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El Universo o Realidad y yo nacimos el 9
de Diciembre de 1960 y es sencillo añadir que ambos acontecimientos ocurrieron cerca de
aquí, en Lomas de Zamora.
Hay un mundo para todo nacer, y el no nacer no tiene nada de personal, es meramente no
haber mundo. Nacer y no hallarlo como si siempre hubiese estado es imposible, no se ha
visto a ningún yo que naciendo se encontrara sin mundo, por lo que creo que la Realidad
que hay la traemos nosotros y no quedaría nada de ella si efectivamente muriéramos, como
temen algunos. Los tomos que dan cuenta de la historia antes de que yo naciera, también
los conocí después, así que nada me asegura que ya estuvieran.
Soy argentino desde hace 33 años. Antes no era. Y en esos años cultivé algunas
habilidades y vicios que son justo, justo, aquellos que no necesitás, así que es
probable que no haya nacido para vos, ni para nadie, ni para mi.
Tengo pupilas de un barato e inútil color pardo, pues veo el mundo bajo los mismos
colores que lo ven los de ojos negros o azules o verdes; si fue Dios, no debe haberse
esforzado mucho conmigo.
Soy de familia modesta, nombre digno de la pobreza. Era flaco y más bien feo. En cuanto a
mi salud, tengo un lote de enfermedades, pero creo que con una me bastará al fin. No las
combato porque no se cuál es la que necesitaré mi último día, día que espero sea muy
concurrido y en el cual todo el mundo descubrirá, con un talento que siempre disimularon,
que al fin de cuentas yo era una buena persona.
Mi altura no es mala, depende del uso. Por debajo empiezo al mismo tiempo que la tuya y
por arriba dejo suficiente espacio al cielo, pero es muy mala para besar rodillas, para
jugar pelota al cesto y para atarme los zapatos.
A los 6 años ya sabía caerme de la bicicleta y desde que nací podía llorar; no mucho
tiempo después aprendí a quejarme. En algunos aspectos fui un niño precoz.
Nunca tuve dinero y todo el que pasó por mis manos, al fin de cuentas no era mío.
Cuando tenga uso de razón, deduciré que le llevé la contra a mi familia. Comencé a
fumar a los 20 años y dejé hace 9 meses. A los 13 años decidí ser médico y allí me
di cuenta que también me llevaba la contra. En casa dicen que nadie estudió lo que
estudian los que dicen que estudian y casi todos fumaban de chicos. No hay médicos, pero
ahora tampoco, sólo a veces un psicoanalista.
Recién a los 17 me di cuenta que me gustaba escribir, pero me di cuenta también al poco
tiempo, que lo hacía mal.
Tengo una irresistible atracción por las mujeres, viajar y los libros, pero aun no me di
cuenta que tienen en común.
También recién he sabido que duermo del lado derecho. "De qué lado dormís vos?.
Me contestarás: "antes dormía de espaldas, pero ahora..." -"Cómo
"ahora"? "Ya te dormís en la primera página?. "Dejame
hablar..." -"Cómo "dejame hablar"?, ya querés ser vos la autora de
esto!.
Y bien, somos dos descontentos de lo que estamos: yo escribiendo, vos leyendo, y de buena
gana nos intercambiaría.
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Ella subió tímidamente al colectivo,
inconscientemente sabía lo que pasaría. Pidió un boleto hasta Constitución y pagó con
el billete viejo, gastado y roto que tenía preparado a tal efecto. Casi distraída
comenzó a caminar hacia el fondo, al darse cuenta ya era tarde y se sentó en el último
asiento de a dos del lado del pasillo, cosa que ampliaba más sus oscuras sospechas.
Cuando comenzó todo quiso gritar, pero un espeso y obstinado tapón de saliva se lo
impidió. Los pasajeros se levantaron poco a poco y se dirigieron hacia ella con ojos
sangrientos y diabólicos, eran un ejercito de mercenarios, tenían todo planeado. Los
dedos se le crisparon; una gota de sudor perló su frente, recorrió su cuello, pasó
audaz entre sus hermosos pechos y por último, bajó rauda por su delgado abdomen hasta
perderse en el selvático pubis. Ellos se le acercaban y la cercaban. Se levantó y
caminó hacia atrás, le quedaba poco trecho hasta la puerta trasera. Alzó los ojos y con
una mirada suplicante observó al conductor reflejado en el espejo.
El no se daba cuenta de nada, venía charlando distraído con un compañero situado en el
pozo. Las mujeres, el tiempo, la Chancha y el franco, eran todo su repertorio de gastadas
palabras repetidas incansablemente con el oreja de turno situado a su izquierda, en el
pozo.
Su cabeza, totalmente teñida de un intenso rojo que no hacía juego con su ajustado
vestido, golpeó contra su voluntad cuatro veces el timbre. El, de mal humor como siempre
que escuchaba más de dos timbrazos, giró la vista hacia el espejo situado estratégico
en el extremo superior derecho y la vio.
Desde ese día puso, de la manera y en el lugar más visible, el cartel que dice:
PROHIBIDO CONVERSAR CON EL CONDUCTOR.
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Me miró (tenía una mirada extraña,
aunque extraña no es la palabra, como comprenderán, creo. Las miradas son el punto de
apoyo, de referencia, para la construcción de mi personalidad, por demás acomodaticia.
Una mirada ansiosa estimula mi locuacidad y las neuronas accionan su mecanismo de
chisporroteo intelectual o afectivo, más aun si se transforma en una mirada expectante,
interesada o atenta. Si atisbo una sombra de aburrimiento, cambio de tema, de carácter,
de forma. Si la perplejidad asoma a los ojos, me enorgullezco y empiezo, o sigo mintiendo
a lo loco -tratando siempre de no llegar a producir incredulidad o hastío-. Cuando me
miran inquisitivamente, todo mi yo se pone a prueba y hago uso de todos los recursos: la
memoria, la mentira, la imaginación, la seguridad, la lógica, todo. Si logro la
metamorfosis hacia una mirada crédula, comienzo a aburrirme. Si las preguntas o la
desconfianza siguen golpeando las pupilas, persisto un tiempo con el uso de la
artillería. Si la cosa sigue igual, me canso y desisto del intento. Las miradas dulces me
inspiran -según otras características que no vienen al caso nombrar- un sentimiento de
paternidad, gula sexual, o bien simplemente asco. Las miradas ausentes mi intrigan, quiero
ubicar a toda costa su paradero, en general incierto: Que lástima. A las miradas
indiferentes les doy dos o tres llamadas de atención -hacia mí, claro está-; si
responden, bien. Si no, cierto artificio interno de seguridad me hacen olvidarlas. Las
miradas indefinidas me ponen nervioso, no sé cómo actuar, me desequilibran. Ya que mi
carácter se modifica según como me miren, este tipo de mirada me deja inmóvil; no se
gatilla el dispositivo estímulo-mirada-respuesta. Otros tipos de miradas que no generan
respuesta en mí -pero aquí la razón es otra-, son las miradas estúpidas, de sapo, de
carnero degollado, las bovinas y las ignorantes. Pero estas últimas a veces me hacen
despilfarrar un poco de soberbia. Si en la mirada capto el poder o la superioridad, me
rebelo. Aunque mi rebeldía es inversamente proporcional al grado de poder que percibo en
los ojos. Las miradas de "no entiendo nada" -también teniendo en cuenta las
mismas características que no venían, ni vienen al caso nombrar- despiertan la
explicación paciente, una sonrisa comprensiva, una teórica en sentido vertical o un
"anda'cagar". Las miradas sensuales me atraen, pero me dan miedo porque mutan
fácilmente a miradas dulces, de poder, indiferentes o de admiración y tengo que cambiar
de actitud sobre la marcha o sobre la cama -si las circunstancias se dan-; cosa no muy
fácil de realizar rápido, ya que aunque no lo dije, tengo cierta, sino mucha, tendencia
a la inercia. Con las miradas tristes o con las alegres puedo hacer sinergia o
antagonismo, depende del momento y mi estado de ánimo. Pero mi inclino por las tristes,
las alegres siempre me dieron la impresión de "cabecitas huecas y sonrisa
fácil". Por último -aunque esto más que un final, es un corte tajante para no
extenderme demasiado en explicaciones-, están las miradas que me son inclasificables,
raras, extrañas. Esas que no se ajustan perfectamente a las casillas sistematizadas
anteriormente, ni las que por ganas no nombré. Las miradas en las que no coincidimos
aquellos que clasificamos miradas. Las llamo extrañas por no encontrar la palabra que las
reúna, pero en realidad son muchos tipos de miradas o variantes de las nombradas -y no
nombradas- con ciertos matices suficientemente diferentes para apartarlas de un rótulo
específico. Así me miró, con una mirada extraña) y me enamoré. Le arranqué los ojos
con la cucharita y los guardé junto a los otros.
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A Los literatos de Fido
Lencí, 303 de EDG
Querido Lotrec:
¿Me estoy volviendo loco?. Sí, Lot, hace días que están ocurriendo cosas que a esta
altura se me hacen difíciles de describir y no se cómo explicarlas. Estoy muy confundido
y creo que sos el único que podés ayudarme.
No quiero extenderme en interpretaciones sobre lo sucedido, así que te cuento todo como
creo que fue. Dejo las deducciones, si cabe, para vos.
¿Te acordás de Gatik, el psiquiatra que tenía asignado, como te comentaba en cartas
anteriores?. Bueno, todo iba bien hasta la semana pasada. Hasta allí no hubo problemas,
mis charlas con él no eran soliloquios tediosos de descarga, intercambiábamos ideas.
Podíamos discutir de igual a igual y él me encauzaba en rieles de los que me era fácil
descarrilar.
Resulta que, como puntillosamente cumplía, hace una semana llegué al consultorio de
Gatik y el viejo me recibió como siempre, con su sonrisa despareja y la mirada lánguida.
Le dije que quería contarle la discusión que había tenido con Cloé. Gatik me miró (no
como acostumbraba -cosa que descubrí retrospectivamente-) y se sentó en su butaca a
escucharme.
Le conté que esa tarde habíamos discutido con mi hermana el mismo tema que charlábamos
con vos en viejas épocas, Pscilocina por medio y horas por derrochar: Lo objetivo y lo
subjetivo (espero no aburrirte. Ya sé que siempre estoy con lo mismo, pero es importante
contarte todo, Lot).
Ella me decía -le contaba a Gatik- que la diferencia entre lo objetivo y lo subjetivo,
radicaba en que lo objetivo era mensurable, la ciencia lo probaba a cada rato y nuestros
sentidos lo confirmaban. La ciencia descubría palmo a palmo una realidad única
compartida por todos y cada uno de nosotros. Lo podíamos comprobar con nuestros propios
ojos. Podíamos predecir, con cierto margen de error, que ocurriría si dejábamos caer un
vaso. Insistía en que existía una relación causal entre las cosas y éstas construían
una y sólo una realidad, la ciencia era el arma para descubrir las relaciones causales.
Sin ella no podíamos hoy saber el origen de la Tierra, del hombre y del Universo, en los
mínimos detalles que desde hace J evos conocíamos. A ello se había llegado con rigor y
una capacidad de observación que llevó mucho tiempo cultivar.
Gatik me escuchaba atentamente, no me interrumpía con ninguna acotación. Creí que
esperaba más. Que el oír esa charla con Cloé le daría -y me daría- muchos elementos
acerca de mi personalidad. Creo que te conozco Lot y sé que en cualquier momento empezás
a saltear renglones para captar lo esencial y basurearme con tu erudición. O lo que
sería peor, en vez de leer todo, asimilar mi relato y después sacar conclusiones, sos
capaz de ir imaginándote el final. Querido amigo, no te apresures, no deduzcas antes de
tiempo y leé todo.
Los ojos verdes de mi hermana centelleaban a cada frase -continuaba relatándole al viejo-
y su monólogo se expandía en finas redes que intentaban capturarme; por momentos el
nivel intelectual era alto, otros no tanto. El tema rondaba siempre por la sublimación de
la ciencia, lo objetivo, la realidad tangible y todo lo que la dejaba tranquila dándole
sentido a su existencia. Decía que lo subjetivo era una válvula de escape que la
naturaleza, sabiamente, había puesto en nuestras mentes para tranquilizarnos y hacernos
sentir, algunas veces, que al menos en el campo de la imaginación éramos todopoderosos.
Me decía que con lo imaginario todo funcionaba bien mientras no sobrepasaba el terreno de
uno mismo, de nuestra mente. Que si lo transformábamos en algo "verdaderamente
real", se convertía en una cuestión de Fe y, por lo tanto, imposible de probar.
Algo así -ejemplificó convencida y creída también convincente- como intentar probar la
existencia real de Dios o la de las descarnadas alimañas de la noche. Así que, sobre
cuestiones de Fe ella no discutía. Y a manera de colofón, tomó su láser y garabateó
en el aire: FANTASIA = REALIDAD ==> FANTASIA = SUBJETIVIDAD = FE, y antes de la
carcajada agregó, escribiendo debajo y mientras las primeras letras comenzaban a
desaparecer, FANTASIA ==> FE = CLOE NO DISCUTE.
La forma y el tono con que se expresaba mi hermana -le expresé a Gatik- era de reproche y
réplica; ella presuponía que yo no estaba de acuerdo. Conocía o creía conocer mi
manera de pensar. Contaba con que su discurso no tenía réplica y por tanto, le había
pedido un agua pura al Service y volvía a ser la misma Cloé de siempre.
En ese momento, aprovechando una pausa, Gatik intentó decirme algo. Pero no lo dejé, su
interrupción me hubiera hecho olvidar o modificar detalles. Entendió -creí- y no me
importunó hasta el final, como espero que hagas vos. El viejo se acomodó en la butaca y
continué con mi relato.
Mientras mi hermana terminaba con su agua, yo observaba como se encendían y apagaban los
carteles luminosos que teñían la acera de luces multicolores. Cloé, callada, esperaba
mi respuesta. Permanecía en silencio -le explicaba a Gatik- cuando de antemano sabía que
había ganado. Yo no sabía qué, porque la había iniciado un duelo sin sentido y ella
también lo había terminado; me había usado como pantalla para proyectar su soberbia.
No te asustes Lot, todo esto lo pensaba en aquellos y sólo en aquellos momentos. Es ahora
cuando no sé que hacer y es por eso que recurro a vos. Por eso es que trato de pensar y
transmitirte, dentro de mis posibilidades, lo mismo que hace una semana.
De cualquier manera -contaba a Gatik- , y sabiendo que no tenía sentido contestarle nada,
le dije a Cloé que entre objetividad y subjetividad había diferencias, eran obvias. Pero
ambas partían de supuestos preestablecidos. Que las diferencias que había dado, habían
sido valiosas hasta que dijo que la subjetividad era cuestión de Fe. Mientras que, se
desprendía de su perorata, objetividad no.
Cloé decía que no entendía, que cómo era eso de la objetividad partiendo de supuestos.
Entonces adopté una actitud docente: ella suponía -era lo que yo pensaba- que
cuestionaría el método científico, las estadísticas y a la ciencia en los casos en los
que no tenía razón, o por lo menos no poseía la verdad absoluta. Pero no, le dije
justamente lo contrario. Que el método científico aplicado rigurosamente, daba cuenta de
la realidad; confirmé con sus mismas palabras las loas a la objetividad, la eficacia de
los sentidos para descubrir "el objeto" y no sé cuantas cosas más.
Cloé me decía que entonces estábamos de acuerdo -la había preparado bien, le explicaba
al viejo-. Sí, en todo, le aseguré. Pero lo que no entendía ella y le hice entender a
mi manera, es que en definitiva la objetividad y la ciencia partían, al igual que la
subjetividad e imaginación, de un supuesto. En el caso de las segundas, no había dudas.
Con respecto a las primeras, partían de la premisa de que existía una realidad absoluta,
o al menos tangible. De un supuesto incuestionable, pensar que nuestros sentidos eran
confiables. Y eso hacía que muchos creyésemos en la realidad, y sólo unos pocos en un
mundo imaginario real.. Era fácil deducir que era mucho más conveniente para nuestra
estabilidad psíquica, creernos que nuestros sentidos nos mostraban las cosas tal como
eran y no lo contrario. Pero además no confiábamos plenamente en ellos, ya que
necesitábamos de los sentidos de los demás para confirmar nuestras experiencias
"objetivas". Era fácil también entender que el desconfiar de nuestra
percepción podría hacer que nuestro Yo se extendiera sin individualidad, amorfo, en lo
que nos circundaba.
En definitiva, una cosa era tan relativa como la otra. Ambas, realidad y fantasía,
cuestiones de Fe. Por lo tanto, si adscribíamos a cualquiera de ellas, no era asunto de
locura o no. Sino de gustos.
Era obvio que el argumento no era todo lo convincente que hubiese querido -me disculpaba
ante Gatik- pero había hecho efecto en Cloé. Y mientras ella pensaba, agregué que yo
también confiaba en mis sentidos, pero había una cosa de la ciencia que me disgustaba:
su tendencia a la generalización. El tratar de probar que todos los hombres
funcionábamos muy parecido y éramos muy parecidos. La ciencia acotaba los parámetros de
comparación de manera tal que se asemejaran los suficiente.
El sentimiento y sentido que yo tenía acerca de mis dedos y los dedos de los demás, no
eran considerados como características de los dedos; éstos eran ajenos a uno. Entidades
abstractas con aspectos organolépticos y como confiábamos en nuestros sentidos y en los
de los demás, existían. Si se le hubiese agregado el concepto de dedo que tenía cada
Ser sobre la tierra (cosa para nada alocada), habría sido imposible definir la palabra
"dedos" y las propiedades de los mismos. En una palabra, le resumí, la ciencia
borraba la individualidad o, concedí, la disimulaba muy bien.
Cuando terminé de contarle todo esto a Gatik, me miró tan sorprendido como debés
estarlo vos. Yo esperaba una aprobación o reprobación por lo que dije. Pensé que el
viejo diría que mi hermana o yo teníamos razón, o que no debíamos discutir, o que no
tenía que llenarle la cabeza con mis cuestionamientos, o algo por el estilo. Estaba muy
equivocado.
El psiquiatra bajó la cortina de rayos de seguridad para locos peligrosos y,
paradójicamente, eligió las palabras que para él, me iban a hacer menos daño. Primero,
para asegurarse, me preguntó si había estado ingiriendo Pscilocina en los últimos
tiempos. Le dije que no y el viejo, en pocas palabras, me aseguró que no tenía hermana;
agregó que, como yo debía saber, estábamos desde hace D evos en el período de
infanticidio femenino y por lo tanto, si existiese, la tal Cloé tendría no menos de 93
años.
Lo interrumpí para que no siguiera explicándome esos métodos de control de crecimiento
poblacional, que no me interesaban. Estaba casi agresivo, descolocado; sus palabras me
habían hecho mella. Siempre había confiado en ese viejo simpático, estaba realmente
contento. Ya desde chico había empatizado con él, no como otros que conocía que odiaban
a sus psiquiatras. Pero esta vez no podía aceptar su explicación -me dijo: "Laur,
te has psicotizado y vas a necesitar un reciclaje neuronal"-, yo había sentido y
visto a Cloé. Tenía grabado en la retina la imagen de su rostro lozano y hermoso, la
túnica que insinuaba su cuerpo en el estadio perfecto de la transición entre
adolescencia y adultez.
Si no supiera lo que ocurrió después, con que hubiese dicho lo mismo que Gatik, habría
solucionado mis problemas. Me hubiese creído esquizofrénico y Cloé la escisión de mi
Yo femenino, o que todo había sido un mal viaje producto de alguna Pscilocina con efecto
retardado. Hubiese creído que Cloé no existía, que Gatik tenía razón, que necesitaba
un reciclaje neuronal. Pero la historia continúa y se complica. Es ahora, Lot, cuando
más necesito tu ayuda.
Le dije a Gatik que estaba muy nervioso, pero que no necesitaba que pusiese la pantalla de
protección, que no estaba agresivo, que necesitaba tiempo para pensar en lo ocurrido, que
tal vez recordaría si había ingerido Pscilocina en esos días. El viejo sugirió que
caminara un rato y volviera -concesión que sólo hacía a los pacientes que apreciaba-.
Salí aturdido. El viento helado golpeó mi rostro y me despejé un poco. Caminaba sin
orientación definida. Pensaba en lo que le había dicho a la supuesta Cloé o a la
disociación de mi Yo que intentaba amarrarme a una realidad tranquilizadora. Comprendía
ahora en carne propia, las consecuencias de la falta de confianza en los sentidos, la
inestabilidad que nos embarga, la sensación de irrealidad. El condicionamiento cultural
había moldeado en mí una persona que aunque opinaba lo contrario, creía en una realidad
objetiva -eso era lo que pensaba en esos momentos-. No sabía si creerle o no a Gatik. Si
lo hacía, no podría tenerme confianza, sospecharía de mis vivencias, mis oídos, mis
ojos, mi lengua, de mis palabras... Pero el razonamiento me hizo pensar que si desde
hacía mucho Gatik había acertado en sus consejos y opiniones, era poco probable que esta
vez estuviese errado.
Los pasos me llevaron hacia el cementerio. No recuerdo cómo llegué, pero decidí entrar
para meditar un poco antes de volver y aceptar el reciclaje. La paz de ese lugar
alegórico y tan solitario me iba a tranquilizar, pensé.
Caminaba curioseando las placas simbólicas de los personajes célebres, siempre lo hacía
y obtenía -hasta ese día- el mismo efecto, me sedaba. No tenía ningún orden para
leerlas, me llamaba la atención algún detalle y entonces leía a quién pertenecía;
alguna luz de color especial, algún sistema de música que se activaba al pasar, algún
tipo de letra láser, esos eran los detalles que me atraían. Y allí, coronando una
hilera de veinte lápidas, una placa me llamó la atención por lo nueva, decía A.X.
GATIK (302 PR - 291 EDG). LA CIUDAD A UN GRAN PSIQUIATRA Y CIUDADANO EJEMPLAR.
Mientras mis sentidos volvían a embotarse en una vertiginosa pendiente, calculé que
hacía cinco días había muerto. El viejo que hacía un rato conversaba conmigo,
cuestionaba mis sentidos, ponía en duda mi razón mientras yo observaba la blanca
cabellera caer sobre sus hombros, no era más que otro fantasma de mi imaginación.
Querido amigo, no quiero aburrirte más, te imaginarás que otra vez caí en la
desesperación. ¿Existía Gatik, o la lápida, o Cloé, o vos, o yo mismo?. Los mismos
cuestionamientos que horas antes había tenido, afloraron de nuevo pero con mayor
intensidad. La fuerza de los pensamientos golpeaban mis sienes; tenía terror a la
despersonalización, a creer en todo y en nada. Si Gatik estaba muerto ¿entonces Cloé
existía?. No podía ser, ahora recordaba que era cierto lo del infanticidio femenino, ¿o
no?. Todas las posibilidades pasaban por mi cabeza, esta vez te dejo imaginarlas, ahora
sí voy a ir a lo esencial.
Sólo tenía dos posibilidades: el suicidio, o aceptar el solipsismo que implicaba creerme
que todo lo o había vivido, que era efectivamente cierta mi charla con Cloé y con Gatik,
y que las contradicciones eran producto de solipsismos diferentes. Me era más fácil lo
segundo.
Dos días estuve tirado en la cama mirando al techo, tratando de convencerme. Quería
lograrlo. Intenté llevar a la práctica mi creencia de que la realidad no era más que
intersecciones de solipsismos. Cada uno era el Dios de su realidad. Al tercer día en mi
cubículo, accedí a encender las pantallas de T.V y ver las noticias. Creí que me
reiría de ellas, que podía aceptar aquellas que me gustaran y negar las otras. En
realidad no sería negar las noticias malas, simplemente no existirían. Armaría el mundo
que mi Yo quisiera. Pero el efecto fue otro.
Mientras cambiaba los canales, mi atención se posó en una noticia que el relator
comunicaba con voz acaramelada, fingiendo aflicción. Ese día se conmemoraba el B evo de
la destrucción de la tierra por la bomba P.
¿Qué puedo decir ahora?. Eso, no sólo significaba que nada de todo lo que recordaba
había sido cierto y que todo, absolutamente todo y todos estábamos destruidos, sino
también que la fecha de destrucción había ocurrido 19 evos antes de mi nacimiento. O yo
no existía, o el solipsismo de otro chocaba frontalmente con el mío.
Querido Lotrec, no sé si existís. No sé si existo. Hoy hace una semana que estoy tirado
tratando imaginar que existo, que alguna vez nació alguien llamado Laur Roshé que vivía
en un mundo "de carne y hueso" lleno de gente, que tenía un psiquiatra llamado
Gatik, una hermana Cloé y un amigo Lotrec. Pero se me hace difícil pensar sin un
parámetro de comparación ajeno a mí. Por eso te escribo. Es el único recurso que me
queda, ya han desaparecido las pantallas y el techo del cubículo y he comenzado a sentir
que me faltan las piernas. Tu confirmación de mi existencia es mi última esperanza.
Querido Lotrec, o debiera decir Lector, te necesito.
Laur
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Sólo faltaban tres días para fin de
año y estaba cansado de trabajar. No hacía falta mirar el reloj para saber que eran las
7.30 hs. Como siempre, de lunes a viernes, estaba en la esquina esperando el colectivo.
Los desprecio, no sólo porque son como son, sino también porque forman parte de mi
trabajo. Una asociación colectivo-trabajo que todos los empleados sin auto tenemos.
Ya cuando lo paré noté algo raro, había estacionado junto al cordón, ni a un metro
más ni a uno menos de la parada. Al subir el corazón se me paralizó. No había ese olor
nauseabundo a pelos mojados y sucios que todas las mañanas inundaba mi cabeza. El
conductor me saludó con un buenos días. Y lo peor, los pasajeros sonreían con esa
sonrisa que apenas lleva las comisuras de los labios hacia atrás y arriba, y que nos da
una idea de que los que la poseen están soñando con el paraíso o una hermosa velada.
Supuse que debían estar imaginado que el año nuevo les cambiaría la vida. Interesante
eso de poner un día fijo para centrar todas las esperanzas. Ingenuos.
Me senté en el último asiento libre. Escuché el Brandeburgués número 3, me surgía
desde dentro; pero no, era demasiado real. Levanté la vista y vi atónito los parlantes
por donde salía la música. Además, sobre el gran espejo delantero una frase de Sartre o
de Neruda, no me acuerdo, que de tan profunda ya me la olvidé. Ni calcomanías obscenas,
ni dichos conocidos y viejos. Sólo esa gran sentencia en una calcomanía pequeña y
sobria. Ese tipo debe ser un profesional que se quedo sin trabajo, pensé.
Casi me sentía incómodo, desentonaba en ese ambiente tan desconocido y demasiado
placentero. Algo pasaba.
En Maipú subió un anciano, y la mujer que estaba sentada en el primer asiento saltó
como expulsada, cediéndolo inmediatamente. El anciano la miró, le sonrió y le dejó un
lugarcito para que entraran los dos. Me desmayaba, sentía latir mis sienes, una mezcla de
incomprensión, horror y desconfiada sorpresa me asaltaba.
Los hechos que se sucedieron destruyeron mis nervios. En Capdevila una señora le
preguntó al chofer si faltaba mucho para llegar a Banfield; él la miró y le dijo, de
manera tal que no se ponga incómoda, que se había equivocado de colectivo, que para otra
vez le preguntara así no tendría tantas molestias. Le devolvió el dinero del pasaje y
le indicó donde tomar el otro ómnibus.
Es un sueño pensé, me pinché, me golpeé. Era realidad. Escapaba a mi razonamiento.
Quise bajarme, pero ese impulso masoquista y curioso consiguió dejarme clavado en mi
lugar, temblando y transpirando. Los pasajeros seguían sonrientes y como si nada extraño
sucediese. Lo último dentro del colectivo fue lo del policía. El conductor no le quiso
cobrar, pero él insistió, agregando que en realidad las maestras con su sueldo de
miseria debían tener ese privilegio. El chofer indignado le contestó que no sólo no le
cobraba a los policías y maestros, sino que tampoco a estudiantes y jubilados. Un estado
de alienación se apoderó de mí. Aproveché una disminución de velocidad, porque un
perro cruzaba la calle, y me lancé del colectivo de un salto. Nunca fui buen
equilibrista, así que rodé por el piso raspándome todo lo raspable. De mi nariz, dos
arroyitos de sangre bajaban hasta mi bigote.
Sólo recuerdo que el colectivo frenó de golpe, bajaron los pasajeros y el chofer. Y
entre una nube de risas espasmódicas escuché: Que la inocencia te valga...
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a Rody, Julito y Carlos
"Al revés que en la vida de los cuerpos, en la vida del
espíritu las ideas nuevas, las ideas hijas, llevan en el vientre a sus madres."
J. Ortega y Gasset.
I
Pedro Pómez sabía que era estúpido, pero no lo suficiente para dejar de serlo, ni
demasiado poco como para dejar de notarlo. Sólo aspiraba a triunfar en la vida, y vivía
tratando de encontrar algo que no entendía bien qué era; su idea del
"triunfar" era una extraña mezcla de propagandas de televisión, revistas del
Jet-Set, películas románticas (de aventuras, dinero, detectives, etc.), horóscopos,
manifiesto comunista, la Biblia, panfletos anarquistas, Nietzsche, Russell, Tomás de
Aquino y Corín Tellado. Como si todo esto fuera poco, también sabía, o creía saber,
que todo eso pudiera no ser cierto, o si...
En resumen, Pedro Pómez era un hombre común.
II
Antes de los sucesos, su vida fue normal. Se desempeñaba como empleado público
trabajando para el público, es decir para él mismo; pagado por el público, o sea,
también por sí mismo. Su cuota de impuestos era casi igual a su sueldo; debido a esto,
tuvo que buscar otro trabajo para poder pagar los impuestos que servirían para abonar la
mensualidad de su primer trabajo. Como le sobraba dinero, su ambición comenzó a crecer.
Por aquella época sólo tenía una meta, ahorrar con el fin de comprarse un automóvil;
de esa manera iría a trabajar cómodamente.
Con esta mentalidad, Pedro Pómez fue haciéndose rico. Primero el automóvil, luego una
casaquinta lograda a pulmón, con tres empleos. La casa sería el lugar para ir de
vacaciones, había trabajado mucho para comprar una casa destinada al descanso del
trabajo.
Con golpes de suerte, ingenio y mucho desgaste, llegó a ser dueño de una compañía
petrolera con 20 pozos, 300 camiones y 3 barcos, destinados a obtener combustible para los
300 camiones y 3 barcos. Todo un logro.
III
Pedro Pómez se casó un primero de mayo. Poseedor de una voluntad increíblemente
incolora, decidió tener tres hijos, ni uno más ni uno menos; además, todos varones. La
razón de esto, lógicamente, era para que lo ayudaran a poder mantenerlos. Uno de ellos,
que se dedicó a estudiar contaduría, le llevaría los libros a su padre. Otro fue el
abogado de Pómez & Sons. El tercero, lamentablemente escritor; para colmo de los que
no ganaban dinero. Un balance negativo para Pedro Pómez. Ya se le ocurriría algo. Un
hecho importante digno de mención, marcó la vida de Pedro Pómez antes de los sucesos.
Se cansó de trabajar. No delegaría la Empresa a sus ineptos hijos, ni la vendería, ni
la alquilaría; el remate le ocasionaría pérdidas; prenderle fuego y cobrar el seguro,
tampoco. Se pasó diez días pensando el asunto; no comía, no dormía, estaba de más
malhumor que de costumbre, es decir, rabioso. Pero su exquisita inteligencia lo logró:
trabajaría como loco veinte años ahorrando dinero, de esa manera podría descansar por
lo menos diez. Realmente sublime.
IV
Todo iba sobre rieles. Desde que había leído "El origen de las especies", la
evolución no tuvo eslabones perdidos para Pedro Pómez. Después de no haber entendido la
teoría de la relatividad, el Universo le parecía un juego de niños. Debido a sus
ocupaciones, dejaba para el baño todas estas elucubraciones. Las defecciones nocturnas lo
llevaron a descubrir que la única regla que no tiene excepción, es la que dice que toda
regla tiene excepción. Simplemente llegó a esa conclusión, pensando que si ésta tenía
exclusiones se armaría un lío tremendo; por ejemplo, pensaba que hubiese que incluir a
la regla de madera, la regla en las vírgenes y la regla de tres simple. Aunque más tarde
descubriría la regla de plástico, las alteraciones menstruales, la virgen María, etc.
Cansado, siguió trabajando.
V
El caos se desató el día que Pedro Pómez leyó este cuento. Su equilibrio se destruyó
en mil pedazos, como cuando su madre se enteró que Rod Hudson tenía SIDA. Su punto de
apoyo pasó a ser la Tierra plana sostenida por cuatro lombrices de distinta altura. Todo
lo que sentía lo veía escrito en estas páginas. Sabía a priori que no le encontraría
la solución a este misterio, ya que aquí dice que no la encontró. Leyéndolo y
pensándolo a la vez, descubrió un sólo camino. El suicidio.
VI
La primera vez que se suicidó, Pedro Pómez quiso hacerlo en el lugar que amaba, el
baño. Ató una cuerda al tragaluz y se colgó. Por supuesto consiguió tener los
movimientos espasmódicos, la cianosis y la desesperación que había leído en los libros
y en este cuento. Todo parecía las ruinas circulares, el círculo vicioso y las
predicciones de Lily Süllos.
En el purgatorio, mientras esperaba el turno para ir al infierno debido a su pecado,
encontró a Cristo que estaba de vacaciones por allí. Pedro Pómez, por oscuras causas,
le jugó al pocker su pasaporte eterno al cielo. Cristo perdió. Más tarde, Pedro Pómez
se arrepentiría.
Puesto que estaba muerto y no tenía nada mejor que hacer, pensó en resucitar con gran
esfuerzo de voluntad, heroísmo y obstinación; emuló a Lázaro, pero con dos
diferencias, el olor a podrido (que solucionó con Patchouli) y la antiestética (según
las modas actuales) marca en el cuello.
VII
El secreto de la vida y la muerte, a su pesar, ya no tenía sentido. Se pasó treinta
días en la heladera tratando de congelar su cerebro; fue inventor de cosas inútiles:
taladros para tapar agujeros, bicicletas sin ruedas, guantes para mancos, paraguas ideados
especialmente para mojarse (para no llevarlos al pedo), casas sin paredes para mayor
comodidad, etc. Creó neologismos y tiempos verbales de acuerdo con la teoría de la
relatividad. Se asoció a la escuela patafísica y mantuvo relaciones incestuosas con
hijas que jamás engendró. Nada tenía sentido para él, no era original, todo estaba
escrito. El desenlace, evidente. Tenía que suicidarse.
VIII ó VI bis
La segunda es la vencida, pensó. Y lo planeó mejor. Pedro Pómez era el único hombre en
el mundo que tenía experiencia en esas cosas, sabía que sólo podía hacerle pito
catalán o a la vida, o a la muerte. El Principio de Incertidumbre de Pómez que, por
haberlo leído en este cuento dedujo, decía: "Sólo se puede burlar a la vida
mediante el suicidio, o a la muerte mediante la resurrección; pero nunca es posible
burlar a las dos simultáneamente". Se decidió por lo primero.
Pedro Pómez esperó pacientemente sentirse feliz. Ese día llegó. Estaba tan contento
que casi no quería hacerlo; pensó en sus ganancias, en mujeres con tres vaginas
diferentes, en las rentas que obtendría por la publicación de este cuento, organizando
apuestas para develar el misterio, etc. Ya decidido, se canalizó una vena y luego
introdujo en ella una aguja conectada por medio de un catéter a un recipiente que
contenía una gran concentración de morfina. Se acostó y esperó. Pedro Pómez murió
con una sonrisa, había vencido a la vida.
IX
Puesto que yo no he muerto, es difícil explicar cómo fue la muerte de Pedro Pómez en la
muerte. Ya que está escrito así, de ese modo sucedió para él. Moría aburrido, para
colmo estaba en el cielo (por su pase eterno) con todos los santos, mártires y benditos.
En el paraíso había nada que hacer, no se sufría, no se trabajaba, todo estaba hecho.
Dios no hacía otra cosa que matarse de la risa contando anécdotas de tipos que, con
mente brillante" probaban su inexistencia. Siempre lo mismo. A Pedro Pómez le dolía
nada, pensaba en nada. Según (acertadamente) el presbítero rebelde Pérez, las putas
estaban en el infierno; estafadores, libidinosas, procaces, ninfómanas y soeces, estaban
divirtiéndose en medio del fuego eterno. Recién ahora comprendía a Lucifer. Pero había
un inconveniente. Podía pasar al infierno por dos caminos: resucitar, quemar su pasaporte
y luego volver a suicidarse o, pasar directamente haciéndole un gesto obsceno a Dios.
Cualquiera de las dos vías, implicaba que volvería a sufrir hipertiroidismo, e
irremediablemente, no soportaría el paradisíaco calor del averno, Como era de esperar, y
por leerlo, resucitó y vivió.
X ó VI bis bis ó VIII bis
A esta altura, o mejor dicho bajura, a Pedro Pómez ya no le quedaba más por hacer. No
podía discernir con certeza; había vivido todo, había muerto todo; podía
(teóricamente) hacer cualquier cosa, pero sabía que sólo haría lo que estaba leyendo
en este cuento. Intentó mil maneras distintas de escapar a lo señalado, pero no lo
logró ya que hasta eso figura aquí. Durante un tiempo se dedicó a la política; una
"profesión" , según él, que podría distraerlo y divertirlo. No funcionó.
Un día, en un ataque de furia, se arrancó los ojos para no leer, pero todo estaba
previsto. El cuento se escribió en Braile y Pedro Pómez no tuvo más remedio que
tacto-leerlo. En realidad no acataba lo que está escrito, sino que era una fusión entre
su voluntad y ganas, con el cuento. Se cortó las manos y se lo leyeron, se pinchó los
oídos y se lo hacían entender por medio de sistema Morse sobre su cabeza. Deseó ser una
mariposa.
XI
Un 29 de febrero, Pedro Pómez encontró la solución final. Podía haberla leído antes,
pero ya dije que era estúpido. En un momento de lucidez, luego de consultar a 3145
curanderos, probar 187654 pociones para transformarse en animal y concurrir a 46 sesiones
con mediums, Pedro Pómez se hizo, él mismo una lobotomía frontal; cosa difícil ya que
no tenía manos. Previamente pagó a una enfermera para que lo mantuviera por el resto de
su existencia. Además, incineró su pase libre al cielo.
XII
Mi padre, Pedro Pómez, vegetó feliz. El principio de incertidumbre de Pómez,
lógicamente, tenía una excepción y él la descubrió.
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Jorge, adelantado pero con sus dos
minutos de tolerancia, iba por calle 7. Era su última vuelta. Cuando terminara, la Mary
lo esperaría en 3 y diagonal 80. Como siempre en La Plata el sol era gigantesco, rojo, e
intentaba perderse en el horizonte. Llegó a 7 y 48, apretó el freno y las ruedas
bloqueadas dejaron una ancha marca en el cemento. Más allá, a mitad de cuadra, todo
finalizaba. Un profundo abismo de largo y profundidad incalculables le cercaba el paso. A
Jorge sólo le preocupaba llegar a la terminal. Puso marcha atrás y se dispuso a doblar
por 48 hacia la derecha: Nuevamente el abismo infranqueable e infinito.
Los pasajeros comenzaron a ponerse nerviosos. Una vieja que estaba sentada en el asiento
delantero bajó del colectivo y salió corriendo; su grito dejó de escucharse enseguida,
tampoco se oyó el ruido del golpe contra el fondo. Jorge pensó: "Mejor, así me
quedo con el vuelto que le debía". Sentía gritos y rumores a su espalda, pero no
quería levantar la cabeza y mirar porque estaba cansado y no tenía ganas de discutir.
Dio marcha atrás y la cola del colectivo volvió a 7. Meditó mucho antes de doblar a la
izquierda por 48, ya que estaba prohibido, pero era tarde y seguro que La Chancha no
andaba por allí. La escena se repetía con el agregado, ya que Jorge no se había dado
cuenta, de que no sólo terminaba la calle abruptamente a mitad de cuadra, sino que
tampoco había negocios, ni veredas, ni gente caminando: A mitad de cuadra, terminaba el
mundo.
Jorge bufaba, no sabía que hacer. Tan distraído y apurado estaba, porque se le había
hecho tarde, que no se dio cuenta en que momento descendieron los pasajeros. Por tercera
vez puso marcha atrás, cosa que le molestaba porque la palanca le daba en la pierna y
retomó 7 en sentido contrario: Entonces comenzó a preocuparse.
Desde una vista aérea, parecía una gran cruz gris suspendida en un cielo rojizo de
atardecer platense. En el medio de la cruz un punto chiquito y negro: El colectivo.
Mientras llenaba la planilla de control Jorge pensaba: "¿Qué excusa le meto al
patrón?. ¡Ya sé, que pinché una goma!. La Mary me debe estar esperando, pobre..."
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//Los rencores venían acumulándose,
las rencillas por menudencias se sucedían. Pero quienes los conocíamos jamás
sospechamos en que terminaría la última, la postrera discusión que acabaría de una vez
y para siempre una amistad cultivada con tesón y destruida por esto: //
"La tarde se extinguía, daba paso a la fría y fría noche invernal platense.
Diagonal 80 comenzaba a abrir sus párpados de luces de mercurio atenuadas y semiocultas
por las ramas de los tilos que proyectaban sombras arácnidas en el desierto asfalto.
El enfado de Cutral era evidente, no leía; sólo pensaba en cómo vengarse de Pedro,
hacia la caja silencioso; se traía algo entre manos. Los últimos clientes, esos que
parecen estar al acecho para entrar cuando saben que apenas restan cinco minutos para
cerrar, husmeaban entre las mesas de oferta saltando sin ton ni son, desde "los
novelones rosas de Empece" a "Filosofía" y de allí a "Deportes"
y de allí a los "Infantiles" y de allí se catapultaban para, por ultimo,
aterrizar en los "Místicos".
Pedro leía distraídamente la contratapa de "Juegos africanos" de Jünger, le
había atraído la tapa. Es curioso como podemos acertar con nuestros gustos no sólo
porque nos agrada un titulo, si no que a veces nos eclipsa un formato, una ilustración;
como nos atrapa un tipo de letra, una buena encuadernación, una forma particular de
desgaste por lecturas previas. Y los pensamientos de Pedro corrían por rumbos paralelos,
en un estrato inferior, consideraba que era hora de cerrar; por otro lado, seguía
convencido de haber hecho bien al no pagar la cuenta del teléfono.
Los bancos habían estado abarrotados de gente, parecía que ese día hubieran vencido
todas las cuentas, o cobrado todo el mundo. Sí, había prometido encargarse, pero perder
tres horas, no. "Los imprevistos dan por tierra con todas las promesas",
sentenció para si.
El motor despertó y comenzó con su monótono sonido a desplegar toda su capacidad para
hacer descender la pesada cortina metálica que cerraba la librería; cuando el borde
inferior de tan característico telón dejó un resquicio con el suelo, como negándose
tener relaciones con algo tan terreno, Cutral retiró la mano del interruptor. El sonido
de las llaves apagando los tubos fluorescentes, servía de fondo a sus reflexiones: "
¡Qué estúpido, promete y no cumple! Con todos los favores que me debe. Era fácil,
tenia que buscar un Banco con menos gente. Para colmo la cuenta vencía hoy y mañana hay
que pagar con recargo. Algo le tengo que hacer. ¡Me las va a pagar como sea!".
Las diferencias de origen entre los amigos podían apreciarse a simple vista. Cutral,
oriundo de Puerto Madryn, saludaba al frío con alegría, el invierno era su estación
preferida; gustaba de usar un sweater directamente sobre la piel y disfrutaba con el
viento introduciéndosele entre los puntos flojos. Pedro, en cambio, iba enfundado en una
abrigada campera y sus ojos apenas asomaban de la bufanda que le daba tres vueltas desde
el cuello a la nariz. "La Plata -decía Pedro- la ciudad con techo de chapa de zinc,
en verano te cagás de calor, en invierno de frío". Caminaban los dos hacia su
departamento y Pedro no reparaba entonces que la separación entre ambos era algo más que
la física distancia de un metro, se sumaba la profunda molestia que desde la mañana
venia incubando Cutral; la indiferencia de Pedro contribuía en gran medida, a
acrecentarla. La secreta convicción de los dos de poseer "la Verdad", provocaba
una razonable divergencia: Cutral, seguro de haber sido traicionado, abrigaba un deseo de
venganza que probablemente se exteriorizaría en alguna de sus densas bromas; este
sentimiento, paso a paso al acercarse al hogar, brotaba fertilizado por la actitud de
Pedro, que venia enfrascado en pensamientos triviales sobre el frío, el hambre y el
sueño.
La diaria caminata desde la librería hasta el departamento en la zona de la estación del
ferrocarril, brindaba el cotidiano espectáculo de la transformación que sufren las
ciudades al acercarse a estas; una metamorfosis no sólo edilicia, también social. Aunque
mediaban tres cuadras, el cambio en el aspecto, las caras y las vestimentas, era notable.
Pareciera que las vías y durmientes fueran un imán irresistible para una heterogénea
"fauna" de borrachos, prostitutas, mendigos, lustrabotas, rateros y toda una
gama de carenciados. La profusión de tugurios de todo tipo, comercios, bares y cines,
ensamblan perfectamente con estos personajes.
A Pedro y Cutral, inmunizados por la costumbre, no les resultaba curioso este brusco
cambio de ambiente. Comieron un "choripan" cada uno en "Dedorapa" y
sortearon la cuadra que aun restaba. Cutral, que acusaba los rasgos de la persona a la vez
culta y viciosa, una mezcla casi en extinción, y Pedro con sus pantalones raídos,
podrían haber pasado por miembros del singular ecosistema si no hubiese sido por sendos
libros que ambos acunaban bajo los brazos; desentonaban en ese ambiente que olía a vino
agrio, aceite rancio, grasa de tren, cuerpos sudorosos y ropas con varios días de
postura.
Cuando Pedro se disponía a abrir la puerta, Cutral aun no había decidido de que manera
cobrarse la deuda. Toda la tarde pensó cómo gastarle una broma acorde a las
circunstancias. Al franquear la entrada, el golpe de olor a pintura fresca lastimo sus
narices; el pintor había terminado esa misma tarde y el desarreglo en el departamento era
formidable. Como siempre, y contra toda lógica, la única habitación ordenada era la de
Cutral; mientras los libros de Pedro dormitaban en cajas, la biblioteca de Cutral se
erguía orgullosa luciendo su anárquico orden de, sólo para nombrar algo de lo mucho que
poseía, Borges junto a Malatesta o Sturgeon a Freud y entre la Espasa Calpe de quince
tomos, allí queriendo resaltar entre los gigantes, las originales "Aventuras de
Solomón" de J. J. Arias. Dos estanterías del techo al piso estaban dedicadas
solamente a incunables. Sobre el escritorio y a todo lo largo se acomodaban, fuente
inagotable de consultas para los amigos: Atlas geográficos, diccionarios de idiomas, de
verbos, históricos, etimológicos, de literatura, etc.
La visión de los libros y el olor que despedían las paredes tuvieron en Cutral el efecto
de musas inspiradoras: "Bueno, hacete un café, yo voy a limpiar mi escritorio, esta
lleno de porquerías". Sabía que Pedro había guardado allí todos los originales de
sus cuentos que, aunque mediocres, adoraba. Era notoria su capacidad de perder cosas y,
conocedor del orden de Cutral, los conservaba en el único lugar a salvo de su propia
torpeza y del desarreglo armado durante la estancia del pintor.
El café preparado, dejó una estela de aroma que se hubiese podido seguir con los ojos
cerrados desde la cocina al living, el camino recorrido por Pedro. Cuando le alcanzó la
taza sin azúcar, Cutral lucia una sonrisa satisfecha. Desplomado en el sillón, sus
anteojos reflejaban el tibio resplandor del fuego en la estufa a leños recién encendida;
todavía era posible observar como la hoguera daba cuenta del albo papel, transformándolo
primero en un sucio marrón, luego en un rojo incandescente y por último se volatilizaban
los restos incombustibles de las hojas, ya de un negro incomparable.
"Qué raro vos prendiendo la estufa", dijo Pedro, "¿Con qué la
prendiste?". Cutral no contestó inmediatamente, dio una larga pitada a su
cigarrillo, se acomodó mejor en el sillón, estiró sus kilométricas piernas y luego
como distraído, sopesando las palabras, contesto: "Con la basura del
escritorio"; dio otra pitada y agregó: "Es increíble la cantidad de estiércol
que se junta, deje sólo lo que me servía". El "me" sonó extremadamente
posesivo y la palabra estiércol fue dicha con un acento singular, con un halo adjetival
difícil de precisar; ese microcosmos que circunda una palabra o frase y que redondean su
sentido, muchas veces alejado de las áridas definiciones que encontramos en los
diccionarios.
Pedro, por acto reflejo, miró hacia la pieza y mientras sus ojos recorrían el trayecto
hasta el escritorio, preguntó ingenuamente: "¿Dónde dejaste mis cuentos?".
Observó a Cutral que le respondió con una vasta dentadura con falta de higiene enmarcada
con el negro de su barba. Y en ese preciso momento, ese momento de lucidez que precede a
la tormenta, Pedro cayó en la cuenta de lo que había ocurrido. El encuentro con el
conocimiento impactó en su rostro, la nariz aguileña se quebró en varias arrugas, su
boca se deformó en una mueca desagradable, en el brillo de sus ojos algo se trastocó y
sus cejas describieron una amplia curva acompañada de profundos surcos en su frente. Lo
que aun no entendía era el por qué: "¿Por qué mis cuentos, animal, es
verdad?". Preguntó con un tono que no alcanzaba a encuadrar ni la incredulidad ni en
la certeza absoluta. La contestación fue terminante e irónica: "¿No me digas que
eran tus cuentos, esas hojas escritas a maquina?. Con razón no las reconocí. Bueno,
después de todo eran bastante malos y supongo que lo malo lo vas a poder repetir". Y
allí lanzó la estocada final que desataría el caos: "Además, con lo que me
hiciste, te lo recuerdo si no te acordás, me cobre, sin quererlo, la deuda que tenias.
¿Viste?, Dios te hizo pagar el no haber ido al Banco esta mañana".
La frase fue el detonante del explosivo círculo vicioso de la venganza. Se podrían
comparar la venganza y el rebote de una pelota. Al dejar caer una pelota desde una altura,
esta comienza a rebotar y rebotar, pero cada impulso es menor que el precedente, la
distancia recorrida es mas corta en cada rebote hasta, finalmente, alcanzar un estado de
reposo; la energía disminuye golpe a golpe. No ocurre lo mismo cuando la venganza entra
en círculo vicioso, tiene un mecanismo de retroalimentación positiva: el egoísmo
humano. Ese egoísmo genético y adquirido, tan bien descripto en "Consideraciones
acerca del egoísmo"(2). Ese egoísmo que hace de nuestro dolor el peor, nuestras
angustias las más calamitosas, nuestro pesar el más inconsolable. Ese egoísmo que día
a día apreciamos cuando una persona dice a otra, "No sabés cómo me dolió la muela
anoche" y aquella responde "Si, pero a mi, una vez me dolió más" y la
primera contraataca tratando ser convincente, "No, no sabés lo que era, ni te
imaginás cómo me dolía". Como si la muela de uno tuviese más nervios que la de
los demás. Y así, de esa manera, Cutral sintiendo que Pedro lo había dañando y que su
respuesta apenas llegaba a resarcirlo y Pedro pensando que la molestia del otro era nada
en comparación con la irreparable perdida de sus cuentos y que le hiciese lo que le
hiciese no alcanzaría a saldar cuentas, comenzó el círculo vicioso de la venganza, cada
vez alcanzando niveles superiores, cada vez con mas saña.
"Te das cuenta de lo que me hiciste!!. Pensaste un segundo que para mi los cuentos
eran muy valiosos; cada palabra que escribí la pensé y repensé, cada título lo elegí
después de horas de romperme el culo meditando... Todo por qué: porque el Señor se
enojó porque no fui a pagar la puta cuenta del teléfono; porque dije, no importa total
voy mañana y pago el recargo yo. Pero no, el Señor quería que hoy, si o si, la pagara y
si no: "Este boludo me las va a pagar". Tanto te jodía!?". Las últimas
palabras sonaron quebradas por la bronca y la congoja.
Cutral lo miraba curioso, con esa extraña mezcla de haber hecho algo malo y no entender
que: "Che! No sabía que vos ibas a pagar la diferencia, pero si los querías tanto,
escribilos de nuevo. ¿No te los acordás de memoria?". Repitió con diferentes
palabras lo mismo que al comenzar la discusión; el gesto y la bronca de Pedro no le
habían hecho mella. La gafas de Cutral continuaban escudriñándolo, trataba de encontrar
algo que explique por qué su amigo había reaccionado desmedidamente, era imposible que
no recordara el regalo de una copia de todos sus cuentos a su amiga Flavia.
Pedro sostuvo la mirada un segundo y luego se dejó caer pesado en un sillón. Tenia un
carácter débil; inteligente y de carácter débil, conjunción que le permitía darse
cuenta de sus flaquezas y actuar en consecuencia; sólo eso lo salvaba de ser pusilánime.
Sus mecanismos de protección eran varios, algunas veces su sistema era el argumento,
justificaba su debilidad sosteniendo que los decididos e impulsivos, en realidad, eran
salvajes sin cordura, irracionales que primero actúan y luego piensan ("En vez de
hacer lo que piensan, piensan lo que hacen, decía creyendo ser claro), inocentes que
salvaguardaban la angustia de su complejo de inferioridad con farsas de precipitación,
vehemencia, violencia, fogosidad e ímpetu. Otras veces, y contradictoriamente, pasaba de
la razón a la acción actuando del mismo modo que cuestionaba, sus "impulsos"
eran medidos, pensados; sus enojos, histriónicos; sus arrebatos, calculados. Sumergido en
sus pensamientos, esta vez optó por la segunda estrategia, pasar a la acción. Pedro se
levantó lentamente y se dirigió a la ventana, miró hacia afuera y su vista rebotó como
el eco contra la acera desierta, sólo recibió el silbato cercano de un tren. Ya La Plata
vestía de noche cerrada y junto con el día, desaparecía todo ser viviente; esta ciudad
pletórica de estudiantes, mantenía por fuerza la costumbre pueblerina de no tener vida
nocturna, a las 22 hs. se convertía en una aldea fantasma con algunos trasnochadores
solitarios vagabundeando. El reloj de péndulo sonó diez veces y Pedro seguía eligiendo
la cara, el gesto y qué hacerle a Cutral. Respiró profundo, rascó su lampiña barbilla
y preparó el rostro "de indiferencia". Giró y lo miró a los ojos, Cutral
encendía su segundo cigarrillo. Antes de proceder, Pedro en un acto de cobardía aclaró:
"La semana pasada Flavia me dijo que perdió las copias".
De no conocerlo, hubiese pensado que permanecía inmutable, pero Cutral sonrió y cruzo
las piernas, acto inequívoco de que había sido golpeado, y mientras ensayaba una
disculpa, Pedro tomo el radiograbador, fruto del primer sueldo de su amigo, abrió la
ventana y, en tanto decía: "por los cuentos", lo arrojó. El grabador no había
alcanzado a sortear la distancia desde el primer piso a la vereda, cuando Pedro ya estaba
arrepentido; el aparato y su voluntad se destrozaron simultáneamente.
Cutral permaneció sentado un segundo, un tanto por la sorpresa y otro tanto por la
inercia. Con la impulsividad que caracteriza a los ganadores pero también a los
perdedores, se levantó y fue a la pieza de Pedro; se detuvo a la entrada y dio una ojeada
al desorden. Parecía un depósito, cajas y cajas de libros junto a cortinas en el suelo,
repisas vacías, ropa tirada, cuadros sin colgar y mostrando sus imágenes a la pared
recién pintada, y en el piso y en el alféizar de la ventana, todas las plantas de Pedro;
marantas, fitonias, aspleniums y peperomias convivían pacíficamente. Al observarlas,
Cutral no dudó. Emprendía algo si era efímero, toda su cuota de talento y sagacidad
contrastaba con una constancia nula. Podía hacer cualquier cosa que no demandara mas de
una semana; tal vez por esto no tenia una profesión y sí un generoso caudal de
conocimientos sobre temas tan disimiles como la historia y la electrónica. Lector voraz,
jugaba rayuela con las materias, saltando de un tema al otro cada semana. Todo en él era
fugaz, hasta sus amistades, prefería cambiar de compañía antes de superar la cima de
los escollos que toda relación presenta; y ese día terminó la amistad con Pedro. Sin
pensar en las consecuencias y a la vez pensando que otra cosa le haría porque aquello le
resultaría poco, Cutral comenzó a tirar las plantas. Las tomaba de las hojas, de los
tallos, de las macetas y las revoleaba por toda la pieza. En poco tiempo, la habitación
parecía un campo arado. Pedro observaba impotente tomándose la cabeza. Las macetas se
hacían añicos contra bibliotecas, cajas y vidrios; algunas pasaban rozando los cabellos
de Pedro y seguían camino hasta que alguna pared o puerta de la cocina o el living las
detenía. Sin embargo, los movimientos de Cutral no eran los de un poseído, eran
maquinales, elegía la planta, elegía el destino, el blanco.
Pedro dio media vuelta, fue a la cocina y al rato volvió con dos vasos. Cutral, ya
tranquilo dijo: "Que te aproveche. ¿Qué es eso?". "Para que veas que no
soy tan hijo de puta como vos, y para que terminemos de una vez, traje unas gotas de
calmantes para los dos", contesto Pedro. Le tendió un vaso y no quiso ver el
desastre de sus plantas, Cutral dijo que no necesitaba ningún calmante y agrego: "Te
das cuenta que sos un forro, te hago mierda las plantas y vos pensando en los nervios del
prójimo".
Pedro no contestó y salió en dirección a la pieza de su, ya, ex-amigo. Ambos se
conocían y conocían donde atacar para que doliera; la cascada de acontecimientos se
precipitaba rauda hacia un futuro incierto. Pedro, primero destruyó de una patada el
televisor de Cutral, y este rompió en mil pedazos la guitarra de Pedro que, entonces, se
dedicó a arrancar las últimas paginas de todo libro que tomaba, mientras Cutral arrasaba
con las copas y el otro jugaba "bowling" con los adornos y Cutral comenzaba a
... El resto de la historia fueron ciclos del círculo vicioso de la venganza, el daño
peor, el de uno. Ni el carácter débil de Pedro, ni el intelecto de Cutral pudieron
pararlo: El poster que tanto amaba Cutral, adornado con un tajo de lado a lado; el diploma
médico de Pedro, pisoteado por ocasionales autos que transitaban calle 1, la estufa
siguió alimentándose de gruesos y caros volúmenes de los amigos, la pileta del baño
dormía en la cama de Pedro y la provocada fuente de caños rotos inundaba el living.
Aquí y allá rompecabezas de estatuillas y jarrones, las hojas de los libros intentando
sobrevolar el cielo platense, el viejo teléfono mostrando sus entrañas y las paredes
recién pintadas exponiendo collages de todo tipo. Los trajes mutaban a chalecos y los
pisos arrancados eran una imagen especular para los agujeros del techo. Los pedazos de
porcelana señalaban caminos confusos. En la bañera nadaban lapiceras, marcadores,
frascos y botellas sin mensajes.
Porciones de materia fecal untaban zapatos, bibliotecas, vidrios y espejos, e
irónicamente, "La divina comedia" se asaba en el horno y "Una temporada en
el infierno" tiritaba en el patio. Y como atando el trágico paquete, cientos de
metros de cintas de cassettes ornaban el departamento. Así continuó el devastador
circulo, hasta que todo se sumió en la oscuridad. Y hasta la vida, la vida misma fue
arrancada de cuajo."
//Aquí termina el desgraciado relato. No podemos determinar cual de nuestros amigos lo
escribió: las hojas que adjuntamos se encontraron escritas a máquina junto al cadáver
de Pedro, pero es imposible afirmar que el las haya pergeñado.
Por un lado, estaban mezcladas haciendo juego con el total desorden imperante en el
departamento y además, no estaban firmadas.
El hecho de que Pedro fuese afecto a escribir no asegura, de ninguna manera su autoría,
ya que Cutral de vez en cuando había redactado diversas notas.
Si bien parece ser cierto que Cutral quemó todos los cuentos, es lógico que estas hojas
fueran escritas posteriormente a los hechos, la forma en que se encontró el departamento
coincide, en un todo, con la descripción y el carácter trágicamente patético de la
narración desde el comienzo, nos hace suponer que el autor conocía el funesto epílogo.
La autopsia reveló que Cutral pereció debido a una dosis mortal de cianuro
(probablemente obtenido por Pedro en el laboratorio donde trabajaba) y el inequívoco
disparo en la sien da cuenta de la vida de Pedro.
Suponemos que es posible que Pedro luego de dar muerte a Cutral con el cianuro (tal vez
-ver el relato- Cutral haya tomado finalmente "el calmante". Aunque en honor a
la verdad, y obviamente, los vasos no pudieron ser hallados, ni reconstruidos), a manera
de confesión y en un rapto de lucidez, haya escrito las hojas para luego descerrajarse un
tiro.
Sin embargo todo queda en conjeturas, puesto que Cutral pudo haber asesinado a su, y
nuestro, amigo con el revolver (¿se hubiese dejado Pedro apoyar el arma en la sien,
creyendo que Cutral no dispararía?), luego escribir, para por ultimo tomar el cianuro y
dejar caer las hojas junto al otro cadáver.
Cabe aclarar que no fueron encontradas huellas dactilares en el revolver que, por otro
lado, se descubrió en un lugar donde podría haber caído cualquiera haya sido quien lo
usó. Lo único que tenemos en claro es que, quienquiera fuese el autor del relato que
presentamos, es evidente que adrede no explicó los últimos acontecimientos. No hay un
final abrupto en medio de una línea, idea o frase y el texto termina con un contundente
punto y aparte (corroborando que el autor estaba vivo antes de culminar la historia). Esta
hipótesis se confirma también porque la última hoja esta tipeada hasta la mitad y no se
encontraba colocada en la maquina, como dijimos.
Queremos resaltar, por fin, que aunque el autor no nos quiso describir, ni confesar el
aciago desenlace, tampoco en su narración abre juicios de valor con respecto a los
protagonistas, ni inculpa a nadie de la serie de acontecimientos que se desarrollaron y
que aun hoy, sus amigos, lloramos.
Por ultimo, le solicitamos por favor que si llegara a publicar el relato, no se olvide de
incluir nuestras modestas consideraciones. //(3)
(1) Agregado. (N del E.).
(2) Creo que se trata de la obra de C. Gioiosa y G. Herreros. (N del E.).
(3) Salvo el título y la referencia, el resto fue transcripto tal cual llegó a mis manos
en Setiembre de 1982 en un sobre, donde se incluía además del relato, el
"prólogo" y "epílogo" de los anónimos "amigos" (Entre
barras).
Tan verosímil me pareció la historia que busqué incansablemente en los diarios
contemporáneos. Pero encontré, solamente, en "Crónica" del 16 de Julio de
1978, una pequeña noticia donde se menciona la misteriosa muerte de Carlos Alberto
Ginastera y Pedro E. Bermúdez acaecida en la Ciudad de La Plata, la víspera. La mezquina
nota, mencionaba que la policía sospechaba un ajuste de cuentas terrorista, pero no
había ninguna alusión a los datos de estos escritos. Por mas esfuerzo que puse, no me
fue posible descubrir nada más. (N del E.)