Jean Clair concentra sus textos en obras y autores realistas, que se
inscriben en un cierto ánimo derivado de las destrucciones reales sucedidas
durante la Gran Guerra y que sería clarividente de lo inconcebible que
sobrevendría con los hornos humanos de Dachau, Buchenwald, Theresienstadt,
Auschwitz... En efecto, lo que sucedió en los campos de exterminio, según el
autor, corrobora o acompaña una destrucción previa: “la catástrofe de las
imágenes había acompañado a la catástrofe de los cuerpos... El exterminio de
lo humano en el hombre había sido precedido por el desastre de su representación”.
...
El motivo clásico que aprehende como ningún otro ese “tiempo de oscuridad”
y que será seguido con minuciosidad es el de la melancolía. Naturalmente, se
trata de una iconografía mayor en la historia del arte (se recordará el célebre
trabajo de Panofsky, Saxl y Klibansky sobre Saturno y la melancolía), que
obtiene una rara singularidad en la plástica del siglo 20. Clair se atiene de
modo particular a la pintura italiana (Giorgio de Chirico, Carlo Carrà, Mario
Sironi...) y alemana (George Grosz, Heinrich Hoerle, Carl Grossberg, Otto
Dix...), en el ensayo más importante: “Maquinismo y melancolía en la pintura
italiana y alemana de entreguerras”.
El sentimiento melancólico conlleva una reasunción de formas clásicas, el
propósito de una reconstrucción del mundo que había estallado en las
trincheras de la guerra, y contrasta con el triunfalismo y el espíritu de
ruptura que predominan en buena parte de las vanguardias —más aún, se
reconoce como un “llamado al orden”, según la expresión de un texto de
Jean Cocteau.
En otro trabajo central, Clair estudia un episodio altamente significativo para
la comprensión de la cultura europea de los años ‘20. En 1919, Giorgio de
Chirico —el artista más presente a lo largo del libro— publica
“Sull’Arte metafisica” en la revista Valori plastici, donde marca un
aspecto “fantasmal”, “melancólico” y “espectral” en lo que era más
familiar, más cercano y más conocido. Ese mismo año, en la revista Imago de
Viena, Simund Freud publica “Das Unheimliche”, término de muy difícil o
imposible traducción, que se ha intentado recoger con la palabra
“siniestro”, o también —acaso más acertadamente— con la expresión
“inquietante extrañeza”.
La coincidencia de la fecha y la sorprendente semejanza descriptiva entre ambos
escritos marcan hasta qué punto esta “inquietud”, al igual que la melancolía,
decodifica el corazón de la época. Pero más allá del texto chiriquiano,
algunos ejemplos que proporciona el doctor Freud de situaciones siniestras, se
corroboran de manera inmediata en la pintura de De Chirico. En particular el
caso de que un ser en apariencia inanimado esté vivo, o bien, que un ser
aparentemente vivo se revele en realidad como un objeto inerte. Clair lee sobre
este fondo la proliferación de autómatas, maniquíes, muñecas, estatuas, en
pintores como De Chirico, Sironi, Grosz o Raoul Hausmann.
“Melancolía” e “inquietante extrañeza” son presentadas como claves
para la comprensión de un arte que afronta “lo que nunca hubiera debido
ver”, a la vez que marcarán en el nazismo, el fascismo y el estalinismo
—escribe Clair— ese horror tras la cotidianidad, que emerge por las grietas
de una vida insostenible. “Esta vez la inquietante extrañeza resurgía en la
vida real y no en el arte”.
Fuente: http://www.lavozdelinterior.com.ar/2000/1220/nota5273_1.htm