El enfoque Modular-Transformacional - Un modelo integrador en Psicoterapia Psicoanalítica
Aplicaciones Clínicas
Diferentes caminos de entrada a la depresión
1) A la depresión por acción de la
agresividad.
a)
Desgaste, deterioro del objeto externo en tanto valorizado.
b)
Agresividad actuada contra el objeto externo real.
c)
Agresividad dirigida contra el propio sujeto.
2) Desde los sentimientos de culpa
a la depresión.
a) Culpa
debida a la cualidad de los deseos inconscientes.
b) Culpa
por la codificación que se hace de los impulsos y deseos.
c) Culpa
por identificación.
d) Culpa
defensiva.
3) A la depresión desde los trastornos narcisistas.
4) Desde lo sentimientos de persecución a la depresión.
5) El papel de la identificación en la depresión.
6) Déficits yoicos: conflicto, identificación, simbiosis.
7) La realidad externa traumática y la depresión.
8) Transformaciones entre los distintos circuitos que conducen a la depresión.
9) Utilidad del modelo modular de articulación de componentes.
La aplicación del enfoque "Modular-Transformacional" a la clínica conduce a una reformulación de la psicopatología: en vez de una nosología basada en entidades estancas, separadas las unas de las otras, se describen los cuadros psicopatológicos y sus subtipos como el resultado de la articulación de componentes, cada uno con su historia generativa y, sobre todo, las transformaciones de estos componentes en el proceso de articulación. De esta manera, resulta factible un diagnóstico que:
Recoja la diversidad de dimensiones aportadas por el psicoanálisis a la clínica y permita dar cuenta de la complejidad de rasgos de carácter y psicopatológicos que producen el perfil particular de cada paciente.
Muestre el camino (los pasos sucesivos en el procesamiento psíquico) que conducen a ese cuadro en particular, así como las transformaciones de unas estructuras psicopatológicas en otras.
A modo de ejemplificación, y para mostrar las
posibilidades que abre un enfoque "Modular-Transformacional"
para la clínica, se examinarán las múltiples vías por las cuales se puedes
generar los estados depresivos, lo que permite diferenciar subtipos y encarar
formas terapéuticas que les sean específicas. Concepción de los trastornos
depresivos que cuestiona las hipótesis sobre su génesis en las que se
consideran una o unas pocas condiciones como causa de los mismos.
[Lo que sigue es un resumen de algunos aspectos
abordados en el trabajo: Bleichmar (1996) Some Subtypes of depresion and their
implications for psychoanalytic therapy, "International Journal of
Psychoanalysis", vol. 77, pp. 935-961, así como en el libro "Avances
en Psicoterapia Psicoanalitica. Hacia una técnica de intervenciones específicas".
]
Diferentes caminos de entrada a la depresión
Si la impotencia y la
desesperanza para la realización de un deseo significativo al cual el sujeto
está intensamente fijado constituye el núcleo común de todo estado depresivo,
se puede llegar a ese estado por múltiples caminos, ninguno de los cuales es
condición obligada.
El diagrama adjunto (simplificado
respecto al publicado en Avances
en Psicoterapia Psicoanalítica) intenta dar una primera aproximación para
la comprensión de las varias vías que conducen a la depresión, mostrando
interrelaciones entre distintas condiciones causales.
Se incluyen varios sectores
-trastorno narcisista, agresividad, angustias persecutorias, déficit yoico,
realidad traumática, masoquismo, culpa, etc.-, que, a su vez, podrían
representarse cada uno de ellos ocupando el centro de un diagrama sectorial en
que se mostrase cómo se generan. La
bidireccionalidad de las flechas
indican la complejidad de las influencias entre los sectores.
1)
A la depresión por acción de la agresividad
La relación entre agresividad y depresión ha sido largamente estudiada en psicoanálisis, no existiendo, sin embargo, acuerdo acerca de qué papel desempeña la primera en la causación de la segunda ni de la direccionalidad del proceso causal entre ambas. Las posiciones al respecto las podemos enmarcar dentro de las siguientes líneas:
a) La agresividad como una condición universalmente presente en toda depresión, y causa básica de la misma. -M. Klein, como representante más radical dentro de esta línea.
b) La agresividad como causa que no se puede dejar fuera de la comprensión de la depresión pero que es parte de un proceso: frustración que produce rabia, seguida por intentos hostiles para obtener la gratificación deseada. Luego, cuando el sujeto es incapaz -por razones externas o internas- para alcanzar las metas anheladas, la agresividad es dirigida en contra de la representación del sujeto, con la consiguiente pérdida de autoestima (Jacobson, 1971, p. 183).
c) La agresividad puede no jugar papel alguno en el origen de la depresión, siendo lo central el descenso de la autoestima (Bibring, 1953).
d) La agresividad como fenómeno secundario, derivado, pues cuando existe sería la respuesta a la falla del objeto externo que provoca dolor y rabia narcisista (Kohut, 1972, 1977).
Lo que resulta necesario entender es cómo y por qué las distintas formas de agresividad son capaces de provocar desesperanza e impotencia para la realización del deseo. Diferenciaremos, a los fines expositivos, ya que frecuentemente están asociados, los efectos que para el sujeto tiene la agresividad cuando recae sobre la representación del otro o sobre la representación del sujeto, por un lado, de los efectos que posee cuando el deseo agresivo es actuado sobre el otro externo real o cuando se dirige contra el funcionamiento del sujeto, o sea, no simplemente contra la representación del sujeto sino contra sus funciones mentales o corporales.
1a) Desgaste, deterioro del objeto en tanto valorizado
Abraham (1924) planteó que la agresividad destruye al objeto, describiendo la fantasías de ataque oral y anal que determinan que el sujeto sienta que destrozó, arruinó, mató y aniquiló al objeto, por lo cual experimentaría culpa. Con todo, es indispensable una matización: si al objeto se lo pierde es, sobre todo, porque al desgastárselo internamente mediante la crítica corrosiva y la desvalorización -impulsadas por la agresividad- se lo pierde en tanto objeto valorizado. En este sentido, nada más apropiado que la expresión "destrucción del objeto" no porque la persona fantasee con su destrucción física bajo las mil formas del sadismo -puede o no hacerlo-, sino porque la descalificación destruye al objeto como estimulante, lo que es indispensable para sostener el narcisismo del sujeto. Es un proceso similar al que tiene lugar en aquellas personas que atacan continuamente por rivalidad o envidia a todo lo que les rodea: nada les resulta valioso, ni personas, ni instituciones, ni actividades; ningún proyecto queda libre del cuestionamiento, de la denigración. Ataque y destrucción del objeto que conduce a un mundo vacío de objetos valiosos y estimulantes, mundo que es comparado por el sujeto con un mundo imaginario poblado de objetos idealizados que se sienten, en consecuencia, como inalcanzables. En algunos casos, la denigración/destrucción de los objetos llega a ser tan generalizada que nada es apetecible, quedando como único deseo, dolorosamente sentido, el de encontrar algo que saque del aburrimiento y la apatía.
Agresividad en contra del objeto que podemos particularizar aún más: si está dirigida en contra de un objeto que es una "posesión narcisista" o si recae sobre el "objeto de la actividad narcisista". Es la diferencia introducida por Bleichmar, H. (1981) en el estudio sobre el narcisismo en el que se caracterizan a las "posesiones narcisistas" como todo aquello (personas o cosas) con lo que se mantiene una relación tal que el mérito o las fallas del objeto en cuestión recaen sobre la representación del sujeto. Es, por ejemplo, lo que puede significar un hijo para sus padres en el momento en que recibe un premio o, por el contrario, cuando merece una condena social por cierta conducta considerada reprobable: la valía del objeto se suma algebraicamente a la del propio sujeto. Constituyen una "posesión narcisista" la casa, el automóvil, la colección de libros o pinturas o sellos etc. Es una posesión narcisista el amigo que se exhibe ante los demás por ser famoso, rico o exitoso: el sentimiento es de incremento de la autoestima, de fusión con la valoración que merece el otro. Igualmente constituye una posesión narcisista el grupo al que se pertenece -partido, iglesia, movimiento ideológico, etc.- ya que el juicio de valor, negativo o positivo, que se haga sobre el grupo recaerá sobre la persona. Con la posesión narcisista existe una identificación parcial, exclusivamente en una de sus dimensiones, la de su valía; por ello no es necesario que sea una persona, pudiendo ser cualquier cosa u objeto material.
El "objeto de la actividad narcisista", en cambio, es aquel que permite realizar una actividad que otorga valoración narcisista al sujeto. Es el objeto-instrumento para una actividad del sujeto que ha sido narcisísticamente catectizada, objeto sin el cual la actividad o función no puede existir. Ejemplos: el cuerpo del otro que, además de proveer de placer erógeno, posibilita el goce narcisista de sentir que el sujeto posee la potencia de producir el placer de ese otro; o, el otro que escucha y responde, sin el cual el placer narcisista de hablar y de comunicar es inexistente. De igual manera, el paciente y su cuerpo para el cirujano, o el piano y la música para el pianista; el alumno y la enseñanza para el profesor pues le posibilitan a éste que se despliegue una habilidad -conocimiento, capacidad pedagógica, discursiva, etc.- que le otorga valía; el juego y el contrincante para un deportista; el automóvil para un corredor de carreras; el hijo para el padre o la madre, cuando la paternidad y la maternidad son actividades narcisistas que testimoniarían de la valía del sujeto por su capacidad para desempeñarlas. Son objetos de la actividad narcisista cualquier oficio o profesión o actividad -y las personas y objetos que constituyen parte constitutiva de éstas- que permiten que una función dotada de valor narcisista, corporal o intelectual, se realice. El objeto de la actividad narcisista desempeña, en cuanto a las funciones del sujeto, captadas desde el código narcisista, un papel equivalente al que tiene el objeto de la pulsión: permite que alcance su meta. Si el narcisismo es para el ser humano una fuerza motivacional tan importante como lo es la sexualidad de las zonas erógenas, también posee como ésta sus objetos específicos, a los que cada persona queda fijada. La ausencia de los objetos de la actividad narcisista explica el desequilibrio profundo que se produce en algunas personas durante los fines de semana o las vacaciones.
Si se ataca a estos objetos de la actividad narcisista -ej.: personas que denigran su trabajo o profesión a la que pertenecen en cuanto a la falta de importancia que tendría, o por las condiciones en que se desarrollan, o por la escasa recompensa material que otorga-, todos esos ataques terminan por hacer sentir al sujeto impotente para la realización de un deseo narcisista de logro personal que depende de esos objetos. La propia profesión o actividad aparece como no valiosa en contraste con otras que quedan investidas como objetos idealizados inalcanzables, dando lugar a la insatisfacible carga de anhelo mencionada por Freud en "Inhibición, síntoma y angustia". Es la depresión crónica que produce la permanencia en cualquier trabajo al que se descalifique y que pasa a realizarse burocráticamente. Todo ataque o descalificación a los objetos de la actividad narcisista deja un vacío en el sujeto para la puesta en actividad de las funciones que dependiendo de ese objeto contribuyen a sostener no sólo la autoestima sino, también, los diferentes niveles de organización del psiquismo.
1b) Agresividad actuada contra el objeto externo real
Si la persona no sólo ataca la representación de los objetos dentro de él (objeto interno), sino que actúa la agresividad en el mundo externo, destruyendo relaciones familiares y de amistad, relaciones laborales, oportunidades en la vida real, todo ello desemboca en situaciones de deterioro, de impotencia para la realización de deseos de amor, de reconocimiento, de logros en el mundo externo. La depresión es, en estos casos, el resultado de un fracaso en la creación de condiciones que permitan la realización de deseos que son centrales para la persona. Es lo que se observa con aquellas personas que pasan gran parte de su vida atacando lo que en su negación omnipotente consideran que continuamente podrán recuperar, para después, a cierta edad, cuando la realidad impide el mantenimiento de las ilusiones defensivas, sentir todo como irremediablemente perdido.
1c) Agresividad dirigida contra el propio sujeto
La persona está siempre en relación consigo mismo, actuando y observándose, actuando y reaccionando ante su actuación. Así como con una figura externa se puede tener una actitud básica de amor, de aceptación, en cuyo caso todo lo que aquélla hace es considerado con buenos ojos, o, por el contrario, de hostilidad, de igual manera en la relación que la persona tiene consigo mismo la actitud de base puede ser de amor o de odio. En este último caso, ante la menor frustración el sujeto se castiga, siendo la hostilidad consigo mismo la que va creando, en cada situación, el argumento que se usa para ir atacándose. Será esta hostilidad la que guiará, tendenciosamente, las exigencias que se irán planteando al sujeto. Se elevarán los ideales o se denigrará al propio sujeto -a su representación- de modo que la brecha entre ambos se mantenga siempre abierta.
La agresividad bajo la forma de
continua autocrítica no sólo deteriora la representación del self sino que
también ejerce un impacto negativo en el funcionamiento del self. El sujeto,
odiándose, consume sus energías en una guerra interna, ataca e inhibe a su yo
-produce déficits yoicos-, coartando cualquier movimiento hacia la realización
de sus deseos. La consecuencia: un sujeto empobrecido, incapaz de brindar
sustento a su autoestima.
Los sentimientos de culpabilidad están sostenidos por una estructura de la fantasía en que podemos discernir varios componentes. En primer lugar, una doble identidad que el sujeto atribuye al otro y a sí mismo. El otro es visto como un ser sufriente, infeliz, necesitado, mientras que el sujeto se representa como estando en una posición más favorable que el objeto, gozando o disponiendo de aquello que éste carecería. En segundo lugar, el sujeto se representa como infractor de ciertos mandatos superyoicos -no dañarás, no harás sufrir, protegerás, ayudarás, salvarás, harás feliz, no gozarás si el otro no lo hace, etc. Mandatos que le hacen sentir en falta, tanto si provocó el sufrimiento del objeto como si no lo ayuda a salir del mismo aunque él no haya sido el causante. En tercer término, y esto es esencial, el sujeto tiene que identificarse con el sufrimiento del otro, sentir como propio lo que le pasa, proyectar sobre el otro experiencias simbólicamente equivalentes. Sin identificación y amor por el objeto no hay culpa aunque se cumplan las dos condiciones mencionadas antes.
En cuanto al origen de los sentimientos de culpabilidad, si seguimos a Freud, éste fue variando a lo largo de su obra su concepción acerca de cuáles son las condiciones que generan los generan. Como sucede con otros temas, la complejidad del pensamiento freudiano ha dado lugar a corrientes dentro del psicoanálisis que se apoyan en uno u otro de sus desarrollos. En Freud, podríamos reconocer, por lo menos, las siguientes concepciones sobre el origen de la culpa:
a) Culpa debida a la cualidad de los deseos inconscientes
Desde sus primeros trabajos, Freud (Carta 71, 1897; 1909) consideró que el sentimiento de culpabilidad está dado por la existencia de ciertos deseos sexuales y hostiles que entran en contradicción con las representaciones prevalentes en el sujeto La culpa sería, de este modo, la consecuencia natural, lógica, de la cualidad del deseo: dado que lo que se desea es transgresor, resultaría natural, no podría ser de otro modo, que la persona se sienta culpable.
b) Culpa por la codificación que se hace de los impulsos y deseos
Pero junto a esta concepción naturalista de la culpa, Freud plantea una otra causa de la culpabilidad, que no depende ya de la cualidad del deseo o impulso sino de la codificación que el sujeto haga de éstos. En "Introducción del Narcisismo" dice: «Las mismas impresiones y vivencias, los mismos impulsos y mociones de deseo que un hombre tolera o al menos procesa conscientemente, son desaprobados por otro con indignación total o ahogados ya antes que devengan conscientes. Ahora bien, es fácil expresar la diferencia entre esos dos hombres, que contiene la condición de la represión, en términos que la teoría de la libido puede dominar. Podemos decir que uno ha erigido en el interior de sí un ideal por el cual mide su yo actual, mientras que en el otro falta esa formación de ideal» (Freud, 1914a, p. 90). El eje de la explicación no reside ya en la cualidad del impulso o del deseo sino en que el ideal y la instancia crítica evaluadora son diferentes en unos y otros. Cuando pocos años después Freud formula la segunda tópica, esto implicará que de acuerdo a cómo se desarrolle el superyó -no igual en todos los sujetos-, se determinará que se sienta o no culpa.
Aquí hay un cambio radical que tiene implicancias para el tratamiento: ya no se trata, como ocurriría aplicando la primera concepción sobre la causa de la culpabilidad, que cuando el analista descubre que su paciente tiene culpa inconsciente debe buscar exclusivamente los deseos reprimidos sino que, también, y centralmente, se preguntará acerca de las razones por las cuales el superyó codifica como agresivo o dañino algo que otra persona no lo haría. El analista que tenga en cuenta el carácter codificador que el superyó hace de los deseos no le transmitirá al paciente la concepción "por tener esos deseos sientes culpa" sino que le llevará a interrogarse porqué sus deseos son captados desde una perspectiva que le hace sentir transgresor, cuáles fueron las condiciones que contribuyeron a construir un superyó con ciertos ideales tiránicos, una conciencia crítica severa, un sadismo del superyó en contra del yo que busca cualquier coartada para atacar.
c) Culpa por identificación
Freud, en el cap. V de El Yo y el ello (1923) afirma refiriéndose a la culpa inconsciente: «Una particular chance de influir sobre él se tiene cuando ese sentimiento icc de culpa es prestado, vale decir, el resultado de la identificación con otra persona que antaño fue objeto de una investidura erótica» . En este caso no es que la persona por sus deseos o por la codificación que el superyó va haciendo de sus conductas llegue a la conclusión inconsciente de que es malo, sino que se trata de una identidad básica global, la de ser malo, agresivo. La matriz inconsciente de que es malo generará representaciones en su conciencia de que hizo tal o cual otra cosa inadecuada -no cuidó al objeto, le agravió, etc. Por tanto, una representación inconsciente del sujeto como dañino desde la cual por pura deducción a partir de un prejuicio se terminará concluyendo, en cada oportunidad, que se es malo, siendo lo que hace o siente en esa ocasión la excusa que permite afirmar lo que se creía previamente.
Estas tres concepciones de la culpa, que en Freud no se contraponen sino que se suman, sin embargo en distintas escuelas psicoanalíticas pasan a constituirse en las explicaciones que se invocan de manera casi exclusiva. Encontramos así un espectro que va desde el polo que ocuparía la escuela kleiniana, en la cual cuando el analista detecta culpa inconsciente busca el impulso agresivo reprimido o escindido y, en el otro polo, aquellos analistas que creen que la culpabilidad es siempre el resultado de la inculpación por parte de la figura externa, considerando que el conflicto intrapsíquico juega un papel secundario -Kohut, por ejemplo.
d) Culpa defensiva
Fairbairn aportó una sofisticada explicación sobre el sentimiento de culpabilidad que toma en cuenta los procesos internos a través de los cuales se origina: el niño, necesitando desesperadamente sentirse protegido y querido por sus padres, prefiere pensar que él es malo «...tomando sobre sí el peso de la maldad que parece residir en sus objetos. De esta manera busca exculpar a ellos de su maldad; y, en la medida en que tiene éxito en ello, es recompensado por el sentimiento de seguridad que un ambiente de buenos objetos provee de manera tan característica» (Fairbairn, 1943). Esto es realizado a través de un proceso complejo que Fairbairn denomina "defensa moral". El niño, sintiendo que él es el malo y no que sus padres son sádicos, o que no le quieren, puede mantener la ilusión de ejercer un cierto control omnipotente sobre la realidad: "Si me porto bien... si no soy malo...entonces, me querrán, no me castigarán". De esta manera el sentirse culpable se ha convertido en una defensa, en un medio ilusorio de recapturar un sentimiento de control sobre el curso de los acontecimientos, en una estrategia mental inconsciente para encarar situaciones que aparecen como traumáticas para el psiquismo. Por otra lado, la culpa como recurso defensivo para aplacar al objeto, para congraciarse, a través de la autoacusación, con aquél frente al que se está aterrorizado es algo que no sólo funciona a nivel individual sino también colectivo. Ciertas experiencias históricas -los flagelantes de la edad media, por ejemplo- lo testimonian.
Ahora bien, la culpa produce depresión no sólo porque haga sentir indigno al sujeto, o porque no satisfaga una imagen ideal de bondad con la cual el sujeto desea identificarse, o porque genere dolor por el sufrimiento del sujeto, sino, también, porque puede activar conductas masoquistas de sometimiento a objetos patológicos, de autoprivaciones, de autocastigos, que terminan por hacer sentir impotente al sujeto para la realización de su deseo. Es a través del circuito del masoquismo, por las consecuencias que éste origina, que la culpa participa como factor relevante en la producción de depresión.
Pero el masoquismo constituye una condición compleja en que la culpa es sólo uno de los factores que lo determina. En otras palabras, e ilustrando el proceso de articulación de componentes que constituyeel hilo rector de esta exposicion, el sentimiento de culpabilidad, con orígenes muy diversos, podrá o no articularse con el masoquismo. Por lo que resulta necesario es mostrar la génesis de la culpabilidad y del masoquismo, los factores y los caminos por los que surgen una y otro, y las formas de articulación entre ambos, no reduciendo el uno a la otra o viceversa.
3)
A la depresión desde los trastornos narcisistas A
pesar que la agresividad y la culpa han ocupado un lugar preeminente en la
literatura psicoanalítica sobre la depresión, varios autores han cuestionado
que sean componentes indispensables para todos los tipos de depresión (Bibring,
1953; Haynal, 1977; Jacobson, 1971; Kohut 1971, 1977, 1979, 1984). Kohut
ha insistido en la existencia de depresiones en las cuales la culpa no forma
parte del trastorno, siendo, más bien, los sentimientos de frustración en el
logro de aspiraciones narcisistas lo que constituiría el núcleo de la depresión.
Kohut resumió, metafóricamente, la diferencia entre el sufrimiento por culpa y
el narcisista bajo su formulación de que existen, por un lado, el "hombre
culpable" y, por el otro, el "hombre trágico", con sentimientos
de vacío, de falta de un self cohesivo, de incapacidad de mantener un proyecto
y una identidad que le dote de vitalidad. Tolpin (1983), en un detallado caso clínico
presenta a un paciente cuyos estados depresivos no son debidos ni a sentimientos
de culpa ni a agresividad sino a déficit estructural por falla de los objetos
parentales en la formación de un self cohesivo capaz de mantener la autoestima.
Kernberg (1975) diferencia
entre las depresiones en las cuales hay más auténticos sentimientos de culpa
de las «Depresiones que tienen más la cualidad de rabia impotente, de
impotencia-desesperanza en conexión con la ruptura de un una autoimagen
idealizada...» (p.20). Lax (1989) afirma que en las «depresiones
narcisistas, los sentimientos de vergüenza y humillación son los que
predominan, más que los de culpa» ( p. 88).
Lo anterior nos obliga a hacer, por
lo menos, alguna precisión sobre la diferencia entre los sentimientos de culpa
y de vergüenza. En relación con los sentimientos de vergüenza, Rizzuto
(1991), en una amplia revisión del tema en que discute cómo la vergüenza fue
considerada en la literatura psicoanalítica, concluye que «...la vergüenza
está relacionada con la autoevaluación (yo y superyó) de no ser merecedor de
una respuesta afectiva deseada...». Con "respuesta afectiva deseada"
se refiere a cómo se anhela que el otro responda ante posibles méritos del
sujeto. Esta concepción de Rizutto de ligar la vergüenza al narcisismo y, más
específicamente, a la falla en alcanzar las metas fijadas por el ideal del yo,
está dentro de la línea desarrollada por otros autores (Broucek, 1991; Lewis,
1987; Morrison, 1989; Sandler y col., 1963; Wachtel, 1987; Wurmser, 1987). Hay
una dimensión que es esencial en el sentimiento de vergüenza: la presencia,
real o fantaseada, de un otro significativo que sería testigo de las fallas del
sujeto. Es diferente sentirse inferior -el superyó critica- que sentir que un
otro observa también esa inferioridad. Que en el caso de la vergüenza no se
trata de una simple proyección de la propia crítica del superyó sobre el otro
lo prueba la falta de vergüenza que todo sujeto posee frente a sus funciones
excrementicias cuando se halla en soledad y en cambio el embarazo que le embarga
cuando es observado o imagina que puede serlo. Por tanto, la vergüenza, es
angustia narcisista en la intersubjetividad, y no mero sentimiento de
inferioridad por tensión entre el ideal del yo y una cierta representación del
sujeto. Es decir, que la culpa y la vergüenza se diferencian no sólo por
el tema -preocupación por la valía del sujeto en la vergüenza versus
preocupación por el estado del otro e identificación con el sufrimiento de éste
en la culpa- sino, también por la estructura en juego: en la culpa se trata de
un puro conflicto intrapsíquico; en la vergüenza interviene o la presencia
real del otro o la anticipación fantaseada de la presencia que sería testigo
de la poca valía del sujeto.
Al sentimiento de culpa podrá
agregársele el de vergüenza cuando se fantasea que un otro constata también
la acción punible y mira al sujeto con desprecio. En las culturas en que la
agresividad es fuertemente condenada una persona podrá sentirse culpable si
atacó a alguien y, además, sentir vergüenza al estar en juego su valía
mirada por los otros que lo consideran malo.
Observemos, también, que cuando el
sujeto siente que dañó al otro podrá sentir culpa si su preocupación es básicamente
por el bienestar del otro, culpa persecutoria si teme ser castigado por esa acción,
y vergüenza si lo que predomina es el código narcisista en que la consideración
de su valía está por encima de cualquier otra consideración, representándose
como indigno.
Entrando ahora en los trastornos narcisistas, en la literatura psicoanalítica se suelen englobar bajo esa denominación dos tipos de condiciones: por un lado, aquellos casos caracterizados por permanente baja autoestima o por la dificultad para mantener sostenidamente una imagen valorizada del sujeto, lográndolo hacerlo por momentos pero requiriendo de continuos suministros externos o de ofrendas de realización personal ante el superyó, con enorme oscilación en el balance de su autoestima (Gedo, 1979, 1981; Gedo y Gehrie, 1993; Kohut, 1971, 1977; Sacks, 1991; Stolorow y Lachmann, 1980). Por el otro, las personalidades que despliegan su omnipotencia, grandiosidad, denigración del objeto, y que logran mantener esa grandiosidad en base a fuertes mecanismos de escisión (Kernberg, 1975; Rosenfeld, 1964).
El camino que desde uno u otro tipo de trastorno narcisista conduce a la depresión también es diferente. Con respecto al primer grupo, caracterizado por una pobre representación del sujeto, se puede llegar a la depresión de dos formas:
a) Directamente, porque la pobre representación del sujeto hace sentir que se es impotente, incapaz de alcanzar el objeto del deseo, al que se da por perdido; la depresión es crónica, forma parte de la personalidad
b) Indirectamente, por las consecuencias que se derivan de las defensas puestas en juego. Por ejemplo, para no exponerse a situaciones que producen temor o vergüenza, la persona se inhibe, renuncia a contactos interpersonales y a experiencias de aprendizaje, con el consiguiente empobrecimiento en el desarrollo de funciones y recursos yoicos. Condición a la que se le debe de agregar la pérdida de oportunidades en la vida real para proveerse de las gratificaciones narcisistas que la tambaleante autoestima requiere -pareja, trabajo, etc. La secuencia trastorno narcisista/ angustias persecutorias/ vergüenza/ evitación fóbica/ déficits yoicos/ pérdidas en la realidad, concluyen en el sentimientos de impotencia y desesperanza para la realización del deseo; por tanto, en depresión. La depresión es, entonces, secundaria a una fobia mutilante del sujeto, fobia que no deriva primariamente de un trastorno en la representación del objeto (amenazante) sino que tiene su causa en que el sujeto es representado como minúsculo frente a aquél.
Con respecto al segundo grupo de trastornos narcisistas -grandiosidad, omnipotencia, denigración del objeto, etc.-, la depresión no es crónica sino que irrumpe cuando colapsa una grandiosidad que había servido para negar la realidad y las limitaciones personales. La depresión es consecuencia de los efectos del narcisismo destructivo sobre las relaciones interpersonales, la inserción en la realidad, o el cuidado de la propia persona.
4) Angustias persecutorias y depresión
Las angustias persecutorias -sean el temor al castigo del retiro de amor o a las distintas formas de agresión verbal, corporal, etc.- son capaces de llevar a la depresión por el camino indirecto de las consecuencias que tienen sobre el funcionamiento mental: perturban las sublimaciones, el desarrollo cognitivo, las capacidades expresivas emocionales y relacionales, las habilidades instrumentales en la relación con la realidad, el propio sentido de realidad. Las defensas que se activan para disminuir las angustias persecutorias -agresividad, evitación fóbica, rituales obsesivos, masoquismo, y otros trastornos caracterológicos- limitan seriamente las capacidades del sujeto, paralizándole, haciéndole sentir impotente para dominar no sólo la realidad y la relación con los otros significativos sino, también, su propia mente -rumiaciones obsesivas, angustias hipocondríacas, etc. Para proveer una ilustración: el circuito angustias persecutorias Þ evitación fóbica Þ inhibición Þ fracaso en logros narcisistas Þ deterioro de la representación del self Þ depresión, nos da ya una indicación del papel que las angustias persecutorias tienen en la determinación de algunas depresiones.
5) El papel de la identificación en la depresión
La identificación, además de intervenir como factor indirecto en la génesis de la depresión al entrar como elemento estructurante para cada uno de los factores por las cuales se puede llegar a la depresión, lo hace también de una manera directa: la identificación con padres depresivos es condición importante en la organización del carácter depresivo. La representación del sujeto como impotente para realizar lo deseado puede tener su origen en la identificación con un otro significativo quien, a su vez, se sintió impotente. Hay personas criadas desde su más temprana infancia bajo mensajes, transmitidos a través de mil formas, inconscientes y conscientes, del tipo "nosotros no podemos" o "jamás lo conseguiremos", lo que va siendo incorporado por el sujeto como una concepción de fondo que impregna todos sus deseos, haciéndoselos vivir anticipadamente como imposibles. Renuncia antes de intentar porque da por descontado el resultado negativo.
Respecto al poder depresógeno que pueden desempeñar padres depresivos, esto no se limita a la bien documentada correlación entre depresión parental y depresión filial, o a las consecuencias de la falta de respuesta adecuada que los padres depresivos tienen para las necesidades emocionales de sus hijos, ni a la atmósfera de tristeza y culpa que generan. A estas condiciones debemos agregar la identificación del niño, como rasgo caracterológico, con la depresión parental. Refiriéndose a esta cuestión, Anna Freud (1965) afirmó: "Lo que sucede es que tales niños alcanzan su sentimiento de unidad con su madre depresiva no mediante logros evolutivos sino mediante el reproducir en ellos el estado de ánimo de la madre"
Pero el papel de la identificación no queda restringida a intervenir en la construcción de la representación del sujeto; también lo hace en cuanto a la representación de la realidad. Las fantasías de los padres sobre la realidad, el hecho que vean a ésta como intrínsecamente frustrante, abrumadora o, por el contrario, como proveedora de placer, establece la forma en que inconscientemente el hijo/a se aproximará a ella, lo que esperará de esa realidad. Los estudios sobre análisis simultáneos de padres y sus hijos realizados en la Hamsted Child Therapy Clinic (Inglaterra), por dos analistas diferentes que no se comunicaban los resultados para no interferir en los respectivos análisis -había un tercero que actuaba relacionando los hallazgos- dan apoyo a la idea de que las fantasías parentales influencian la estructura del mundo emocional del niño pequeño). Así como hay una "culpa prestada" (Freud, 1923), también puede existir un "sentimiento de impotencia y desesperanza prestada", por identificación con padres que así se sienten.
El sentimiento de impotencia puede tener su origen en una condición diferente a la anterior: la persona no se identifica con el otro sino con la imagen que el otro tiene de ella: inoculación, por parte del otro significativo, de una representación del sujeto en la que se ve como incapaz, débil, defectuosa. No es el caso de explayarnos en ejemplificaciones pero basta con pensar en padres que transmitan "Déjamelo a mí, tú no puedes", para ir viendo cómo se genera en el sujeto dependiente una identidad de impotente.
6) Déficits yoicos: conflicto, identificación, simbiosis
El sentimiento de impotencia para la realización del deseo puede ser la consecuencia de un déficit real -no puramente un trastorno de la representación del sujeto- de recursos yoicos: capacidades cognitivas, expresivas, de captación de los estados emocionales propios y de los demás, instrumentales de organización del tiempo y de los múltiples aspectos de la realidad, de habilidades para iniciar y mantener relaciones interpersonales, etc. El psicoanálisis mostró cómo el conflicto es capaz de perturbar profundamente el funcionamiento yoico. También, a través de su estudio sobre papel de la identificación en la estructuración del psiquismo, dejó el camino abierto para estudiar los déficits yoicos que tienen a la identificación como causa: hay déficits por identificación con padres que lo presentan, pues nadie puede incorporar de los personajes significativos aquello que éstos no poseen.
Además de los conflictos que producen déficits yoicos, o la identificación con figuras parentales con déficits, ciertas simbiosis con un objeto significativo que usurpa funciones yoicas determina que éstas no se desarrollen. El yo, que se desarrolla en base a posibilidades madurativas pero también a las identificaciones y a las interacciones con un otro que permite el ejercicio de funciones, puede quedar mutilado si hay un trastorno en cualquiera de estas tres dimensiones.
7) La realidad externa traumática y la depresión
No cabe duda que el acontecimiento vivido adquiere siempre su significación merced a la fantasía desde el cual se lo capta y, a su vez, la fantasía no surge exclusivamente por pura generación intrapsíquica sino que hacen su contribución a ella los discursos parentales conscientes e inconscientes; más específicamente, las fantasías inconscientes de los padres. Proceso de continua ida y vuelta, de asimilación de lo externo por lo interno y de acomodación de lo interno a lo externo. Pero aunque la realidad exterior es mediatizada por la interna, existen situaciones en que aquélla resulta apabullante, jugando un papel central para la creación del sentimiento de desesperanza e impotencia. Las situaciones de sometimiento prolongado, sobre todo en las etapas tempranas de la vida -aunque para nada restringidas a éstas- a personas patológicas, sádicas y tiránicas, a enfermedades serias e invalidantes, a condiciones de abandono o desarraigo, a las mil formas del dolor físico o psíquico, se incorporan en el psiquismo como sentimiento de fondo que hace sentir a la persona que nada puede hacer frente a la realidad, vivida así como abrumadora). En consecuencia, cualquier esquema generativo que tratase de dar cuenta de la depresión quedaría carente de algo esencial sino se incluyera el papel que desempeña la historia real del sujeto, entendiéndose por historia real tanto los sucesos que le ha tocado vivir como los aportes externos a la construcción de la fantasía inconsciente, como por ejemplo la historia de las identificaciones con las fantasías inconscientes de los padres.
8) Transformaciones entre los distintos circuitos que conducen a la depresión
Aunque se puede llegar a la depresión a través de cualquiera de los circuitos mencionados, de forma independiente, siguiendo las encadenamientos de procesos propios de cada uno es posible que estos circuitos se articulen, que es lo que ilustra el diagrama adjunto, debemos diferenciar dos modalidades diferentes de articulación:
a) Como una serie complementaria, cuyos componentes sobredeterminan a la depresión; es decir, la depresión como el resultado de la participación simultánea de varios factores.
b) Como una serie secuencial en la cual un circuito produce consecuencias y movimientos defensivos, los cuales, en un paso ulterior, activan otro circuito o grupo de circuitos, lo que, a su vez, activa a otros, que pueden retroactuar sobre los precedentes. Una sucesión de pasos y circuitos que finalmente conducen a la depresión. Ilustremos esta sucesión de eslabones y transformaciones mencionando algunas pocas posibilidades (la bidereccionalidad de las flechas en el diagrama muestra las múltiples secuencias posibles de la articulación entre circuitos).
Un trastorno narcisista, y dentro de éstos el
perteneciente al subtipo en que el elemento central es la pobre representación
del self , que de por sí bastaría para podría producir depresión -el sujeto
se siente no valioso, inferior-, es dable que conduzca a ésta a través de
otros circuitos. Por ejemplo, para intentar contrarrestar el sufrimiento
narcisista dado por la pobre representación de sí, y sin que todavía haya
depresión, se ponen en marcha deseos agresivos destinados a cuestionar a los
otros frente a los cuales el sujeto se siente inferior o que tienen como
finalidad intentar dotar al sujeto de un sentimiento de potencia y de valía a
través de verse como temido por los demás -"mejor malo y destructivo, es
decir poderoso, que débil, inferior". Con lo cual el movimiento psíquico
pasa ahora a transcurrir por las vías que la agresividad impulsa, con todas las
consecuencias que ésta implica, entre ellas la depresión, como vimos en el
apartado agresividad/depresión.
Pero si, a partir del circuito de la agresividad, sea por proyección o por respuesta retaliativa en la realidad por parte del objeto externo agredido, se llegase a activar el circuito de las angustias persecutorias la llegada a la depresión podrá sobrevenir por las consecuencias que ese tipo de angustia acarrea.
O si la agresividad da lugar no a sentir al mundo como peligroso sino a que sea el sujeto quien se represente a sí mismo como peligroso y dañino para con sus objetos, al activarse el circuito de la culpa, con sus consecuencias de renuncia o de autocastigo masoquista, entonces serán éstas las vías privilegiadas por las que se encaminara el proceso psíquico hacia la depresión.
En otros términos, algo que comenzó por el
lado de una pobre representación del sujeto, al articularse con la agresividad
hace que el camino hacia la depresión ya no sea el que derivaría de la primera
sino de las sucesivas articulaciones que la agresividad pudiera ir estableciendo
-ninguna obligada- con otros componentes, los que tampoco existen como
componentes obligados, universales, en todo sujeto.
Por otra parte, un trastorno narcisista en el
subtipo pobre representación del self puede incidir en la producción de déficits
yoicos, los que como señalamos antes inician una vía propia hacia el
sentimiento de impotencia y desesperanza que se manifiesta como depresión.
Tomemos otro de los sectores del diagrama, el correspondiente a la identificación: cuando ésta tiene lugar con padres en quienes domina el sentimiento de impotencia, ello puede hacer sentir al sujeto que todos son más poderosos que él, llevándole a temer a las figuras externas, a renunciar a competir no por masoquismo moral sino por angustias persecutorias. Se activa entonces el circuito de éstas, las que pueden conducir a la depresión.
9) Utilidad del modelo modular de articulación de componentes
No es posible detenerse más en recorrer todos los sectores del modelo modular presentado para los trastornos depresivos ni las múltiples interrelaciones entre todos ellos. Lo que se desea resultar es la ventaja de conceptualizar de este modo las fuerzas que actúan en la génesis y mantenimiento de las depresiones, ya que permiten entender a las mismas en términos de procesos, no de categorías estancas, posibilitando penetrar en la descripción de cómo se pasa de un estado a otro, de las razones dinámicas de esas transformaciones, de los circuitos que se articulan para llegar a las mismas, y para sostenerlas en el presente. El mapa general de las depresiones (diagrama) no debe ser entendido exclusivamente en una dimensión histórico-biográfica, es decir, como circuitos que se fueron encadenando en el pasado, sino también, y esencialmente, como describiendo procesos actuales que mantienen las condiciones generadoras de depresión. Esta resulta de un continuo proceso de construcción: la persona no sólo se representa a sí misma como impotente por causa de una representación del pasado congelada en el psiquismo -ésta es una parte-, sino que las reglas bajo las que funciona su psiquismo le conducen, una y otra vez, a la reproducción del sentimiento de impotencia y desesperanza.
Un modelo general de los cuadros depresivos en términos de articulación de circuitos ayuda a entender los mecanismos que subyacen a lo que de otra manera aparecería simplemente como categorías de una taxonomía en función de las circunstancias o acontecimientos que desencadenarían las depresiones. Si ciertas circunstancias o acontecimientos vitales -muerte de un ser querido, pérdida de empleo, enfermedad, etc.- pueden generar un cuadro depresivo es, precisamente, porque son capaces de activar algunos de los circuitos que en el esquema presentado conducen a la depresión. Igualmente, si la familia o el entorno social más amplio pueden contribuir a la génesis de la depresión es porque actúan a través de los caminos que vamos describiendo. No basta afirmar que la familia o las condiciones de vida son capaces de producir depresión. Resulta necesario afinar la comprensión y descripción pormenorizada de cómo se ejerce esa influencia.
Además, este esquema integrado de los componentes en juego permite ubicar los sectores dentro de los cuales distintos autores han estudiado el fenómeno depresivo. Así, por ejemplo, Abraham primero y luego M. Klein centraron su análisis de la depresión en la relación agresión-culpa-depresión. Dentro de ese sector, hicieron indudables aportes, pero las aplicaciones clínicas de sus descubrimientos corren el riesgo de convertirse en reduccionistas si otros factores no son también tomados en cuenta. Esto no significa que sus investigaciones sean prescindibles, pues gracias a ellas tenemos una parte del mapa global. Tomemos a otro autor, Kohut, quien ha trabajado con riqueza clínica un subsector de depresiones narcisistas, describiendo las vicisitudes de la relación con los objetos-del-self, aunque subestimando el papel que la agresividad, la culpa, la angustia persecutoria y, sobre todo, el conflicto desempeñan en su génesis.
¿Qué muestra esto? Que en autores que son importantes, autores a los que debemos mucho, hay un cierto predominio del pensamiento monocausal: búsqueda de una causa única, fundante, elevada al papel de condición suficiente. Respecto a la necesidad de diferenciar subtipos de depresión, en " Duelo y melancolía" Freud tuvo la cautela de especificar que el mecanismo que describía -la introyección de la agresividad- correspondía a un tipo dentro del amplio campo de los trastornos depresivos, pero que habría otros a tener en consideración: «Estas elucidaciones plantean un interrogantes: si una pérdida del yo sin miramiento por el objeto (una afrenta del yo puramente narcisista) no basta para producir el cuadro de la melancolía, y si un empobrecimiento de la libido yoica, provocado directamente por toxinas, no puede generar ciertas formas de la afección» (p. 250). Dentro de igual orientación, en cuanto a mostrar la multiplicidad de subtipos de depresión, se encuentran los trabajos de Jacobson (1971), o la diferenciación, con consecuencias para la terapia, que Blatt realiza, Este autor ha desarrollado toda una línea de trabajo en que estudia la dependencia afectiva con respecto al objeto externo versus la dependencia frente al superyó como dos subtipos que, si bien puede presentarse como componentes que se mezclan, no es infrecuente que en un sujeto predomine uno de ellos. A aquellas personas para quienes lo que cuenta es satisfacer al superyó, Blatt las denominó "introyectivas" y a las que dependen del objeto externo, "anaclíticas". Lo que Blatt intenta mostrar es que los dos subtipos son sensibles a diferentes acontecimientos, padecen diferentes subtipos de depresión y responden también diferencialmente de acuerdo a la modalidad de psicoterapia que se emplee con ellos. Aquellos para quienes lo que cuenta es su propio superyó y que se guían por el logro de metas de realización personal juzgadas desde parámetros internos, siendo las relaciones interpersonales secundarias en sus vidas, la depresión se produce cuando fallan en conseguir los objetivos buscados fijados por el superyó, sean tanto de perfección moral como de cumplimiento de ambiciones en la realidad externa. En cambio, los sujetos dependientes del objeto externo, que viven de las vicisitudes de las pruebas de amor que éste pueda brindar o privar, será la pérdida del objeto amoroso la condición a la que reaccionarán con enorme sensibilidad. Para enfatizar las diferencias: por un lado el sujeto que no le importa qué es lo que pasa con su familia, que incluso se desentiende de ésta, pero que resulta vulnerable a la constatación de que cometió un error que su superyó perfeccionista considera testimonio de inferioridad. Por el otro, el "anaclítico", en los términos de Blatt, para quien si el objeto de amor le manifiesta su afecto todo está perfecto, independientemente de cualquier otra dimensión de realización personal.
Blatt concluye que los "introyectivos" al depender del superyó no se beneficiarán de la psicoterapia de apoyo: el afecto del terapeuta no representa nada para ellos mientras su superyó no les apruebe. Más aún, el apoyo les humillas y profundiza en la depresión pues les hace sentir que están necesitados de él. Solamente el análisis del conflicto psíquico, del superyó exigente o sádico, es capaz de producir un cambio. En cambio, los sujetos dependientes del objeto externo se rehacen rápidamente en la transferencia, se "curan" de su depresión rápidamente por el amor de transferencia, lo que les permite compensar en el vínculo terapéutico la pérdida del objeto de amor que es la que les condujo a la búsqueda del tratamiento.
Jacobson (1971) enfatizó que lo que distingue a la depresión neurótica de la psicótica y de la que presentan las personalidades borderline no es un problema del contenido temático sino de las características estructurales de sus componentes: el nivel del desarrollo del yo y del superyó, su grado de integración y la mayor o menor tendencia hacia la regresión y fragmentación; la tendencia a que el superyó asuma excesivo control sobre el yo, o a desintegrarse y fusionarse con las representaciones del objeto o del self; el grado de fusión patológica entre las representaciones del objeto y del self; las pulsiones -agresiva y libidinal- dirigidas a las representaciones del self y del objeto; los mecanismos de defensa implicados. Por otra parte, siguiendo a Freud, afirma reiteradamente su convicción acerca de la importancia de los factores biológicos en las depresiones psicóticas. Kernberg (1975, 1992) adopta, también un enfoque estructural más que sintomático para diferenciar las depresiones que se encuentran en los cuadros borderline, en la psicosis, y en otros trastornos caracterológicos como el masoquismo, otorgando un papel central a la agresividad.
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Fuente: http://www.psinet-iberica.com/emt/aplicaciones_clinicas_uno.html