I. Palabras preliminares
Señores: Todos han escuchado con gran satisfacción el alegato del educador que no consintió que gravitase sobre su querida institución una acusación injustificada. Sé que ustedes de todas maneras no se inclinaban a juzgar, sin más, digna de crédito la inculpación de que la escuela empuja a sus alumnos al suicidio. Empero, no nos dejemos arrastrar demasiado lejos por nuestra simpatía hacia la parte aquí agraviada. No todos los argumentos del expositor me parecen sostenibles. Si el suicidio juvenil no afecta solamente a los alumnos de la escuela media, sino también a aprendices, etc., esa circunstancia por sí sola no aboga en favor de aquella; acaso se la deba interpretar diciendo que la escuela media es, para sus educandos, el sustituto de los traumas que los demás adolescentes encuentran en otras condiciones de vida. Ahora bien, la escuela medía tiene que conseguir algo más que no empujar a sus alumnos al suicidio; debe instilarles el goce de vivir y proporcionarles apoyo, en una edad en que por las condiciones de su desarrollo se ven precisados a aflojar sus lazos con la casa paterna y la familia. Me parece indiscutible que no lo hace y que en muchos puntos no está a la altura de su misión de brindar un sustituto de la familia y despertar interés por la vida de afuera del mundo.
(2) No es este el lugar para emprender una crítica de la escuela media en su conformación presente. Pero acaso estoy autorizado a destacar un único factor. La escuela no puede olvidar nunca que trata con individuos todavía inmaduros, a quienes no hay derecho a impedirles permanecer en ciertos estadios de desarrollo, aunque sean desagradables. No puede asumir el carácter implacable de la vida ni querer ser otra cosa que un juego o escenificación de la vida {Lebensspiel}.
II. A modo de conclusión
Señores: Tengo la impresión de que a pesar del valioso material aquí presentado no hemos llegado a una conclusión acerca del problema que nos interesa. Sobre todo, queríamos saber cómo es posible que llegue a superarse la pulsión de vivir, de intensidad tan extraordinaria; si sólo puede acontecer con auxilio de la libido desengañada, o bien existe una renuncia del yo a su afirmación por motivos estrictamente yoicos. Acaso la respuesta a esta pregunta psicológica nos resultó inalcanzable porque no disponíamos de un buen acceso a ella. Creo que aquí sólo es posible partir del estado de la melancolía, con el que la clínica nos ha familiarizado, y su comparación con el afecto del duelo. Ahora bien, ignoramos por completo los procesos afectivos que sobrevienen en la melancolía, los destinos de la libido en ese estado, y tampoco hemos logrado comprender todavía psicoanalíticamente el afecto duradero del penar en el duelo. Pospongamos entonces nuestro juicio hasta que la experiencia haya resuelto esta tarea.
(3)
Notas:
(1) «Zur Selbstmord-Diskussion». Ediciones en alemán: 1910: Diskussionen des Wiener psychoanalytischen Vereins («über den Selbst mord, insbesondere den Schülerselbstmord» {Sobre el suicidio, particularmente entre los escolares}), Wiesbaden: Bergmann, 1, págs. 19 y 59; 1925: GS, 3, pág. 321; 1931: Neurosenlebre und Technik, pág. 309; 1943: GW, 8, pág. 62. {Traducciones en castellano, «Contribuciones al simposio sobre el suicidio», SR, 21, págs. 168-72, trad. de L. Rosenthal; 1968: Igual título, BN (3 vols.), 3, págs. 469-70; 1972: Igual título, BN (9 vols.), 5, págs. 1636-7.}
El debate que motivó estas intervenciones de Freud tuvo lugar en la Sociedad Psicoanalítica de Viena los días 20 y 27 de abril de 1910. Abrió las sesiones un discurso de Ernst Oppenheim, profesor de latín, quien en la publicación (Oppenheim, 1910) firma con el seudónimo «Unus Multorum»; era a la sazón miembro de la Sociedad y luego colaboró con Freud en un artículo, inédito en vida de este, sobre los sueños en el folklore (Freud, 1958a). El debate que siguió a su discurso fue iniciado y cerrado por Freud. Entre todos los informes sobre este tipo de debates sólo se publicó, además del presente, el relacionado con el onanismo (1912f).
(2) Se hallarán otras reflexiones acerca del lugar que ocupa la escuela en este punto crítico del desarrollo del niño en «Sobre la psicología del colegial» (1914f), AE, 13, págs. 249-50.
(3) La comparación entre el duelo y la melancolía sirvió de fundamento a uno de los trabajos metapsicológicos de Freud (1917e), donde volvió sobre el problema del suicidio. Ya había sido sugerida en el Manuscrito N de la correspondencia con Fliess, datado el 31 de mayo de 1897 (Freud, 1950a), AE, 1, pág. 296.