EDITORIAL
Nº 8
Cristina Fontana - Psicoanalista
TEMA: SE PUEDE ENFERMAR DE EXITO
María Unceta - Periodista
TEMA:
LA HORA DE LOS GOZOS Y LAS COBARDIAS
José María Alvarez - Psicoanalista
"Deprimidamente" anda la gente sin saber muy bien por qué. La depresión es una palabra dominante en nuestra cultura, contraseña que abre puertas en una sociedad que tiene miedo a llamar las cosas por su nombre. La depre está en boga y en boca de todos. Parece que quiere expresar un cierto malestar y a la vez disimularlo: estar deprimido es socialmente correcto pero estar triste o sentirse mal, no.
DIVÁN EL TERRIBLE recibe el año 2000 con esta pregunta: ¿qué es LA DEPRESIÓN?
Esa depresión que está por todas partes no existe curiosamente como enfermedad psíquica para el Psicoanálisis. Existen ciertas personas que sufren síntomas depresivos con los cuales intentan, sin saberlo, decir algo de ellas mismas que desconocen. Ante esto podemos optar por una de estas dos actitudes: escuchar o diagnosticar. Escuchar el conflicto que encierran esos síntomas o banalizarlo con ese diagnóstico de DEPRESIÓN que, tan a menudo, funciona como una etiqueta universal que nos lleva a preguntarnos si no es eso, precisamente, el origen de tantos deprimidos.
Lo que se llama depresión toma varias formas. Existen estados de tristeza y de dolor por la caída de ciertos ideales, de nuestra propia imagen ideal o por la pérdida de nuestros puntos de referencia; también estados de tedio y apatía por la imposibilidad de rebelión en un mundo conformista. Distintas son esas experiencias de pérdida que atraviesa todo ser humano a lo largo de su vida (la muerte de un ser querido, un fracaso amoroso, el duelo por deber abandonar un país,....) a las que a menudo no les damos tiempo para que se vaya elaborando un duelo y es entonces cuando pueden traducirse por estados depresivos o por conductas autodestructivas, por ejemplo, ciertos pequeños accidentes extraños y repetidos.
Otras veces la depresión se manifiesta por la inhibición o por síntomas somáticos que irrumpen de manera paradójica e inexplicable justo antes de alcanzar un objetivo importante y muy anhelado.
No hay que confundir estos síntomas depresivos con la melancolía, ese estado rigurosamente diferenciado por Freud, que se caracteriza por una sensación de vaciamiento, de invasión de la nada, de sinsentido radical, de atracción por la nostalgia, con autoreproches sádicos y fustigamientos culposos que puede llegar hasta la postración e incluso a la idealización de la muerte.
La depresión también puede servir de coartada o como cajón de sastre donde entra todo y no dice nada, un remiendo que tapa la boca por dónde podría hablar el malestar. La depresión es entonces una respuesta que pone fin al preguntar. ¿Por qué preferimos arrastrar durante años "nuestra depresión", en lugar de hacer frente al conflicto que la está causando?
LA DEPRESIÓN, ¿ENFERMEDAD O REMEDIO?
DIVÁN EL TERRIBLE inaugura el año 2000 con este tema de actualidad tratado habitualmente con muy poco rigor. Existe el peligro de mezclarlo todo y el tratamiento que la prensa le da, generalmente, lo facilita. Leemos que en unas cuantas sesiones se cura una depresión ¿Cuál es la base para afirmar esto? No olvidemos que además tras todas estas distintas manifestaciones depresivas existe una persona diferente, por lo que incluso síntomas parecidos expresan conflictos distintos.
El siglo XX empezó con La Histeria y termina con La Depresión. ¿Cómo se expresará en el ser humano el deseo y sus conflictos en el próximo milenio?
Cristina Fontana
Psicoanalista
El doctor Sigmund Freud publicó en 1916 un artículo titulado Los que fracasan al triunfar. En él plantea la tesis de que también el triunfo y el éxito pueden conducir a la neurosis y la melancolía. Diván el Terrible ha tenido la oportunidad de entrevistar retrospectivamente al doctor Freud y preguntarle acerca de esta afirmación que da un nuevo giro a sus planteamientos sobre la relación entre la enfermedad mental y el deseo.
Diván el Terrible: Usted ha escrito que el éxito puede ser una vía hacia el fracaso y la neurosis.
Dr. Sigmund Freud: En efecto, la privación, la frustración de una satisfacción real se convierte en la condición para la génesis de la neurosis, aunque no es, ni con mucho, la única. Tanto más sorprendidos y aun confundidos quedamos entonces cuando, como médicos, hacemos la experiencia de que, en ocasiones, ciertos hombres enferman cuando se les cumple un deseo hondamente arraigado y perseguido mucho tiempo. Parece como si no pudieran soportar su dicha, pues el vínculo causal entre la contracción de la enfermedad y el éxito no puede ponerse en duda.
D: ¿Supone esto un giro respecto a sus observaciones anteriores sobre el origen de las neurosis?
Dr. SF: La diferencia respecto a las situaciones bien conocidas de la formación de neurosis reside sólo en que, en los otros casos, unos incrementos interiores de la investidura libidinal hacen de la fantasía hasta entonces despreciada y tolerada un temido oponente, mientras que en nuestro caso la señal para el estallido del conflicto es dada por un cambio exterior real.
D: ¿Y cómo se llega a enfermar de éxito?
Dr. SF: En esos casos excepcionales en que los hombres enferman con el triunfo, la frustración interior ha producido efectos por sí sola, y aun ha surgido únicamente después que la frustración exterior cedió lugar al cumplimiento del deseo. Aquí resta algo sorprendente a primera vista pero, ante una consideración más detenida, advertimos que en modo alguno es inhabitual que el yo tolere un deseo por inofensivo mientras éste arrastra su existencia como fantasía y parece alejado del cumplimiento, en tanto que se defiende con fuerza contra él tan pronto como se acerca al cumplimiento y amenaza hacerse realidad.
D: ¿Podría ponernos algún ejemplo clínico de esta intolerancia del yo a la satisfacción de los deseos?
Dr. SF: Una de mis observaciones me mostró a un hombre respetable en grado sumo, un profesor universitario que había alimentado durante muchos años el comprensible deseo de convertirse en sucesor de su maestro, el que lo había introducido en la ciencia. Cuando, tras el retiro de aquel anciano, los colegas le comunicaron que lo habían elegido a él, y a ningún otro, como su sucesor, empezó a intimidarse, empequeñeció sus méritos, se declaró indigno de desempeñar el puesto que se le confería y cayó en una melancolía que durante algunos años lo inhabilitó para cualquier actividad.
D: ¿Qué explicación psicoanalítica puede darse a esta reacción negativa ante la posibilidad real del cumplimiento de un deseo?
Dr. SF: El trabajo psicoanalítico nos muestra fácilmente que son poderes de la conciencia moral los que prohíben a la persona extraer de ese feliz cambio objetivo el provecho largamente esperado. No obstante, averiguar la esencia y el origen de estas tendencias correctoras y punitivas (...) es tarea difícil.
D: ¿Podría precisar un poco más qué restricciones de la conciencia moral pueden impedir disfrutar del éxito y llevar, por el contrario, a enfermar ante su proximidad?
Dr. SF: El trabajo psicoanalítico enseña que las fuerzas de la conciencia moral que llevan a contraer la enfermedad por el triunfo y no, como es lo corriente, por la frustración, se entraman de manera íntima con el complejo de Edipo, la relación con el padre y con la madre, como quizá lo hace nuestra conciencia de culpa en general...
María Unceta
Periodista
Ahogadas ya las fanfarrias de los fastos con los que se ha recibido el año dos mil, nuestro pequeño mundo de la clínica mental vuelve a recobrar su tono quedo y monocorde. Los aullidos descarnados de la locura, el delirio y la paranoia, el estruendo polifónico del automatismo mental y la esquizofrenia, incluso las palabras retadoras de la histeria, han terminado por silenciarse para dar paso al coro de musitaciones monótonas que componen los quejidos con los que tiene a gala presentarse hoy en día el deprimido: «No puedo trabajar porque estoy deprimido»; «Me he separado por la depresión»; y más lamentable aún: «Me deprimo porque soy depresivo».
Como en otros muchos ámbitos, también en el nuestro cabe preguntarse si esta depresión tan en boga es el resultado natural que adquiere el «Pathos» del hombre moderno al enfrentarse con los apremios que entraña nuestra exigente realidad, o más bien el terreno fecundo que ha sido abonado por el descubrimiento de las moléculas anti-depresivas y por el discurso médico que se empeña en sitiar y conquistar cualquier disarmonía de la vida del alma. Sea como fuere, nosotros, los clínicos, no podemos cerrar los ojos ante tamaña transgresión ética mediante la cual se pretende convertir el tradicional douleur morale y la tristeza -ese afecto normal que nos acompaña como nuestra sombra por el hecho de ser humanos- en esa enfermedad omnipresente llamada «depresión». De proceder así con todos los afectos molestos, con todos los síntomas llamativos, con todas las incapacidades para ser una persona de provecho, terminaríamos por regresar a aquel período deplorable de la clínica mental en el que cada síntoma era elevado al rango de enfermedad.
Pero más relevante aún que este potencial dislate nosográfico es el hecho, perverso en sí mismo, de conceptuar de «enfermedad» eso que surge secundariamente como afectación en el estado de ánimo causado por una pérdida relativa al objeto, por una herida o una simple mácula narcisista a la que el sujeto se aferra para componer la melodía de su decrépito lamento e instalarse en los gozos de su incapacidad. Porque se quiera o no, se conozca o se ignore, la noción de «enfermedad» es indisoluble de la «irresponsabilidad» subjetiva. Así, partiendo de esa tristeza calificada por Spinoza de «falta moral» y por Lacan en Telévision de lâcheté morale («cobardía moral») hemos llegado, guiados por los cantos de sirena de las ciencias biológicas, hasta la patología contemporánea por excelencia: la depresión, es decir, esa nueva modalidad de regodearse en la incapacidad, la irresponsabilidad y la cobardía basada en la renuncia al deseo en favor de esos gozos cuyos modernos tratamientos no hacen más que consolidar y expandir.
José María Álvarez
Psicoanalista
Fuente: http://personal5.iddeo.es/divanelterrible/html/numero_8.html