Dulces Penas

Federico Alvarez

LOS románticos gozaron de la voluptuosidad del dolor, como dijera Heine. Shelly hablaba de "la sombra de placer que hay en el dolor". En América, el poeta chileno Domingo Arteaga Alemparte escribió una Oda al Dolor y el cubano Heredia unos Placeres de la Melancolía. Imposible hacer la lista interminable. El poeta puede decir cuánto sufre, y logra así recompensa y solución. Saint-Preux rememoraba "las tristezas deliciosas" y Cleveland escribía "para alimentar la tristeza". Bien decía Richardson: "Un alma sensible es un bien que cuesta caro a quienes la poseen", y Aribau, poeta romántico catalán, le daba la razón: "¡Ay infeliz del que nació insensible!" En sus Confesiones, Rousseau aseguraba que nada ata tanto a los corazones como "la dulzura de llorar juntos" y Chateaubriand cuenta, en sus Memorias, que en cierta ocasión una dama inglesa le dijo dulcemente: "Señor de Chateaubriand, ¡cuánto sufre usted! ¡Cuánto le compadezco!" Y confiesa al lector: "Esta señora no era joven ni bella, pero agradecí mucho sus misteriosas palabras". ¡Qué orgulloso se sentiría el vizconde ante el influjo de su René en las melancólicas almas femeninas!

Pero lo interesante de todo esto es que tal estado de ánimo —que en los románticos pudo ser rampante neurosis, ha existido a lo largo de todos los tiempos. ¡Qué maravilla el amor de don Duardos en pleno Renacimiento!: "¡Oh mi pasión dolorosa,/ aunque penes, no te quejes,/ ni te acabes, ni me dejes!/ Dos mil suspiros envío/ y doblados pensamientos,/ que me traigan más tormentos/ al triste corazón mío".

EN las fronteras mismas de la Edad Media lloraba mi dolido antepasado Alfonso Alvarez de Villasandino: "Cuando vuestra imagen veo,/ otro plazer non desseo/ sinon sufrir bien o mal"... Y el Comendador Escrivá: "Vos me matáis de tal suerte/ y con pena tan gloriosa/ Que no sé más dulce cosa/ que los trances de mi muerte".

No ha faltado crítico que haya hablado de la retórica que hay detrás de todo este amor cortés o del amor romántico ("dolorismo", decía Pío Baroja), pero, ¿en los místicos? Recomendaba santa Teresa a sus hermanas una oración "en manera de herida, que parece el alma como si una saeta le metiese en el corazón. Ansí causa un dolor grande que hace quejar, y tan sabroso, que nunca querría faltase". Esta condición humana que es la pena del amor está expresada con la mayor autenticidad en los poetas contemporáneos. Dice Cernuda: "¡Oh tormento divino" y, con espíritu irónico, Enrique Díez-Canedo: "Cual vosotros quisiera componer orientales,/ tener grandes amores y estar un poco triste".

Pero nada como esta copla popular venezolana: "Es una vaina la vida,/ pero así lo quiere Dios;/ pior vaina sería morir/ sin sufrir tan güen dolor".

Fuente: http://www.excelsior.com.mx/0005/000509/art09.html

Ir al índice de Melancolía y Literatura

  Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar