
Las Twin Towers no son, quiero decir: no eran de mis
skyscrapers neoyorkinos favoritos, una pasión. No porque no me guste el
arquitecto japoamericano Minoru Yamasaki, cuya fría elegancia sensual es
admirable (Torre Picasso, de Madrid, es una bella escala a 30:1 diseñada
antes que las gemelas). Ni porque su modernidad arquitectónica chocara
con los clásicos, pues el Citicorp es de su generación (1977, de Stubbins
y Roth), también de acero, aluminio y cristal y sin albañilería, y se
integra perfectamente en Midtown, a pesar de su vecindad visual con el Chrysler
y el Empire State.
Quizá fuera porque el World Trade Center (los siete edificios, terminados entre
1966 y 1973) pareciera transplantado de otra ciudad, Miami, Chicago...
Desentonaba de esa peculiar belleza de Nueva York que procede de la paradoja de
sus calles: la ciudad más alta del mundo es, a ras de suelo, un barrio
castizo donde en la acera de una vía relativamente estrecha te encuentras la
puerta de entrada de un enorme rascacielos.
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Bruma en New York |
De todas maneras, las amaba. Las conocí y visité recién
inauguradas: su observation deck era, con el del Empire, el mejor para
fotografiar la ciudad y el martini y la cocina del Windows of the World,
el restaurante del techo de NYC, aceptables. Después, cuando viví en
Nueva York, hice de ellas uno de los paseos dominicales, tras el rastrillo de
Canal street, el café en Little Italy, la compra de chinerías en
Chinatown o de pepinillos en vinagre y prendas de pelo de camello en el barrio
judío tras el Bowery, la ronda de galerías de arte en el SoHo o las lecturas de
poesía en el Village... Desde su plaza de cinco acres, empapada de cifras
gigantescas -el World Trade Center era, él solo, un distrito postal: el 10048-,
se podía ir a tomar el brunch en un cafetín de sus alrededores o en la
confluencia del Hudson y el Atlántico, cara a la metáfora de Bartholdi sobre la
libertad anclada en Ellis Island.
Eran los
edificios más altos de Nueva York y lo fueron del mundo durante unos meses,
hasta en 1974 perdió el récord ante los 443 metros de altura de las Torres Sears
de Chicago. Lo sarcástico es que la traducción de sear es arder, abrasar,
chamuscar; sears, quemaduras...
Si el ave fénix resurgió de sus cenizas no siendo sino una ficción, confío en
que el genio de un pueblo haga que renazcan las Twin Towers en el mismo
solar pisoteado.
Fuente: http://www.incopress.com/artitorres_impres.htm. Original en revista "Grandes Viajes".
Gentilmente aportado por Miguel Ángel Sánchez Valderrama [miguelasv@terra.es]