Pocas obras se han prestado a interpretaciones tan parciales, sesgadas y extravagantes, pocas obras igualmente han iluminado a autores posteriores de tendencias tan divergentes como la que cuajó en su tiempo el Prof. Wilhelm Griesinger (1817-1868), psiquiatra e internista nacido en Stuttgart. Dejando a un lado sus artículos -tan vehementes en su juventud- y su extenso volumen sobre las enfermedades infecciosas, La patología y terapia de las enfermedades psíquicas (Die Pathologie und Therapie der psychischen Krankheiten) contiene en sí mismo un torrente aún no canalizado y asimilado de especulaciones sobre el funcionamiento de la mente, tanto en estado de salud como trastornada, inspirado muy de cerca por Herbart y Zeller. Editado por primera vez en 1845, cuando contaba su autor veintiocho años, este enorme manual de patología mental ha alimentado los desarrollos de autores tan dispares como Theodor Meynert, Charles Blondel, Karl Jaspers, Paul Guiraud y, sin duda, Sigmund Freud1.
Orquestado sobre un conjunto de cinco libros -el primero introduce las consideraciones generales, el segundo se ocupa de la etiología y la patogenia, el tercero desarrolla las formas de las enfermedades, el cuarto se ocupa de especulaciones sobre la anatomía patológica y el quinto de los tratamientos-, arranca La patología y terapia de las enfermedades psíquicas con una declaración de principios ciertamente impactante: la locura, es decir el estado alterado de la inteligencia y la voluntad, no es más que un síntoma que tiene su asiento en el cerebro, una manifestación de una alteración del cerebro; sólo éste puede ser el soporte de las facultades mentales, tanto las normales como las patológicas; las autopsias practicadas en los trastornados nos proveen de la prueba más irrefutable de que el órgano enfermo en la locura es el cerebro; ahora bien, ¿cómo es posible que un fenómeno material y físico puede transformarse en una idea, en un acto de consciencia?, y también ¿cómo es posible que este soporte material pueda transmutarse en hechos espirituales? Tales cuestiones no hallarán respuestas en el presente manual; es más, Griesinger advierte que jamás el hombre se aproximará a su solución, ni siquiera si un ángel -escribe socarrón- bajase para revelárnoslo seríamos capaces de entenderle.
Y sin embargo, en el capítulo dedicado a la fisiopatología de los fenómenos psíquicos se destapa un Griesinger asombrosamente especulativo: trata ahí de dar cuenta de la naturaleza psicológica de las palabras, de la percepción, de la memoria, de las sensaciones, de las representaciones y de los afectos, y por supuesto de esa «abstracción» a la que denomina el Yo. Das Ich no es otra cosa que un conjunto de representaciones sólidamente encadenadas, una «envoltura» dentro de la que bulle un conjunto heterogéneo de representaciones provocadas por las impresiones procedentes de los sentidos, de las relaciones más habituales entre representaciones y anhelos, y también de las influencias que emanan del propio organismo. El Yo no es estático sino dinámico, cambiante, en sí mismo conflictivo; se reconstruye continuamente con nuevas percepciones que forman nuevas «masas de representaciones» que coexisten y cohabitan con el Yo preexistente, provocando inevitablemente contradicciones, luchas internas y disociaciones: «Somos otro y al mismo tiempo uno mismo»2.
Griesinger ilustra todas estas acomodaciones y reacomodaciones del Yo a partir de los fenómenos psíquicos tan evidentes en la pubertad3. Toda vez que se ponen en actividad ciertas partes del cuerpo, calmadas hasta ese momento, y penetran nuevos conjuntos de representaciones que se sumarán a las antiguas, el Yo se renueva y el sentimiento de sí mismo sufre una radical metamorfosis. Ese proceso de transformación explicaría las intensas agitaciones emocionales que no tienen más motivos externos que cuanto está sucediendo en el interior de esa «abstracción» llamada das Ich4. En el terreno propiamente nosológico, Griesinger se mantuvo muy próximo al pensamiento de su tiempo. Al igual que en sus bocetos psicológicos, en los que se aprecia siempre una constante polaridad entre las representaciones y los afectos, también su armazón nosológico muestra que los dos pilares mayores de los trastornos mentales se asientan en un plano afectivo y en otro plano ideativo; más aún, los fenómenos propios del primer grupo «preceden en la gran mayoría de los casos» a los del segundo, formando así un conjunto evolutivo al que ya se denominaba en esa época Einheitpsychose. El modelo es muy similar a la pazzia de Chiarugi o a la frenalgia de Guislain: siempre los trastornos del humor, el llamado «dolor moral» y más comúnmente la melancolía, constituyen los primeros estadíos de una locura o enfermedad única que, de progresar, alterará el ámbito de las representaciones y las ideas, dando paso así a los delirios sistematizados y, más tarde aún, a la demencia. En este sentido, para Griesinger podrían destacarse dos secuencias inalterables en la psicosis única: las formas iniciales, siempre afectivas, emocionales y del humor (los estados de depresión y exaltación mental; melancolía y manía), y las formas secundarias, siempre ideativas (el delirio sistematizado o Verrücktheit, las demencias -Verwirrtheit y Blödsinn- y el idiotismo y el cretinismo).
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