parte indisoluble de un todo con las otras instancias. La conciencia moral, o sea la expresión visible de la instauración de la ley fundamental, se constituye luego de un desarrollo y además no se constituye de la misma manera en todos los seres humanos. En ese sentido Freud no deja siempre una impresión muy clara.
Hemos dicho antes que el componente protector del superyo, está en relación con necesidades de dependencia del niño vinculadas a la indefensión biológica. Lo cual plantea un origen distinto para una parte del superyo. Por un lado, el sometimiento derivado de la dependencia y por otro no sólo una identificación ulterior a la imaginaria ingesta oral canibalística del padre, sino de una atribución de omnipotencia a las instancias parentales, donde a la ya conocida proyección del propio narcisismo sobre el superyo se agregaría la relativa a la comparación, a medida que se diferencia el yo del no-yo, de las posibilidades del niño con las de sus padres para enfrentar "los apremios de la vida".
Veamos algo del superyo en relación con el sadismo y el masoquismo. En este sentido, me parece necesario diferenciar tal como lo postula Freud en "El problema económico del masoquismo", el sadismo del superyo del masoquismo del yo. Es una situación de interacción que fenoménicamente no parece diferenciable, pero que el análisis puede revelar como muy distinta, por lo menos en la génesis si no en la estructura resultante, porque un yo que está erogeneizado y propicio a experimentar placer por medio de estímulos dolorosos, no es lo mismo que un yo más bien regido por el principio del placer. De la misma manera, no es lo mismo un superyo de por sí sádico, ya provenga este sadismo de:
1) Identificaciones, de modelos superyoicos crueles;
2) De la impregnación del superyo por tendencias del ello (en el caso de la agresión que no se puede verter al exterior o al objeto interno), convirtiendo al superyo en un "cultivo puro de pulsión de rnuerte";
3) De la percepción que el superyo tenga de tendencias del ello, que sean consideradas punibles por el superyo;
4) Del abandono paterno que deja al niño expuesto a su propia fantasía para la constitución del superyo y tal vez, a la emergencia de padre arcaico y cruel.
Un 5º origen del superyo, o al menos del sadismo del superyo, sería entonces el masoquismo del yo, que podría estar generado en diversas vicisitudes de su historia, desde agresiones físicas hasta identificaciones masoquistas, melancólicas, etc. con la madre o ambos padres.
6) La regresión. Ejemplo: en la neurosis obsesiva, regresión de fase fálica o fase anal, "degradación regresiva de la libido" (XX, 109), "el superyo se vuelve particularmente severo y desamorado..." Nuevamente habla aquí Freud del superyo como entidad, además de agresiva, libidinal.
Estos puntos constituyen, entre paréntesis, un tema que merece una amplia discusión. Aquí sólo rozaré el tema. El superyo, como sabemos, no es el único vehículo de la agresión del sujeto, ni hacia el mundo exterior, ni hacia el interior. Por ejemplo, es conocida por todos la existencia de delincuentes por sentimientos de culpa que buscan expiación, además de un objetivo tangible donde ubicar el odio. Aquí, la agresión proviene del superyo. Pero también existen delincuentes no sólo por exceso sino por defecto del superyo. Creo que son la mayoría, y son aquellos más o menos insensibles a la culpa y cuya agresión se vehiculizaría directamente por el ello. Tal vez por eso Freud piensa, en "Dostoyewsky y el parricidio" que la fórmula psicológica general de la delincuencia es: "Narcisismo más agresividad".
De los cinco o seis posibles orígenes del superyo que he mencionado, en lo que respecta a sus componentes ya sean sádicos, ya benévolos, la capacidad agresiva o libidinal del ello del sujeto, que se canaliza por el superyo, me parece ser tal vez, la más importante. Una observación: en las personas que usan ansiolíticos, los cuales actúan disminuyendo la angustia y la agresividad, se aminora la severidad del superyo. El sujeto está menos agresivo, menos angustiado y menos superyoico. A veces el alcohol tiene un efecto parecido. Suele decirse que "el superyo es soluble en alcohol". La persona alcoholizada puede volverse agresiva, pero generalmente no superyoica. Al contrario: en la borrachera impera más la manía que la melancolía. Freud sugiere que en la borrachera alcohólica se cancelan, por vía tóxica, es decir, somática, gastos de represión.
Un último comentario ya que hablamos de ochenta años después, sobre la información que nos viene desde otra ciencia: la genética.
Afirman los genetistas que un gen que ocasiona psicosis maníaco-depresivas ha sido encontrado en el cromosoma X. Otro grupo de investigadores pudo determinar que el gen se encuentra en el brazo corto del cromosoma número 11. "Fue posible establecer que una persona que porta el gen, tiene un riesgo de 60 a 70% de presentar el padecimiento. Lo cual significa también, que el gen no es forzosamente destino, ya que cuanto menos existen 30 o 40% de probabilidades de que no tengan la enfermedad". (Ver Salarnanca, México).
Los psicoanalistas tenemos que estar atentos a los aportes de otras ciencias, para poder redimensionar las perspectivas de la nuestra. Y debo recordar que, en "Duelo y Melancolía" (1917), Freud dice que 1a unidad clínica de la melancolía no está certificado y que algunas formas clínicas sugieren más afecciones somáticas que ps1cógenas" (pág. 244), y en la pág. 250 se pregunta "si un empobrecimiento de la libido yoica, provocado directamente por toxinas, no puede generar ciertas formas de la afección".
Esto, por último, me lleva a firmar que el factor cuantitativo en la determinación de las variaciones psíquicas tiene tanta importancia como siempre le asignó Freud.
Fuente: Asociación Argentina de Psiquiatras - Dinámica 3