Frecuentemente, en la clínica cotidiana las consultas giran en torno a un estado de depresión que comporta además de humor triste, inhibición generalizada, abulia, falta de energía y trastornos del apetito y del sueño que varían desde una marcada disminución a un exceso desenfrenado.
Si bien es cierto, que desde que Freud presentara las particularidades del duelo y la melancolía en el célebre texto de 1915, nos hemos valido de esas categorías diagnósticas para nuestra práctica, cabría reflexionar qué lugar otorgar a un término tan difundido como es el de la “depresión”.
¿Qué diferencias comportan estos términos, depresión, duelo y melancolía? Una pregunta que me parece permitiría avanzar en esa distinción es si la inhibición generalizada, la dificultad para levantarse que acusan los pacientes con depresión, la astenia y abulia es siempre consecuencia de una pérdida afectiva o podrían responder a otros factores que afectan la estructura. Creo que si bien fenomenológicamente no presentan notorias distinciones, poder distinguirlos tiene consecuencias en la dirección de la cura.
Comencemos por la definición del término “depresión” tal como la ofrece el diccionario. Depresión: hundimiento. Pérdida de las fuerzas. Estado de melancolía que hace perder el ánimo. Se aplica “depresión económica” al estado circunstancial de un asunto que sufre disminución de actividad.
De esta definición es interesante subrayar, que además de equiparar a la depresión con la melancolía, menciona el compromiso de la pérdida de las fuerzas, y destaca el uso del término para señalar como funciona la economía de mercado.
Aunque no son términos homogéneos, podemos arriesgar proponer que tanto en el duelo, en la melancolía y en la depresión, el factor económico de la economía libidinal está en baja.
Depresión es un término de uso intensivo y a veces abusivo, y que actualmente ocupa algunas páginas en el Manual del DSM lV, con lo cual se ha propagado fuertemente su uso.
En el DSM IV, la depresión se encuentra entre los trastornos del estado de ánimo que incluyen una alteración del humor (tristeza ). Además, entre las características que comprende dicho episodio, se describen: disminución del interés y la capacidad para el placer en todas o casi todas las actividades, irregularidades en el sueño y en el apetito, sentimiento de culpa excesivo, falta de energía, inhibición psicomotora, dificultad para pensar, concentrarse o tomar decisiones.
Dicho trastorno depresivo recibe en este manual nosográfico una clasificación y numeración acorde con la intensidad del episodio depresivo (leve, moderado o grave ) o acorde a si está acompañado de otras particularidades, como fenómenos psicóticos o episodios maníacos o hipomaníacos ( a estos últimos se los denomina bipolares).
Sin duda, como otras de las clasificaciones de esta índole, son minuciosamente descriptivas en el afán de comprender al mayor número de casos clínicos, sin dejar ninguno afuera, soslayando la singularidad del caso por caso.
Retornemos a la pregunta del inicio ¿Qué lugar asignarle a la depresión respecto del duelo y de la melancolía?. Podemos afirmar que los tres comparten la descripción fenomenológica; sin embargo, quiero proponer que no son términos homogéneos. Señalaré algunas cuestiones que permitan ahondar en su distinción.
Hagamos una revisión histórica del término depresión en los historiales freudianos. Hallamos que allí es frecuente el empleo del término “depresión “ en muchos de los casos clínicos de neurosis descriptos. Emma, Lucy, Isabel de R, Dora, Juanito, el hombre de los Lobos, todos ellos padecían estados depresivos.
Freud, en sus “Estudios sobre la Histeria”, proclama que pocas veces en la neurosis faltan rasgos de depresión y expectación angustiosa.
La depresión parece ser uno de los denominadores comunes a lo que de padecimiento, tienen las neurosis. Además de los síntomas histéricos, obsesivos o fóbicos, las características de la depresión parecen estar presentes en muchos de quienes acudían al maestro vienés para atenuar sus dolencias.
Sin embargo, Freud nunca la aparta o la describe como una entidad nosológica en sí misma, reserva para reunir las características fenoménicas de la depresión al duelo y a la melancolía, tallando sus diferencias.
Estos términos numerosas veces se intercambian y se superponen. Una nota de James Strachey al inicio del célebre “Duelo y melancolía”, explica que lo que Freud llamaba melancolía es lo que ahora suele describirse como estados de depresión. Confirma esta afirmación la apreciación que en “Inhibición, síntoma y angustia” ,hace el padre del psicoanálisis. Allí, hablando de ese estado de inhibición generalizada que acompaña los estados depresivos, trae el ejemplo de un enfermo de neurosis obsesiva que quedaba sumido en una fatiga paralizadora, durante uno o varios días, en ocasiones que habrían debido provocar un acceso de ira. “A nuestro juicio- agrega-, debe tener aquí su punto inicial un camino que habrá de conducirnos a la comprensión de la inhibición general característica de los estados graves de depresión, y sobre todo de la melancolía, el más grave de tales estados.”
El duelo, en cambio, es la reacción frente a una pérdida, que puede ser más o menos lejana en el tiempo, pero que al involucrar a alguno de los objetos ideales, en tanto objetos de amor, del sujeto es insustituible y reclama una elaboración, llama a que todo el universo simbólico aporte letras para subsanar la pérdida acaecida. En ese sentido, por más doloroso que resulte un duelo puede ser la ocasión para reinscribir la falta que engendra al sujeto, reposicionarlo respecto de la pérdida del objeto, conmoverlo de un lugar de goce. Es por esta senda que entendemos porqué Lacan le asigna una función al duelo. Recordemos que, si Freud propone una elaboración para los duelos, Lacan también le asigna una función.
Freud, en el “Manuscrito G” define a la melancolía como el duelo por la pérdida de libido. Podríamos arriesgar, a modo de conjetura, que en la melancolía, en los momentos instituyentes en lugar de la investidura fálica, tiempo en que la mirada del Otro sostiene el júbilo anticipatorio de la armonía de la imagen especular, prevaleció una deficiencia del objeto, mirada en la constitución del yo ideal.
En la melancolía, la intensa rebaja en la estima del yo comprende la pérdida de un objeto que no estaba en el campo de la conciencia, no se trata de una pérdida en el yo sino a nivel del “yo ideal”, que en el esquema óptico se presenta como i(a). Por eso, en la melancolía la falla en la estructura repercute a nivel de la constitución imaginaria del yo.
Mientras que en el duelo el sujeto sabe lo que perdió, en la melancolía difícilmente pueda establecerse de qué pérdida se trata, o como lo dice Freud, “sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él. “Probablemente se trate en esta ambigüedad de una ausencia de investidura libidinal en un tiempo mítico de cristalización imaginaria, con lo cual la melancolía reviste ese carácter de perdurabilidad que la hace tan reticente a avanzar en los tiempos lógicos de elaboración propia de los duelos.
El cuerpo melancolizado parece agobiado, apesadumbrado por el peso de la sombra de un objeto. Sabemos de la eficacia de lo imaginario sobre lo real y desde hace años me sorprende a veces la llamativa , oscuridad ojerosa del contorno de los ojos, de algunos pacientes que llegan con ese penoso diagnóstico.
En las melancolías - me parece apropiado reservar el término melancolía para algunos casos muy severos de derrumbe subjetivo -, la demanda en ocasiones es por un fármaco, “déme algo”. Creo leer allí un reclamo para que algo interceda en lo real a través de la incorporación de un cuerpo, el fármaco. ¿Representará esta demanda la ingesta de la comida totémica, la posibilidad de incorporar un padre, un trozo del cuerpo del padre?
Abordando estos temas, encontré en el “Seminario de la Angustia” que Lacan menciona dos ciclos de posicionamiento del sujeto en su constitución respecto del Otro y de la pérdida de objeto que esa operación involucra.
Al primero lo denomina “duelo - deseo” y al otro “manía- melancolía”. El primero vehiculiza que el sujeto, frente a lo real de la vida, tenga una disposición a tramitar las pérdidas y la función del duelo rehabilite la vía del deseo. El ciclo manía - melancolía no permitiría en cambio lo auspicioso del trabajo de duelo. Tomando aquella frase del seminario Xl que afirma que “una carencia engendrada en el tiempo precedente sirve para responder a una carencia suscitada por el tiempo siguiente”, podríamos decir que en este ciclo no hay inscripción de aquella carencia original, precedente, para responder luego a las carencias suscitadas subsiguientemente.
Lacan explicita que en el ciclo manía-melancolía lo que está en juego es la no-función de a. ¿Qué significa que no haya función de a en la estructura ? .Sabemos de la constitución del a por su función en el fantasma. ¿Qué consecuencias tiene la omisión de su función? ¿Si no hay función de a, es posible que haya función de duelo?
Me atrevería a decir que, si no hay función de a, entonces difícilmente un sujeto inmerso en la melancolía o en la manía tenga predisposición a la instauración de la transferencia analítica. En ocasiones, es frecuente escuchar una ausencia de credibilidad en la palabra, un negativismo extremo, acompañado de una disminución marcada de la energía ; desinterés y apatía.
En la melancolía se trata de un duelo imposible por la ausencia de la función del objeto a. Maniobras en la transferencia, desde los registros de lo imaginario y lo real, darán cuenta de la posibilidad de que el analista se aloje como semblante del objeto a para que el recorrido de un análisis, pueda ser transitado. El aprés-coup dirá de su eficacia.
Un hecho de la crónica cotidiana (lo llamo así por la asiduidad con que se presenta últimamente), me indujo a una hipótesis que a continuación detallo.
Un paciente entra a sesión y cuenta que un par de días atrás le habían robado. Refiere que había retirado dinero de un banco para pagar la cuota de un departamento y paró un taxi que a mitad de camino el auto se detuvo. Subieron dos hombres armados, en estado de exaltación, apuntándole con un revolver, y maltratándolo le extrajeron el dinero que llevaba, para luego arrojarlo del taxi en una calle desconocida.
Explicaba, haciendo referencia al triste episodio: “Te dejan temblando, te gritan, te insultan, te crean pánico. Sentís impotencia y bronca .”
Lo que decía era que no había podido recobrar sus energías, que se sentía débil. Explicaba que de por sí el robo del dinero le había traído complicaciones, pero más le afectaba que le habían sustraído algo más que el dinero. Se sentía sin fuerzas, exhausto. Este estado perduró por algunas semanas. Trajo luego algunos sueños, uno de un chico aprisionado en un pozo, que hacía un gran esfuerzo para salir, pero era infructuoso. Lo asoció al encierro con su madre y a los maltratos de ella para con él cuando quería salir. Luego, esa inhibición generalizada cedió.
Sin embargo, durante bastante tiempo seguía refiriéndose al asalto como una situación de intimidación frente a un Otro loco y armado, que podía ejercer un abuso frente a su indefensión y acabar con su vida.
Como decía, intentaba distinguir para pensar sus incidencias en la dirección de la cura depresión, melancolía y duelo. Mi pregunta era en torno al estado de agobio, desinterés, cansancio, debilidad, falta de energía, que persiste o resurge en algunos casos de depresiones o melancolías larvadas, en las que la pérdida de un objeto amoroso no se distingue claramente, no se recorta en el discurso, pero lo que predomina más que el humor triste es el desgano, la falta de energía, a veces la fatiga. Pregunto : ¿estas manifestaciones clínicas que acusan algunos pacientes con depresiones o melancolizaciones neuróticas tendrán relación con un posicionamiento frente a un Otro, a la arbitrariedad de un Otro que de un modo u otro es letal, mortífero para la subjetivación?
El relato de este joven me retrotraía a la descripción que Lacan ofrece en el Seminario X sobre la angustia frente a la Mantis Religiosa, insecto homicida, paradigma de un Otro amenazante y bajo el cual pende el destino de un sujeto en extrema inermidad.
¿Qué queremos decir, cuando decimos que el Otro puede ser mortífero para el sujeto de diferentes modos ?. La hipótesis que planteo es que, desde cada uno de los registros, el Otro puede resultar letal al acceso a la subjetividad del cachorro humano.
El Otro, como dice repetidas veces Lacan, es el lugar donde se sitúa la cadena significante que gobierna todo lo que podrá presentificarse del sujeto, ese Otro es esencialmente, genuinamente requerido para la subjetividad. Lo problemático de esto es que por un lado ese Otro es imprescindible para la subjetividad, pero además, es un Otro en el que esencialmente lo que se manifiesta es la pulsión, y la pulsión es siempre pulsión de muerte.
Entonces, una primera hipótesis que me gustaría plantear es que, mientras en el duelo se trata de la reacción por la pérdida consciente de un objeto amado, en la depresión y en la melancolía la pérdida permanece sustraída de la consciencia. Por eso, en estas dos presentaciones clínicas la dirección de la cura requiere priorizar el recorrido del entramado de la relación del sujeto con el Otro y desglosar lo que el Otro no pudo ceder, perder para la ganancia libidinal del cachorro humano.
En la conferencia tercera, Lacan presenta un nudo borromeo en el que en el registro de lo real coloca la vida, en el de lo imaginario el cuerpo, y en el de lo simbólico la muerte.
Siguiendo con lo nuestro, y jugando con estos términos - vida, cuerpo y muerte -, podemos arriesgar decir que si lo letal del Otro es en el registro de lo real, registro hegemónico de la vida, es la vida del infans que correrá grave riesgo, por deficiencia en los cuidados prodigados. El Otro no ofreció su vida, su tiempo real para esos cuidados, imprescindibles para la crianza.
Cuando lo letal recubre el campo imaginario, es en el cuerpo, en la imagen del cuerpo ( Lacan escribe “cuerpo” en la cuerda de lo imaginario), en lugar del brillo agalmático que la mirada brinda cuando proviene del amor, cae la sombra, no se produce la investidura agalmática del yo, no hay júbilo frente al espejo por la armonía del cuerpo reflejado. Sobreviene entonces la melancolía.
Silvia Amigo, en su libro “Clínica de los fracasos del fantasma”, define a la melancolía como una patología dentro del campo imaginario del narcisismo. Propone que en el nudo borromeo, paradigma de la estructura subjetiva falta el trazado del borde imaginario del objeto a, lo que agujerea el imaginario, lo que crea el (-fi). El (-fi) es la reserva libidinal operatoria con la que cuenta un sujeto para relacionarse con sus semejantes, es la libido a disposición para investir los objetos del mundo, se gesta por el circuito pulsional de la mirada en el estadío del espejo.
En cambio, en las melancolizaciones larvadas o depresiones, que reaparecen permanentemente y encuentran dificultades agobiantes para entrar en las vías del deseo, lo que propongo pensar es que el deseo está narcotizado. El Otro primordial en estas ocasiones, me parece, se enarbola en un lugar de plenitud, escatimando ofrecer su muerte. Si el Otro se admite mortal, ofrece su muerte, ofrece su castración, propicia que el sujeto encuentre los carriles singulares del deseo, los trazos a los qué identificarse más allá del Otro, más allá del yo ideal que el Otro le proponía.
Creemos que en esta vertiente para diferenciar duelo de depresión se hallan los desarrollos de Ricardo Díaz Romero cuando propone que mientras en el duelo se trata de “ la pérdida de un objeto de amor”, la depresión sería una reacción relativa al valor falo y a la castración.
Que el Otro ofrezca la muerte implica el saberse mortal, soportar que a nivel del hijo, de la descendencia, no posee un saber abarcativo o preconcebido, admitir no poseer un saber totalizante del por-venir. Se podrán entonces soportar las vacilaciones, tolerar la angustia de los tiempos del crecimiento y los impasses que provocan los inexorables encuentros con lo real, en la constitución de la estructura.
Fuente: Agradecemos a la autora la gentileza de habernos brindado para publicar este trabajo, inédito en formato digital y perteneciente a su libro "Los tiempos del duelo" de Ed. Homo Sapiens