FreudCitas de Freud (1)


Trabajos sobre hipnosis y sugestión. Un caso de curación por hipnosis (1892-93)

En cambio, en las neurosis -y en modo alguno me refiero a la histeria solamente, sino al status nervosus en general- cabe suponer la presencia primaria de una tendencia a la desazón, a la rebaja de la autoconciencia, según la conocemos en la melancolía como síntoma aislado en su desarrollo extremo.

Manuscrito B. La etiología de las neurosis. (8 de febrero de 1893)

Como tercera forma de la neurosis de angustia me veo precisado a considerar la desazón periódica, ataque de angustia que puede durar desde una semana hasta algunos meses, y que casi siempre, a diferencia de la melancolía genuina, posee un anudamiento en apariencia acorde a la ratio con un trauma psíquico. Pero esta es sólo la causa provocadora. Además, esta desazón periódica se presenta sin la anestesia psíquica que es característica de la melancolía.

Manuscrito D. Sobre la etiología y la teoría de las grandes neurosis. (sin fecha. ¿mayo de 1894?)

Introducción: Historia, separación progresiva de las neurosis Mí propia línea de desarrollo.
A. Morfología de las neurosis
1. Neurastenia y seudoneurastenias.
2. Neurosis de angustia.
3. Neurosis obsesiva.
4. Histeria.
5. Melancolía, manía.
6. Las neurosis mixtas.
7. Estados emisarios, de salida de las neurosis, y transiciones a lo normal.

B. Etiología de las neurosis (limitándome provisionalmente a las neurosis adquiridas)
1. Etiología de la neurastenia Tipo de la neurastenia innata.
2. Etiología de la neurosis de angustia,
3. de la neurosis obsesiva e histeria,
4. de la melancolía,
5. de las neurosis mixtas.
6. La fórmula etiológica fundamental La afirmación de la especificidad, el análisis de las mezclas de neurosis.
7. Los factores sexuales según su significado etiológico.
8. El examen [de pacientes].
9. Objeciones y pruebas.
10. Conducta de los asexuales.

Manuscrito E. ¿Cómo se genera la angustia?. (sin fecha. ¿junio de 1894?)

Aquí se interpola una noticia, adquirida simultáneamente, sobre el mecanismo de la melancolía. Con particular frecuencia, los melancólicos han sido anestésicos; no tienen ninguna necesidad (y ninguna sensación) de coito, sino una gran añoranza por el amor en su forma psíquica -una tensión psíquica de amor, se diría, cuando esta se acumula y permanece insatisfecha, se genera melancolía. Este sería, pues, el correspondiente de la neurosis de angustia.

Cuando se acumula tensión sexual física - neurosis de angustia.

Cuando se acumula tensión sexual psíquica - melancolía.

Manuscrito F. Recopilación III. (18 y 20 de agosto de 1894)

Epicrisis
Caso leve, pero totalmente característico, de desazón periódica, melancolía. Síntomas: apatía, inhibición, presión intracraneana, dispepsia, perturbación del dormir; el cuadro está completo.
Inequívoca semejanza con la neurastenia, también la etiología de esta. Yo tengo casos por entero análogos: son onanistas (señor A.), junto a ellos gente con lastre hereditario; los von F. son reconocidamente psicopáticos. He ahí, entonces, la melancolía neurasténica; aquí tiene que anudarse la teoría de la neurastenia.
Es muy posible que el punto de partida de una pequeña melancolía de esta índole sea siempre un coito. Exageración de lo aseverado fisiológicamente: «Omne animal post coitum triste». Las diferencias de tiempo armonizarían. Al hombre le hace bien cualquier tratamiento, cualquier ausencia, o sea, cualquier liberación del coito; desde luego, es fiel a su mujer, como él dice. El uso del condón es testimonio de una potencia débil; como algo análogo al onanismo, prolonga la causación de esta melancolía.

Manuscrito K. Las neurosis de defensa (Un cuento de Navidad) (1º de enero de 1896)

El yo conciente se contrapone a la representación obsesiva como a algo ajeno: según parece, le deniega creencia con ayuda de la representación contraría, formada largo tiempo antes, de la escrupulosidad de la conciencia moral. En este estadio, empero, se puede llegar a veces al avasallamiento del yo por la representación obsesiva -p. ej., si episódicamente se interpola una melancolía del yo-.

Manuscrito N. [Anotaciones III] (31 de mayo de 1897)

La represión de impulsos no parece dar por resultado angustia, sino quizá desazón -melancolía-. Las melancolías se anudan entonces a la neurosis obsesiva.

Carta 102 (16 de enero de 1899)

La condición de lo sexual se vuelve más y más neta; en una paciente (a quien sané con la clave de la fantasía) había siempre unos estados de desesperación con el convencimiento melancólico de que ella no sirve para nada, es incapaz de lograr nada, etc. Yo siempre opiné que en su infancia ella ha contemplado un estado análogo, una efectiva melancolía de la madre. Eso era conforme a la teoría anterior, pero en dos años no se lo pudo corroborar. Ahora se averigua que a los catorce años la niña se descubrió una atresia del himen y desesperaba de servir como mujer, etc. Melancolía -vale decir, miedo a la impotencia-. Estados semejantes en que ella no se puede decidir a escoger un sombrero, un vestido, se remontan a la lucha de la época en que había debido elegir marido.

En otra paciente me he convencido de que realmente existe una melancolía histérica, y de aquello que la singulariza; he anotado también las más diversas traducciones del mismo recuerdo, y recibido una primera vislumbre del modo en que la melancolía sobreviene por sumación. Esta enferma es, por otra parte, totalmente anestésica, como estaba destinada a serlo según una idea de los más antiguos tiempos del trabajo de la neurosis.

La sexualidad en la etiología de las neurosis (1898)

Nada se consigue con los recursos del psicoanálisis durante una confusión histérica, una manía o melancolía interpoladas.

Sobre psicoterapia. (1905 [1904])

Recuerdo que una vez ensayé psicoterapia en una mujer que había pasado buena parte de su existencia alternando manía y melancolía; durante dos semanas todo pareció andar bien; a la tercera, ya estábamos al comienzo de la nueva manía. Se trataba, sin duda, de una modificación espontánea del cuadro patológico, pues dos semanas no son un plazo como para que la psicoterapia analítica pueda lograr algo. Empero, un destacado médico (ya fallecido) que examinaba a la enferma junto conmigo no pudo abstenerse de observar que la psicoterapia sería la culpable de esa «recaída».

26ª conferencia. La teoría de la libido y el narcisismo (1917)

Como en el caso de la paranoia, también en el de la melancolía (de la cual, por lo demás, se describen muy diversas formas clínicas) hemos hallado un lugar en el que es posible echar una mirada a la estructura interna de la afección. Hemos conocido que los autorreproches con que estos melancólicos se martirizan de la manera más inmisericorde están dirigidos, en verdad, a otra persona, el objeto sexual, a quien han perdido o se les ha desvalorizado por culpa de ella. De ahí pudimos inferir que el melancólico ha retirado, es cierto, su libido del objeto, pero que, por un proceso que es preciso llamar «identificación narcisista», ha erigido el objeto en el interior de su propio yo; por así decir, lo ha proyectado sobre el yo. Aquí sólo puedo trazarles un cuadro ilustrativo, no darles una descripción ordenada en sentido tópico-dinámico (ver nota). Y bien; el yo propio es tratado entonces como lo sería el objeto resignado, y sufre todas las agresiones y manifestaciones de venganza que estaban reservadas a aquel. También la inclinación de los melancólicos al suicidio se vuelve más comprensible si se reflexiona en que la ira del enfermo recae de un golpe sobre el yo propio y sobre el objeto amado-odiado. En el caso de la melancolía, como en el de otras afecciones narcisistas, sale a la luz de manera muy marcada un rasgo de la vida afectiva que desde Bleuler solemos designar como ambivalencia. Mentamos así el hecho de que se dirijan a una misma persona sentimientos contrapuestos, de ternura y de hostilidad. Por desgracia, en el curso de estos coloquios ya no tendré nuevas oportunidades de contarles acerca de la ambivalencia de sentimientos.

Además de la identificación narcisista existe una identificación histérica, que nos es conocida desde hace mucho más tiempo (ver nota). Me gustaría que ya fuese posible aclararles las diferencias entre ambas mediante algunas definiciones. Acerca de las formas periódicas y cíclicas de la melancolía, puedo comunicarles algo que ustedes escucharán sin duda con gusto. En efecto, en circunstancias favorables es posible -hice dos veces la experiencia-, mediante un tratamiento analítico realizado en los períodos intermedios libres, prevenir el retorno de ese estado, ya sea en el mismo talante o en el contrapuesto. Así se averigua que también en el caso de la melancolía y la manía se trata de una manera particular de tramitar un conflicto cuyas premisas coinciden enteramente con las de las otras neurosis. Pueden imaginar ustedes todo lo que el psicoanálisis tiene aún por averiguar en este campo.

28ª conferencia. La terapia analítica (1917)

Cuando se resolvía un caso difícil, se podía oír: «Eso no es una prueba, se habría curado solo en ese lapso». Y si una enferma que ya había pasado por cuatro ciclos de depresión y manía iniciaba tratamiento conmigo durante una pausa tras la melancolía y tres semanas después se encontraba de nuevo al comienzo de una manía, todos los miembros de la familia, pero también la alta autoridad médica llamada a consulta, quedaban convencidos de que el reciente ataque no era sino la consecuencia del análisis ensayado con ella. Nada puede hacerse contra los prejuicios; miren ustedes, si no, los prejuicios que un grupo de pueblos en guerra han engendrado unos contra otros. Lo más racional es esperar y confiar en el tiempo, que los desgasta. Un día los mismos hombres pensarán de otro modo que hasta entonces acerca de las mismas cosas; por qué razón no pensaron así desde antes, he ahí un oscuro misterio.

Introducción a Zur Psychoanalyse der Kriegsneurosen (1919)

En el fondo, una dementia praecox corriente, una paranoia, una melancolía, constituyen un material harto inapropiado para demostrar la teoría de la libido e introducir a alguien en su comprensión; por eso no pueden reconciliarse con ella los psiquiatras, que desdeñan las neurosis de trasferencia.

Psicología de las masas y análisis del yo (1921).  Un grado en el interior del yo

Me propongo estudiar aquí sólo una de las posibles consecuencias de este punto de vista, prosiguiendo así la elucidación de un problema que en otro lugar debí dejar irresuelto (1). Cada una de las diferenciaciones anímicas que hemos ido conociendo supone una nueva dificultad para la función anímica, aumenta su labilidad y puede convertirse en el punto de partida de una falla de la función, de la contracción de una enfermedad. Así, con el nacimiento pasamos del narcisismo absolutamente autosuficiente a la percepción de un mundo exterior variable y al inicio del hallazgo de objeto, y con ello se enlaza el hecho de que no soportemos el nuevo estado de manera permanente, que periódicamente volvamos atrás y en el dormir regresemos al estado anterior de la ausencia de estímulos y evitación del objeto. No hacemos sino obedecer una indicación del mundo exterior, que, por la periódica alternancia del día y la noche, nos sustrae temporariamente de la mayor parte de los estímulos que operan sobre nosotros. El segundo ejemplo, más importante para la patología, no está sometido a ninguna restricción parecida. En el curso de nuestro desarrollo hemos emprendido una separación de nuestro patrimonio anímico en un yo coherente y una parte reprimida inconciente, que se dejó fuera de aquel; y sabemos que la estabilidad de esta adquisición reciente está expuesta a constantes perturbaciones. En el sueño y la neurosis, eso excluido insiste en ser admitido a las puertas custodiadas por resistencias, y en la vigilia y el estado de salud nos servimos de particulares artificios para acoger temporariamente en nuestro yo lo reprimido sorteando las resistencias y mediando una ganancia de placer. El chiste y el humor, y en cierta medida lo cómico en general, podrían considerarse bajo esta luz. A todo conocedor de la psicología de las neurosis se le ocurrirán ejemplos parecidos de menor alcance; pero pasaré sin dilaciones a la aplicación que me he propuesto.

Sería también concebible que la división del ideal del yo respecto del yo no se soportase de manera permanente, y tuvieran que hacerse involuciones temporarias. A pesar de todas las renuncias y restricciones impuestas al yo, la regla es la infracción periódica de las prohibiciones. Lo muestra ya la institución de las fiestas, que originariamente no son otra cosa que excesos permitidos por la ley y deben a esta liberación su carácter placentero (2). Las saturnales de los romanos y el carnaval de nuestros días coinciden en este rasgo esencial con las fiestas de los primitivos, que suelen terminar en desenfrenos de toda clase, trasgrediendo los mandatos en cualquier otro momento sagrados. Ahora bien, el ideal del yo abarca la suma de todas las restricciones que el yo debe obedecer, y por eso la suspensión del ideal no podría menos que ser una fiesta grandiosa para el yo, que así tendría permitido volver a contentarse consigo mismo (3).

Siempre se produce una sensación de triunfo cuando en el yo algo coincide con el ideal del yo. Además, el sentimiento de culpa (y el sentimiento de inferioridad) puede comprenderse como expresión de la tensión entre el yo y el ideal.

Es sabido que hay seres humanos en quienes el talante, como sentimiento general, oscila de manera periódica desde un desmedido abatimiento, pasando por un cierto estado intermedio, hasta un exaltado bienestar; y estas oscilaciones, además, emergen con diversos grados de amplitud, desde las apenas registrables hasta las extremas, que, como melancolía y manía, se interponen de manera sumamente martirizadora o perturbadora en la vida de las personas afectadas. En los casos típicos de esta desazón cíclica, los ocasionamientos externos no parecen desempeñar un papel decisivo; y en cuanto a motivos internos, no hallamos en estos enfermos algo más o algo distinto que en las restantes personas. Por eso se adoptó la costumbre de juzgar a estos casos como no psicógenos. Más adelante nos referiremos a otros casos de desazón cíclica, enteramente similares, pero que se reconducen con facilidad a traumas psíquicos.

El fundamento de estas oscilaciones espontáneas del talante es, pues, desconocido; nos falta toda intelección del mecanismo por el cual una melancolía es relevada por una manía. Ahora bien, estos serían los enfermos para quienes podría ser válida nuestra conjetura, a saber, que su ideal del yo se disuelve temporariamente en el yo después que lo rigió antes con particular severidad.

Retengamos, para evitar oscuridades: Sobre la base de nuestro análisis del yo es indudable que, en el maníaco, yo e ideal del yo se han confundido, de suerte que la persona, en un talante triunfal y de autoarrobamiento que ninguna autocrítica perturba, puede regocijarse por la ausencia de inhibiciones, miramientos y autorreproches. Es menos evidente, aunque muy verosímil, que la miseria del melancólico sea la expresión de una bipartición tajante de ambas instancias del yo, en que el ideal, desmedidamente sensible, hace salir a luz de manera despiadada su condena del yo en el delirio de insignificancia y en la autodenigración. Sólo cabe preguntarse si la causa de estos vínculos alterados entre yo e ideal del yo ha de buscarse en rebeliones periódicas, como las que postulamos antes, en contra de la nueva institución, o son otras las circunstancias responsables de ellas.

El vuelco a la manía no es un rasgo necesario en el cuadro patológico de la depresión melancólica. Existen melancolías simples (algunas que sobrevienen una sola vez y otras que se repiten periódicamente) que nunca tienen aquel otro destino. Por otra parte, hay melancolías en que el ocasionamiento desempeña un evidente papel etiológico. Son las que se producen tras la pérdida de un objeto amado, sea por su muerte o a raíz de circunstancias que obligaron a retirar la libido del objeto. Una melancolía psicógena de esta clase puede desembocar en manía, y este ciclo repetirse varias veces, tal como en una melancolía en apariencia espontánea. Así, las condiciones nos resultan bastante opacas, tanto más cuanto que hasta hoy sólo pocas formas y pocos casos de melancolía se han sometido a la indagación psicoanalítica (4). Hasta ahora sólo comprendemos aquellos casos en que el objeto fue resignado porque se había mostrado indigno del amor. En tonces se lo vuelve a erigir en el interior del yo por identificación, y es severamente amonestado por el ideal del yo. Los reproches y agresiones dirigidos al objeto salen a la luz como autorreproches melancólicos (5).

También una melancolía de esta clase puede ser seguida por el vuelco a la manía, de suerte que esta posibilidad constituye un rasgo independiente de los restantes caracteres del cuadro patológico.

Empero, no veo ninguna dificultad en hacer intervenir en ambas clases de melancolías, las psicógenas y las espontáneas, el factor de la rebelión periódica del yo contra el ideal del yo. En las espontáneas puede suponerse que el ideal del yo se inclina a desplegar una particular severidad, que después tiene por consecuencia automática su cancelación temporaria. En las psicógenas, el yo sería estimulado a rebelarse por el maltrato que experimenta de parte de su ideal, en el caso de la identificación con un objeto reprobado (6).

Notas:

(1) «Duelo y melancolía» (1917e) [AE, 14, pág. 255].
(2) Tótem y tabú (1912-13) [AE, 13, pág. 142].
(3) Trotter hace arrancar la represión de la pulsión gregaria. Lo que yo he dicho en mi trabajo sobre el narcisismo (1914c) [AE, 14, pág. 90] es más una traducción a otra terminología que una contradicción: «La formación de ideal sería, de parte del yo, la condición de la represión».
(4) Cf. Abraham (1912)
(5) Dicho más precisamente: se ocultan tras los reproches dirigidos al yo propio, y le prestan la fijeza, tenacidad y carácter imperativo que distinguen a los autorreproches de los melancólicos.
(6) [Se hallará un examen ulterior de la melancolía en el cap. V de El yo y el ello (1923b).]

El yo y el ello. El yo y el superyó (Ideal del yo) (1923)

Aquí tenemos que abarcar un terreno algo más amplio. Habíamos logrado esclarecer el sufrimiento doloroso de la melancolía mediante el supuesto de que un objeto perdido se vuelve a erigir en el yo, vale decir, una investidura de objeto es relevada por una identificación. (1) En aquel momento, empero, no conocíamos toda la significatividad de este proceso y no sabíamos ni cuán frecuente ni cuán típico es. Desde entonces hemos comprendido que tal sustitución participa en considerable medida en la conformación del yo, y contribuye esencialmente a producir lo que se denomina su carácter. (2)

Al comienzo de todo, en la fase primitiva oral del individuo, es por completo imposible distinguir entre investidura de objeto e identificación. (3) Más tarde, lo único que puede suponerse es que las investiduras de objeto parten del ello, que siente las aspiraciones eróticas como necesidades. El yo, todavía endeble al principio, recibe noticia de las investiduras de objeto, les presta su aquiescencia o busca defenderse de ellas mediante el proceso de la represión. (4)

Si un tal objeto sexual es resignado, porque parece que debe serlo o porque no hay otro remedio, no es raro que a cambio sobrevenga la alteración del yo que es preciso describir como erección del objeto en el yo, lo mismo que en la melancolía; todavía no nos resultan familiares las circunstancias de esta sustitución. Quizás el yo, mediante esta introyección que es una suerte de regresión al mecanismo de la fase oral, facilite o posibilite la resignación del objeto. Quizás esta identificación sea en general la condición bajo la cual el ello resigna sus objetos. Comoquiera que fuese, es este un proceso muy frecuente, sobre todo en fases tempranas del desarrollo, y, puede dar lugar a esta concepción: el carácter del yo es una sedimentación de las investiduras de objeto resignadas, contiene la historia de estas elecciones de objeto. Desde luego, de entrada es preciso atribuir a una escala de la capacidad de resistencia {Resistenz} la medida en que el carácter de una persona adopta estos influjos provenientes de la historia de las elecciones eróticas de objeto o se defiende de ellos. En los rasgos de carácter de mujeres que han tenido muchas experiencias amorosas, uno cree poder pesquisar fácilmente los saldos de sus investiduras de objeto. También cabe considerar una simultaneidad de investidura de objeto e identificación, vale decir, una alteración del carácter antes que el objeto haya sido resignado. En este caso, la alteración del carácter podría sobrevivir al vínculo de objeto, y conservarlo en cierto sentido.

Nota:

(1) «Duelo y melancolía» (1917e). AE, 14, pág, 246
(2) [Al final del artículo «Carácter y erotismo anal» (Freud, 1908b), AE, 9, pág. 158, ofrezco en una nota al pie ulteriores referencias a otros pasajes en que Freud se ocupa de la formación del carácter.]
(3) [Cf. Psicología de las masas (1921c), AE, 18, pág. 99.]
(4) Un interesante paralelo a la sustitución de la elección de objeto por identificación ofrece la creencia de los primitivos de que las propiedades del animal incorporado como alimento se conservan como rasgos de carácter en quien lo come, al igual que las prohibiciones basadas en ella. Según es sabido, esta creencia constituye también una de las bases del canibalismo y se continúa, dentro de la serie de los usos del banquete totémico, hasta la Sagrada Comunión. [Cf. Tótem y tabú (1912-13), AE, 13, págs. 85, 143-4, 156, etc.] Los efectos que dicha creencia atribuye al apoderamiento oral del objeto valen para la posterior elección sexual de objeto.

Neurosis y psicosis. (1924)

En todas las formas de enfermedad psíquica debería tomarse en cuenta la conducta del superyó, cosa que no se ha hecho todavía. Empero, podemos postular provisionalmente la existencia de afecciones en cuya base se encuentre un conflicto entre el yo y el superyó. El análisis nos da cierto derecho a suponer que la melancolía es un paradigma de este grupo, por lo cual reclamaríamos para esas perturbaciones el nombre de «psiconeurosis narcisistas». Y en verdad no desentonaría con nuestras impresiones que hallásemos motivos para separar de las otras psicosis estados como el de la melancolía. Pero entonces nos percatamos de que podríamos completar nuestra simple fórmula genética, sin desecharla. La neurosis de trasferencia corresponde al conflicto entre el yo y el ello, la neurosis narcisista al conflicto entre el yo y el superyó, la psicosis al conflicto entre el yo y el mundo exterior. Es verdad que a primera vista no sabemos decir si hemos obtenido efectivamente intelecciones nuevas o sólo hemos enriquecido nuestro acervo de fórmulas. Pero yo opino que esta posibilidad de aplicación por fuerza nos dará coraje para seguir teniendo en vista la articulación propuesta del aparato anímico en un yo, un superyó y un ello.

31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica (1933)

Los hechos de la patología proporcionan a nuestros empeños un cañamazo que en vano buscarían ustedes en la psicología popular. Prosigo, pues. No bien nos hemos familiarizado con la idea de un superyó así concebido, que goza de cierta autonomía, persigue sus propios propósitos y es independiente del yo en cuanto a su patrimonio energético, se nos impone un cuadro patológico que ilustra de manera patente la severidad, hasta la crueldad, de esa instancia, así como las mudanzas de su vínculo con el yo. Me refiero al estado de la melancolía más precisamente del ataque melancólico, del cual ustedes sin duda habrán oído bastante aunque no sean psiquiatras. El rasgo más llamativo de esta enfermedad, acerca de cuya causación y mecanismo sabemos muy poco, es el modo en que el superyó -digan ustedes sólo para sí: la conciencia moral- trata al yo. Mientras que en sus períodos sanos el melancólico puede ser más o menos severo consigo mismo, como cualquier otra persona, en el ataque melancólico el superyó se vuelve hipersevero, insulta, denigra, maltrata al pobre yo, le hace esperar los más graves castigos, lo reprocha por acciones de un lejano pasado que en su tiempo se tomaron a la ligera, como si durante todo ese intervalo se hubiera dedicado a reunir acusaciones y sólo aguardara su actual fortalecimiento para presentarse con ellas y sobre esa base formular una condena. El superyó aplica el más severo patrón moral al yo que se le ha entregado inerme, y hasta subroga la exigencia de la moralidad en general; así, aprehendemos con una mirada que nuestro sentimiento de culpa moral expresa la tensión entre el yo y el superyó. Es una experiencia muy asombrosa ver como un fenómeno periódico [en dichos pacientes] a esa moralidad que supuestamente nos ha sido otorgada e implantada tan hondo por Dios. En efecto, trascurrido cierto número de meses el alboroto moral pasa, la crítica del superyó calla, el yo es rehabilitado y vuelve a gozar de todos los derechos humanos hasta ¿I próximo ataque. Y aun en muchas formas de la enfermedad se produce en los períodos intermedios algo contrario; el yo se encuentra en un estado de embriaguez beatífica, triunfa como si el superyó hubiera perdido toda fuerza o hubiera confluido con el yo, y este yo liberado, maníaco, se permite de hecho, desinhibidamente, la satisfacción de todas sus concupiscencias. He ahí unos procesos que rebosan de enigmas irresueltos.

(1) Las citas tienen que ver más con la aparición del significante melancolía, que con el concepto de la misma

Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar