EL NIÑO Y LOS DUELOS: LA HERENCIA ENMUDECIDA (1)

Mónica I. Arias

Es otro el porvenir de un duelo crónico. Aquí se trata de una identificación narcisista al objeto, y el despliegue es melancólico. Retomo esas pinceladas freudianas donde insiste que la respuesta melancólica no es solo ante la muerte, sino y principalmente debido a la pérdida del amor, vivenciada como afrenta narcisística. También se trata del afloramiento de la ambivalencia, pero con la regresión desde la elección narcisista al narcisismo. Freud considera que no hay resignación en este caso del vínculo, si hay desvinculación con el objeto y aflojamiento de la investidura. La melancolía como duelo por la pérdida de libido, indica que cualquier objeto que se pierda, arranca una parte del yo. En estrecha conexión se encuentra el conflicto constitutivo de la ambivalencia, donde el lazo amoroso es destruir al objeto. Si la identificación no es a un rasgo sino una identificación yoica masiva, como resultado de la pérdida, el objeto vive eternamente camuflado en el yo y el duelo es crónico. Articulado a este modo ubico las severas perturbaciones de la constitución narcisística primaria de algunos niños. Psicopatológicamente podemos esbozar diagnósticos de psicosis o de retrasos madurativos. Sin embargo, un espectro importante de la clínica se desenvuelve en suelo melancólico. Un progenitor, ayudado generosamente por el otro, retoma en el campo de la subjetividad del niño, el vínculo ambivalente con el objeto de amor perdido, o su lugar narcisístico en el Otro. En estos casos, el adulto no puede narcicizar al niño, quién es un relevo de su yo, y pasa a funcionar como víctima directa del sadismo del superyo. La posición sacrificial donde queda enraizado le obstaculiza habitar la niñez, y señala un adulto que reniega de la castración. Se entrega la libidinización del niño como prenda, para salvaguardar el goce. Convertido en el deshecho de la alienación de ese sujeto parental con el Otro, en la frontera de su subjetividad no tiene permitido moverse de allí. En muchos aspectos, estos niños no suelen disponer de un potencial agresivo que les permita apoderarse del espacio y habitarlo imaginariamente. Por lo contrario, un exceso de destructividad suelta, se les escapa, cada vez que intentan establecer un vínculo con los objetos. Su condición de resto, o una imagen de sí profundamente deshilachada es la barrera que su Otro parental estableció con el goce. Pagan con su no hechura humana la loca relación que sus progenitores mantienen con los imperativos del superyo. En este sesgo, impresionan como niños robados, vaciados, engarzados en una escena obscena, sin poseer la titularidad de su infancia.

(1) El presente es un fragmento del trabajo del mismo nombre presentado por la autora en la Reunión Lacanoamericana de Rosario. 1999.

Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar