Exilio: ¿Duelo y Melancolía?

Ángela Cascini

La diferencia entre una depresión patológica y el duelo normal radica en la pérdida del interés por el mundo exterior y los autorreproches que están presentes en el primer caso y faltan en el segundo. Es decir, que estos dos aspectos ayudan al diagnóstico diferencial. 

El duelo ocurre siempre ante una pérdida real (Ej.: «Se murió mi mamá»), el sujeto sabe que perdió a un objeto amado o su equivalente. 

En la melancolía puede haber o no pérdida del objeto, pero no resulta claro saber qué es lo que se perdió con él. 

Es interesante poder pensar distintas situaciones de la vida y por qué en algunos casos se cae en depresión y en otros no. Esta pregunta fue central en el VII Congreso Grupo Cero en Buenos Aires., formulada de la siguiente manera: Qué hace que ante parecidas circunstancias una persona enferme y otra no? 

Los mecanismos psíquicos que intervienen son los mismos, la diferencia está dada entonces por el factor cuantitativo. 

En Argentina durante la década del ‘70 muchas personas tuvieron que exiliarse para salvar sus vidas. 

Los exiliados, arrancados de su medio, empujados a vivir en otra sociedad sufrieron una pérdida que pusieron de manifiesto distintas cuestiones inconscientes. Nos dice Freud que la pérdida de los ideales, de la patria, de un ser querido nos obliga a elaborar un duelo en donde el sujeto paulatinamente irá retirando los lazos libidinales de ese objeto amado y perdido. 

Cuando hay falla en ese proceso y en lugar de ir retirando de él la libido se introyecta al objeto, hay una vuelta al yo, se produce una disociación en donde el yo queda dividido. Por tal motivo hay una parte del yo que se enfrenta a la otra. Los autorreproches no están dirigidos hacia la propia persona sino a esa parte escindida que es tratada como un objeto externo.

Es por esto que estos sujetos no tienen pudor en comunicar los autorreproches, ya que están dirigidos a otro. 

El melancólico, en su forma extrema, puede incluso llegar al suicidio. 

En el caso de los exiliados podemos ver claramente estas dos formas de respuesta: la normal y la patológica. 

En el caso de producirse una melancolía: a quién se está atacando? A la patria? Sabemos que la Patria es un subrogado de los padres, que en este caso, expulsó a los hijos (igual que en la horda primitiva) porque estaban posicionados como rivales; fueron empujados fuera del grupo o, en su defecto, aniquilados. 

Todo este proceso que dejó hondas huellas en nuestra sociedad puede ser leído psicoanalíticamente, dando una respuesta diferente a las que estamos acostumbrados a escuchar. 

Parece aquí reproducirse la rivalidad que el hijo siente por el padre y el deseo inconsciente de ocupar su lugar. Está presente el deseo de muerte de los hijos para con los padres y también el de los padres para con los hijos. 

En la medida en que un ser humano va creciendo va liberándose de la autoridad de sus padres. Este proceso es tal vez el más doloroso pero absolutamente necesario. Si aceptamos esto como un dolor inevitable del crecimiento, nos permitirá comprender que tanto el sometimiento como la libertad tienen vinculación directa con nuestra constitución psíquica. 

El Complejo de Edipo nos habla de los deseos del niño que quiere yacer con su madre y abolir al padre; pero las relaciones son ambivalentes ya que ama y odia. Reprime estas tendencias y tiene que renunciar a ellas, para poder socializarse; de todas formas no desaparecen, están reprimidas, producen efectos inconscientes. En 1920 Freud en «Más allá...» habla de pulsión de vida y pulsión de muerte.

Si fuera sólo pulsión de vida el sujeto moriría ahogado en los otros. En la melancolía es la pulsión de muerte la que aparece aislada. 

La verdadera enfermedad del ser humano es hablar. Cuando decimos que se reprime la sexualidad estamos diciendo que lo que se reprime son frases, que están unidas a otras. Es por esto que cuando creo que estoy reprimiendo una palabra en realidad estoy reprimiendo un espectro mucho mayor de mi vida.Freud nos dice que se comienza cediendo en las palabras y se termina cediendo en las cosas. 

Hablamos de la expulsión, del exilio, del aniquilamiento que se produjo en nuestro país y, podríamos preguntarnos: Los conflictos sociales de esa década no estaban poniendo de relieve el conflicto generacional entre padres e hijos?

Menassa dice que «si acepto la enfermedad de hablar, tal vez no tenga que enfermarme de otras cosas», a lo que podemos agregar: ni producir la guerra. 

Con el exilio hay una pérdida de identidad. En comunidades primitivas expulsar a un individuo de su grupo, negarles la posibilidad de hablar o prohibir el uso del nombre propio equivalía a nuestra pena de muerte contemporánea.

Sustitución o melancolía? Una canción de León Cieco dice: «...desahuciado está el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente...» 

Tendrá que ver con la estructura psíquica de cada sujeto, el atravesamiento del exilio pondrá de manifiesto brutalmente si es o no capaz de sustituir, aunque el objeto amado nunca se resigne completamente. En los casos de duelos normales de alguna manera sentir nostalgia daría cuenta de la resistencia del sujeto a abandonar aquello de lo cual alguna vez gozó.

Psicoanalista
Buenos Aires: 47 35 - 01 01

Fuente: ÍNDICE EXTENSIÓN NÚMERO 35

 

Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar