Enrique González
EL día, domingo. La hora, las tres de la tarde. El lugar, el monte de Las
Mercedes. El mirador de Jardina. Parada obligada. La visión de La Laguna, su
expansión como si fuera un pulpo. Las casas se agrupan en tentáculos cada vez
más gruesos y más largos. La ciudad no se conforma con el llano, asciende por
las montañas. Queda un reducto de campo cada vez menor. Unas huertas
geometrizadas, plantadas de trigo o cebada de crecimiento raquítico, aún
conservan el verdor casi azulado. Unos rectángulos de tierra arada. El Teide
apenas se dibuja detrás de una densa cortina neblinosa. El aire, que daba en mi
cara, era frío y agradable. Un avión rasgó el cielo. La herida pronto se cerró.
No dejó cicatriz. Entre montañas se veía una parte de Santa Cruz que trepa
entre barrancos. Un tramo vacío del muelle.
Había comido un poco de puchero, otro poco de escaldón con gofio, mitad maíz, mitad trigo. Vino de Tegueste. Nada de carne. Simple precaución. No me gusta las locuras contagiadas. Que cada uno fabrique su propia locura. Vivir la locura de vivir. Una locura donde la muerte tiene luz y la vida tiene luz. Y la muerte y la vida comparten sombras y luces. Cada hombre es un loco, lo que cambia es el delirio. La pasión delirante. Afanes desmedidos, orgullos estúpidos, avaricia sin límites. Ambiciones imposibles. Empresas utópicas. Todo es locura. Y desde el mirador de Jardina, junto a la maravilla de los distintos verdes, contemplaba a cinco vacas que pastaban en una ligera hondonada. Cuatro leonadas y una blanca. Comían con parsimonia, pero en continuo empeño. Recordé los años en que por aquellas montañas, todas las tardes, había cientos de vacas sueltas, que al atardecer abandonaban los pastos y se dirigían a sus establos. Cuando me disponía a abandonar el espléndido paisaje, pude ver una vaca solitaria. Estaba junto a unos eucaliptos. Estaba echada. En dobles flexiones, sus patas atijeradas le permitían reposar el cuerpo y mantener la cabeza levantada. Miraba a lo lejos, apenas se movía. Parecía una estatua. Mi mente Estaba saturada de locuras y de vacas.
Aquella vaca parecía que había entrado en un profundo estado
de melancolía. De melancolía romántica que no de depresión moderna. Era una
vaca que pensaba que su yo estaba enfermo. Y sentía melancolía porque los médicos
se preocupan de las causas externas de las enfermedades. Evitan los contagios,
matan a las vacas locas, emplean antibióticos, erradican órganos enfermos,
pero no curan el yo. El yo que se entristece y que se alegra, el yo que busca al
propio yo. La enfermedad depende de lo que el mundo ha hecho con sus víctimas,
y lo que las víctimas han hecho con el mundo.
Vacas y hombres locos. Miedo a que las vacas transmitan su locura. Reciprocidad manicomial. La locura de las vacas fue producto de la locura de los hombres. En otros tiempos compartíamos el reino de los sanos, hoy compartimos el reino de los enfermos. La vaca permaneció mucho tiempo en la misma postura. Sabe que por su locura la han considerado una marginada, una proscrita. Acepta su enfermedad y su condición de proscrita. Admite la incineración y la fosa común. No quiere responsabilizarse de la locura de los hombres. Los hombres estaban locos antes que las vacas. Incineradas no serán alimento de las carroñeras. Nuevo grito demencial: ¿qué será de las carroñeras, si las vacas muertas no se abandonan a la intemperie? La Sociedad Española de Ornitología avisa que incinerar y enterrar a las vacas pondrá en peligro a las aves necrófagas. Que la legislación no debe olvidar que los buitres negros, quebrantahuesos y águilas reales son aliados indiscutibles de la salud de nuestro medio. Dios mío, qué es salud, qué es enfermedad.
La vaca no movió ni la cabeza ni el rabo. Seguro que no había
moscas en su alrededor. Ni las moscas viven de las vacas, ni los hombres vienen
de las vacas, ni las carroñeras viven de las vacas. Si no hay relación entre
las partes, las partes están separadas. El conjunto hendido, esto es la
esquizofrenia. La locura de la locura. La locura se convierte en un enigma
descifrable. El hombre es el único loco de la naturaleza. Es el único ser con
inteligencia. Y su inteligencia, al servicio de la avaricia y del poder, ha
provocado su propia locura y la locura del mundo entero.
Las moscas picaban a las vacas, las vacas comían hierba del campo y los cuervos se alimentaban de los animales muertos. Y todo al servicio del hombre. El hombre, habitante del Pandemonio, mató las moscas, trastornó los cerebros de las vacas, hizo que las vacas se comieran a las vacas, y dejó los cuervos sin su sustento. Locura de las locuras. El orden, que es la salud, roto por el desorden, que es la locura.
Abandoné el mirador de Jardina. La vaca continuaba en el mismo sitio. La noche se aproximaba. El sol se retiraba. La luna sonrió. Esa noche soñé con el manicomio.
Fuente: http://www.eldia.es/2001-03-11/criterios/criterios0.htm
Ir al índice de Melancolía y Literatura