Los anillos de Saturno -  W. G. Sebald

Marcelo Cohen

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El viaje a pie es de lo más idóneo para apreciar el vaivén de lo creado entre movilidad y quietud, y el del hombre entre afán de contacto y soledad. Edificios, árboles y gente se definen muy despacio, con tiempo para observar, pero la esperanza de que cedan al conocimiento se diluye cuando, después de haber tocado o interrogado, el caminante se aleja pensando una vez más que el mundo es insondable. Sin embargo tiene una certeza, y es que está pisando el suelo.

W. G. Sebald es viajero de a pie. Viaja para después precipitarse a contar, como si contando ofreciese una sobrevida a todo lo sometido a la desaparición. Por eso no se consiente el sondeo interior. Sebald parece aspirar al desprendimiento; a que ninguna palabra desista de registrar algún hecho o cosa del mundo. Orientarse, investigar, no ceder a la ruina ni dar por perdido lo que de todos modos va a perderse, sea un bosque de hayas enfermo o la figura de Roger Casement, el primer europeo que denunció las carnicerías en Africa y fue ejecutado por ayudar a Irlanda: esto hace Sebald. Asistir la memoria involuntaria con la curiosidad estudiosa es una manía de exiliados. Sebald, que es judío, extiende el exilio a condición universal, pero escribe para negar el solipsismo. Nació en 1944 en un pueblo de Alemania y desde los veinte años vive en Norwich, donde enseña literatura en la Universidad de East Anglia. A los cuarenta y cinco publicó su primer libro (Vértigo). En cuanto se tradujo al inglés y el español el segundo, Los emigrados -cuatro intentos de reconstruir historias de desplazados-, la crítica quedó petrificada ante esa prosa crepuscular, inestable, majestuosa y compasiva, repleta de las cosas y las vidas que cobija.

En agosto de 1992 Sebald emprendió un viaje a pie por el condado de Suffolk, esperando huir, escribe, del vacío que se estaba propagando en él "después de haber concluido un trabajo importante". Suffolk, surcada de canales artificiales para el transporte de mercancías, fue desde comienzos de la edad moderna una región muy rica. Tejedurías, graneros, molinos, mansiones señoriales y puertos se multiplicaban como hitos de un cálculo acertado. En el siglo XVIII Norwich era la segunda ciudad de Inglaterra y en los balnearios de la costa, que se estiraban mar adentro en largos muelles coronados de pabellones de forja y cristal, se divirtió en el XIX buena parte de la realeza europea. Pero la imprevisión, el error y la fatiga se unieron a la degradación de la naturaleza, las veleidades de la economía y las catástrofes -como si el mar del Norte reclamara su derecho a la inmensidad y el sosiego- y hoy hoscos pueblos declinantes alternan su estupor con páramos de brezo, cardúmenes muertos, pilotes que nada sostienen y barracones mohosos que hasta hace poco fueron laboratorios de armamento. El paisaje de nuestra civilización refleja una mente común, y a la mente individual el reflejo la deprime. Al año de su paseo por la destrucción Sebald estaba en un hospital, paralizado y temiendo que más allá de la ventana el mundo se hubiera desvanecido. Después de una operación y otro año más empezó a contar su experiencia en Los anillos de Saturno, un libro donde saber y duelo se conjugan bajo el signo de la melancolía.

No extraña que Sebald, incomparable narrador de vidas de escritores, se detenga en Thomas Browne, ese médico del siglo XVII cuya obra maestra (Hydriotaphia) fue una meditación sobre los ritos funerarios, el afán de durar y la impermanencia, y que, dice Sebald, buscaba en todo lo no destruido, "las huellas de la misteriosa capacidad de transmigración que tan a menudo estudiara en las orugas y las mariposas". Pero inquieta un poco que recuerde a Flaubert maniatado días enteros a su sillón por el miedo a escribir una palabra falsa. Uno teme que los escrúpulos del narrador Sebald provengan de que el viajero Sebald, para retenernos, esté llenando las grietas de lo real con uno que otro invento. ¿Por qué si no inserta fotos, y hasta una foto suya? Pero podemos fiarnos: este libro no pretende atrapar a nadie. El lector y el mundo se le escurren por todas partes. Su patente dispositivo es la asociación, y de asociar hace un arte altamente incierto. Aquí caben la pesca del arenque y la extinción de ese pez que alimentó a media Europa, la cría del gusano de seda y la reconstrucción de una ciudad arrasada por el mar, Conrad, Chateubriand, Swinburne y un campesino que consagrado a reproducir el Santo Sepulcro en escala, pero también la esclerosis de los tejedores aparejados al telar, masacres de congoleños, judíos, serbios o irlandeses y un estudio erudito sobre el muerto diseccionado (no el tórax sino la mano, porque era un delincuente) en la lección de anatomía que pintó Rembrandt. También hay sueños de Sebald y alucinaciones, vestigios abrasadores de momentos que se niegan a desaparecer, como si la experiencia de lo real estuviera siempre velada, y tal vez fecundada, no sólo por el inconsciente sino, más acaso, por lo que la imaginación alumbra con huellas de vivencias anteriores. Esta poética de la relación incesante no tiene nada de romántico; no busca "el infinito en un grano de arena". A lo que la historia escribe en los restos -ansia y desintegración- intenta sobreponer un estilo que muestre otras causas, envuelva y regenere. El flujo de la historia se rompe, se reordena y gira constelado alrededor de un yo que sale de sí mismo confiado porque ahí, en lo otro, está la muerte pero también la inmortalidad. Suffolk y el mundo y la destrucción sirven al melancólico curso del lenguaje de Sebald, pero ese lenguaje sabe que el mundo lo salva y le rinde agotadora reverencia.

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Fuente: Diario Clarín