LUIS F. AVILÉS
¿Para quién edifiqué torres; para quién adquirí honras;
para quién planté árboles, para quién fabriqué navíos?
¡O tierra dura! ¿cómo me sostienes?
Fernando de Rojas, La Celestina
l dolor cósmico
que expresa Pleberio en el discurso final de La Celestina es el momento
cuando nos enfrentamos a la destrucción total de un plan de vida quebrado por
las relaciones sexuales que dominan la ciudad en la que habita. El mundo, como
el terreno donde se erige un hogar, se convierte en arena que inexorablemente se
traga a toda una familia. La casa se derrumba como cayeron los cuerpos sin
confesión de Calisto y Melibea. Esta fragilidad de la casa frente a las
interrelaciones horizontales y fuertemente sexuales de la ciudad encuentra un
paralelo distante y a la vez significativo en la novela ejemplar El celoso
extremeño de Cervantes. Joaquín Casalduero, en su famoso estudio sobre las
Novelas ejemplares, ya había anunciado la importancia capital de la casa
en esta novela: “En la novela el protagonista es la casa” (171). Sin
embargo, estas palabras no han llevado a un estudio pormenorizado de las
implicaciones textuales que posee este edificio tan particular. El mismo
Casalduero le dedica pocos comentarios, llamándola “mina ratonil, que tiene
tres agujeros” (175), y de pasada catalogándola como “prisión” (176),
“convento sin espíritu” y “sepultura” (177, todos significados que
aparecen claramente en el texto). Forcione (35-36) y Julio Rodríguez Luis (6)
enfatizan las cualidades restrictivas de la casa como prisión.1
Peter Dunn se refiere a ella como un Hades (104). Molho la interpreta como un
cuerpo femenino violado por Loaysa. Ruth El Saffar ha señalado, aunque de forma
muy breve, la constitución comunicativa de la casa como objeto que transmite un
mensaje (44). Alison Weber la ha estudiado como representación de aspectos del
inconsciente de su dueño, a la vez que añade la doble analogía del espacio
del hogar como un cuerpo / matriz.2
Percas de Ponseti la interpreta como “imagen gráfica del alma de
Carrizales” (140). Más recientemente, James Fernández ha interpretado la
casa como un espacio colonial.3
Mi intención en el presente trabajo es estudiar
con detenimiento la casa como signo que se desplaza continuamente desde un
significante hasta otro. Como manifestación de un “habitar en el mundo,”
exploraré la manera en que ese espacio nos obliga a pensar el comportamiento
del lenguaje desde la perspectiva de la alegoría. En los múltiples
desplazamientos de sentido que va asumiendo el edificio encuentro variados
efectos en los personajes que son descritos por medio de alegorías del cuerpo.
En cuanto al personaje de Carrizales, la construcción de su proyecto personal
de vida se va a manifestar como intensificación de su melancolía en el momento
en que ese plan confronta serios problemas de adecuación que, necesariamente,
afectan la representación y la articulación lingüística en el texto. La
alegoría y la melancolía me ayudan a relacionar lenguaje, representación del
cuerpo y del edificio, enfrentamiento de los personajes con el espacio en que
habitan y el personaje del viejo celoso como sujeto atrapado en intentos y
maneras de vivir su vida. Mi objetivo es trabajar con la casa desde lo que podríamos
llamar, tomando prestado un concepto manejado por el antropólogo Yi-Fu Tuan, la
topofilia. Es decir, la continua y persistente representación de interiores y
exteriores que forma parte de una estética topo(gráfica) privilegiada por
muchos textos del Siglo de Oro. A este tipo de acercamiento Bachelard lo
denomina el topo-análisis.4
En la novela, la historia de Felipo Carrizales
comienza como movimiento, constante cambio de lugar y relaciones sexuales
asociadas con la pérdida de dinero. Es en Sevilla donde malgasta toda la
fortuna familiar (es hidalgo de padres nobles) y, finalmente, decide embarcarse
a las Indias como remedio a su nueva situación de penuria.5
Durante el viaje, en un momento de reflexión, concluye “tener otro estilo en
guardar la hacienda que Dios fuese servido de darle, y de proceder con más
recato que hasta allí con las mujeres” (100).6
Vemos cómo el personaje se dibuja con un pasado dominado por dos problemas
fundamentales: su manejo del dinero y su relación con las mujeres. A ambos se
va a añadir la característica del celoso extremo (102), lo cual nos hace
pensar inmediatamente que la densidad psicológica de Carrizales se asocia con
una necesidad de entablar relaciones con prostitutas como única forma de
acceder al cuerpo femenino (como una transacción monetaria o negocio que
implica la pérdida de dinero, pues el bien obtenido no es un producto que
genere ganancias sino que forma parte de una economía del placer).7
Luego de veinte años en el Perú, donde logra
amasar una fortuna considerable, Felipo Carrizales determina regresar a España
y establecerse en Sevilla (en otras palabras, es un indiano). Lo interesante es
que el espacio más alejado es el que proporciona a Carrizales mayor estabilidad
al menos con referencia al control de su dinero. A la vuelta, sin embargo, el
indiano confronta nuevamente esa preocupación por el dinero en el espacio de la
urbe sevillana: “si entonces no dormía por pobre, ahora no podía sosegar por
rico; que tan pesada carga es la riqueza al que no está usado a tenerla ni sabe
usar della . . .” (101). Esta inhabilidad para negociar su
estadía en Sevilla es clave para entender las decisiones que va a tomar el
personaje en el desarrollo de su historia.
Con respecto a sus relaciones con las mujeres,
Carrizales expresa el deseo de casarse y de tener hijos que hereden su nueva
fortuna, a pesar de su avanzada edad de 68 años (100). Un día, caminando por
las calles de Sevilla, ve en un balcón a una muchacha “de edad de trece o
catorce años” (102), llamada Leonora, con quien eventualmente se casa gracias
a que su familia es hidalga pobre y el dinero de Felipo logra salvar la
diferencia en edad. Esta decisión se da nuevamente en un momento en el que el
personaje se detiene a sopesar y reflexionar sobre lo que quiere hacer (ver nota
6), y no debe sorprender que dichos pensamientos giren sobre la dote y el
dinero, y la manera en que se va a relacionar con su futura esposa.8
Luego de la unión con Leonora, el texto nos informa que Carrizales demostró su
condición celosa por medio de dos acciones: la primera se refiere a la compra
de vestidos para Leonora y el problema de las medidas de su cuerpo (103); la
segunda señal la dio al querer “tenerle puesta casa aparte” (103), la cual
transformó de varias maneras. Dos objetos que se compran y se poseen, pero que
a su vez necesitan sufrir cambios suplementarios para que cumplan mejor una
función específica a la medida de su poseedor.9
En cuanto a su nueva casa, comprada en “un
barrio principal de la ciudad” (103), Carrizales efectúa unos cambios muy
importantes que quiero citar uno por uno:
cerró todas las ventanas que miraban a la calle, y diólas vista al cielo, y lo mismo hizo de todas las otras de casa. (103)En el portal de la calle ( . . . ) hizo una caballeriza para una mula, y encima della un pajar y apartamiento donde estuviese el que había de curar della, que fue un negro viejo y eunuco [llamado Luis]. (103-104)
levantó las paredes de las azuteas de tal manera que el que entraba en la casa había de mirar al cielo por línea recta, sin que pudiesen ver otra cosa. (104)
hizo torno que de la casapuerta [portal] respondía al patio. (104)
Compró un rico menaje para adornar la casa, de modo que por tapicerías, estrados y doseles ricos mostraba ser de un gran señor. (104)
compró, asimismo, cuatro esclavas blancas, y herrólas en el rostro, y otras dos negras bozales. (104)
Concertóse con un despensero que le trujese y comprase de comer, con condición que no durmiese en casa ni entrase en ella sino hasta el torno, por el cual había de dar lo que trujese. (104)
Hizo asimismo llave maestra para toda la casa, y encerró en ella todo lo que suele comprarse en junto y en sus sazones, para la provisión de todo el año. (104)
La casa viene a representar el producto de la
manifestación de dos fuerzas contrastadas que aparecen en el personaje de
Felipo Carrizales. Una de ellas emerge de una necesidad social que se vale del
matrimonio como forma cronológica de organizar una vida y que, para este
personaje, implicaría el logro de su deseo: la posibilidad de tener un hijo
heredero. La segunda manifiesta una característica psicológica muy personal e
individual, los celos extremos, cuya intensidad obliga al rechazo de la
secuencia temporal soltero / casado / hijo heredero impuesta por la cultura en
que vive. No cabe duda de que, al Felipo elegir casarse con Leonora, en realidad
lo que hace es apostar por aquello que, a nivel personal, le causará más
ansiedad, para así poder cumplir con un imperativo cultural que, a nivel
social, y en el momento en que ve a su futura esposa, se muestra como una
posibilidad real y deseable. La casa se convierte en el objeto diseñado para
poder enfrentarse a estas dos fuerzas —una cultural y otra individual— de
una forma “efectiva.” El personaje que la va a habitar se crea una forma de
“estar” en la ciudad.10
Pero cabría preguntarse en este momento lo
siguiente: ¿qué es una casa en los siglos XVI y XVII en España? ¿Existe una
especificidad histórica de las funciones de la casa, y si eso es así, en qué
medida se diferencian de los arreglos hechos por Carrizales? En esta época, el domus
se concebía como un espacio legal dominado por la autoridad del pater
familias, uno de los mecanismos de control social más importantes
establecidos en la temprana edad moderna.11
La casa también se insertaba en una red compleja de relaciones comunitarias. De
estar localizada en una ciudad (como es el caso de la casa de Carrizales en
Sevilla), las oportunidades de interacción con vecinos o desconocidos aumentaba
considerablemente, ya sea por el número mayor de espacios públicos de
encuentro (calles, plazas, puertas de entrada y salida, el mercado), como también
por la abundancia de actividades conducentes a la participación en grupo
(iglesia, teatro, carnaval, celebración de una victoria, llegada de la flota de
Indias).12
Aunque se puede decir con seguridad que los factores privatizantes inherentes al
espacio doméstico se intensificaron considerablemente con el paso de la Edad
Media al Renacimiento, este hecho sin embargo nunca canceló la participación
del núcleo familiar dentro de esta red de relaciones. Como muy bien lo ha
expuesto el historiador Chacón Jiménez: “Podríamos decir que la casa se
'mueve' y que a través de ella se pone en relación la red de amigos y
parientes” (27). Una situación muy similar a esta ocurría en Paris, donde la
vida familiar “was not withdrawn or self-centered” (Farge 574).13
Queda claro entonces lo que significa la casa
para Carrizales, vista desde una perspectiva historicista. Al elegir casarse,
este personaje decide establecer una relación cuya función es la de extender
los contactos comunitarios; y sin embargo Carrizales quiere romper esos lazos
solidarios que son consecuencia directa del matrimonio (los padres de Leonora
nunca pueden entrar en la casa, por ejemplo). A la vez, este personaje busca
protegerse de elementos externos (en este caso masculinos) e internos (control
del deseo latente de su joven esposa frente al cuerpo del otro, y que concuerda
con la idea de la inconstancia de la mujer que dominaba el pensamiento de la época).
En otras palabras, las características privatizantes del hogar se intensifican
de una forma desmedida que va en contra de las funciones sociales e históricas
que hemos descrito, aunque podríamos decir que el espacio privado comienza a
aparecer como un lugar incipiente de la individualidad manifestada como
anonimato. La casa entonces la debemos entender como la actualización de una estrategia,
tal y como Bourdieu define el término: una acción surgida de la reflexión y
planificación de un sujeto que confronta situaciones específicas que tiene que
resolver.14
Si es cierto que esta casa puede ser manifestación del inconsciente (como han
sugerido El Saffar, Molho y Weber), el espacio creado también procede de una
estrategia detallada y consciente del personaje para conseguir su deseo y evadir
en lo posible peligros reales que se le aparecen. Ahora bien, ¿en qué consiste
esa estrategia? En términos arquitectónicos, la casa presenta elementos
tomados de dos modelos: el del convento y el de la casa árabe. Diseñada hacia
adentro, con pocas ventanas que den a la calle, y éstas con celosías que
permiten la mirada hacia afuera pero no hacia adentro, la casa árabe se
convierte en un modelo primario del personaje, quien intensifica sus estructuras
privatizantes.15
De igual modo, la utilización del torno y la manera en que las mujeres
experimentan ese espacio en el que habitan se asociará consistentemente con el
convento.16
Sin embargo, la casa no es sólo un espacio privado, una estructura cerrada.
Como objeto que evita la penetración de la vista, su proyección externa en la
urbe sevillana adquiere la cualidad del enigma, imagen muy cercana a la alegoría.
Loaysa es el “improvisador,” definido por Greenblatt como el personaje que
moldea y manipula ciertos materiales y conocimientos que tiene a la mano para
conquistar (en sentido imperialista) un objetivo deseado (227-228).17
Improvisar implica en este caso el mecanismo diseñado para resolver o penetrar
el enigma.
Para el improvisador Loaysa, este edificio
cerrado es un enigma desde afuera. Para los personajes que viven en ella, se
convierte en un espacio que va a adquirir múltiples significados a través de
una cadena de contigüidades metonímicas asociadas con la alegoría. Ruth El
Saffar ya había señalado este punto: “The creation ( . . . ),
once externalized, becomes nothing more nor nothing less than an object, open to
many interpretations and always more expressive than the feelings motivating
it” (44). Mi intención en los párrafos que siguen es suplementar este atisbo
de El Saffar. Para demostrar la importancia de esta especie de movimiento de las
contigüidades y su relación con la alegoría, cito los significados que se van
entrelazando a medida que avanza la narración. El primer significado es el de
la muerte: “les pareció [a los padres de Leonora] que la llevaban a la
sepultura” (104); “yo mismo haya sido el fabricador del veneno que me va
quitando la vida” (133); “Yo fui el que, como el gusano de seda, me fabriqué
la casa donde muriese . . .” (133). El primer desplazamiento de
significados concuerda con el último que cierra la novela. Ambos se refieren a
la muerte: la casa como sepultura, veneno y nido del gusano de seda. El segundo
significado que adquiere es probablemente el más productivo, la analogía entre
la casa y un monasterio. Cito los ejemplos más significativos: “Desta manera
pasaron un año de noviciado y hicieron profesión en aquella vida” (106);
“No se vio monasterio tan cerrado, ni monjas tan recogidas” (106); “Alcé
las murallas desta casa, quité la vista a las ventanas de la calle, doblé las
cerraduras de las puertas, púsele torno, como a monasterio . . .”
(132-133).18
El tercer sentido despliega una serie de imágenes de tipo militar y que giran
en torno a la vigilancia y la prisión: “De día pensaba, de noche no dormía;
él era la ronda y centinela de su casa y el Argos de lo que bien quería”
(106); “después que aquí nos emparedaron, ni aún el canto de los pájaros
hemos oído” (114); “poniendo centinelas y espías si el viejo despertaba”
(115). Con una connotación mucho más sexual y que proviene de la cultura árabe,
la casa también encuentra un paralelo con el harén (“porque todas estaban
deseosas de ver dentro de su serrallo al señor músico” 120). Esta última
cita corroboraría nuestra interpretación del modelo árabe que imita la casa
de Carrizales y, más aún, sería una indicación de la apropiación que hace
el grupo de mujeres (al decir “su serrallo”) del espacio abierto del jardín
que está detrás de la puerta del torno. La referencia al espacio árabe, por
supuesto, se intensifica con la figura del eunuco.
Cervantes organiza un mosaico de sentidos que
generan una especie de constante erosión y transmigración de las imágenes. La
casa es, al mismo tiempo, prisión (lugar donde se encierran por castigo a las
personas que han cometido alguna ofensa social), monasterio (lugar de retiro,
recogimiento y enclaustramiento como forma de adquirir una educación religiosa
y vivir cerca de la divinidad), fortaleza militar (protección y defensa de un
territorio concebido como propiedad). Estos espacios comparten una función
disciplinaria, aunque en sentidos distintos y con objetivos que pueden
contrastarse. A estos habría que sumar la tumba, el harén y el reino (con sus
connotaciones de muerte, sexualidad, religiosas y geopolíticas
respectivamente). En su peregrinación, el significante “casa” pierde su
función doméstica tradicional no sólo para el narrador, sino también para
los personajes afectados por el encierro. En ese momento en que Felipo decide
echar raíces, no viajar ni hacer las peregrinaciones que caracterizaron su
juventud, buscar el estatismo y la inercia que le permitan reintegrarse a una
vida social, es aquí precisamente cuando su casa se convierte en un signo que
se le va escapando de sus manos, que viaja inevitablemente de un significante a
otro. Paradójicamente, ese viaje del significante encuentra sus metas en
significados asociados con el estatismo, la vigilancia y la muerte. El
desplazamiento de los signos nos lleva a la inercia de esos espacios que frenan
el movimiento de las personas contenidas en ellos. La alegoría, definida
tradicionalmente como un discurso que consistentemente hace alusión a otra
serie de contenidos que se perfilan como más significativos y de carácter
pedagógico, provocaría aquí un desplazamiento tan grave y centrífugo de los
sentidos que empieza a perder su función educativa y privilegiada para
convertirse en un signo fuera de control.19
Esta mise en abîme es algo parecido a lo que Joel Fineman postuló como
el deseo insaciable de la alegoría, su continua necesidad de articular y buscar
discursos analógicos. Si Felipo ha logrado construir una casa cuya función es
la de articular un espacio de protección frente a su postura agorafóbica (idea
sugerida por Williamson 799, aunque no desde la agorafobia), su cualidad de
objeto / significante despierta una cadena de interpretaciones (el allos
o la otredad alegórica con sus ramificaciones) que tendrían que definirse como
lecturas alternativas o paródicas de ese espacio. No es simplemente que la
alegoría busque su narrativa paralela como forma de privilegiar la temática
edificante de esos contenidos, sino que, en esta novella de Cervantes, el
allos se presenta como una red de posibilidades que en gran medida
desestabiliza la regularidad metonímica de las relaciones de contigüidad. ¿Cómo
conjugar espacios tan dispares como el monasterio y el harén, la fortaleza y la
sepultura? El narrador y los demás personajes se convierten en entes creativos
dialógicos que reaccionan frente a la arquitectura estratégica y monológica
de Felipo, otorgándole unas funciones semióticas a la casa fundamentadas en la
traslación creativa de sus sentidos. La casa, de ser un lugar, pasa a ser un
espacio, si seguimos una distinción muy útil que hace Michel de Certeau de
ambos términos (117). El crítico francés define el lugar (lieu) como
un locus cuyos elementos están distribuidos en una localización
definitiva y única, nunca superpuestos, y con una función distintiva. En
cambio el espacio lo define como la práctica y temporalización del lugar. En
otras palabras, el lugar vendría a ser la langue (sistema o códigos de
uso), mientras que el espacio sería la actualización física de ese lugar (el
acto, la práctica). El orden del sistema, que correspondería al lugar, se
desarticula por el dispositivo alegórico que hace que coexistan lugares con
funciones muy distintas como componentes de la casa de Carrizales. La estructura
privatizante de la casa se va destruyendo poco a poco desde su interior y con la
llegada de Loaysa, y el hogar empieza a recuperar las relaciones afectivas y
colectivas que caracterizan al espacio público externo que Carrizales ha
intentado cancelar con otro sistema rígido de vigilancia. Es por esto que se
concentran las alusiones al grupo de mujeres con frases como “la banda de
palomas” (utilizada dos veces en 124 y 126), vocablos como “caterva,”
“corro,” y específicamente la frase que sigue a la llegada de la dueña con
la llave: “la alzaron en peso, como a catedrático, diciendo '¡viva,
viva!'” (122). La frase apunta a un ceremonial público entre estudiantes (a
Loaysa se le llama, desde su entrada al establo y a la casa, maestro).
El derrumbe de las estructuras arquitectónicas
que sostienen el edificio sevillano se produce también por medio de las
relaciones comunitarias que la casa intenta precisamente cancelar. Lo
interesante es que ese derrumbe se logra por medio de la analogía fundamental
de la casa con un cuerpo. Ya había indicado que son Weber y Molho los dos críticos
que han estudiado el edificio desde esta perspectiva que se nutre del psicoanálisis.
Por mi parte, lo que me interesa ahora es acercarme a esos fenómenos lingüísticos
de tipo alegórico que aglutinan esta serie de imágenes, y estudiar las
implicaciones que tienen a la hora de representar los cuerpos de los personajes
en sí, atrapados dentro de las fuerzas cambiantes del lenguaje articulado por
el narrador. En cuanto hace su aparición el personaje de Loaysa, se inician una
serie de estrategias diseñadas para “comenzar a desmoronar aquel edificio”
(108). Son varias las maneras en que esto se logra: la música para tener acceso
primero al espacio del eunuco Luis y, luego, el uso de herramientas que darán
principio a la destrucción de las barreras arquitectónicas. Luego de quitar
“alguna tierra del quicio,” Loaysa dará a Luis “unas tenazas y un
martillo” para quitar “los clavos de la cerradura” (110). Las mujeres,
eventualmente, van a abrir un orificio en el torno para poder observar al
virote, lo cual cambia el objetivo de esta pieza arquitectónica como barrera
para la vista (no para el sonido). Paralelo a este desmembramiento de la puerta
y del torno, el cuerpo de Luis irá sufriendo desarticulaciones parecidas a las
que va sufriendo la casa: “Luis el negro, poniendo los oídos por entre
las puertas, estaba colgado de la música del virote, y diera un brazo
por poder abrir la puerta” (108, énfasis mío). Esta serie de sinécdoques,
donde las partes del cuerpo parecen adquirir independencia y desgajarse, forman
un paralelo con los cambios que van sufriendo las barreras que impone el
edificio.
El progresivo desgaje del cuerpo y de las “piezas” que arman la casa va a
afectar a todos los personajes que viven en ella.20
La analogía casa / cuerpo no termina aquí. Las
ramificaciones de sentidos son aún más diversas si tomamos en cuenta que hay
una estrecha vinculación entre la música y el canto, la voz, y la comida. El
espacio que ocupa Luis y el torno son obvias alegorías de una boca, el lugar
por donde entran los alimentos a la casa: “de la noche antes, por una cédula
que ponían en el torno, le avisaban [al despensero] lo que había de traer otro
día” (105); o sea, la cédula es la voz de la casa que pide al despensero la
comida que se desea. Son aún más ricas las alusiones al canto, la comida y la
boca con respecto a Luis. De tanto deseo de aprender a tocar, el eunuco nos dice
que “ya me comen los dedos por verlos puestos en la guitarra” (111); Loaysa
le recomienda “no comer cosas flemosas” porque dañan la voz (111); cuando
entra el virote “le puso una gran bota de vino en las manos y una caja de
conserva y otras cosas dulces” a Luis (112); también el virote lo besa dos
veces en el rostro y lo abraza.21
La casa es un locus de la comida, de la ingestión de alimentos, incluso
para las mujeres: “[Leonora] pasaba el tiempo con su dueña, doncellas y
esclavas, y ellas, por pasarle mejor, dieron en ser golosas, y pocos días se
pasaban sin hacer mil cosas a quien la miel y el azúcar hacen sabrosas”
(105). Podríamos decir que el espacio ocupado por Luis y el torno son imágenes
de un tracto digestivo por donde entra la música, la voz del improvisador, la
comida dulce junto con el vino, y todo aquello que desembocará en la concepción
de la casa como el veneno que fabricó el mismo Carrizales.22
¿Y por qué es significativa esta interpretación
del espacio de la casa como cuerpo? Las privaciones que ocasiona el edificio en
términos de experiencias para sus habitantes femeninos y masculinos se traducen
en el hambre de conocimiento que tiene necesariamente que entrar por la
puerta. La prisión, como privación, hace que el deseo se manifieste en el
intento no de salir, sino de permitir entrar ese “canto de los pájaros” que
hace tiempo falta a los oídos (el canto del maestro Loaysa). Los agujeros y
rupturas están diseñados como nuevas bocas por las que se satisfacen esas
necesidades que crea el encerramiento. Así, las alegorías del cuerpo y de la
comida se presentan como el hambre de Luis y unas mujeres carentes de
experiencias significativas, incapaces de tener alimento para los sentidos,
alejados de doctrina y de los mecanismos necesarios para interactuar en el mundo
social que está fuera de las puertas. En esta especie de panal de abejas donde
lo que se come es dulce, la casa hace que el mundo exterior se convierta en otro
enigma que se intenta experimentar a través de una movilización de fuerzas
centrípetas: comer alimentos, traer la experiencia de afuera hacia adentro,
manifestar los lazos comunitarios del grupo de mujeres que la casa intentó
cancelar, invitar a un maestro que mostrará lo que es el mundo que no se ha
visto.
Se puede postular que las fuerzas que dominan los
movimientos afectivos de los personajes son las mismas que, sin duda, dominan
los desplazamientos alegóricos que he mencionado. Si partimos de los señalamientos
de Fineman, la palabra clave aquí sería el deseo: la constante búsqueda de
satisfacciones que requiere de un movimiento desde un espacio negativo (carente
del objeto deseado) hasta el lugar que provea las necesidades que se requieren.
La escritura alegórica, como los personajes, se caracteriza por ese constante
movimiento de un sentido (de una situación) a otro. De estas mismas cualidades
participa Loaysa, cuyos múltiples nombres y su capacidad de asumir diferentes
roles dan testimonio de su constante peregrinación semiótica: es un virote, músico
mendigo, Orfeo, demonio, ángel (117), amante y maestro. De más está decir que
estos fenómenos alegóricos (o quizás sería mejor decir estas particulares
manifestaciones centrífugas de la alegoría), socavan considerablemente la
función didáctica de la novela ejemplar, privilegiando la textualidad como
manifestación artística en su textura misma. Esta aparición de un discurso
alegórico de cualidades textuales muy significativas implica que, en nuestro
caso, el análisis cultural o topo-análisis no puede obviar la productividad
literaria que sufren instituciones y contenidos sociales en los textos
literarios. La alegoría como desplazamiento metonímico de signos contiguos es
precisamente el mecanismo que enriquece la representación, creando variaciones
y colapsando esos contenidos sociales que, de cualquier manera, no pueden dejar
de ser analizados desde la vertiente cultural. En otras palabras, la casa tiene
que estudiarse desde su vertiente social (sus funciones particulares para una época
dada) y desde sus ramificaciones alegóricas como transmisores de una
productividad textual que destruye funciones monológicas del lugar para recrear
una verdadera poética dialógica del espacio, para usar la terminología de
Bajtín y de Certeau.
Como vemos, el espacio que crea la casa despierta
en todos los personajes la necesidad de redefinir, desde su individualidad, lo
que ese espacio significa para ellos. Y, para desgracia de Felipo, esas
definiciones son lo más alejado posible de las funciones que dio a su casa,
invadida ahora por sus usos comunitarios que hacen que fracase el hogar como
espacio de una incipiente integridad psicológica y resguardo individual que se
vale del anonimato urbano, postura que se acerca mucho a las ideas de Bachelard.23
Para estas mujeres, el espacio doméstico es un no-lugar, concepto definido por
el antropólogo Marc Augé (77-79) como un locus que ha perdido toda
conexión con su función simbólica y comunitaria, y se ha convertido en un
lugar donde no ocurre nada, donde no hay nada que hacer excepto comer dulces y,
en el caso de Leonora, hacer muñecas: “dio con su simplicidad en hacer muñecas
y en otras niñerías” (alusión a la impotencia de Felipo y a su vejez, pues
ha pasado un año desde que se casó con Leonora y no hay señales de un hijo).24
Otra forma en que se intensifica este extrañamiento
de la casa es a través de la coincidencia de elementos culturales que provienen
de la periferia, de la distancia, y que J. Fernández ha estudiado como
elementos coloniales (contenido árabe, los africanos hechos esclavos, sistema
de vigilancia imperial). La casa funciona como una especie de aleph
cartográfico, como el cuadro de Holbein Los embajadores, quienes
aparecen rodeados de libros e instrumentos de navegación que remiten a la
distancia imperial concentrada en el escritorio. La coincidencia en un mismo
lugar de una pluralidad cultural contribuye decisivamente a transformar la casa
de un “lugar” a un “espacio,” siguiendo las definiciones de Certeau. Las
relaciones basadas en la esclavitud y la sujeción, al final, serán canceladas
por la apertura que sufre la casa y los efectos que tienen las acciones de los
demás en Felipo Carrizales, siendo este último el personaje más afectado por
la penetración de Loaysa. Pero los efectos en Carrizales son mucho más
complejos de lo que podría pensarse a primera vista, y es en él donde se
desarrolla una nueva productividad literaria que afecta de manera directa al
movimiento alegórico que he descrito.
El personaje del viejo Carrizales es representado
con cierto relieve psicológico en la novela. Es bastante distinto al tipo que
esperaría el lector (como aparece claramente en el entremés El viejo celoso).
Las indicaciones que nos ofrece el narrador sobre lo que fue su pasado de
prodigalidad, malgasto de la hacienda y problemas con las mujeres (lo que R. El
Saffar denominó la prehistoria del personaje, 42), resultan significativas ya
que expanden el tipo folklórico del viejo celoso. Más aún, esa profundización
se intensifica de manera crucial en el momento en que Felipo presencia a su
esposa dormida con el que cree su amante, y comienza a sufrir una serie de
problemas con su cuerpo que le hacen perder su capacidad física y verbal,
incapaz de articular una narración correcta de la escena a la que se enfrenta:
“Sin pulsos quedó Carrizales con la amarga vista de lo que miraba; la voz se
le pegó a la garganta, los brazos se le cayeron de desmayo, y quedó hecho una
estatua de mármol frío; y aunque la cólera hizo su natural oficio, avivándole
los casi muertos espíritus, pudo tanto el dolor, que no le dejó tomar
aliento” (130). Su intento de tomar una venganza, que el narrador describe
como posibilidad efectiva y justificada, no se realiza.25
La cita describe el mal del indiano como una intensificación de su constante y
siempre presente melancolía.26
Esta intensificación de la melancolía se combina con una cólera que no logra
avivar del todo la capacidad motora del cuerpo. Teresa Soufas, citando múltiples
ejemplos de tratados médicos peninsulares, ofrece como características del
humor melancólico la “contemplation, rumination, and excessive mental
activity” (4). Esto concuerda con la serie de citas que describen los momentos
en que el personaje se detiene para reflexionar con sumo cuidado las acciones
que guiarán su conducta. La melancolía guardaba también una estrecha relación
con el espacio y sus funciones. Al respecto, Soufas cita a Bridget Gellert
Lyons:
The melancholy man was described as haunting dark places, as being shut up in caves and dens, and as fleeing the light of the sun. The heart that was oppressed by gross and heavy melancholy humours was imprisoned, just as the melancholic himself was. There was no clear line of distinction between fact and image, or between the state of the melancholic's mind and the landscape that he inhabited or projected. (11-12)
La cita corrobora la relación tan importante entre espacio y melancolía, unidos en un texto que insiste magistralmente en explotar los paralelismos topográficos y psíquicos de la representación. El melancólico se construye su propio espacio, aislándose y, de paso, cortando las vías de comunicación, aunque ese mismo corte resulte en otra forma de comunicación distinta. A estos señalamientos se debe añadir el hecho de que Carrizales, como viejo y celoso, es susceptible y candidato fuerte a sufrir de melancolía. Soufas (91-92) cita múltiples ejemplos de esta relación entre el viejo, los celos y la melancolía.27
Desde una perspectiva más contemporánea, y
que no entraría en conflicto con el saber médico de los Siglos de Oro, la
fuerte experiencia que afecta negativamente la capacidad motora del cuerpo de
Carrizales presenta un paralelo con lo que Kristeva ha denominado la
“asymbolia” o retardación lingüística que produce la melancolía, o lo
que también podríamos llamar, siguiendo ahora a Barthes, la “fatiga del
lenguaje”.28
Estas son características que ya estaban presentes en otros personajes
literarios (el encierro de Calisto, por ejemplo; la melancolía de Don Quijote,
el personaje de Hamlet) y en los tratados de medicina amorosa (véase Schleiner
339). Felipo Carrizales llega a reconocer su error y a ser liberal en la
distribución de sus bienes, pero sólo a raíz de una interpretación errónea
de la escena, pues Leonora no le fue infiel.29
Paralelas a la postura final de Pleberio en La
Celestina, las últimas palabras de Carrizales se convierten en una suerte
de despedida, pues la melancolía ha socavado su capacidad para armar una
historia correcta de los hechos y es la manifestación de esa fatiga del
lenguaje que mencioné unas líneas atrás. La melancolía funciona también
como una especie de espejismo que se interpone entre lo que se ve y lo que se
interpreta, una dislexia temporal que no logra unir la imagen que entra por la
retina con la acción que ocurrió en el pasado y que organizó la escena en el
cuarto, y que le impide interpretar correctamente las lágrimas de Leonora
(132). El viejo muere sin comprender de lleno lo que ha observado, pero más
fundamental que esto es la posibilidad de interpretar su postura final como un
efecto de su incapacidad de resolver los problemas que ocasionaron precisamente
la pérdida de su herencia familiar, su obligado viaje a las Indias, y sus
persistentes problemas con las mujeres, lo que sí considero la verdadera
prehistoria del personaje y que nunca aparece ni confrontada de lleno por el
narrador ni resuelta, sino meramente señalada.30
La prehistoria es el filtro distorcionado que afecta la interpretación de lo
que Carrizales observa en el cuarto. Al final, es el narrador el que facilita
los deseos del indiano de convertirse en ejemplo para los lectores. Sin embargo,
aunque hay un elemento claramente didáctico en la novela, éste aparece
altamente ironizado y problemático, como muchos otros narradores que tanto
gustan a Cervantes. El narrador no se presenta como un instrumento adecuado pues
no satisface la seriedad del último discurso del personaje (es un narrador
bastante irónico, dialógico, que participa junto con los demás personajes de
los continuos desplazamientos alegóricos), sólo tiene el poder de señalar la
prehistoria sin entrar de lleno en ella, y tampoco conoce a fondo las acciones
de los personajes que construye, como veremos más adelante.
Me parece que la novedad del personaje de Felipo
proviene directamente de una voluntad de hacerlo más complejo por medio de una
melancolía que viene arrastrándose desde la prehistoria del indiano y que
desencadena las acciones de Loaysa y de los habitantes de la casa. Como
consecuencia de esto, nos vemos obligados a considerar el final como los
estragos de unas fuerzas culturales que dominan y delimitan lo que son los
sujetos masculino y femenino (los códigos que enmarcan las acciones de
Carrizales), a la vez que nos hace considerar la manera misma en que se exploran
nuevas fronteras del relato en su presentación de personajes.31
Contrario a la venganza del deshonor típica de la comedia, por ejemplo, donde
la sangre tiene que correr para que el mundo pueda recomponerse (Cascardi 63-64;
o sea, una preferencia por la cólera), aquí la voz del narrador, que como
vimos justificaría ese tipo de venganza, es contradicha por las acciones del
personaje mismo.
Leonora tampoco hace lo que se esperaría de
un relato novelesco: no tiene relaciones con Loaysa a pesar de la negatividad
inicial que muestra el narrador: “Leonora se rindió, Leonora se engañó y
Leonora se perdió, dando por tierra con todas las prevenciones del discreto
Carrizales . . .” (129).32
En la primera versión de la novela (el manuscrito Porras), Loaysa logra gozar
de Leonora y, al parecer, esta cita es un recuerdo de esa antigua versión. Lo
interesante del cambio, que demuestra el empuje experimental de Cervantes, es
que ha desconcertado a la crítica pues queda fuera de las expectativas de
estos, ya que las acciones del personaje femenino se convierten en un enigma. De
forma paralela a la “asymbolia” o fatiga de Carrizales, la crítica ha
encontrado una verdadera barrera interpretativa, como si el crítico
experimentara, en la escena de la lectura, el enigma de la escena presenciada
por Felipo. Una de las respuestas más interesantes y, a mi modo de ver, más
controvertibles que se han dado a esta “falta de verosimilitud” es la
expuesta por Américo Castro (214) y aceptada por Sieber, Forcione y Percas de
Ponseti: Loaysa es un afeminado o un impotente, lo único que explicaría para
estos críticos que Leonora lo rechace y/o que Loaysa no la fuerce.33
Al final, y como ya habíamos indicado, el narrador también ha confrontado
problemas con este personaje femenino: “Sólo no sé qué fue la causa que
Leonora no puso más ahínco en desculparse y dar a entender a su celoso marido
cuán limpia y sin ofensa había quedado en aquel suceso . . .”
(135). En este sentido, los críticos y el narrador se enfrentan con problemas
fundamentales en la organización de los hechos y en la lectura.34
Si la alegoría se define como la peregrinación de las palabras en busca de
unas narraciones ilustrativas que ayuden a descifrar el enigma, al final hay
toda una serie de escamoteos de esa verdad que nunca llega a saber Felipo y que,
de forma paralela, sufre de la misma ininteligibilidad cuando la crítica se
enfrenta a la organización de los hechos que hace el narrador en la versión
final del manuscrito.
Al final de la obra nos enfrentamos con los
estragos de la melancolía, con los efectos devastadores de toda una serie de
estrategias e improvisaciones que encuentran su repercusión en el desgaste del
cuerpo (continuos desmayos que sufren el indiano y Leonora), en la casa ahora
abierta y la entrada del mundo exterior (los padres, el escribano como
representante de lo legal, y eventualmente el narrador), en fin, en la
incapacidad de improvisar más, con la excepción de la experimentación verbal
y narrativa que lleva a proponer un nuevo artefacto cultural: una nueva función
creativa para la novela a través de una concepción productiva y dialógica de
la alegoría en sus manejos del espacio.35
En las decisiones narrativas que he señalado, el texto intenta explorar
alternativas de acción para sus personajes como una manera de moldear y ahondar
en los límites de la forma y de los horizontes de expectativa de los
receptores.
NOTAS:
1 Forcione
la llama “a false paradise of confinement” y “a monstrous machine of
confinement.”
2 Describe la casa
como un “Undifferentiated body cavity which denies the need for elimination”
(44).
3 “Carrizales's
house can be viewed as an ínsula inhabited by a racially diverse group
of natives, who are maintained in perpetual childhood —reinforced through the
candy and dolls— not by any innate incapacity but by the zealous, jealous, and
extremist precautions of the indiano governor Carrizales” (974).
4
Yi-Fu Tuan peca de no citar el famoso estudio del filósofo francés La poétique
de l'espace, traducido ya al inglés en 1964. Ambos libros se dedican a
estudiar el espacio en sus vertientes más positivas. Tuan se encarga de
explorar “the affective bond between people and place or setting” (4). De
manera similar la concepción de la casa en Bachelard está íntimamente ligada
a imágenes de protección e integridad psicológica. De hecho, Bachelard nos
dice que el espacio hostil casi no se mencionará en su trabajo (xxxii). El
asocia ese espacio con la guerra y el combate. Quisiera puntualizar aquí dos
cosas antes de proseguir. Primero que nada, quiero distanciarme de una concepción
demasiado positiva e individualista del locus de la casa, ya que no
concuerda con una infinidad de textos en que las casas son, como para Pleberio,
lugares cuya protección e integridad han sido demolidas por fuerzas ajenas al
espacio íntimo. Además, dentro de la evolución del sujeto en el espacio del
hogar, la casa no siempre ha sido un espacio que produzca recuerdos positivos.
Por eso la huída del pícaro, por eso el aburrimiento de Don Quijote, por eso
los traumas psicológicos originados en las tempranas relaciones familiares. En
segundo lugar, cuando tomo prestado el término topofilia, lo utilizo en
referencia a un gusto particular que demuestran infinidad de textos del Siglo de
Oro español, cuya estética está ligada insistentemente a representaciones
espaciales como generadoras de actividad.
5 Para la descripción
de las Indias Cervantes utiliza una serie de apelativos irónicos importantes
que forman parte de un estilo particular que extiende y promueve las analogías
en forma de enumeración. Las Indias se definen como remedio, refugio, amparo,
iglesia, salvoconducto, pala y cubierta, añagaza y engaño (todos en la pág.
99 de la edición de Harry Sieber. El número de página de esta edición
aparecerá en el texto entre paréntesis. Consulto también la ed. de
Avalle-Arce que contiene el manuscrito Porras). Luego veremos que la misma
tendencia aparecerá a la hora de describir los atributos de la casa.
6 Este momento
reflexivo se asemeja al tema del movimiento y autoevaluación que aparece en el
soneto I de Garcilaso (Avilés). Lo vemos también en Antonio de Guevara: “El
hombre prudente y cuerdo, si piensa una hora en lo que ha de decir, ha de pensar
diez en lo que ha de hacer” (142-143). Esta especie de autoanálisis será
utilizado varias veces en la novela.
7 No
podemos despistarnos con las palabras del narrador sobre estos hechos: “Y por
concluir con todo lo que no hace a nuestro propósito” (100). Ese “no hace a
nuestro propósito” tendería a desviar la atención de una temprana historia
del personaje que, como veremos, es fundamental para el desarrollo de la novela.
8 Esa relación se
define como encerramiento: “Casarme he con ella; encerraréla y haréla a mis
mañas, y con esto no tendrá otra condición que aquella que yo le enseñaré”
(102). Volviendo sobre la reflexión privada nos dice el narrador: “Y así
hecho este soliloquio, no una vez, sino ciento . . .” (103).
Esta manera de pensar antes de tomar decisiones es un indicio fuerte de la
dificultad que el personaje enfrenta al tener que actuar dentro de unos códigos
culturales muy específicos, característicos de una sociedad urbana. Se
manifiesta a través de un recurso literario bastante extendido en la narrativa
de la época y que Cervantes utiliza en, por ejemplo, el famoso episodio de
Sancho Panza y el (des)encuentro con Dulcinea (Don Quijote II, 105-106).
Sobre esto volveremos más adelante.
9 Los
vestidos, hechos a la medida de una mujer pobre que sirvió de sustituta al
sastre, “fueron tantos y tan ricos, que los padres de la desposada tuvieron
por más dichosos en haber acertado con tan buen yerno, para remedio suyo y de
su hija. La niña estaba asombrada de ver tantas galas . . .”
(103). Se concluye de la cita que los vestidos tienen un efecto hipnótico tanto
para los padres como para la “niña.” La compra de la ropa responde pues a
una funcionalidad retórica de convencimiento y persuasión.
10 Por eso, en las
citas que describen la casa, dominan los verbos como “cerró,” “hizo,”
“levantó,” “compró” (utilizado varias veces), “herrólas” y
“concertóse.” Todos ellos describen acciones necesarias para poder vivir de
acuerdo a unos imperativos individuales.
11 En su famoso
libro, Lawrence Stone estudia el incremento que él ve, tanto en países
protestantes como católicos, de los mecanismos de control patriarcal y su
asociación directa con la consolidación del estado absolutista (109-146). A
las mismas conclusiones llega Yves Castan con respecto a Francia: “A solid
family structure formed the foundation of the state” (62), y esa estructura
estaba dominada por la resignación y sumisión de la esposa ante el marido
(61).
12
La vida en la aldea, según Guevara, también debía integrarse dentro de un
tejido extenso de relaciones. De hecho, Guevara anota los peligros de la vida
solitaria y privada, la cual puede estar íntimamente relacionada con el vicio
(ver capítulo 4; sobre la soledad y el vicio, véase la pág. 151). Lo
interesante aquí es que Carrizales rechaza volver a su pueblo natal
precisamente porque la comunidad lo asfixiaría, en especial si ahora es rico:
“era ponerse por blanco de todas las importunidades que los pobres suelen dar
al rico . . .” (102). La ciudad para este indiano empieza a
definirse como un locus que posibilita “la privacidad” a través del
anonimato, hecho que no contradice lo que he dicho arriba sobre las relaciones
comunitarias que permite el espacio urbano. Maravall ha señalado esta noción
de privacidad y soledad en la gran ciudad, quizás otorgándole un énfasis
demasiado fuerte: “La aglomeración [ . . . ] en la gran
ciudad [ . . . ] trae consigo un distanciamiento de persona
a persona, crea en torno a cada uno un cinturón de aislamiento” (260-61).
Pero, como veremos, esta privacidad confrontará problemas serios con los
personajes que rodean la casa y los que viven dentro de ella.
13 Cito más en
extenso a Farge: “[la familia] knew no intimacy in the current sense of the
word. It was open to the outside to the extent that it could not sustain itself
otherwise. Among the nobility of court and robe family was a matter of lineage,
title, landed property, inheritance, primogeniture, and blood” (574). La
situación de la familia en España era muy parecida, con algunas distinciones
muy importantes que tenían que ver con las consideraciones de limpieza de
sangre que producen mayor ansiedad a la hora del matrimonio. Las relaciones que
menciona Farge aparecen en El celoso: “Ellos [los padres de Leonora] le
pidieron tiempo para informarse de lo que decía, y que él también le tendría
para enterarse ser verdad lo que de su nobleza le habían dicho” (103).
14 En particular me
interesa aquí la idea de Bourdieu al relacionar estrategia y tiempo (en Outline
of a Theory of Practice, 4-9). Son múltiples los momentos en que Carrizales
retarda la consecución de sus deseos. El tiempo que le toma reflexionar (las
cien veces que piensa si casarse o no), el tiempo necesario para hacer las
averiguaciones sobre los suegros, el tiempo requerido para hacer los arreglos de
la casa, todas son instancias en que entra en función un mecanismo estratégico.
Yo diría que la estrategia se hace más visible en este caso, ya que el
matrimonio de Carrizales es bastante distinto a la norma, ya sea por la
diferencia en edad como por las particularidades psicológicas del personaje.
15 Ya esas características
habían sido utilizadas por Cervantes en la historia de Ruy Pérez de Viedma en Don
Quijote (I, cap. XL).
16 Hasta donde
tengo entendido, nadie ha desarrollado la posibilidad de ver en esta novela
alguna alusión crítica o paródica a la intensificación de los requerimientos
religiosos del claustro que, como se sabe, aumentaron hacia el final del siglo
XVI y la primera mitad del XVII (Mario Rosa). Son incontables las veces que
Santa Teresa, en su Libro de la vida, describe el convento como una casa
(véase el estudio de María Carrión, págs. 123-160). Edwin Williamson ha señalado
de pasada la posibilidad de que exista una “parodia del lenguaje divino”
(799). No es el momento de explorar con detenimiento este tema, aunque presenta
posibles frutos.
17
Este punto ya ha sido señalado por J. Fernández (975).
18 Hay otros casos
en que el texto articula significados religiosos. Por ejemplo, poco antes de
entrar Loaysa a la casa les dice a las mujeres “cuando esté dentro veréis
milagros” (112). Los juramentos que tiene que hacer el virote antes de entrar
(“vuesa merced nos ha de hacer primero que entre en nuestro reino un muy
solene juramento . . . ,” pág. 123), las constantes
alusiones al demonio, la mención particular de las palomas, el torno y las
gateras, todo tiene un contenido religioso.
19 Joel Fineman
describe esta tendencia de la alegoría a privilegiar unos contenidos sobre
otros como la dominación del tema por sobre la narración (28).
20 Recordemos que
Loaysa también participa de este desmembramiento cuando activa su plan de
invasión de la casa: “Quitóse un poco de barba que tenía, cubrióse un ojo
con un parche, vendóse una pierna estrechamente, y arrimándose a dos muletas
se convirtió en un pobre tullido tal, que el más verdadero estropeado no se le
igualaba” (107). La diferencia estriba en que Loaysa irá recuperando su
integridad corporal (“dejando las muletas, como si no tuviera mal alguno,
comenzó a hacer cabriolas,” 112; “no estaba ya en hábitos de pobre,”
117), a la vez que su música intensificará el derrumbamiento del cuerpo de los
demás: “No quedó [ . . . ] moza que no se hiciese
pedazos” (115); “se comenzaron a hacer pedazos bailando” (125). Mas
adelante comentaré los efectos en Carrizales.
21 Luis sufre mayor
desmembramiento por la naturaleza de lo que come: “aunque con dulce, bebió
con tan buen talante de la bota, que le dejó más fuera de sentido que la música”
(113). Aquí, estar fuera de sentido forma parte de la desarticulación del
manejo correcto del cuerpo. Podríamos decir que, a nivel material, la casa se
destruye por medio de objetos como las herramientas y la llave. Los cuerpos, por
otro lado, sufren cambios gracias a la música, lo que se ingiere, y el ungüento
para dormir a Carrizales. En cuanto a la práctica textual (la escritura), la
transmigración de los sentidos por medio de la alegoría es el elemento
principal en la representación de esta destrucción.
22 James Fernández
habla incluso de canibalismo en el momento en que las mujeres, al ver a Loaysa,
“poetically and collectively dissect him and cook him up” (974).
23 Sin embargo, no
podemos olvidar que la descripción que hace Bachelard de la casa responde a un
período histórico muy alejado de la época en que escribió Cervantes. El crítico
francés nos habla de un espacio caracterizado por una individualidad que no
existía en los Siglos de Oro. Quizás lo que nos demuestre la lectura de
Bachelard es, precisamente, la ilustración inequívoca de la incapacidad y el
fracaso del espacio individualista en el texto de Cervantes, cuya función
protectora del ser no puede ser articulada.
24 Estoy totalmente
de acuerdo con la observación que hace Percas de Ponseti al corregir a gran
parte de los críticos que interpretan este hecho como “juego” (144).
Ciertamente no es lo mismo jugar que hacer muñecas. El producto de la
construcción de una muñeca es la obvia alusión a la creación de ese objeto
(el hijo/a) que nunca llega. De todas maneras, aquí la mención de las muñecas
se refiere a esa práctica cultural de ir preparando, con el juego, a la mujer
en su rol de madre y en su entrada a la sexualidad.
25 El narrador nos
dice: “[Carrizales] tomara la venganza que aquella grande maldad requería,”
y luego llama a la venganza una “determinación honrosa y necesaria” (ambas
citas en 130). Para El Saffar, la falta de una resolución violenta y previsible
expande y sobrepasa al estereotipo del esposo celoso (48).
26 A. Weber es,
hasta donde tengo entendido, la única que menciona la melancolía como
componente de la personalidad de Felipo, pero lo hace muy de pasada, en la última
nota de su artículo (nota 23, pág. 50).
27 Sobre la relación
entre la cólera y la melancolía, llamada “cólera adusta,” véase Soufas
(19-20). Cervantes, aunque se vale de la teoría de los humores para construir a
su personaje, no permite que estos códigos de la personalidad dominen por
completo su creación, logrando sobrepasar el modelo puramente médico.
Carrizales no está totalmente dominado por la cólera a raíz del impacto tan
violento de lo que ve. El autor privilegia el lado melancólico ya que
intensifica el carácter “trágico” del final del personaje.
28
Kristeva define esta dificultad que el sujeto confronta con el lenguaje como una
“loss of meaning: if I am no longer capable of translating or metaphorizing, I
become silent and die” (42). En el caso de Barthes, la frase la utiliza para
describir la tautología que caracteriza al fenómeno de la fascinación, o la
impotencia del lenguaje al hablar de aquello que adoramos (20-21). La utilizo
aquí con un sentido distinto: es la unión de la fatiga corporal del sujeto
melancólico con el freno en el lenguaje y la voz (su incapacidad para generar
discurso).
29 Para el celoso
“the faulty interpretation of sensory evidence is the central issue,” fallo
interpretativo que proviene de su intelecto hiperactivo que “disrupts the
balanced functioning of [the mental] faculties” (Soufas 90). Kristeva (6-7)
también describe la relación estrecha que existe entre el pensamiento filosófico
y la melancolía.
30 Para mí, la
prehistoria es esa zona del personaje que nunca hace acto de presencia excepto a
través de un residuo proveniente de un pasado escondido. Contrario a El Saffar
y, luego, a Molho, no creo que la verdadera prehistoria se halle en las acciones
de Carrizales antes de casarse con Leonora, sino que es una condición
preexistente que tiene un origen desconocido pero cuyo empuje se manifiesta en
los acontecimientos iniciales de la novela y en las maneras en que el texto
organiza una topografía dominada por un residuo psicológico.
31 Estoy de acuerdo
con Forcione cuando dice que “the situation of confinement and liberation
could enable the writer and reader to explore the universal problems of
restraint and freedom, [ . . . ] and the tensions and moral
ambiguities that inevitably beset human beings united as individuals within a
community” (42).
32 Nótese la
analogía arquitectónica entre las acciones de Leonora y el “echar por
tierra” el edificio protector de Carrizales.
33 Véase el artículo
de Percas de Ponseti (143-144), donde se resumen algunas de estas posturas.
Sieber expone la posibilidad de que Loaysa sea afeminado (19). Me parece que
estos críticos recurren a esta lectura partiendo de una interpretación
fundamentada en dos posibilidades únicas de acción: que el personaje femenino
se rinda (la solución del manuscrito Porras), o que el personaje recurra a la
violencia. Lo que hace Loaysa se demuestra para ellos como una insuficiencia de
un concepto bastante unidimensional de la masculinidad, basado en la violencia.
Haría falta un estudio más detallado de las posibles alusiones a la sexualidad
de Loaysa, pero partiendo de las manifestaciones bastante importantes de
homoerotismo entre Loaysa y el eunuco Luis, en especial si se tiene en cuenta
que uno de los sentidos que tiene la palabra eunuco es el de afeminado (por eso
podía ser el guarda de las mujeres en el harén). Las escenas a las que me
refiero aparecen en las páginas 112 y 115, en especial frases relacionadas con
el comer como la siguiente: “aquel día [Luis] dio de comer a Loaysa tan bien
como si comiera en su casa, y aún quizá mejor, pues pudiera ser que en su casa
le faltara” (115). Hay que recordar aquí el eco indiscutible de las
experiencias cervantinas en su encarcelamiento en Argel. Esto evitaría recurrir
a un rescate de la violencia como requisito para Loaysa y mantendría intacta la
exploración de Cervantes y su necesidad de rebasar fronteras y expectativas.
Repito, habría que explorar este tema con mayor atención.
34 Una de las
manifestaciones más ilustrativas de este problema que confronta la crítica con
El celoso aparece en la gran cantidad de preguntas que se hace la
estudiosa Percas de Ponseti en su artículo (143, 149-151). Esto lo señalo no
como crítica, sino como una celebración de los límites tan productivos que
nos imponen los textos literarios. Edwin Williamson también ve positivamente
esta cualidad abierta de la obra, al igual que Forcione.
35 El uso dialógico
de la alegoría se aleja mucho de su articulación monológica en la literatura
del Barroco, donde los personajes aparecen limitados por una voluntad de reducir
su movimiento por medio de nombres alegóricos, como es el caso de
Fuente: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society
of America 18.1
(1998): 71-95.
Copyright © 1998, The Cervantes Society of America
http://www2.h-net.msu.edu/~cervantes/csa/artics98/aviles.htm
Ver también en relación a Cervantes:
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