Porque no estás,
todo teje movimientos de tu presencia.
Allí donde la fosa debiera adormecer la esperanza
sólo reposa el azar como espía de la rosa de los vientos.
El naufragio es en un océano carente de cartografía.
El epitelio terco de la tristeza
eclipsa todos los ángulos de mi taberna.
No imagino más luz que el escalofrío de las velas
ni otro sabor que el desvelo en la garganta.
Ahora todas las paredes son redondas
y pago con crepúsculos el tedio del calendario.
No hay desencanto ni clima ajeno que accidenten esta esfera.
Porque no estás,
soy el habitante de una ciudad sitiada desde dentro.
Domino los flecos invisibles del dolor,
reparo la apatía imperfecta y el malestar perecedero.
Quiero más. Hago el esfuerzo del tedio y de la voracidad
en esta bruma de amarillos e ignorancia.
(¡Es tan duro no hacer nada!)
Rechazo la música que no alimenta con nueva amargura
y al héroe por intruso bienintencionado.
Aspiro a una mística de la soledad completa
mas tiene causa el desarraigo y objeto la rapiña.
Aparto la muerte para eternizar el vacío
mientras acepto la máscara de la indolencia,
la que me aísla con certezas y diagnósticos.
Sospecho del duelo porque con él te acabas y me acabo.
Porque no estás,
la araña fiel me acuna en su silencio
y en esa red repito el salmo que venero.